La paz en el Imperio costó sangre, pero una nueva generación de lobos ha despertado. A sus treinta años, Theo Valerius es el implacable General de Hierro del Norte; a sus dieciocho, el arrogante príncipe Alexander lidera las Black Shadows. Ambos son letales, posesivos y capaces de quemar el reino por proteger a su familia... especialmente a Lucero, la indomable joya de veinticuatro años que adora desafiar su control y volver locos de celos a su hermano y a su primo.
Entre bailes de gala plagados de pretendientes en la mira, secretos oscuros y pasiones prohibidas que amenazan con romper la corte, los herederos del trono deberán enfrentar su propio destino. El juego de poder ha cambiado, y el verdadero caos apenas comienza.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 12: El baile de máscaras en el sector prohibido
El sector prohibido de la capital era un laberinto de burdeles de lujo, salones de juego ilegales y fumaderos de opio que operaban al amparo de la medianoche, protegidos por los generosos sobornos que recibían los guardias corruptos de la ciudad. En el centro de este nido de vicios se alzaba el Palacio de Terciopelo, una mansión fortificada donde esa noche se celebraba una subasta clandestina bajo el disfraz de un baile de máscaras. Los peores criminales, nobles caídos en desgracia y, según los últimos informes de las *Black Shadows*, agentes de la facción usurpadora del reino vecino, se reunían para pujar por secretos de Estado y reliquias prohibidas.
Alexander no se habría perdido ese evento por nada del mundo. Tras semanas de frustración, su red de espionaje había interceptado un soplo inequívoco: la escurridiza ladrona de los suburbios planeaba infiltrarse en la subasta para arrebatarle a los usurpadores un cofre con correspondencia cifrada.
Para el príncipe heredero, aquella era la oportunidad perfecta. Ajustándose una máscara veneciana de líneas doradas que ocultaba la mitad superior de su rostro, Alexander dio un último vistazo al espejo de sus estancias privadas. Su cabello rubio y sus ojos claros quedaban parcialmente enmarcados por el diseño, otorgándole un aire de misterio aristocrático que encajaba a la perfección con la fauna del Palacio de Terciopelo. Vestía un jubón de seda negra sin insignias reales; esta noche no era el heredero al trono, era un cazador en las sombras impulsado por una naturaleza territorial obsesiva.
Al cruzar el umbral del gran salón de la subasta, la atmósfera lo envolvió: el roce de las sedas, las risas amortiguadas tras las máscaras y el tintineo de las copas de cristal. Alexander se movió entre la multitud con la soltura de un depredador, escudriñando cada silueta.
La encontró cerca de la gran escalinata. Llevaba un vestido de seda carmín que ceñía sus curvas con una elegancia peligrosa, y una máscara de encaje negro que solo dejaba al descubierto sus ojos grises y tormentosos. Ya no vestía los harapos de los muelles, pero la audacia de su postura era idéntica. La joven acababa de deslizar su mano en el bolsillo de un adinerado comerciante extranjero, extrayendo una llave de bronce sin que el hombre siquiera parpadeara.
Antes de que ella pudiera dar un paso hacia las galerías privadas, una mano enguantada y firme la tomó del antebrazo con una brusquedad imprevista.
La joven se tensó, amagando con clavarle un estilete oculto en la manga, pero Alexander fue más rápido. Con un movimiento fluido y autoritario, la arrastró fuera de la pista de baile, adentrándola en un pasillo lateral sumido en la penumbra y empujándola suavemente contra un rincón oscuro, detrás de unas pesadas cortinas de terciopelo.
—Te dije que el juego de la ladrona se había terminado, preciosa —siseó Alexander, atrapándola contra la pared y acortando toda distancia física, con sus ojos claros brillando con una mezcla de triunfo y posesividad pura.
La princesa menor, tras su máscara de encaje, soltó una risita ahogada que rozó el pecho del príncipe.
—Vaya, el lobito rubio sabe vestirse para la ocasión —se burló ella, reconociendo al instante la fragancia y el porte del heredero—. Pero tu sincronización es pésima. Estaba a punto de conseguir lo que buscaba.
—Lo único que vas a conseguir esta noche es un boleto directo a las mazmorras imperiales bajo mi custodia —replicó Alexander, inclinándose sobre ella, disfrutando de la fijeza con la que ella lo desafiaba.
La respuesta de la chica se ahogó en su garganta cuando un ruido de pasos pesados y el desenvainar de armas resonó al final del pasillo. Cuatro guardias de la subasta, corpulentos y armados con espadas cortas, avanzaban hacia ellos con linternas sordas. El robo de la llave de bronce no había pasado tan desapercibido como ella creía, o quizás los agentes usurpadores los habían reconocido.
—¡Ahí están! ¡No dejen que salgan vivos! —bramó el líder de los guardias.
El espacio era demasiado estrecho para una retirada limpia. En un parpadeo, Alexander se interpuso físicamente entre los atacantes y la joven, bloqueándola con su propio cuerpo en un reflejo puramente protector. Desenvainó su espada corta con un zumbido limpio de metal.
El enfrentamiento fue brutal y caótico en la penumbra del pasillo. Alexander bloqueó la primera estocada con un desvío seco de su hoja, mientras la princesa, aprovechando su agilidad, se agachaba para clavar su estilete en el muslo de un segundo agresor. El príncipe heredero se movió con una fiereza letal, derribando a dos de los guardias contra los paneles de madera, pero la superioridad numérica y las alarmas que comenzaban a sonar en todo el Palacio de Terciopelo hacían que la estancia se volviera una trampa mortal.
—¡Por aquí! —gritó ella, tomándolo de la mano con firmeza.
Comenzó un escape peligroso y frenético por los pasajes traseros de la mansión. Corrieron entre cocinas, sótanos inundados y pasillos de servicio mientras los gritos de los perseguidores resonaban a sus espaldas. Alexander la guiaba con fuerza cuando el terreno se complicaba, pero era ella quien conocía los puntos ciegos de la estructura. Finalmente, tras forzar una ventana baja que daba a un callejón trasero cubierto por la niebla de la capital, ambos cayeron sobre el suelo húmedo, dejando atrás el caos del sector prohibido.
Apoyados contra la pared de ladrillos del callejón, ambos respiraban con dificultad, con los pechos agitados y las máscaras ligeramente ladeadas por el esfuerzo.
Alexander, sintiendo que el pulso le reventaba en las sienes, reaccionó de inmediato antes de que ella pudiera reincorporarse. La tomó por los hombros con una fuerza brusca, acorralándola contra la piedra fría, negándose rotundamente a dejarla ir. Su temperamento territorial y el pánico genuino que había sentido al verla en peligro se mezclaron en sus palabras.
—¡¿Por qué demonios haces esto?! —le exigió saber Alexander, su voz baja y ronca, cargada de una frustración violenta—. Sabes perfectamente quiénes son esos hombres. Sabes que el pergamino negro no era una broma. ¡Estás arriesgando tu vida en subastas clandestinas y callejones mugrientos! Dime quién eres de una maldita vez y por qué te expones de esta manera. No voy a permitir que sigas jugando a la muerta en mi territorio.
La joven lo miró fijamente a través de los ojos de la máscara de encaje. Vio la rigidez de su mandíbula, el brillo posesivo de sus ojos claros y la sincera desesperación de un hombre que, a pesar de su arrogancia real, estaba perdiendo la cabeza por protegerla.
Una expresión de sutil ternura, desprovista por un segundo de su habitual sarcasmo, suavizó las facciones de la princesa.
Lentamente, levantó su mano libre y se despojó de su guante de cuero. Con una suavidad que desarmó por completo la furia del príncipe, deslizó sus dedos cálidos por la línea de la mandíbula de Alexander, deteniéndose para dejarle una caricia pausada en la mejilla. El contraste de su piel suave contra la tensión del guerrero hizo que Alexander contuviera el aliento, incapaz de moverse o de apartarla.
—Porque hay cosas que son más grandes que tu Imperio, mi querido lobito —susurró ella con una voz cargada de una madurez melancólica—. Y porque, aunque me encanta que intentes salvarme, este no es tu juego. Cuida tu corona.
Antes de que Alexander pudiera procesar la caricia o cerrar sus dedos alrededor de su muñeca, la joven se zafó de su agarre con una agilidad milagrosa, deslizándose como un espectro entre la neblina densa del callejón.
El príncipe heredero se quedó solo bajo la llovizna de la capital, tocándose la mejilla donde todavía persistía el calor de sus dedos. Regresó al palacio imperial sumido en una furia silenciosa, completamente frustrado por haber sido burlado otra vez, pero irremediablemente enamorado y condenado a una obsesión que amenazaba con devorarlo por completo. La ladrona del sector prohibido acababa de sellar su destino.