Kiara Jiménez sólo quería desahogarse de su jefe frío, exigente e insoportable. Así que hizo lo que jamás admitiría en voz alta: escribió una novela adulta con Darío Zárate como protagonista.
El problema fue que, por error, no la subió a la plataforma.
Se la mandó a él.
Una noche de alcohol, vergüenza y deseo termina en la cama del hombre que más quería evitar. Kiara intenta fingir que todo fue un accidente, pero Darío no parece dispuesto a dejarla escapar. Entre ascensos inesperados, una prometida celosa, secretos familiares y amenazas que la persiguen, Kiara tendrá que decidir si Darío es su peor error… o el único hombre capaz de protegerla cuando todo se derrumba.
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Capítulo 21
Capítulo 21
La humillación de Carla no fue más que el principio.
Desde que el rumor de que Darío y yo estábamos "mal" empezó a circular por la oficina, la mala leche de los demás creció como humedad en pared vieja.
Todos los días había una frase.
Una mirada.
Un comentario dicho lo bastante bajo para poder negar que iba dirigido a mí, pero lo bastante alto para clavarse.
Yo no era de las que se dejaban pisotear sin responder. Pero una cosa era defenderme una vez y otra muy distinta aguantar golpes pequeños, uno tras otro, hasta sentir que el cuerpo ya no sabía por dónde doler.
Esa mañana terminé el trabajo pendiente antes del mediodía.
En cuanto tuve un hueco, fui al área de café por un americano.
El cielo, detrás de los ventanales, estaba gris y pesado. Parecía a punto de llover. Yo había salido sin paraguas y me quedé mirando las nubes con una esperanza ridícula: que lloviera de una vez y terminara antes de mi salida.
La máquina soltó el café.
El olor caliente llenó la kitchenette.
Tomé el vaso y me di la vuelta.
Casi choqué contra Carla Suárez.
Me hice hacia atrás por reflejo. Unas gotas de café saltaron y me cayeron en el dorso de la mano.
Ardió.
Miré la piel enrojecida y luego la miré a ella.
—¿Qué haces parada ahí sin decir nada?
Carla ni se disculpó.
Sus ojos tenían ese brillo frío que ya conocía.
—También venía por café. ¿Dónde quieres que me pare?
—No manches. Asustas a la gente así.
—Más bien hay gente que se asusta porque trae cola que le pisen.
No tenía caso engancharme.
Carla y yo nunca habíamos sido del mismo mundo, ni siquiera desde que entramos al departamento.
Di un paso para irme.
Ella habló justo antes de que pudiera salir.
—¿Ya te vas? ¿Tienes cara para coquetearle al director Zárate, pero no para admitirlo? Ya todos sabemos que en su casa le tienen preparada una mujer de su nivel. Tú puedes hacer todos tus numeritos, Kiara, pero al final ni nombre vas a tener.
La mano me seguía ardiendo.
También la dignidad.
Últimamente mi paciencia estaba más delgada que el papel cebolla.
—Con tanto interés que tienes en el director Zárate, ¿puedo asumir que tú también traes otras intenciones?
Carla apretó la mandíbula.
Yo le sostuve la mirada.
—Ni siquiera somos compañeras cercanas. Ocúpate de tu vida.
—Si yo tuviera intenciones, al menos serían de frente. No como otras, que se meten por debajo de la mesa. No porque estés acostumbrada a tomar atajos significa que tengas talento.
—¿Tomar atajos? —solté una risa seca—. ¿No será más bien lo tuyo? Todos los días buscando dónde meterle el cuchillo a una compañera, como si no supieras hacer otra cosa.
Carla se puso roja.
—Te ardió porque dije la verdad. A ver, júrame que tu puesto lo conseguiste limpiamente. Júralo. A ver si no te cae un rayo.
Yo siempre había trabajado con la conciencia tranquila.
Ni siquiera en los momentos más cercanos con Darío le había pedido nada.
Levanté la mano casi por instinto.
Entonces vi dos figuras cruzar frente al área de café.
Darío.
Camila Serrano.
Mi mano se quedó a medio camino.
No sé por qué, pero la injusticia que había aguantado toda la semana me subió a los ojos de golpe.
Antes, aunque algunos hablaran mal, nadie se atrevía a humillarme así de frente.
Y si alguien se pasaba, Darío aparecía.
Pero ahora...
Él también me vio.
Por un segundo, nuestras miradas se encontraron.
Luego tomó su café como si nada, desvió los ojos y siguió caminando con la misma frialdad con la que uno pasa junto a una desconocida.
Algo me punzó en el pecho.
Me dolió más de lo que debería.
La verdad era que Darío y Camila habían escuchado lo que se dijo en la kitchenette.
Camila pensó que él iba a intervenir.
Pero Darío no dijo nada.
Al notar su silencio, ella sonrió con una satisfacción apenas escondida y apuró el paso.
—Espérame.
Darío se detuvo una fracción de segundo.
Camila aprovechó para tomarlo del brazo con naturalidad.
Por dentro, ella también estaba tensa. Si Darío la apartaba frente a todos, la vergüenza iba a ser enorme.
Pero esa vez él no la rechazó.
Siguió caminando y hasta giró la cabeza para decirle algo.
Desde lejos parecían una pareja acostumbrada a estar junta.
Yo no escuché sus palabras.
No hacía falta.
Volví a mi escritorio con esa imagen repitiéndose una y otra vez en mi cabeza.
Darío.
Camila.
Ella aferrada a su brazo.
Él sin apartarla.
Sentí que algo dentro de mí caía al fondo de un pozo helado.
Sacudí la cabeza, abrí los archivos pendientes y me obligué a trabajar.
Si pensaba demasiado, iba a quebrarme.
Cuando por fin terminó la jornada, tomé mi bolsa y bajé.
Apenas crucé la puerta giratoria, vi a Gabriel Alcocer esperándome cerca de la entrada.
Mi cara, que venía rígida de cansancio, por fin encontró una sonrisa.
—Te dije que no tenías que venir por mí.
Gabriel sonrió tranquilo.
—Tuve una reunión con un cliente justo enfrente. Al salir vi la hora y pensé que ya estarías bajando.
Asentí.
No quise pensar que había venido especialmente.
—Entonces vamos a cenar. A esta hora Reforma va a estar imposible. Si esperamos a que se quite el tráfico, me muero de hambre.
—Hoy vienes muy decidida —dijo, divertido—. ¿Tienes un lugar en mente?
—Ya verás. Hoy no tienes que pasar media hora eligiendo restaurantes.
Sus ojos se suavizaron.
—Qué raro. Ahora sí me dio curiosidad saber qué lugar merece la aprobación de la señorita Jiménez.
Íbamos hablando tan cómodos que no noté a Darío y Camila acercándose por un lado.
Camila sí me vio.
Y vio a Gabriel.
El brillo en sus ojos dejó claro que no pensaba perder el espectáculo.
—¡Kiara!
Me tensé.
Le di a Gabriel una mirada de disculpa antes de girarme.
—¿Qué...?
Mi voz se trabó cuando vi a Darío junto a ella.
Respiré, recompuse la cara y terminé la frase como si nada:
—¿Qué se te ofrece?
Camila sonrió.
—Nunca había visto a este caballero. Muy guapo. ¿Es tu novio?
La palabra novio me dejó rígida.
Miré a Darío sin querer.
Luego respondí con una ambigüedad fría:
—Tú y yo no somos tan cercanas como para hablar de mi vida privada. Si no necesitas nada, me voy.
Camila no pensaba soltarme.
—¿Por qué tanta pena? ¿O es que sólo es uno de tus objetivos? Cuando ya no te sirva, buscas otro, ¿no?
Su sonrisa seguía intacta.
Pero el veneno se me metió directo en la sangre.
—¿Qué derecho tienes a inventar cosas sobre mí? ¿Somos amigas? Aunque lo fuéramos, ¿qué te importa?
Yo no sabía que, al oírme defenderme, el rostro de Darío había cambiado.
Hasta entonces él había permanecido en silencio.
Pero la idea de Gabriel junto a mí, mezclada con los recuerdos íntimos que él no podía borrar, le encendió una rabia amarga.
Sus ojos se afilaron.
—Te moviste rápido —dijo, con una burla helada—. Ojalá esta vez te dure más. Cambiar de compañía todos los días tampoco es algo muy digno.
Yo ya venía herida.
Esa frase terminó de romper lo poco que me quedaba de calma.
—No se preocupe, director Zárate. Soy adulta y sé manejar mis asuntos. Usted debería cuidar los suyos. Ir y venir entre dos personas tampoco se ve muy bien.
Miré a Camila al decirlo.
Darío no esperaba que yo usara mi lengua contra él.
Su expresión se endureció.
—Soy tu jefe. Cuida lo que dices. Y no preguntes lo que no te corresponde.
—Ya salimos de la oficina. Fuera del horario laboral no hay jefe ni subordinada. No necesita traer su autoridad hasta la banqueta. Si no hay nada más, nos vamos.
No esperé respuesta.
Tomé a Gabriel de la muñeca y lo arrastré conmigo.
Sentí la mirada de Darío clavarse en nuestras manos.
No miré atrás.
Cuando estuvimos lo bastante lejos, solté a Gabriel de inmediato.
—Perdón. No debí usarte así.
Gabriel se encogió de hombros con una calma que me hizo sentir peor.
—No te preocupes. Entre adultos se entienden estas cosas. Hay códigos.
Luego me miró con más cuidado.
—Pero no te ves bien. ¿Todavía quieres cenar? Puedo llevarte a casa.
Me toqué el borde del ojo.
—Estoy bien. Sólo me entró polvo. Y vamos a cenar. No voy a desperdiciar la oportunidad de verte.
Gabriel soltó una risa suave.
No insistió.
—¿No tienes curiosidad? —le pregunté cuando ya estábamos cerca del restaurante.
—Es tu vida —contestó—. Si quieres contarme, lo harás. Si no, preguntarte sería una falta de respeto. Pero si algún día necesitas hablar con alguien, aquí estoy.
Lo dijo mirándome directo.
Algo en sus ojos era demasiado serio.
Sentí que la sangre me subía a la cara.
Aparté la mirada justo cuando vimos la entrada.
—Llegamos.
Entré casi huyendo.
El mesero nos llevó a una mesa.
En cuanto nos sentamos, empujé el menú digital hacia Gabriel.
—Hoy invito yo. Pide lo que quieras. Es por agradecerte todo lo que me has ayudado y todas las veces que me has llevado o recogido.
Gabriel entendió que, si no aceptaba, yo iba a seguir con culpa.
—Entonces no me voy a hacer el educado.
—Eso espero.
Mientras él revisaba el menú, pensé en todas las veces que había querido hablarle claro para que no se confundiera conmigo.
Pero mientras más lo trataba, más entendía que un hombre tan considerado también podía ser una suerte como amigo.
Gabriel levantó la vista.
—¿Tengo algo en la cara?
Me cachó mirándolo.
Volteé hacia el atardecer tras el vidrio.
—No. Estaba pensando. ¿Ya pediste?
Me pasó el menú.
—Ve si falta algo.
Revisé.
Me sorprendí.
—Pediste todo lo que quería. Así está perfecto. Si agregamos más, nos van a tener que sacar rodando.
Gabriel se rió.
La cena fue tranquila.
Tan tranquila que por unas horas pude respirar.
Cuando llegué a mi departamento eran las nueve.
Me dejé caer en el sillón, saqué el celular de la bolsa y estaba por revisar las noticias cuando entró una llamada de mi abuela.
—Abuela, ¿qué pasó?
Del otro lado no llegó su voz alegre.
Llegó un sollozo roto.
El corazón se me fue al piso.
—Abuela, ¿qué tienes? No te asustes. Voy para allá. Todo se puede resolver. Espérame.
Agarré las llaves y salí corriendo.
Ni siquiera me cambié las pantuflas.
Quince minutos después estaba frente a su puerta, respirando como si se me fuera a partir el pecho.
La puerta estaba abierta.
La luz amarilla del departamento parecía anunciar tormenta.
Entré.
Doña Inés, al verme, se lanzó a mis brazos con la cara llena de lágrimas.
La sostuve como pude.
Mientras ella lloraba, miré la sala.
Estaba destrozada.
Un florero roto.
Agua derramada sobre la alfombra.
Flores aplastadas, sin vida, como si alguien las hubiera pisoteado.
Los cojines del sillón estaban rasgados.
Los almohadones, abiertos.
Las cosas de la mesa de centro, amontonadas y tiradas.
Sólo imaginar la pelea que había ocurrido allí me dio un escalofrío.
—Abuela, ¿quién hizo esto? No te preocupes. Voy a hacer que pague.
Mi abuela lloró con más fuerza.
Le acaricié la espalda una y otra vez hasta que, después de mucho rato, pudo hablar.
—Fue Tomás, ese desgraciado. Si hubiera sabido que criarlo iba a ser mi castigo, lo habría dejado en la calle.