Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 10
El sol apenas se alzaba sobre los cerros cuando Mariano, el padre de Mey, se despedía una vez más. La mochila ligera al hombro y el corazón pesado por dejar a su esposa y su hija en medio de un entorno que él sabía no era el más cálido. No por el clima, que ya de por sí era crudo en ese pueblito enclavado en las alturas, sino por la tensión constante que su madre ejercía sobre su esposa.
Mariano conocía demasiado bien el carácter áspero de su madre. Había crecido bajo su sombra, aprendiendo a guardar silencio en lugar de enfrentarse. Tal vez por eso, cuando las discusiones estallaban en la casa entre su madre y su esposa, él prefería el silencio. No por falta de amor, sino por una cobardía vestida de resignación.
Desde que se trasladaron al pueblo, vio cómo su esposa hacía esfuerzos enormes por integrarse, por cuidar a su hija y, además, por tratar con respeto a una suegra que le devolvía maltrato, desprecio y desconfianza. Pero Mariana —su esposa— se mantenía firme. Con manos agrietadas, con la espalda adolorida por trabajar la chacra, con el alma cansada, pero sin perder su dignidad.
—He estado pensando en algo —le dijo una tarde antes de partir nuevamente a la ciudad—. Podríamos usar la chacra de más allá, la que está cerca del río. Mi madre no la trabaja, y aunque es de ella, no le importa.
Mariana lo miró sorprendida. No por la idea, sino por el hecho de que él estuviera buscando una solución.
—¿Y tú crees que ella no se molestará?
—Lo hará. Pero mientras no la invadamos ni le pidamos nada, no puede decir que la estamos perjudicando.
Esa fue la chispa. Al día siguiente, Mariano la acompañó al terreno, y entre ambos empezaron a limpiar el campo. Removieron piedras, cavaron zanjas, midieron surcos. Sembraron maíz, papa, algo de haba. No tenían muchos recursos, pero el trabajo de la tierra no espera perfección, solo constancia.
Para Mariana, esos días fueron de alivio. Tener a su esposo al lado, ver cómo su hija correteaba entre los surcos, reía al pisar el barro, la hacía recordar los días felices que alguna vez tuvieron en la ciudad, cuando las preocupaciones parecían más pequeñas y la familia estaba unida.
Pero todo fue breve. El trabajo de Mariano lo llamaba de nuevo. Debía regresar a la ciudad, donde al menos un pequeño ingreso le permitía mantener a flote lo básico. No era el trabajo de sus sueños, pero era lo que sostenía su hogar.
Antes de partir, él le tomó las manos a Mariana con fuerza.
—Sé que no siempre soy justo contigo. No me defiendo ni te defiendo como debería... pero te amo. Y amo a nuestra hija. Esta chacra es nuestro pequeño escape. Si logramos que produzca, al menos no dependeremos de nadie.
—Yo también te amo —respondió Mariana—. Aunque a veces no lo entiendo, sé que haces lo que puedes.
Él la besó en la frente y se giró para irse, llevándose consigo la culpa, el amor, y la esperanza.
Mey observaba a su padre desde la ventana. Sabía que algo en casa no iba bien, pero también entendía que su papá trabajaba duro. Lo extrañaba, sí, pero lo respetaba. No tenía aún palabras para expresar lo que sentía, pero guardaba en su diario las escenas que vivía: su madre secándose las lágrimas en silencio, su abuela renegando sin causa, la tierra mojada que olía a vida, y su padre alejándose por el camino de tierra cada vez que debía volver.
Los días se tornaron más duros sin él. Mariana debía encargarse de la chacra, de la casa, de su hija, y de soportar los constantes comentarios de su suegra.
—Una mujer como tú nunca será de esta familia —le decía la anciana con veneno en la voz—. Mi hijo se equivocó.
Mariana ya no respondía. Aprendió a resistir. A desahogarse en la tierra, en el trabajo, en el cariño de Mey.
Una tarde, mientras regaba los surcos de maíz que comenzaban a brotar, pensó en Mariano. "¿Qué más podemos hacer para tener una vida digna?". Tal vez, pensó, si los productos crecían bien, podrían vender algo en el mercado del pueblo.
Así nació otra idea. Mariana comenzó a guardar algunas semillas y a buscar formas de cultivar otras verduras. Pequeñas cosechas de betarraga, lechuga, zanahorias. No era mucho, pero era suyo. Sin pedirle nada a la suegra. Sin molestar a nadie.
Un día, escribió una carta a Mariano:
"Amor mío:
La chacra comienza a dar sus frutos. No sabes lo feliz que me hace ver el maíz creciendo, como si cada planta fuera una victoria. Tu hija te extraña, pero está bien. Yo también te extraño. Y aunque aquí las cosas no cambian, aunque tu madre sigue igual, yo sigo luchando. Por ti, por Mey, por nosotros. No te preocupes. Aquí te espero. Siempre.
Con amor, Mariana."
Mariano la leyó bajo la luz tenue de su habitación alquilada en la ciudad. Sus ojos se nublaron, pero una sonrisa se dibujó en su rostro. Ella seguía ahí, aguantando, esperando, soñando. Por ellas, debía seguir luchando. Y algún día, volver del todo.
Afuera, el viento de los cerros soplaba fuerte, pero en ese pedazo de chacra, el amor también florecía.