Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.
Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.
Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.
Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.
Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.
Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.
Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.
Porque Dante no la eligió al principio.
Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.
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Capítulo 33
Capítulo 33
Dormí como piedra.
Sin sueños.
Sin vueltas.
Sin Dante al lado.
Cuando abrí los ojos, la habitación todavía estaba medio oscura. Tomé el celular de la mesita y vi la hora.
Seis de la mañana.
Me quedé mirando el techo un segundo.
Luego me senté de golpe.
Dante.
Anoche todavía tenía fiebre. Si no le había bajado, había que llevarlo otra vez al hospital. El doctor había sido claro, y Dante no era precisamente el tipo de persona que aceptaba enfermarse con humildad.
Me levanté rápido, me puse una bata encima y salí al pasillo.
La puerta de su recámara estaba cerrada.
Toqué tres veces.
Nada.
—¿Dante?
Silencio.
Volví a tocar.
—Dante, ¿ya despertaste?
Nada otra vez.
La preocupación me ganó a la educación. Giré la manija y entré.
El cuarto estaba oscuro. Las cortinas seguían cerradas y el aire olía a sueño, medicina y a él. Caminé despacio hacia la cama, tratando de distinguir la forma bajo las cobijas.
La cama era enorme.
Y en medio había un bulto quieto.
—¿Dante?
No respondió.
Me acerqué más, inclinándome apenas para tocar la cobija.
No alcancé a hacerlo bien.
Una mano caliente me agarró la muñeca y me jaló con una fuerza que me sacó un grito.
Caí sobre la cama.
Antes de poder levantarme, Dante me atrapó con brazos y piernas. Me envolvió entera, pegándome a su cuerpo como si yo fuera parte de la cobija que había estado buscando toda la noche.
—Quietecita —murmuró, con la voz ronca—. Tengo sueño.
Mi corazón estaba golpeando como loco.
—Perdón —susurré—. Te llamé y no contestaste. Sólo quería ver si ya te había bajado la fiebre.
Dante soltó un sonido bajo, casi perdido en mi cabello.
No abrió los ojos.
No me soltó.
Yo tampoco me atreví a moverme.
Su cuerpo seguía caliente. Demasiado caliente. Lo sentía en el pecho pegado a mi espalda, en el brazo que me cruzaba la cintura, en su respiración cayéndome cerca de la cara. Era como estar atrapada contra una estufa enorme y viva.
Quise tocarle la frente.
No pude.
Sus piernas me tenían sujeta, su mano pesaba sobre mi cintura y, por la forma en que respiraba, parecía agotado. Tal vez había dormido fatal. Tal vez seguía con fiebre.
Me quedé quieta.
Muy quieta.
Tanto que el sueño volvió a agarrarme.
No sé cuánto tiempo pasó.
Un timbre insistente empezó a sonar.
Abrí los ojos a medias, creyendo que era mi celular. Estiré la mano a ciegas, buscando la mesa, la almohada, cualquier cosa. Mis dedos encontraron algo corto, áspero, tibio.
Lo palpé.
Lo froté.
Me tardé varios segundos en entender.
—¿Qué es...?
Abrí los ojos.
Dante me estaba mirando.
Yo tenía la mano metida en su cabello.
Peor: se lo había dejado levantado en todas direcciones.
Retiré la mano como si quemara.
—Perdón. Pensé que era mi celular.
Dante parpadeó, todavía medio dormido. Su cabello revuelto le quitaba años y autoridad, pero no lo hacía menos peligroso.
—¿Qué haces aquí?
Me quedé viéndolo.
—¿No te acuerdas?
Su ceño se marcó.
Qué maravilla.
El señor se había olvidado de que me había secuestrado con cobijas incluidas.
—Vine a ver si seguías con fiebre —dije, tratando de sonar normal—. Toqué. Te llamé. No contestaste. Entré para revisar y tú me jalaste a la cama.
Su mirada bajó a nuestro cuerpo.
Seguíamos pegados.
Muy pegados.
—Y me abrazaste —añadí, con la cara ardiendo—. Así.
Dante se quedó callado.
Dante recordaba algo borroso: una presencia cálida, el olor de Ximena, su cuerpo entrando en el espacio vacío que no había logrado llenar con una almohada. Había creído que era un sueño. Uno cómodo. Uno demasiado real para querer soltarlo.
No había sido sueño.
Ximena sí había ido a buscarlo.
Y él la había metido a la cama.
La miró con el cabello revuelto, la cara roja y la boca apretada de vergüenza.
La garganta se le secó.
—Entonces fui yo —dijo—. Te jalé y te abracé.
Asentí.
—Sí.
—¿Y te quedaste?
—Me dijiste que no me moviera.
Dante soltó una risa baja.
No fuerte.
No larga.
Sólo un sonido ronco que me cayó en la oreja y me bajó por la espalda.
—Qué obediente.
Me mordí el labio.
—No empieces.
Pero ya había empezado.
Lo sentí antes de verlo. Su cuerpo cambió debajo de las sábanas. La mano en mi cintura se afirmó. Su pierna dejó de sujetarme como alguien dormido y empezó a acomodarme como alguien demasiado despierto.
—Dante...
Me giró con facilidad.
Quedé boca arriba.
Él encima.
La oscuridad de la recámara todavía no se iba por completo, pero podía verle los ojos. La fiebre le daba un brillo extraño, peligroso, y el cabello revuelto lo hacía ver menos correcto. Más hombre. Más hambre que traje.
—Hace días que no te toco bien —dijo.
Se me cortó la respiración.
—Estás enfermo.
—No tanto.
—No sabes si ya te bajó la fiebre.
—No me va a afectar.
—Dante.
—Al contrario.
Su mano bajó por mi cintura, pesada, caliente. Me apretó como si estuviera comprobando que de verdad estaba ahí.
—Un poco de ejercicio ayuda a sudar.
Me quedé viéndolo.
—¿Estás usando tu fiebre como excusa para coger?
La palabra me salió antes de poder frenarla.
Dante levantó apenas una ceja.
—Estoy siendo práctico.
—Eres un descarado.
—Soy un enfermo buscando recuperarse.
—No inventes.
Me besó.
Y ahí se acabó mi argumento.
Su boca estaba caliente. Todo él estaba caliente. Me abrió los labios, me metió la lengua y me besó sin esa paciencia medida de otras veces. Tenía fiebre, sí, pero también una fuerza viva, terca, que me empujó contra el colchón hasta hacerme olvidar que había entrado a revisar su temperatura.
Le puse una mano en el pecho.
Iba a empujarlo.
Creo.
La dejé ahí.
Su piel ardía bajo la camiseta delgada. Dante bajó la boca a mi cuello y mordió justo donde mi cuerpo siempre traicionaba primero. Cerré los ojos. Las piernas se me tensaron. Él lo sintió y soltó una respiración baja contra mi piel.
—Sigues preocupada por mi fiebre —murmuró.
—Sí.
Su mano se metió bajo mi camisón.
—Entonces ayúdame a sudar.
El calor me subió a la cara, al pecho, al vientre. Quise contestar, pero sus dedos ya estaban en mi muslo, abriéndome espacio con esa seguridad que me dejaba sin aire. No preguntó más. No necesitó. Mi cuerpo, maldito traidor, respondió antes que mi orgullo: me arqueé cuando su mano subió, respiré peor cuando encontró la humedad que ya estaba ahí, y terminé agarrada a sus hombros como si eso pudiera salvarme.
—Dante...
—Shh.
Me quitó la ropa con prisa. No brusco por torpeza, sino por ganas. La tela subió, cayó a un lado, y el aire frío de la mañana me tocó apenas antes de que él volviera a cubrirme con su cuerpo caliente.
La fiebre lo hacía arder.
Su pecho.
Sus manos.
Su boca.
Todo.
Y cuando entró en mí, ese calor me atravesó completo.
Solté un gemido contra su hombro. Dante se quedó un segundo hundido, respirando fuerte, como si también él necesitara acostumbrarse a lo intenso que se sentía. Luego empezó a moverse.
No lento.
No como si estuviera enfermo.
Me tomó de la cintura y marcó un ritmo firme, profundo, con el cuerpo pegado al mío y la boca en mi cuello. Cada embestida me hundía más en la cama. La sábana se enredó bajo mis piernas. Mis manos pasaron de empujarlo a agarrarlo, de agarrarlo a arañarle la espalda cuando encontró el ángulo que me dejó sin voz.
El calor dejó de ser sólo de él.
También era mío.
Me subía desde abajo, espeso, vergonzoso, hasta dejarme la cabeza floja. Dante sudaba. Lo sentía resbalar contra mi piel, gotear en mi cuello, pegarse a mi pecho. No debería haberme parecido sexy.
Me pareció.
Muchísimo.
Me corrí con la cara enterrada en su hombro, temblando, con la garganta hecha un desastre. Dante siguió hasta terminar con un sonido ronco, apretándome tan fuerte que por un momento no supe dónde acababa mi cuerpo y dónde empezaba el suyo.
Nos quedamos pegados.
Sudados.
Respirando como si de verdad hubiéramos corrido kilómetros.
Cuando pude abrir los ojos, vi su pecho cubierto de gotas finas. Los músculos tensos, la piel caliente, unas marcas rojas que mis uñas habían dejado sin permiso.
Tragué saliva.
—Sudaste mucho.
Dante levantó la vista.
Sus ojos seguían oscuros.
Demasiado despiertos.
—¿Te sientes mejor? —pregunté, recordando tarde el motivo oficial de todo eso.
Él me miró la boca.
—Todavía falta.
Mi respiración se atoró.
—¿Todavía?
—Sí.
—Estás enfermo.
—Y tú estás cansada.
—Exacto.
Su mano bajó por mi cadera.
—Tú no tienes que moverte.
No me dio tiempo de protestar.
La segunda vez fue más sucia.
Menos excusa.
Menos fiebre.
Más Dante.
Me sostuvo las muñecas sobre la almohada cuando intenté esconder la cara, me abrió las piernas con la rodilla y volvió a entrar con una seguridad que me sacó un gemido roto. Yo ya estaba sensible. Demasiado. Cada roce dolía un poco y encendía más. Dante lo notó y cambió el ritmo: más profundo, más lento al principio, luego más fuerte cuando mi cuerpo volvió a buscarlo.
No hablamos casi nada.
No hacía falta.
Él sudaba encima de mí, respiraba contra mi boca, me sujetaba la cintura cada vez que mis piernas perdían fuerza. Yo sólo podía aferrarme a él, morderle el hombro y dejar que me llevara hasta ese punto donde la vergüenza se deshace y sólo queda el cuerpo pidiendo más aunque la cabeza diga basta.
Cuando terminó, la cama parecía haber sobrevivido a una tormenta.
Yo no.
Dante me cargó al baño.
Mis piernas no servían.
Ni poquito.
El agua tibia cayó sobre nosotros. Estábamos desnudos, pegados, con el vapor mezclándose con el sudor. En su pecho había arañazos míos, finos y rojos.
Aparté la vista.
Dante soltó una risa baja.
—¿Ahora te da pena?
—Cállate.
—Ya me viste completo.
—Por eso mismo.
Su sonrisa se marcó apenas.
Me apoyé contra la pared del baño y lo miré de reojo.
—¿Te sientes mal?
—Mucho mejor.
—¿De verdad?
—De verdad.
Me ardieron las mejillas.
—Qué bueno.
No sabía qué más decirle a un hombre que acababa de usarme como remedio contra la fiebre.
Dante me miró con el agua escurriéndole por la cara, todavía con esa hambre metida en los ojos.
—Aquí también podríamos sudar.
Lo empujé en el pecho.
Flojo.
Muy flojo.
—No.
—El vapor ayuda.
—Dante, no.
—¿Segura?
Mi cuerpo, horrible traidor, respondió antes que mi boca. Él lo vio. Claro que lo vio. Pero esta vez yo sí junté las piernas y lo miré con toda la dignidad que me quedaba.
—Estoy cansada de verdad.
Dante se quedó observándome.
Luego me pasó una mano por el cabello mojado.
—Está bien.
Parpadeé.
—¿Está bien?
—Te dejo descansar.
No sabía si sentir alivio o sospecha.
—Gracias.
—Pero estás muy fuera de condición.
Ahí estaba.
—¿Perdón?
—Dos veces y ya no puedes.
Abrí la boca.
—Tú estás enfermo.
—Por eso.
Lo odié.
Poquito.
—Cuando me recupere, vas a correr conmigo en las mañanas.
—No.
—Sí.
—¿Quién corre en la mañana?
—La gente que no quiere desmayarse después de dos rondas.
Le aventé agua.
Dante cerró los ojos un segundo, pero no se enojó. Cuando los abrió, tenía esa calma satisfecha que me daba ganas de besarlo y patearlo al mismo tiempo.
Nos enjuagamos rápido. Salimos envueltos en toallas.
La cama era un desastre.
Un desastre evidente.
Sábanas húmedas, almohadas tiradas, cobija torcida. Me quedé en la puerta del baño, sintiendo que la cara se me incendiaba.
—Tengo que cambiar eso.
Dante miró la cama.
Sus ojos se oscurecieron de una forma que no me ayudó nada.
—Doña Rosa puede hacerlo.
—Ni loca.
—Es su trabajo.
—No esto.
Me acerqué como pude. Las piernas todavía me temblaban. Quité las sábanas, las fundas, todo lo que me parecía sospechoso, y lo metí a la lavadora con la rapidez de una criminal escondiendo pruebas.
Dante salió del vestidor ya vestido. Camisa limpia, pantalón oscuro, el cabello húmedo peinado hacia atrás. Parecía otra vez un hombre serio.
Hasta que vio el piso.
Papeles.
Envolturas.
Condones usados.
Se quedó dos segundos inmóvil.
Luego se agachó y los recogió.
No dijo nada.
Yo tampoco.
Mejor.
Entre los dos dejamos la habitación decente justo antes de que doña Rosa tocara la puerta.
—Señor Dante, el desayuno está listo.
Dante miró hacia la puerta.
—Ya bajamos.
Luego me miró.
—¿Vienes?
—Me cambio.
—Te espero abajo.
Asentí.
Cuando bajé al comedor, doña Rosa ya tenía café, jugo, pan dulce, huevos y fruta sobre la mesa. Dante estaba sentado con una tranquilidad indecente para alguien que hacía media hora me tenía contra la cama.
Doña Rosa lo observó con atención.
—Señor Dante, hoy se ve mucho mejor. ¿Ya se le bajó la fiebre?
Dante levantó la vista hacia mí.
No.
No se le ocurriera.
—Creo que sí —dijo—. Hice ejercicio en la mañana y sudé bastante.
El café casi se me fue por la nariz.
Doña Rosa abrió los ojos.
—¿Ejercicio? Pero no lo vi salir.
—Tal vez estaba ocupada en la cocina.
Yo clavé la mirada en el plato.
Concentrada.
Seria.
Una mujer de paz que no sabía nada de nada.
Dante, desgraciado, parecía divertido.
Después del desayuno, doña Rosa trajo el termómetro. Dante se lo puso sin protestar. Cuando sonó, ella revisó el número.
—Treinta y seis punto cinco. Ya está normal.
Me quedé viendo el termómetro.
Anoche había tenido treinta y ocho.
No podía ser.
¿De verdad había funcionado?
No.
Seguro era la medicina.
Y el descanso.
Y el agua.
Y tal vez, poquito, el supuesto ejercicio.
Poquito.
Mi cerebro, pésimo aliado, lanzó una pregunta absurda: si algún día me daba fiebre a mí, ¿también...?
Sacudí la cabeza.
No.
¿Qué me pasaba?
Dante se inclinó hacia mí cuando doña Rosa se fue a la cocina.
Su boca quedó cerca de mi oído.
—Gracias por cooperar esta mañana.
Se me tensó todo el cuerpo.
—Si no fuera por ti —murmuró—, no me habría recuperado tan rápido.
Casi me atraganté con mi propia saliva.
—De nada —dije, roja hasta el cuello—. Era lo que debía hacer.
Dante se quedó quieto.
Luego soltó una risa baja.
Yo cerré los ojos.
Auxilio.
Mi boca me odiaba.