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Casada con el Prometido de mi Hermana

Casada con el Prometido de mi Hermana

Status: Terminada
Genre:La mimada del jefe / Romance / CEO / Matrimonio contratado / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:891.3k
Nilai: 4.7
nombre de autor: Bella

Ximena Robles nunca debió terminar vestida de novia.

Esa boda era de su hermana. Ese hombre también.

Pero cuando Lorena desapareció antes de la ceremonia, la familia Robles no tuvo otra salida: Ximena ocupó su lugar y se casó con Dante Montalvo, el hombre más poderoso, frío y peligroso de la ciudad.

Dante era mayor que ella, demasiado serio, demasiado seguro de sí mismo. Un hombre acostumbrado a mandar, a controlar cada espacio que pisaba… y ahora también su matrimonio.

Ximena quiso convencerse de que solo era un acuerdo. Que podía dormir bajo el mismo techo, llevar su apellido y seguir siendo inmune a él.

Pero Dante no era un esposo fácil de ignorar.

Sus manos, su voz baja, su forma de mirarla como si ya supiera todo lo que ella intentaba esconder, empezaron a romperle la calma. Entre celos, secretos familiares y una atracción que ninguno de los dos podía apagar, Ximena descubrió que ocupar el lugar de su hermana era mucho más peligroso de lo que imaginaba.

Porque Dante no la eligió al principio.

Pero una vez que la tuvo como esposa, tampoco pensaba dejarla ir.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 32

Capítulo 32

Doña Rosa escuchó a Dante y casi se le llenaron los ojos de agua.

—Gracias, señor Dante. De verdad, gracias. Gracias también a usted, señora Ximena.

Negué rápido.

—No tiene que agradecerme.

Me sentía rara recibiendo gratitud por algo que ni siquiera había hecho. La que había estado esperando en casa con culpa era ella. El que le había dado dignidad, Dante.

Yo sólo estaba ahí, sosteniendo la receta como si fuera mi pase para no pensar tonterías.

—Doña Rosa —dije—, ¿puede preparar algo ligero? Dante tiene que comer antes de tomar la medicina.

—Claro, mi niña. Ahorita mismo.

Se fue a la cocina con más prisa de la necesaria.

Y entonces quedamos solos.

Otra vez.

La sala se sintió demasiado grande y demasiado silenciosa.

Dante caminó hasta el sofá y se sentó con ese cansancio pesado de quien ya no quiere admitir que está cansado. Apoyó la espalda, abrió un poco las piernas y se llevó los dedos al entrecejo.

Yo miré hacia la cocina.

—Voy a ayudarle a doña Rosa.

—Doña Rosa puede sola.

Me detuve.

Dante no abrió los ojos.

—Tráeme agua. Tengo sed.

—Ah. Sí.

Fui por un vaso como si me hubieran dado una misión oficial. Agua tibia, nada raro, nada que pudiera caducar y mandarlo de regreso al hospital. Cuando volví, él seguía en la misma posición, con el ceño apenas marcado y la camisa todavía arrugada del día.

—Aquí.

Abrió los ojos.

—Dámela.

Le pasé el vaso. Bebió varios tragos y lo dejó en la mesa de centro. Luego me miró.

—¿Por qué estás parada?

Porque sentarme a tu lado después de pensar que enamorarse de ti sería fácil me parece una pésima idea.

No dije eso.

Me senté.

No tan cerca.

Tampoco tan lejos.

Él volvió a presionarse el entrecejo.

—¿Te sigue doliendo la cabeza? —pregunté.

—Un poco.

—Seguro fue por el estrés del coche.

Dante me miró.

—Sí.

—Oye, yo era la que manejaba.

—Exacto.

Abrí la boca.

La cerré.

Qué grosero.

Qué cierto.

—¿Quieres que te dé masaje? —solté por educación, sin pensar.

Dante levantó los ojos hacia mí.

Yo me arrepentí al instante.

—Va —dijo.

—¿Va?

—Sí.

—No sé dar masajes.

—En el hospital lo hiciste bien.

Eso me dejó sin defensa.

—¿Cómo quieres...? —empecé.

No terminé.

Dante se inclinó hacia mí.

Por un segundo pensé que iba a besarme. El cuerpo se me puso tenso, la respiración se me atoró y mis manos se quedaron quietas sobre la falda.

Pero no me besó.

Apoyó la cabeza sobre mis piernas.

Así, sin más.

El peso de su cabeza cayó sobre mis muslos y mi cuerpo se quedó duro como tabla. Dante cerró los ojos, demasiado tranquilo para alguien que acababa de invadir mi espacio de esa manera.

—Así te queda más cómodo —dijo.

—Ajá.

Mi voz salió rarísima.

—Si no te acomodas, me dices.

—Me acomodo.

Mentira.

Me acomodaba fatal.

Tenía a mi esposo acostado sobre mis piernas, el cabello oscuro cerca de mis manos, la cara seria vuelta hacia mi vientre y esa confianza suya de hombre que no pedía permiso para ocupar espacio porque el mundo, normalmente, se lo abría solo.

—Confío en ti —murmuró.

Ay.

No me dijera cosas así.

Puse dos dedos sobre su entrecejo y empecé a moverlos despacio, como había visto hacer alguna vez en internet. Círculos pequeños. Presión suave. Luego un poco más firme.

Dante no habló.

Eso ayudó.

Y no ayudó.

Porque el silencio me dejaba escuchar mi propia respiración, sentir el calor de su cabeza sobre mis muslos y notar cada vez que mis dedos rozaban su piel.

Dante mantuvo los ojos cerrados.

Desde que Ximena le había masajeado el brazo en el hospital, la sensación se le había quedado rondando. No era sólo alivio físico. Era la forma en que ella tocaba: cuidadosa, sin prisa, con esa torpeza limpia de alguien que no intenta seducir y por eso mismo desarma más.

Ahora, con la cabeza sobre sus piernas, el efecto era peor.

La fiebre lo tenía cansado, pero no confundido. Sentía el calor de Ximena debajo de él, el olor suave de su piel, la tensión de sus muslos cada vez que ella intentaba relajarse y no podía.

Era una sensación peligrosa.

Cómoda.

Demasiado fácil de querer repetir.

Quizá era la enfermedad.

Quizá no.

Ximena movió los dedos un rato más hasta que le empezaron a doler.

—¿Mejor? —pregunté.

—Mejor.

—Entonces levántate.

Dante abrió los ojos.

Yo sentí su mirada desde abajo y el calor se me subió a la cara.

—Se me durmieron las piernas —expliqué.

Él se incorporó despacio. Cuando volvió a sentarse, me miró como si estuviera evaluando el daño.

—¿Mucho?

—No. Camino tantito y se me pasa.

—Te puedo masajear.

Negué de inmediato.

—No.

—Tú me masajeaste.

—Era tu cabeza.

—Tus piernas también son parte del cuerpo.

—Gracias por el dato médico, pero no.

Intenté levantarme con toda la dignidad posible.

Me fallaron las piernas.

Una punzada de entumecimiento me subió por los muslos y perdí el equilibrio. Antes de poder agarrarme de algo, caí directo sobre Dante.

Sus brazos me atraparon.

Firme.

Rápido.

Demasiado cerca.

Terminé medio encima de él, con la cara a la altura de su cuello y las manos apoyadas en su pecho. Olía a jabón, medicina y ese perfume suyo que no debería seguir oliendo tan bien después de un día de hospital.

—Perdón —dije, ardiendo de vergüenza—. No fue a propósito.

—Ya vi.

—Suéltame. Esta vez sí puedo pararme.

Dante no me soltó.

Sus manos se quedaron en mi cintura.

—Tus piernas siguen entumidas.

—Se me pasa.

—Te masajeo y ya.

—No.

—Ximena.

—Dante.

Sus ojos bajaron a mi boca un segundo. Luego a mis piernas.

—Deja de moverte.

—No quiero que me masajees.

—Sólo voy a quitarte el entumecimiento.

—Yo puedo.

—No pudiste ni levantarte.

Mi cara ardió.

—Eso fue un accidente.

—Entonces quédate quieta un minuto.

Su mano bajó a mi muslo.

No subió de más.

No hizo nada indecente.

Y aun así mi cuerpo reaccionó como si sí.

La palma de Dante era grande, caliente, pesada sobre mi piel a través de la tela. Presionó con cuidado, buscando el músculo entumido, pero yo me puse más tensa.

—Relájate —dijo.

—No puedo.

—Sí puedes.

—No quiero.

Intenté levantarme otra vez.

Dante me sujetó con más firmeza.

—Te dije que no te movieras.

—Y yo te dije que no...

La palmada cayó antes de que terminara.

No fue fuerte.

Pero fue clara.

Su mano me dio en el trasero, seca, rápida, como una corrección que ninguno de los dos había planeado.

Me quedé congelada.

Dante también.

Lo miré con los ojos abiertos.

—¿Me acabas de...?

La pregunta ni siquiera salió completa.

No hacía falta.

La cara de Dante cambió.

Primero sorpresa.

Luego una incomodidad tan rara en él que casi me dio más vergüenza.

Su mano seguía en mi cintura. La otra, la culpable, se quedó quieta a un lado, como si tampoco supiera qué hacer consigo misma.

—Perdón —dijo.

Lo dijo rápido.

Serio.

Yo me levanté de sus brazos como pude. Esta vez mis piernas sí obedecieron, quizá por pura humillación.

—Voy a ver si doña Rosa ya terminó la comida.

—Ximena...

No me quedé.

Huí.

Literalmente.

Entré a la cocina con la cara prendida y la cabeza llena de una sola imagen: Dante en el sofá, yo encima de él, su mano bajando, la palmada.

Ay, no.

Ay, no, no, no.

Me había pegado en el trasero.

Mi esposo.

Mi ex cuñado.

El hombre serio, correcto, educado, de traje caro y voz baja.

Me había dado una palmada en el trasero como si yo fuera...

Como si fuéramos...

No terminé el pensamiento.

No podía.

—Señora Ximena —dijo doña Rosa, volteando desde la estufa—. ¿Qué hace aquí?

—Vine a ayudar.

Mi voz salió demasiado alta.

Doña Rosa parpadeó.

—No hace falta, mi niña. Usted vaya a cuidar al señor Dante.

—Está perfecto.

—¿El señor?

—Sí. Perfecto. Enterito. No necesita que lo cuide.

Doña Rosa me miró raro.

Yo tragué saliva.

—Digo... si no le molesta, me quedo aquí. Quiero aprender cómo cocina.

—Ah, pues claro. Yo le enseño.

Gracias a Dios.

Algo que no fuera Dante.

Me quedé junto a la barra, lavé verduras, acerqué platos, pasé servilletas. Lo que fuera con tal de no volver a la sala todavía.

Doña Rosa me miró de reojo.

—Señora Ximena, ¿se siente bien?

—Sí.

—Trae la cara muy roja. ¿No será que también le dio fiebre?

—No. Es la cocina. Hace calor.

—Pues si se siente sofocada, salga.

—Estoy bien.

No iba a salir.

Ni aunque la cocina se incendiara.

Doña Rosa preparó cinco platillos y una sopa. Todo sencillo, casero, ligero por la fiebre de Dante, pero olía increíble. Había pollo en salsa suave, verduras salteadas, arroz, una sopa clara y unas costillitas con sabor dulce que me hicieron mirar el plato dos veces.

Cuando nos sentamos a comer, Dante estaba frente a mí.

No demasiado cerca.

Pero en la misma mesa.

Eso ya era suficiente.

Comimos casi en silencio. Yo miraba el plato. Él también parecía concentrado en la comida, aunque de vez en cuando sentía su mirada levantarse hacia mí.

No dije nada.

Él tampoco.

Después de comer, quise recordarle la medicina.

Abrí la boca.

La cerré.

Doña Rosa me salvó.

—Señor Dante, ya le dejé agua. Acuérdese de tomar las pastillas.

Dante me miró.

Luego tomó las pastillas, se las llevó a la boca y bebió agua.

Solté el aire despacio.

Doña Rosa, como si acabara de recordar algo importante, añadió:

—Señor Dante, como todavía trae fiebre, puede contagiar a la señora Ximena. Yo creo que hoy sería mejor que duerman separados.

Dante dejó el vaso en la mesa.

Su ceño se marcó.

Yo levanté la cabeza.

Separados.

Perfecto.

Maravilloso.

Justo lo que necesitaba para no seguir viendo su mano cada vez que cerraba los ojos.

—Entonces, doña Rosa, ¿dónde duermo?

Dante me miró.

Sentí la mirada.

La ignoré.

—La habitación de al lado está libre —dijo doña Rosa—. Ahorita mismo se la arreglo.

—Gracias. Me parece bien.

Dante no dijo nada.

Pero el aire alrededor de él cambió.

No mucho.

Lo suficiente.

Doña Rosa subió después de la comida y arregló la recámara de al lado. Cuando fui a verla, me sorprendió. Era amplia, con cama grande, sábanas claras y un sillón junto a la ventana. No era la recámara principal de Dante, pero tampoco era cualquier cuarto.

Dormir sola ahí sonaba muy bien.

Demasiado bien.

Estaba cansada. Entre hospital, coche, medicina, comida y vergüenza, el cuerpo me pedía baño y cama.

El problema era que mis cosas seguían en la recámara de Dante.

Toqué su puerta.

Se abrió casi enseguida.

Dante estaba del otro lado con una bata gris.

Nada más.

El pelo húmedo, el vapor todavía pegado en la piel, la bata cerrada a medias y el pecho visible en una línea que bajaba desde la clavícula. No debería haberme quedado mirando.

Lo hice.

Un segundo.

Dos.

Luego aparté la vista.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—En el otro baño no hay shampoo ni gel. Vine por mis cosas.

—Yo ya terminé. Báñate aquí.

—Ah.

—Pasa.

Entré.

Al pasar junto a él sentí el calor de su cuerpo recién bañado. La puerta se cerró detrás de mí y me giré de inmediato.

Dante levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

Nada.

Sólo que por un segundo pensé que me iba a encerrar con él.

Qué ridícula.

Mi mirada volvió a su pecho sin permiso.

—El doctor dijo que tienes que cuidarte —solté—. Después de bañarte deberías ponerte más ropa. Te puedes enfriar.

Dante bajó la vista a su bata.

—No tengo frío.

—Bueno.

Claro.

Cómo iba a tener frío si yo era la que estaba quemándose.

—Me voy a bañar.

Di un paso.

Él me tomó de la muñeca.

No fuerte.

Pero suficiente para detenerme.

—Lo de hace rato —dijo—. ¿Sigues incómoda?

La cara se me prendió.

—No.

—Entonces, ¿por qué me evitas?

—No te evito.

Dante me miró.

No tuve fuerza para sostenerle la mirada.

—En la comida casi no hablaste. Doña Rosa dijo que durmiéramos separados y aceptaste antes de que terminara la frase.

—Porque tiene razón. Estás enfermo.

—¿Sólo por eso?

Me quedé callada.

Él bajó la voz.

—¿Crees que lo que hice fue vulgar?

Levanté la cabeza.

—No.

—¿Entonces?

La vergüenza me subió hasta las orejas.

—Es que nadie me había hecho eso.

Dante guardó silencio.

—Me dio pena —admití, casi sin voz.

Su expresión cambió.

Algo se aflojó en su cara.

—Sólo eso.

—Sí.

—No fue mi intención incomodarte.

—Ya sé.

—Tampoco tengo la costumbre de andar dándole palmadas a la gente.

Me salió una risa nerviosa.

—Eso espero.

—Y no quiero que pienses que soy violento.

Lo miré, todavía roja.

—Dante, fue una palmada.

Una muy ligera.

Y, para mi desgracia, mi cerebro recordó que en la cama sus manos habían sido bastante menos tímidas.

La cara me ardió peor.

—Entiendo —dije rápido—. Ya está.

Su mirada bajó a mi boca.

Luego volvió a mis ojos.

—Bien.

—¿Me sueltas? Quiero bañarme.

Dante tardó un segundo.

Luego abrió la mano.

Me fui al vestidor antes de que pudiera decir algo más. Agarré una camisola rosa y me encerré en el baño.

Me bañé rápido.

Demasiado rápido para alguien que decía querer relajarse.

Cuando salí, Dante estaba sentado en el sofá, viendo el celular. Ya se había cerrado un poco más la bata, gracias a todos los santos.

—¿Por qué no estás descansando? —pregunté.

Levantó la mirada.

Dante vio a Ximena recién salida del baño.

La camisola rosa le caía suave sobre el cuerpo. La piel húmeda le tenía un tono cálido, como si el vapor la hubiera dejado más viva. El cabello le rozaba los hombros y la tela ligera hacía que se viera más joven, más dulce, demasiado lejos de la mujer que hacía rato había terminado en sus brazos.

A Dante se le secó la garganta.

La fiebre ya no era excusa para todo.

—Todavía es temprano —dijo—. No tengo sueño.

Yo asentí.

—Entonces yo me voy a dormir.

—¿Ya tienes sueño?

—Un poco.

Era cierto.

Y también era una salida.

Dante apretó la boca.

—Descansa.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Salí de la recámara sin mirar atrás.

En la habitación de al lado, me acosté en la cama grande y revisé el celular unos minutos. El cansancio me cayó encima rápido. Había sido un día larguísimo.

Hospital.

Fiebre.

Su mano en mi cara.

Su cabeza en mis piernas.

Su palmada.

No.

Eso no.

Dejé el celular a un lado, cerré los ojos y me obligué a dormir.

Esta vez, el sueño sí llegó.

Dante no tuvo la misma suerte.

Se acostó en su cama y apagó la luz. El cuarto quedó en silencio, pero el silencio no ayudó. Se giró hacia un lado. Luego hacia el otro.

La fiebre había bajado.

El cuerpo seguía cansado.

La cabeza, no.

La cama se sentía grande de una manera incómoda.

Dante abrió los ojos en la oscuridad.

Pensó en Ximena aceptando dormir separada tan rápido. Pensó en su cara roja cuando él preguntó si seguía incómoda. Pensó en la forma en que huyó al baño como si estar cinco minutos más con él fuera demasiado peligroso.

Y luego, sin decidirlo del todo, tomó la almohada que ella solía usar y la acercó a su pecho.

El olor de Ximena seguía ahí.

Suave.

Limpio.

Demasiado presente.

Dante miró la almohada entre sus brazos y frunció el ceño.

¿En serio estaba haciendo eso?

Habían pasado pocos días desde la boda. Muy pocos. Y aun así, esa noche, sin ella dormida contra él, algo no encajaba.

Se obligó a soltar la almohada.

La dejó a un lado.

Cerró los ojos.

Pasaron unos minutos.

Volvió a tomarla.

La metió contra su pecho y respiró hondo.

No era Ximena.

Pero era mejor que nada.

1
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
creo que son más románticos dos Morrocoy que Ximena y Dante. el busca de ser tierno y romántico y ella lo que hace es hacerlo sentir mal. de pana ya me cae gordita ella con su actitud.
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
ya me está cayendo mal. parece una Chama de 15 de los años 80 🥺
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
parece boba. de pana Ximena no haga que me arrepienta de apoyarte. de pana estás actuando como niña de 13.años y no como una mujer de que edad 18 o 20 años para actuar asi
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
seguro fue su hermana
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
Ximena cuídate tiene el enemigo respirando en tu cuello
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
vaya la preferencia existe en alguna madre y está Beatriz va a perder mucho espero el papá sea más inteligente
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
Ximena no gastes en cosas innecesaria..invierte saca provecho nena
🇻🇪❤️‍🔥Degne❤️😍
para mí el gusta más de ella de quién fue su novia
Marta Holguin
ya ps varias veces tuvieron sexo y sigue con la misma bobada escritora ya está como aburrida la trama cambie ya dándole tastas largas siempre lo mismo y bno porq no muestra fotos
Marta Holguin
síii bastante ya está como aburridora la trama escritora cambie ya tanta bobada con Ximena que pereza
Cliente anónimo
Que hermosa historia, me encantó. Felicidades
Paola castro
perdón pero dijo primero la compre antes de la boda y ahora dice la compré hace 2 años que se ponga de acuerdo
Maritza
me encantó
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Esa frase se puede interpretar en otro sentido. 😂😂😂😂😂🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
GALATEA CORAZÓN ❤️🫰🇨🇴❤️🫰
Pero ella aceptó sin chistar. Parece una niñita , esperando que le digan qué hacer.🤔🧐🇨🇴🇨🇴🇨🇴🇨🇴
Angelica Tamayo
me parecio hermoso por eso quiero una segunda parte por que nos quedamos esperando cuando aparecerian de nuevo los padres de ximena
Ofelia Juarez
Lo que pasa es que sus padres la minimizaron y ella no pudo madurar bien se sientehindegur😭a
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Marta Bettucci
le co.praron un auto...y ahora parece que..y eligió otro modelo....repite mucho lo diario...me esta cansando....voy al final y listo
Raquel Privitera
ya dije q es una pesadilla 80 c de lo mismo es cansador yo no se si es o se hace👿👿👿
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