Azalea Nurul Huda lo dio todo por su matrimonio: tres años cuidando a una suegra postrada en cama, sola en un pueblo mientras su marido vivía en la ciudad. El día que la suegra muere, Reza la repudia frente a los vecinos acusándola de estéril. Sin un centavo, sin familia, con solo una maleta y su fe, Azalea parte a la ciudad en busca de trabajo.
El destino la cruza con Elora, una niña de tres años que resulta ser la hija de Jasmine —su hermana mayor fallecida— y de Enzo Alexander Kaiser, el poderoso CEO de Kaiser Group. Enzo, viudo y emocionalmente cerrado, tiene dos hijos destrozados: Erza, de cinco años, que sufre crisis de ira y autolesión, y Elora, que apenas sabe hablar y no conoce el cariño de una madre.
Azalea acepta ser su niñera. En tres meses transforma el hogar: les enseña a rezar, a pedir perdón, a pronunciar el nombre de Dios antes de dormir. Cuando la madre de Enzo la despide por mencionar a Jasmine, Enzo toma una decisión desesperada: le propone matrimonio. No por amor. Solo por sus hijos.
Lo que comienza como un acuerdo frío se convierte en un amor lento e inevitable. Un Ramadán compartido le devuelve la fe a un hombre que había olvidado cómo rezar. Pero cuando la exnovia del exmarido y una villana con sed de venganza orquestan un plan para destruir a Azalea, un secreto devastador sobre la muerte de Jasmine amenaza con arrasarlo todo.
Entre rezos al alba, heridas del pasado y un perdón que parece imposible, Azalea descubrirá que el amor verdadero no elige el momento perfecto: echa raíces donde menos lo esperas y florece en el lugar más improbable.
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Capítulo 33
Doña Elsa llevaba una semana internada en el hospital. Cada día el médico acudía a revisar el avance de su pierna lesionada. La cadera, el muslo y la pantorrilla izquierda aún no tenían fuerza suficiente para sostener su cuerpo. Por el momento, debía desplazarse en silla de ruedas.
Una realidad durísima para una mujer acostumbrada a vivir con elegancia, autonomía y una imagen impecable ante los demás.
Al fin llegó el día del alta. Enzo empujó la silla de ruedas de su madre fuera de la habitación. Detrás de ellos, Azalea cargaba la bolsa con medicamentos, documentos clínicos y algunas pertenencias.
Al llegar a la casa, el ambiente se sentía distinto. La mansión estaba más silenciosa de lo habitual. Erza y Elora corrieron de inmediato hacia su abuela.
—¡La abuela ya volvió! —exclamó Elora, radiante.
Erza se plantó junto a la silla de ruedas con gesto solícito. —Abuela, ¿te duele mucho?
Doña Elsa asintió apenas. Le incomodaba que sus nietos la vieran en ese estado.
Azalea tomó las riendas al instante. —Erza, Elora... la abuela necesita descansar, ¿sí?
—Sí, mami —respondieron al unísono.
Enzo ayudó a llevar a su madre al dormitorio. Después tuvo que regresar a la oficina; demasiados asuntos se habían acumulado durante la semana.
A partir de ese momento, casi todas las necesidades de doña Elsa quedaron en manos de Azalea. Desde alimentarla, asistirla para pasar de la silla de ruedas a la cama, hasta recordarle los horarios de cada medicamento.
Al segundo día en casa, Azalea entró con un pequeño cubo de agua tibia y artículos de higiene. Doña Elsa la miró, desconcertada.
—¿Qué es eso?
Azalea sonrió con dulzura. —Hay que asearla, señora. La enfermera del hospital indicó que la limpieza debe ser frecuente para evitar infecciones.
El semblante de doña Elsa se endureció al instante. Acababa de percatarse de que, desde la mañana, sentía una molestia en el vientre. Pero como no podía llegar al baño por su cuenta, se había aguantado. —No hace falta —dijo aprisa.
Pasados unos instantes, la inquietud en el rostro de doña Elsa se acentuó.
Azalea comprendió. Ya había enfrentado situaciones como aquella. —No tiene por qué sentir vergüenza, señora —le dijo con suavidad.
Doña Elsa agachó la cabeza.
Minutos después, Azalea limpió con paciencia la suciedad de su suegra. Sus movimientos eran pausados, sin el menor gesto de repugnancia.
Doña Elsa la observó con un revuelo de emociones. Al final no pudo evitar preguntar.
—¿No te da asco?
Azalea se detuvo un momento, luego esbozó una leve sonrisa. —No, señora.
La mujer del hiyab color moca continuó la labor con esmero. —Ya lo hice antes, durante tres años.
Doña Elsa arrugó la frente. —¿Qué quieres decir?
Azalea alzó el rostro un instante. —Mi suegra anterior sufrió un derrame.
La habitación se sumió en un silencio repentino. Azalea prosiguió en voz queda. —Durante tres años la cuidé yo sola. Le daba de comer, la bañaba, la aseaba igual que ahora.
Doña Elsa enmudeció. No lo esperaba. Siempre había dado por hecho que Azalea era solo una mujer sencilla del campo, afortunada por haber entrado en su familia. Pero resultaba que aquella mujer había atravesado algo mucho más arduo.
Terminada la limpieza, Azalea ayudó a doña Elsa a ponerse ropa limpia. —Listo, señora.
Doña Elsa no articuló palabra. Pero en lo hondo de su pecho, algo comenzó a moverse. Algo que llevaba mucho tiempo sellado con llave.
Pasaron varios días y el estado de doña Elsa mejoró poco a poco. Aunque seguía en la silla de ruedas, al menos el dolor en la pierna se había atenuado.
Una tarde, después de que el médico se retiró, doña Elsa dijo en voz baja: —Quiero un baño caliente.
Azalea volteó de inmediato.
—Con aromaterapia —añadió doña Elsa.
Azalea sonrió. —Claro, señora.
Se puso manos a la obra sin demora. El agua caliente fue llenando la tina del baño principal. Vertió unas gotas de aceite esencial de lavanda. Un aroma suave invadió el cuarto. Azalea regresó a la habitación.
—Señora, el agua está lista.
La ayudó a levantarse de la silla de ruedas. Aunque Azalea era delgada, resultó tener fuerza suficiente. Con cuidado le sostuvo el cuerpo.
—Despacio, señora.
Cargó a doña Elsa hasta el baño. Luego la ayudó a descender dentro de la tina.
El agua tibia envolvió el cuerpo de doña Elsa al instante. Cerró los ojos. Durante semanas había sentido la rigidez de permanecer acostada demasiado tiempo en la cama del hospital. Ahora, poco a poco, esa sensación se desvanecía.
Azalea tomó una esponja. Con delicadeza le frotó la espalda, los brazos y la pierna sana. Sus movimientos eran cuidadosos, sin apuro. Como los de una hija que cuida a su propia madre.
Unos minutos después, doña Elsa exhaló un largo suspiro. —Ah... qué alivio. —Desde el accidente, era la primera vez que su cuerpo se relajaba de verdad.
Terminado el baño, Azalea la secó con una toalla grande. Después la ayudó a vestirse con ropa cómoda.
—Con su permiso, señora, voy a cambiarme —dijo Azalea en voz queda.
Se dio la vuelta para salir.
—Lea... —la llamó doña Elsa.
Azalea se detuvo en seco. El cuerpo se le tensó de golpe. El corazón le dio un vuelco. Era la primera vez que esa palabra salía de los labios de su suegra. Despacio, se volvió.
—¿S-sí... señora?
Doña Elsa la miró largamente. La mirada que solía ser gélida se sentía diferente.
—A partir de ahora no me llames señora.
Azalea se quedó inmóvil.
—Dime mamá Elsa. Como Enzo.
Fue como si el tiempo se detuviera un instante. Azalea no se movió. Los ojos se le fueron empañando poco a poco. Durante todo ese tiempo se había armado de paciencia frente al desdén de su suegra. Nunca protestó. Nunca exigió nada. Solo abrigó la esperanza de que algún día aquella mujer la aceptara. Y ese día, al fin, había llegado.
—S-sí... ma-mamá Elsa. —La voz de Azalea tembló. Los ojos contemplaron a la mujer frente a ella con una emoción imposible de ocultar.
Doña Elsa apartó un poco el rostro. Pero en la comisura de sus ojos brilló un destello húmedo, a punto de caer. La muralla que había levantado tan alta comenzó, por fin, a desmoronarse piedra a piedra.