A Renata la traicionaron el día más importante de su vida.
Mientras se probaba sola su vestido de novia, un mensaje anónimo le reventó el mundo: su prometido, Patricio, se estaba casando con Daniela —la hija postiza que le robó su lugar en la familia Bracamonte— en una boda de ensueño. Cuando llegó, escuchó a los invitados reírse de ella: «la sorda», «la arrimada», «en la cama ha de ser un pez muerto». Patricio ni se inmutó: «Es normal en este círculo. Seguirás siendo mi esposa legal».
Renata rompió el compromiso ahí mismo. Y esa misma tarde, ante todos, hizo lo único que nadie esperaba: **se casó con Maximiliano Lazcano… el tío de su ex.**
Frío, intocable, dueño de uno de los imperios más grandes del país, Max era el hombre que la sociedad entera deseaba y temía. Lo que Renata no sabía —y lo que Patricio descubriría demasiado tarde, llamándola noche tras noche para suplicarle que volviera— es que ese magnate de hielo la amaba en silencio desde que ella tenía dieciséis años. Y ahora que por fin era suya, no pensaba dejarla ir.
Él la cubrió de joyas y la defendió en público cuando la élite la despreciaba. Curó en secreto el oído que ella creía perdido. La eligió, una y otra vez, frente a todos. Pero entre ellos seguía en pie un secreto enterrado en cenizas: el incendio que la dejó sorda, el trauma que lo persigue a él… y una verdad que cambiará quién es el culpable y quién la víctima.
Mientras Renata se levanta de la nada hasta convertirse en la diseñadora más codiciada del país, los que la humillaron caen uno a uno. La hija postiza pierde su corona. El ex que la cambió por su hermana lo entiende cuando ya no hay vuelta atrás. Y la verdad sobre su sangre, su pasado y el hombre que siempre la amó saldrá a la luz.
La despreciaron por ser «la hija perdida, la sorda, la naca».
Se equivocaron con la mujer.
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Capítulo 31
Capítulo 31: No era él
Llegué de madrugada, a un aeropuerto pequeño azotado por la lluvia.
El frente frío se había vuelto tormenta. Un hombre de la gente de Max me esperaba con un coche y un paraguas que de nada servía contra esa agua que caía de lado. Manejamos hora y media por una carretera de montaña, entre la niebla y los relámpagos, hacia el pueblo más cercano al lugar del accidente, donde habían montado el centro de operaciones y habían llevado a los heridos.
Yo iba con la frente pegada a la ventana, rezando sin parar, apretando el estuche en el bolsillo. Cada vez que el coche frenaba por una curva, el corazón se me iba a la garganta. El conductor manejaba despacio, con las dos manos en el volante, y de vez en cuando me miraba por el retrovisor con una compasión que me daba más miedo que cualquier palabra. La gente no te mira así cuando las noticias son buenas.
Durante el camino no dejé de imaginar las dos versiones del final. En una, abría una puerta y ahí estaba Max, vivo, con su quietud de siempre, levantando la ceja como si yo exagerara. En la otra —la que se me metía por más que la espantara— me llevaban a un cuarto frío, me pedían que identificara, y yo tenía que mirar. Las dos películas se me proyectaban a la vez, encimadas, y entre las dos me iba volviendo loca. Recé. Le recé a Dios, a mi abuela, a la Virgen, a la Carmen que no conocí y que, si había justicia en alguna parte, no querría perder a su hijo dos veces. "Te lo cuido bien, Carmen, te lo juro, pero déjamelo. Déjamelo todavía."
El hospital del pueblo era chico, de paredes verdes y luz de tubo. Olía a desinfectante y a ropa mojada. En la entrada había gente: familiares, rescatistas con chamarras reflejantes, personal corriendo. Y, en un pasillo lateral, alineadas, unas camillas con bolsas. Bolsas oscuras, cerradas, del tamaño de un cuerpo.
Me detuve en seco al verlas. El mundo se me llenó otra vez de ese zumbido blanco. Una de esas bolsas. ¿Y si una de esas bolsas…? Conté. Eran tres. Tres bolsas oscuras, cerradas, quietas bajo la luz fría del tubo. Y por mi cabeza pasó, horrible, el pensamiento de que cualquiera de las tres podía tener adentro la quietud que yo conocía, la de los hombros anchos, la de las manos grandes. Se me dobló una rodilla.
—Señora, no mire eso —me dijo el hombre, sosteniéndome del codo, tratando de taparme la vista con su cuerpo—. Venga. Por favor. Vamos a preguntar, que mirar no sirve de nada.
Pero yo ya no oía bien. Avancé como en sueños hasta el mostrador, leyéndoles los labios a las enfermeras porque entre la lluvia y el pánico el oído ya no me daba para nada.
—El señor Lazcano —dije, o creo que grité—. Maximiliano Lazcano. Venía en la avioneta. ¿Dónde está? ¿Está…? —No pude terminar la pregunta.
Una enfermera revisó una lista, tardó una eternidad, y al fin señaló un pasillo.
—El señor está allá. Cuarto cuatro. Pero está…
No la dejé terminar. Eché a correr por el pasillo, con el abrigo chorreando, resbalando en el piso mojado, leyendo los números de las puertas: dos, tres, cuatro. La puerta estaba entreabierta. Adentro, sentado en el borde de la cama, de espaldas a mí, había un hombre alto, de hombros anchos, con una bata de hospital y vendas. De espaldas, igual que él. Igual que Max.
Empujé la puerta y me lancé sobre esa espalda, abrazándolo por detrás con todas mis fuerzas, hundiendo la cara entre sus omóplatos, soltando por fin el llanto que llevaba horas tragándome.
—¡Estás vivo! —sollocé—. Estás vivo, gracias a Dios, perdón, perdóname, te juro que nunca más, nunca más te dejo ir sin decirte… —Las palabras me salían atropelladas, mojadas, entre hipidos—. Te quiero, ¿me oyes? Te quiero, eso era lo que venía a decirte, y los anillos, te hice unos anillos, y pensé que…
El hombre se puso rígido bajo mis brazos. Muy rígido. Y habló, con una voz que no era la de Max.
—¿Señora… Renata?
Me quedé helada. Esa no era su voz. Aflojé los brazos, di un paso atrás, y el hombre se volvió.
No era él.
Era Emilio. El asistente de Max. Con un brazo en cabestrillo y un golpe en la frente, mirándome con una mezcla de dolor y de vergüenza espantosa por haber sido, sin quererlo, el receptor de todo lo que yo acababa de gritar.
—Yo… disculpe, señora —balbuceó Emilio, rojo hasta las orejas—. El señor está…
—¿Dónde está Max? —Mi voz salió quebrada, perdida. Si este era Emilio, entonces Max, ¿dónde…? Las bolsas del pasillo me volvieron a la mente y las piernas me fallaron—. ¿Dónde está? Dime que está…
—Aquí estoy.
La voz vino de detrás de mí. Su voz. La de verdad.
Me volví despacio, con miedo de que fuera otra ilusión.
Max estaba de pie en el umbral, apoyado en el marco de la puerta. Tenía un corte en la ceja cerrado con puntos, un brazo raspado, la ropa sucia y rota, una manta sobre los hombros. Pero estaba de pie. Estaba entero. Estaba vivo. Y me miraba con una intensidad que me atravesó de lado a lado.
—Te dije que volvía —murmuró—. Siempre vuelvo.
No supe cómo crucé el cuarto. Solo sé que de pronto estaba contra su pecho, agarrada a su camisa rota, y que él me rodeaba con el brazo bueno y me apretaba la cabeza contra su corazón —que latía, que latía rápido y fuerte, vivo, vivo, vivo— mientras yo lloraba como no había llorado en toda mi vida, ni siquiera de niña, ni siquiera en lo peor.
Le toqué la cara, el pelo, los hombros, los brazos, con las manos temblorosas, como quien revisa que estén todas las piezas. Le mojé la camisa entera. Hipaba, no podía hablar, no podía parar. Toda la calma que había fingido ante los Bracamonte, todo el aguante de años, se me deshizo de golpe ahí, contra ese pecho que respiraba.
—Ya —murmuraba él, una y otra vez, con la boca en mi pelo—. Ya. Estoy aquí. No pasó nada. Ya, mi vida. Respira.
"Mi vida." Me lo había dicho otras veces, casi sin querer. Pero esa madrugada, en ese hospital, esas dos palabras me sostuvieron mejor que sus brazos.
—Creí que… —logré decir, entre hipidos—. Vi las bolsas, afuera, y pensé… y abracé a Emilio creyendo que… y tú no contestabas, y el avión, y yo no te había dicho…
—Shhh. Ya sé. Lo oí todo. —Me apartó para mirarme la cara, me secó los mocos y las lágrimas con el pulgar, sin asco, como solo él—. Y fue lo mejor que he oído en mi vida, aunque se lo hayas gritado a la espalda de mi asistente.
—Te oí —dijo él, bajito, contra mi pelo mojado—. Desde el pasillo. Oí todo lo que le gritaste a Emilio. —Sentí que sonreía—. Lo de los anillos. Y lo otro.
Me puse roja hasta debajo de la piel empapada. Pero por una vez no me importó que lo hubiera oído. Por una vez, después de creerlo muerto, no me arrepentí de haberlo dicho. Solo me arrepentía de no haberlo dicho antes.
Me acordé, de pronto, de la encomienda de don Ignacio. Me separé un poco, le tomé la cara entre las manos para que me mirara, para que me leyera bien.
—Tu papá me dio un recado para ti —dije, con la voz todavía rota—. Me hizo prometérselo antes de subir al avión. Dijo… —se me quebró otra vez— dijo que te quiere. Que perdieron demasiados años peleando por tonterías. Que no quería que la última conversación entre ustedes hubiera sido por trabajo. Me lo dijo "por si acaso", Max. Ese hombre orgulloso me lo dijo llorando, "por si yo no llego a tiempo".
Vi algo quebrarse en la cara de Max. El témpano. Apretó la mandíbula, miró al techo, tragó saliva, peleando con algo que llevaba años sin permitirse. Y al final solo asintió, despacio, con los ojos brillantes.
—Le voy a llamar —dijo, ronco—. Ahora mismo. Antes de que se le ocurra morirse él también por no esperar. —Una risa rota—. Somos un desastre los Lazcano para decir las cosas a tiempo. Menos mal que nos casamos con gente que las cruza un país para decírnoslas en la cara.
—Pues ya lo oíste —murmuré contra su pecho, sin soltarlo—. No pienso repetirlo. Ya bastante vergüenza pasé con Emilio.
Y Max, el témpano, el hombre que no se reía nunca, soltó una carcajada ronca y dolorida que le sacudió las costillas vendadas, y me besó la coronilla, y no me soltó.
Detrás de nosotros, Emilio, todavía con el brazo en cabestrillo y la cara de circunstancias, carraspeó.
—Si me permiten… yo voy saliendo, que tengo que avisarle a don Ignacio que el señor está bien. Y a buscar dónde meter la cara los próximos diez años.
—Emilio —lo llamó Max, sin soltarme—. Gracias. Por avisar dónde aterrizamos. Y por… lo de hace rato. Hazte el que no oíste nada.
—¿Oír qué, señor? —contestó Emilio, muy digno, y se fue cerrando la puerta, aunque alcancé a verle, antes, una sonrisa que no le cabía en la cara.
Nos quedamos solos. Y yo, ahí, en ese hospital de pueblo que olía a lluvia y a desinfectante, con la ropa empapada y el corazón todavía a mil, entendí algo con una claridad que daba miedo: que ya nunca más iba a poder vivir sin ese corazón latiendo contra mi oreja. Que en algún punto de estas semanas, sin darme cuenta, había dejado de tenerle miedo a quererlo y había empezado a tenerle miedo, en cambio, a perderlo. Y que esa segunda clase de miedo, la de los que aman, era mil veces peor que la primera. Pero también, por primera vez en mi vida, valía la pena.