Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 23
Capítulo 23: El señor Gabriel
El regalo llegó antes que el hombre.
Una enfermera entró con una caja alargada, elegante, envuelta en papel de seda.
—Le dejaron esto, doctora. De parte de un colega nuevo.
Renata la abrió con curiosidad. Adentro había una pluma fuente, cara, de las que se regalan a los médicos cuando se titulan. Y una tarjeta con una letra que reconoció al instante, una letra pulcra que la transportó seis años atrás, a los laboratorios fríos de una universidad al otro lado del mundo.
"Para que sigas firmando recetas que salvan vidas. Bienvenida de vuelta. —G."
—No puede ser —murmuró.
—Hola, Renata.
En la puerta, con bata blanca recién estrenada y esa sonrisa serena de siempre, estaba Gabriel Cordero.
Más alto de como lo recordaba, las sienes apenas plateadas, los lentes de armazón fino. Su compañero de laboratorio. El hombre con el que había pasado dos años inclinada sobre microscopios y muestras de sangre, el que la había sostenido la noche del accidente del Proyecto Halo, cuando una fuga química casi los mata a los dos. Su amigo. El que, ella siempre lo supo y siempre fingió no saberlo, había querido ser algo más.
—¿Gabriel? ¿Qué haces aquí?
—Acepté una plaza en Santa Elena. —Entró, sin esperar invitación, y acercó una silla a su cama—. Investigación, sobre todo. Me enteré de que estabas en México y… bueno. Digamos que el destino y un buen contrato me trajeron al mismo hospital. —Le tomó la mano, la de la pluma—. Te ves cansada. Y más delgada. ¿Qué te pasó?
Renata se descubrió sonriendo a pesar de todo. Con Gabriel volvían recuerdos buenos, los pocos que tenía de aquellos años duros en el extranjero: las madrugadas en el laboratorio comiendo pan frío, los chistes malos que él contaba para que ella no se durmiera sobre las muestras, la noche en que el Proyecto Halo se les fue de las manos —un reactivo mal sellado, una nube tóxica— y él la había sacado a rastras del laboratorio, los dos tosiendo, riéndose después del susto en el pasillo como dos locos. Gabriel había sido, durante dos años, lo más parecido a un hogar que tuvo en una tierra ajena.
Pero también recordaba lo otro: las veces que él se había quedado mirándola un segundo de más, las frases que dejaba a medias, el cuidado excesivo. Ella nunca le correspondió, porque su corazón llevaba años hipotecado a un muchacho ciego del otro lado del mundo. Y Gabriel, caballeroso, nunca insistió. Hasta hoy.
—Una larga historia. —Renata retiró la mano con suavidad—. Gracias por la pluma. No tenías que…
—Quería. —La miró con una calidez que la incomodó—. Seis años, Renata. Pensé mucho en ti. En lo que pudimos haber…
—¿Interrumpo?
La voz cortó el aire como un cuchillo. En la puerta, apoyado en el marco, con el brazo todavía en cabestrillo y los ojos fijos en la mano de Gabriel que un segundo antes había sostenido la de Renata, estaba Max.
El aire de la habitación cambió de temperatura.
—Max. —Renata se enderezó—. Él es Gabriel Cordero, un… colega de mis años de estudiante. Gabriel, él es Maximiliano Montenegro. Es… —dudó una fracción de segundo de más—. Es mi paciente.
Algo se apagó en los ojos de Max al oír la palabra. "Mi paciente." Después de todo. Después de la bodega, de las noches de velar, de la vainilla y el retrato. Su paciente.
Pero no lo dejó ver. Entró con la calma de un depredador que marca territorio y le tendió la mano a Gabriel con una fuerza calculada.
—Montenegro. Mucho gusto. —La sonrisa no le llegó a los ojos—. La doctora Salas es mi médica de cabecera. Exclusiva. Paso mucho tiempo con ella.
—Cordero. —Gabriel le devolvió el apretón, midiéndolo—. Qué afortunado. Yo, en cambio, llevo seis años sin verla. Tenemos mucho de qué ponernos al día.
Los dos hombres se sostuvieron la mirada por encima de la cama de Renata, sonriendo, sin soltarse la mano, en ese duelo silencioso y absurdo de los machos que se reconocen rivales.
—Bueno, bueno. —Fernanda eligió ese momento para entrar con dos cafés, evaluó la escena de un vistazo y soltó una carcajada—. Vaya, vaya. ¿Y este ambiente? Señores, la paciente necesita reposo, no una pelea de gallos en su cuarto. —Le puso un café en la mano a Gabriel y prácticamente lo empujó hacia la puerta—. Doctor Cordero, ¿no? Acompáñeme, le presento al personal. De mi comadre me encargo yo. Ándele, ándele.
Se llevó a Gabriel a la fuerza, parloteando, y le lanzó a Renata una mirada por encima del hombro que decía clarísimo: "De este me cuentas TODO."
—
Cuando se quedaron solos, el silencio pesó.
—"Mi paciente" —dijo Max al fin, sin mirarla, ordenando innecesariamente los frascos del buró—. Qué bonito. Después de todo lo que pasó, soy "tu paciente".
—¿Qué querías que dijera? —Renata bajó la voz—. ¿"Es el hombre que me veló tres noches y al que le ofrecí ser su amante en un antro"? Delante de un colega.
—Pudiste decir cualquier cosa menos "paciente". —Se acercó a la cama, dolido y orgulloso a partes iguales—. ¿Quién es ese tipo, en realidad? ¿"Pensaste mucho en él"? ¿"Lo que pudieron haber sido"?
—Estás celoso.
—Estoy preguntando.
Renata quiso levantarse para encararlo, se movió demasiado rápido, la herida de la operación le tiró y se le doblaron las piernas. Max la atrapó por la cintura antes de que tocara el suelo, y de pronto la tenía entera entre los brazos, pegada a su pecho, la cara de ella contra su cuello.
—Despacio —murmuró, sosteniéndola—. Te van a saltar los puntos.
—Suéltame, ya estoy bien.
—No pareces tener prisa. —La sonrisa volvió, esta vez genuina, y le acomodó la mano de ella sobre su propio abdomen, descarado—. Es más, ya que andas por aquí. Toca. Compruébalo tú misma. Sano, entero y solo para una persona. No para tu querido doctor Cordero.
—Eres imposible. —Pero Renata se rio, contra su voluntad, todavía entre sus brazos, todavía con la mano sobre él—. Y celoso.
—Muy celoso —admitió Max, sin soltarla, hablándole bajito contra el pelo—. Acabo de recuperarte y ya hay un tipo con pluma cara rondándote. Perdóname si no me hace gracia.
Renata levantó la cara para responder, y se quedaron así, demasiado cerca, la boca de él a un suspiro de la suya.
—Voy a portarme bien —murmuró Renata, todavía sin apartarse del todo—. Con Gabriel solo fuimos amigos. Te lo juro.
—Te creo. —Max le rozó la sien con los labios—. No es de ti de quien desconfío. Es de él. Conozco esa mirada. Es la que yo tenía cuando te veía con otro. La de un hombre que decidió esperar. Y los hombres que esperan, Rena, no esperan para nada.
Renata no supo qué contestar, porque en el fondo sabía que tenía razón.
Ninguno de los dos vio, en el reflejo del cristal de la puerta, la silueta de Gabriel Cordero, que había vuelto por su saco olvidado y los observaba en silencio, con la sonrisa amable congelándosele despacio en algo mucho más frío. Había cruzado medio mundo convencido de que esta vez, con el muchacho ciego fuera de la historia, por fin le tocaría a él. Y acababa de descubrir que el muchacho ciego no solo seguía en la historia: era el dueño de la mitad del hospital y de todo el corazón de Renata.
No iba a rendirse. Gabriel Cordero nunca se rendía. Solo cambiaba de estrategia.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭