Despertar siendo un bebé en medio de la antigua Asia no entraba en los planes de nadie. Sin superpoderes de inmediato, sin manual de instrucciones y en un mundo donde la magia, y los dioses dictan las reglas del juego, empezar de cero no es solo un desafío: es una cuestión de supervivencia.
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CAPÍTULO 1: El umbral de ceniza — Parte 8
El aire en la pequeña alcoba se volvió de pronto tan pesado que a Lin le costó trabajo llenar sus pulmones. La muchacha, que apenas empezaba a dejar atrás la adolescencia, apretó la compresa húmeda contra la cortada en la frente de Daniel con los dedos temblorosos. No era el miedo común a la sangre o a una herida en la piel; era una reacción instintiva, visceral, la respuesta de un cuerpo entrenado desde la cuna para percibir el peligro antes de que se manifieste.
Daniel continuaba con la mano derecha apoyada en la pared de madera, sintiendo la tibieza de su propia sangre entre los dedos infantiles. Sus ojos almendrados, de un marrón oscuro profundo, se mantenían clavados en ellas con esa seriedad gélida y analítica que no pertenecía a ningún niño de seis años.
—¿Por qué se molestan en cuidarme tanto? —preguntó Daniel, rompiendo el silencio con una voz seca, distante, limpia de cualquier tono de dolor—. Y sobre todo, ¿por qué me llaman "joven maestro"? Yo no tengo ningún título. No soy nadie en la secta de Hanyang. Si para ellos soy solo un inútil, un sirviente más sin origen... ¿por qué me tratan con semejante formalismo? Yo nunca les pedí que fueran mis sirvientas.
Meili, la prima mayor, dio un paso adelante. Su postura relajada era solo una fachada: bajo la tela basta de su vestimenta de lavandera, sus hombros y su espalda se mantuvieron firmes, con la compostura propia de quien ha sido educada para comandar. Aunque en Hanyang se la consideraba una simple esclava asignada a los trabajos más pesados, sus sentidos marciales estaban refinados al nivel de un General del dominio.
—No te llamamos así por la secta de Hanyang, ni porque algún anciano de este lugar te haya otorgado un nombre —dijo Meili, cruzándose de brazos mientras observaba el rostro del niño—. En este dominio todos se arrastran ante los fuertes y pisotean a los débiles. Pero tú no miras a nadie como lo hacen ellos. No tienes la arrogancia de los discípulos ni la mirada quebrada de los esclavos.
Lin bajó ligeramente la cabeza, pero no retiró la compresa de la frente del pequeño. Un leve suspiro escapó de sus labios antes de hablar.
—Además... nosotras sabemos lo que pasó anoche, "joven maestro" —murmuró Lin, bajando aún más el tono de voz para que sus palabras no salieran de las cuatro paredes de madera—. A medianoche... entramos a la habitación para cambiar el agua de tu fiebre. Cualquier persona normal habría muerto tres veces antes del amanecer. Tu pulso no existía, tu piel estaba tan caliente que parecía que tus vísceras se consumían por dentro. Biológicamente, estabas muerto.
Daniel no pestañeó. La escuchaba con la misma atención impersonal con la que un médico analiza la ficha clínica de un paciente ajeno.
—Para la gente de esta secta, el talento se mide en el flujo del Qi —continuó Lin, mirando las manos de Daniel—. Los sanadores dirían que eres un vaso vacío, un lienzo en blanco sin un solo meridiano activo. No tienes energía interna, ni energía divina, ni ninguna de las fuerzas que se cultivan en este mundo. Para ellos eres invisible, inservible. Pero anoche... anoche no había aire limpio a tu alrededor.
Meili intervino, apretando los dientes con una mueca sutil de inquietud que intentó disimular de inmediato.
—Nuestros instintos no se equivocan, Daniel —dijo Meili, llamándolo por su nombre por primera vez—. Somos las últimas descendientes de la línea principal del Clan Dok-Gag. Mi familia gobernó el arte del veneno imperial antes de que fuéramos capturadas y vendidas a este lugar. Hemos visto morir a cientos de guerreros y conocemos la estructura de la energía como la palma de nuestra mano. Lin es la heredera legítima de nuestra casa; nuestro cultivo y nuestras técnicas de percepción sobrepasan con creces a la mayoría de los guardias de esta secta. Y aun así... anoche sentimos miedo al acercarnos a tu cama.
—Miedo —repitió Daniel en un susurro, sopesando la palabra.
—Sí, miedo —admitió Lin, clavando su mirada en los ojos del niño—. No había Qi en tu cuerpo, pero el espacio a tu alrededor estaba distorsionado. Una densidad oscura, algo que no podemos clasificar ni comparar con ningún veneno o técnica conocida, latía en tu interior de forma descontrolada. Tuve la sensación de que, si estiraba la mano un segundo más, esa oscuridad me devoraría el brazo. Tu energía interna no existe para este mundo, pero lo que sea que llevas dentro es como un pozo sin fondo.
Meili dio un paso más cerca y se arrodilló para quedar a la misma altura de la mirada del niño. Sus ojos reflejaban una mezcla de advertencia y lealtad pragmática.
—Tu cuerpo de seis años no tiene la estructura de un cultivador. Tus órganos no tienen canales para liberar esa carga. Si ese fenómeno vuelve a descontrolarse como anoche, tu propio marco biológico colapsará antes de que cumplas los siete años. No sabemos qué eres, ni de dónde viene esa anomalía que llevas en el alma... pero si la secta de Hanyang llega a percibir un solo destello de esa oscuridad, no dudarán en despedazarte para examinarte.
Daniel retiró lentamente la mano de su frente, mirando la mancha de sangre seca en sus yemas. Recordó la inmensidad del vacío cósmico, los siete días de calibración atómica condensados en un solo día terrenal, las dos katanas de espacio-tiempo y los gigantes de humo sin párpados que lo observaban desde las fisuras dimensionales.
La Ciencia Negativa no era un poder que pudiera alinearse con el Qi de ese mundo; era una reescritura absoluta de la materia, una sobrecarga en un organismo que carecía de polo a tierra.
—Entiendo —dijo Daniel con voz pausada, ajustando la postura de su espalda y mirando a ambas primas con absoluta frialdad—. Si para Hanyang soy un inútil sin energía, que así sea. Esa es la mejor portada que puedo tener.
Lin y Meili se miraron en silencio. En la pequeña habitación de madera, la alianza entre la heredera de la casa del veneno, su guardia real y el niño que acababa de renacer de un Big Bang negativo quedó sellada sin necesidad de más promesas.
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