Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 31
Capítulo 31
La caja debajo del escritorio
Valentina redujo la medicación sin decírselo a nadie.
Llevaba tres semanas sintiéndose mejor — durmiendo seis horas seguidas, comiendo tres veces al día, escribiendo páginas enteras del libro sin que las palabras se le atascaran en la garganta. La psicóloga le había dicho que el ajuste era posible pero que debía ser gradual y supervisado. Valentina decidió que "supervisado" era una palabra flexible.
Pasó de dos pastillas a una. Escondió los empaques vacíos en el fondo del bote de basura, debajo de las cáscaras de naranja y los filtros de café. No quería que Santiago los viera — no porque le diera vergüenza, sino porque no quería ser la mujer que necesita pastillas. Quería ser la mujer que se curaba. La diferencia era pequeña y peligrosa.
El libro avanzaba. Fernando le mandaba correos semanales preguntando por el progreso y ella respondía con cifras de palabras que eran reales: tres mil esta semana, cuatro mil la siguiente. Las páginas sobre Hapir eran las más difíciles — cada párrafo le costaba como si las palabras pesaran más cuando describían cosas que dolían. Pero las escribía. Una por una. Como Santiago desactivaba minas: con paciencia, con miedo controlado, con la certeza de que el único camino era hacia adelante.
La oferta de "Nuestra Bandera" llegó por correo electrónico un miércoles. Era un programa del Ministerio de Defensa — cobertura de actividades militares domésticas, entrenamiento, bases, operaciones de mantenimiento. Bien pagado, bien organizado, sin zona de guerra. Valentina aceptó.
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La caja estaba debajo del escritorio de Santiago.
Valentina la encontró por accidente — se le cayó un bolígrafo que rodó debajo del mueble y cuando se agachó a recogerlo vio la caja de cartón. Era grande, sin tapa, llena de hojas sueltas. Miles de hojas. Valentina sacó una.
Diagramas de circuitos. Fórmulas de física. Ecuaciones de química. Esquemas de detonadores con anotaciones en letra minúscula: "Si la resistencia varía por encima de 3.2 ohms, el circuito se abre antes del punto de detonación." "Frecuencia de resonancia del componente piezoeléctrico: calcular para neutralización remota." "Hipótesis: la desactivación puede lograrse por saturación electromagnética sin contacto físico."
Valentina sacó otra hoja. Y otra. Y otra. Cada una era un intento — un cálculo, una hipótesis, un diagrama — de resolver el problema de las bombas por puro intelecto. Santiago estaba intentando encontrar una forma de desactivar explosivos sin tocarlos. Sin cables. Sin pinzas. Sin el riesgo de que un temblor en la mano o un zumbido en el oído te cueste la vida. Era ciencia pura aplicada a un problema militar — el tipo de trabajo que se hace en laboratorios con presupuesto de gobierno y equipos de diez personas. Santiago lo estaba haciendo solo, en un departamento de cuarenta metros cuadrados, con un bolígrafo y hojas sueltas.
La obsesión tenía una lógica que Valentina entendía visceralmente: si sus manos ya no podían desactivar bombas en el campo, quizá su cerebro podía desactivarlas desde un escritorio. Era la misma ambición que lo había llevado a Levante, la misma incapacidad de quedarse sentado mientras el mundo se incendiaba. Solo que ahora el incendio estaba dentro de él.
Había cientos de hojas. Quizá miles. Algunas tenían fechas — las más antiguas eran de los primeros meses en el hospital. Las más recientes eran de la semana pasada. Santiago llevaba meses trabajando en esto, en silencio, con la obsesión de un hombre que no puede dejar de pensar en la cosa que casi lo mató.
Valentina guardó las hojas. Puso la caja en su lugar. No le dijo nada.
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Abril trajo sol y silencio en los oídos de Santiago.
No había tenido un episodio de zumbido en tres semanas. Los audífonos funcionaban mejor con el nuevo ajuste que el audiólogo le había hecho. Podía escuchar conversaciones normales sin pedir que repitieran. Podía escuchar la armónica cuando tocaba — no todas las notas, pero las suficientes para seguir la melodía.
Solicitó volver al servicio activo. Duarte lo miró desde el otro lado del escritorio con la expresión de un padre que sabe que su hijo va a hacer exactamente lo que no debería hacer.
—Espera, Herrera. No hay prisa.
—Con todo respeto, Capitán, llevo ocho meses esperando.
—¿Y qué son ocho meses comparados con el resto de tu vida?
Santiago no respondió. Duarte suspiró. Le asignó un ejercicio de evaluación práctica: desactivar una bomba simulada en un escenario con rehén. Condiciones controladas. Tiempo cronometrado. Presión realista.
Santiago entró al escenario con las manos firmes. Se arrodilló frente al dispositivo. Comenzó a trabajar — cable por cable, componente por componente, con la precisión que lo había hecho legendario. Valentina estaba en la sala de observación con Duarte, viendo todo a través de un monitor.
A los cuatro minutos y treinta segundos, los oídos de Santiago se apagaron.
Valentina lo vio en la pantalla: el momento exacto en que dejó de oír. Un parpadeo. Un sacudón de la cabeza. Las manos se detuvieron sobre el dispositivo. Santiago cerró los ojos. Los abrió. Intentó continuar. Las manos le temblaron — por primera vez en su vida, las manos de Santiago Herrera temblaron mientras sostenía un cable.
Se levantó. Se quitó los guantes. Los dejó sobre la mesa con una precisión que era más dolorosa que cualquier gesto de furia — los dedos alineando los guantes uno junto al otro, como si estuviera despidiéndose de ellos. Salió del escenario sin decir nada. Sin mirar atrás. Con la espalda recta y los puños cerrados y la dignidad intacta de un hombre que acaba de perder lo único que lo definía y que no se permite el lujo de desmoronarse en público.
Duarte apagó el monitor.
—Todavía no puede —dijo. No con satisfacción. Con tristeza.
Valentina se quedó mirando la pantalla apagada. Las manos de Santiago. El temblor. La imagen se le grabó en la retina como una foto que no quería haber tomado.
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Benjamin llamó esa noche.
Santiago contestó en la cocina mientras Valentina lavaba los platos. Ella podía escuchar la voz de Benjamin a través del altavoz — grave, con acento texano, con la familiaridad de alguien que ha compartido trincheras.
—Herrera. ¿Cómo están esos oídos?
—Mejor. ¿Y tu rodilla?
—Funcional. Oye, pregunta seria: la chica por la que arriesgaste todo. ¿Siguen juntos?
Santiago miró a Valentina. Ella le devolvió la mirada con las manos llenas de espuma.
—Es mi novia.
Las dos palabras cayeron sobre la cocina como una declaración de independencia. Benjamin se rio al otro lado de la línea — esa risa de soldado que Valentina conocía de Garún.
—Respect. Dale mis saludos. Y dile que el tipo que te derrotó en combate con cuchillo le manda un abrazo.
—Yo te derroté a ti, Carter.
—Eso es discutible. Pero felicidades, hermano. Te lo mereces.
Santiago colgó. Miró a Valentina.
—Es mi novia —repitió, como si necesitara decirlo una vez más para que fuera completamente real.
Valentina le tiró espuma en la cara. Santiago se limpió con la manga. Se rio. Ella se rio. Se quedaron riéndose en la cocina del departamento de cuarenta metros cuadrados con los platos a medio lavar y la espuma en la cara y la palabra "novia" flotando en el aire como una burbuja de jabón que ninguno de los dos quería reventar.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.