Elisa Moretti tiene diecinueve años, una voz que hipnotiza y una hija de pocos meses a la que criar sola. Sobrevive cantando en bares de Florencia hasta que una noche, en una gala llena de hombres poderosos, su voz llega a los oídos del hombre equivocado: Luca Rossano, el don más temido de la Toscana.
Luca no se enamora fácil, pero algo en ella lo desarma. Y cuando descubre que la pequeña Bianca está enferma y que Elisa no tiene a nadie que la proteja, toma una decisión que va a cambiar la vida de los tres: llevarlas a su mansión, darles seguridad, darles un hogar.
Lo que comienza como protección se transforma en deseo, en cariño, en un amor que ninguno de los dos esperaba. Pero el mundo de Luca tiene reglas, enemigos y secretos que no perdonan. El padre biológico de Bianca reaparece reclamando lo que no le pertenece. Un productor con una fachada impecable esconde intenciones monstruosas. Y la traición llega desde donde menos se espera: de la propia sangre de Elisa.
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La llamada
La casa ya estaba en silencio, todos dormidos. Me quedé en el despacho, terminando unos asuntos, cuando el celular sonó con un número desconocido. Contesté sin decir nada, y la voz que salió del otro lado venía cargada de odio, pero también de un arrepentimiento amargo, como si estuviera destruido por ver lo que había perdido.
— Luca... —llamó, bajo, pero con rabia—. ¿Crees que ganaste? ¿Que puedes llegar y tomar lo que algún día fue mío? Ella era mía. Elisa fue mía primero. Y esa niña... Bianca tiene mi sangre, lleva mi nombre en el origen. Tú solo tomaste lo que yo no quise en su momento, y ahora andas ahí creyéndote el dueño de la verdad, pero lamento informarte: yo las quiero.
Cada palabra cortaba hondo, dolía en el alma como una navaja, pero me mantuve firme. Fui entrenado para no reaccionar a la provocación, para no dejar que la rabia me cegara y él controlara el juego. Respiré despacio, mantuve la voz calma y solo lo dejé continuar:
— Dile que no va a huir para siempre. Dile que sé dónde está, que sé lo que hacen. Que un día voy a llegar y tomar de vuelta lo que me pertenece; ella es mi hija. No sabes cuánto duele verlas lejos y verte a ti en el lugar que debería ser mío.
Lo dejé terminar y hablé con la voz tranquila, casi indiferente, pero con la intención de tocarle la herida, de lanzar el anzuelo sin que pareciera a propósito:
— Ella no está huyendo. Mañana por la mañana va a salir, tranquila, a elegir un vestido hermoso, blanco, para casarse conmigo. Va a estar sonriendo, pensando en el futuro, mientras tú te quedas ahí, escondido como una rata, sin poder aparecer ni para respirar bien.
Lo dije como un comentario casual, sin darle importancia, dejando que la información resbalara como si no quisiera. Victor no gritó, no hizo amenazas de aparecer. Solo se quedó en silencio un instante, y después su voz sonó más baja, llena de rencor y deseo:
— Un vestido... Entonces es eso. Ella va a estar ahí, eligiendo ser tuya frente a todos... No voy a olvidar esto.
La llamada se cortó.
Guardé el celular en el escritorio, sintiendo todavía el latido de la rabia que había contenido con fuerza. No dijo que iba a aparecer, pero yo sabía: esa información fue suficiente para que no pudiera quedarse quieto.
El orgullo herido y el deseo de tener lo que perdió iban a hacer que viniera detrás, y cuando lo hiciera, caería directo en la trampa.
En cuanto colgué, llamé a Marco y a Rian, pidiendo que vinieran de inmediato al despacho. Llegaron en pocos minutos, con la postura ya atenta al ver mi expresión seria. Les conté sobre la llamada, sobre el tono de arrepentimiento y deseo que Victor tenía en la voz, y sobre cómo reaccionó cuando mencioné el vestido.
— No dijo que va a aparecer —completé—, pero conozco a ese tipo de hombre. Su orgullo no va a aguantar verla eligiendo algo para casarse conmigo, mientras él se queda escondido. Seguro va a intentar acercarse, vigilar o hacer alguna estupidez por ahí. Así que vamos a cambiar el plan.
Me volví hacia Marco, con la orden clara:
— Llama ahora mismo a la tienda. Diles que traigan todos los modelos, telas y muestras aquí a la mansión. La elección se va a hacer aquí, en la seguridad de la casa, sin necesidad de que ella salga. No den explicaciones de más, solo confirmen que todo llegue mañana temprano.
Después miré a los dos, definiendo la estrategia:
— Mañana, vamos a dejarlas contentas, tranquilas, eligiendo lo que quieran sin preocupaciones. Mientras tanto, ustedes llevan al equipo al barrio de las tiendas. Cubran cada calle, cada entrada, cada esquina. Estén atentos a cualquier movimiento extraño, a cualquiera que parezca estar esperando u observando el lugar donde ellas supuestamente estarían. Él va a aparecer por ahí, esperando encontrarla, y va a encontrarlos a ustedes.
Marco asintió de inmediato, tomando ya el celular:
— Se hará. Ningún cabo queda suelto. Si va hasta ahí, no sale más.
Rian completó, con firmeza:
— Y si viene solo o con alguien, también lo vamos a descubrir. No vamos a dejar pasar nada.
Respiré hondo, mirando hacia la ventana oscura:
— Perfecto. Les damos a ellas el día perfecto que merecen, y cerramos el cerco de una vez sobre él. No hay lugar adonde correr.