Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
NovelToon tiene autorización de Autora_23 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 13: La Oficina de Maximiliano
Pamela volvió a mirar el plato que tenía delante y puso una mueca de desagrado.
—No puedo creer que esto sea mi desayuno —murmuró.
Levantó una mano y llamó a una de las sirvientas.
—Quiero que me preparen otra cosa. Waffles, panqueques, algo normal.
La mujer se mostró incómoda.
—Lo siento, señora, pero el señor dio instrucciones de que no se preparara un menú diferente para usted.
Pamela frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Son órdenes del señor Maximiliano.
La joven se puso de pie de inmediato.
—Yo también soy la señora de esta casa. Deberían obedecerme.
Las empleadas bajaron la mirada, pero ninguna se movió de su lugar.
—Lo sentimos, señora.
Pamela soltó un bufido de frustración.
Por un momento pensó en ir ella misma a la cocina y prepararse algo.
Pero enseguida se imaginó intentando cocinar.
Se vio frente a la estufa sin saber qué hacer, quemando una sartén, confundiendo ingredientes y probablemente provocando un desastre monumental.
La imagen fue tan absurda que ella misma hizo una mueca.
—No, mejor no.
Volvió a sentarse en la silla.
Miró el plato como si fuera su enemigo personal.
—Definitivamente, este viejo planea acabar con mi felicidad poco a poco.
Resignada, tomó el tenedor y probó un pequeño bocado.
Masticó con desconfianza.
Luego tomó otro.
Y aunque jamás lo admitiría delante de Maximiliano, tampoco estaba tan malo como había imaginado.
Mientras tanto, en la empresa, Maximiliano se encontraba en su oficina revisando unos documentos cuando la puerta se abrió sin previo aviso.
Adrián y Antonio entraron con amplias sonrisas.
—¡El hombre casado! —exclamó Adrián mientras se acercaba.
—Todavía no puedo creerlo —añadió Antonio negando con la cabeza—. Te casaste tan rápido que ni siquiera nos diste tiempo de organizar una despedida de soltero.
Maximiliano levantó la vista de los papeles.
—Buenos días para ustedes también.
Los dos ignoraron por completo el comentario.
—En serio, ¿quién iba a imaginar que terminarías casándote con la misma chica que te pisó delante de medio mundo? —dijo Antonio divertido.
Adrián soltó una carcajada.
—La vida tiene un extraño sentido del humor.
Maximiliano apoyó la espalda en el sillón.
—¿Ya terminaron?
—Ni cerca —respondió Adrián.
Ambos tomaron asiento frente al escritorio.
—Ahora viene la pregunta importante —continuó con una sonrisa traviesa—. ¿Cómo estuvo tu noche de bodas?
Maximiliano lo miró sin expresión alguna.
—Adrián...
—¿Qué? Es una pregunta normal.
Antonio comenzó a reír.
—No, no es normal. Pero yo también quiero saber.
Adrián apoyó los brazos sobre las piernas.
—Vamos, somos tus amigos. No me digas que no sentimos curiosidad.
Maximiliano cerró la carpeta que estaba revisando.
—Si lo que quieren saber es si compartí habitación con Pamela, la respuesta es no.
Los dos intercambiaron una mirada sorprendida.
—¿Ni siquiera eso? —preguntó Antonio.
—Dormimos en habitaciones separadas —respondió Maximiliano con tranquilidad.
Adrián arqueó una ceja.
—Vaya... eso no era la respuesta que esperaba escuchar de un hombre recién casado.
—Pues acostúmbrate —replicó Maximiliano con frialdad.
Antonio y Adrián volvieron a mirarse.
Definitivamente aquel matrimonio era mucho más extraño de lo que habían imaginado.
Pamela estaba aburrida en su habitación.
Había intentado distraerse con el teléfono, caminar de un lado a otro e incluso mirar por la ventana, pero nada funcionó.
Finalmente decidió bajar.
Mientras recorría la mansión, su atención se detuvo en una puerta que conocía perfectamente: el despacho de Maximiliano.
Miró a ambos lados.
—Seguro está trabajando en su empresa de viejos amargados —murmuró.
Probó el picaporte y, para su sorpresa, la puerta no tenía seguro.
Entró.
Lo primero que notó fue que todo estaba impecablemente ordenado.
Las paredes oscuras, los muebles elegantes y la decoración sobria le dieron una sensación inmediata.
—Dios mío... esto parece un funeral permanente —murmuró mientras observaba el lugar.
Siguió caminando por la oficina.
Entonces sus ojos se detuvieron en un retrato.
Era una mujer de sonrisa dulce y mirada serena.
Pamela inclinó ligeramente la cabeza.
—Supongo que tú eres la famosa esposa fallecida.
Observó la fotografía unos segundos.
Luego recorrió nuevamente el despacho con la mirada.
Todo estaba perfectamente alineado.
Los libros.
Los cuadros.
Los adornos.
Incluso los bolígrafos parecían colocados con una precisión exagerada.
Pamela hizo una mueca.
—Esto no es una oficina... es una exhibición de obsesión por el orden.
Y entonces una idea comenzó a formarse en su mente.
Una sonrisa traviesa apareció en sus labios.
Sacó su teléfono.
—Hola, Ricardo —dijo apenas le respondieron—. Necesito tu ayuda.
Ricardo era el pintor que durante años había redecorado sus habitaciones cada vez que ella se cansaba de un color.
—Tengo un proyecto urgente.
Mientras hablaba, recorrió el despacho con la mirada.
—Quiero algo más alegre. Más vivo. Más humano.
Miró una de las paredes negras.
—Porque sinceramente, si paso mucho tiempo aquí voy a terminar deprimida.
Minutos después comenzó a elegir nuevos tonos.
Turquesa suave.
Beige cálido.
Detalles en dorado.
Y algunas plantas decorativas.
Después de elegir cada color y cada detalle de la decoración, Pamela supervisó el trabajo como si se tratara de uno de sus proyectos más importantes.
Horas más tarde, Ricardo y su equipo terminaron.
Las antiguas paredes oscuras habían desaparecido.
Ahora el despacho tenía tonos más claros y elegantes. Las plantas decorativas daban vida al lugar, los detalles dorados aportaban calidez y el ambiente ya no parecía tan sombrío.
Pamela observó el resultado con las manos en la cintura.
Una enorme sonrisa apareció en su rostro.
—Mucho mejor —declaró satisfecha—. Ahora parece una oficina y no una cueva de vampiros.
Ricardo soltó una pequeña risa.
—Como siempre, señorita Pamela, quedó exactamente como lo pidió.
—Porque yo siempre tengo buen gusto.
Una vez que los trabajadores comenzaron a retirarse, Pamela siguió admirando su obra.
Fue entonces cuando escuchó unos pasos apresurados detrás de ella.
Teresa acababa de doblar el pasillo.
Al ver el interior del despacho, se quedó paralizada.
Sus ojos se abrieron por la impresión.
Luego su expresión se transformó en una de indignación absoluta.
—¿Qué significa esto? —preguntó Teresa con una voz tan fría.
Pamela se giró tranquilamente.
—Decoración.
Teresa observó las paredes, los muebles y cada uno de los cambios realizados.
Su rostro se endureció.
—¿Has perdido completamente la cabeza? —espetó con dureza—. ¿Quién te autorizó a entrar aquí y modificar el despacho de Maximiliano?
Pamela se encogió de hombros.
—Nadie.
Los ojos de Teresa se abrieron aún más.
—Ese despacho no te pertenece. No tienes ningún derecho a tocar absolutamente nada de esta habitación.
Su voz se volvió más severa.
—¿Tienes idea de lo que acabas de hacer? Maximiliano diseñó este lugar personalmente. Cada cosa está donde él decidió que debía estar.
Pamela rodó los ojos.
—Pues alguien tenía que salvarlo porque parecía una funeraria.