Bajo los gélidos e imponentes paisajes de Alaska, el amor inmortal de Adam y Bibiana se enfrenta a su prueba más difícil al verse presionados a contraer matrimonio por Marcelo, el despiadado padre de Adam; Una unión forzada que desentierra los peores dolores del pasado, llevando a Bibiana a tomar una decisión definitiva. Cargada de una indignación inquebrantable, la joven está decidida a confrontar cara a cara a su familia por haberle ocultado la verdad sobre el oscuro pacto secreto que su padre tejió en el ayer con su ahora suegro. Ella ya no será una pieza en el juego de nadie; luchará con valentía y con toda su fuerzas para romper de una vez por todas las cadenas del pasado y salvar su propio destino al lado del hombre que ama con el alma.
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T3 Capítulo 3 - Propiedad de sangre
En la Mansión Soler – El Brindis
Bibiana cerró los ojos, entregándose al destino. Adam se inclinó y, con una delicadeza que contrastaba con la sed de los invitados, hundió sus colmillos en su cuello. Bebió solo lo necesario, sintiendo la vida de Bibiana fluir en él.
Marcelo observaba con una sonrisa gélida. —Ojalá la convierta de una vez —murmuró para sí mismo.
Los invitados miraban con una envidia mal disfrazada; Adam era el único con el derecho de probar aquella "joya". En medio del acto, Adam recordó los momentos felices en Finlandia. Ese destello de humanidad lo hizo detenerse. Desprendió sus colmillos con cuidado y buscó la mirada de Bibiana. Ella abrió los ojos, compartiendo un silencio que solo ellos entendían.
—Bien, queridos invitados —anunció Marcelo con prepotencia—. Ya tienen la prueba. ¿Alguien duda aún de que respetamos las reglas?
—No, estamos convencidos —respondió un vampiro entre aplausos.
Adam llevó a Bibiana a un lado mientras la música suave regresaba al salón.
—Bibi, te mordí sin lastimarte tanto... —susurró él, preocupado.
—Sabía que lo harías así. Lo que menos quieres es convertirme.
—Espero que algún día puedas entenderme —respondió Adam, acariciándola.
Marcelo se acercó a la pareja con una sonrisa de suficiencia, ignorando la incomodidad evidente de Bibiana.
—Te felicito, hijo. Lo hiciste estupendo, aunque a los invitados les hubiera gustado más que la convirtieras de una vez —comentó Marcelo, lanzando una indirecta cargada de veneno.
Adam sostuvo la mirada de su padre con una firmeza gélida.
—Eso jamás lo iba a hacer, papá. Y ojalá que esa prueba haya sido suficiente para que nos dejen en paz.
Marcelo soltó una pequeña risa, restándole importancia.
—Fue suficiente para ellos, así que no te preocupes.
Bibiana, sintiendo que el aire se le agotaba, intervino.
—Voy a alejarme un momento, necesito tomar algo.
—No tardes —le advirtió Marcelo sin quitarle los ojos de encima—. Tú eres el centro de la fiesta y sin ti se acaba toda la atracción.
Bibiana lo ignoró por completo y se retiró hacia la cocina. Marcelo miró a Adam con una mezcla de orgullo y cinismo.
—Como me gusta su carácter... es una digna pareja tuya.
—Bibi no es un objeto para que tú y todos los vampiros la vean así —rugió Adam.
—Para nosotros lo es mientras sea humana, Adam —sentenció Marcelo con frialdad—. Cuando sea uno de nosotros, dejará de serlo.
Sin decir más, Marcelo se dio la vuelta y se alejó con arrogancia para seguir atendiendo a sus invitados. Adam se quedó solo por un instante, observando el lujo y la falsedad de la fiesta que lo rodeaba. Apretó los puños, sintiendo que las paredes de la mansión se cerraban sobre él.
—Ya quiero que se termine esta fiesta... —susurró para sí mismo, con la voz cargada de hartazgo, antes de ir tras los pasos de Bibiana hacia la cocina.
En la Cocina
Bibiana sostenía el vaso de agua con manos temblorosas, intentando procesar lo que había pasado en la fiesta. El silencio de la cocina se rompió por una voz arrastrada y gélida que le erizó la piel.
—Por fin tengo el gusto de conocer la joya más valiosa de los Soler —dijo Samuel, emergiendo de las sombras con una sonrisa malvada.
—No soy la joya de nadie —replicó Bibiana, sosteniéndole la mirada con rabia.
—Oh, claro que lo eres. Para nosotros, los humanos son comida o mascotas —Samuel se acercó, recorriéndola con una mirada de depredador que la hizo retroceder—. Pero tú eres mucho más que eso. Eres especial.
—No sé quién es usted, pero mantenga su distancia —sentenció ella, apretando el vaso.
—¿Tan poco te agrada mi compañía?
—Nunca me agradará la compañía de vampiros despiadados como usted y los que están ahí fuera —escupió Bibiana con asco.
Samuel soltó una carcajada seca.
—Entonces no debes estar muy feliz con tu boda. Tu prometido es un vampiro, un depredador igual que todos nosotros.
—Si soy feliz o no, es algo que no le interesa —respondió ella, aunque su corazón latía con fuerza.
—Me interesa más de lo que crees. Si quieres, puedo "liberarte" de ese matrimonio... con la condición de que vengas conmigo. Serías el objeto de lujo más preciado en mi casa.
—No necesito que me libere de nada —lo cortó Bibiana con firmeza—. Amo a mi prometido. Aunque esta boda tenga presiones, quiero estar con él. Jamás me iría con usted, y menos después de ver la forma tan despreciable en la que me mira.
Samuel perdió la paciencia y la agarró del brazo con una fuerza inhumana.
—Esta es la mirada de un depredador, niña. Si no tuvieras la esencia de Adam marcada en tu piel, ya serías una mujer muerta. Nadie se habría resistido a probar la sangre que acompaña tu belleza.
—¡Suélteme! —Bibiana forcejeó, sintiendo el frío de sus dedos.
—Puedo percibir que tu sangre está contaminada, lo que me impide morderte... pero no me impide contemplar lo hermosa que eres.
—Si no me suelta ahora mismo, le clavaré una estaca en el corazón —amenazó ella, con los ojos encendidos de furia.
—Me gusta tu valentía, eso te hace más especial —Samuel comenzó a arrastrarla hacia la salida trasera—. Aprovecharé que estás sola para sacarte de aquí. Te vienes a mi casa.
—¡No me voy a ningún lado! ¡Auxilio! —gritó Bibiana.
De repente, el aire en la cocina pareció congelarse. Un estruendo anunció la llegada de alguien cuya furia hacía que Samuel pareciera inofensivo.
—¡Bibi! —Adam apareció en la entrada, con los ojos inyectados en sangre al ver la escena.
Samuel soltó a Bibiana de inmediato, fingiendo calma.
—Adam, qué bueno que llegas. Tu novia intentaba escapar y tuve que detenerla.
—¡Eso es mentira! —exclamó Bibiana, refugiándose tras Adam—. Él quería llevarme a la fuerza.
—No le creas, Adam, está mintiendo —insistió Samuel con cinismo.
Adam no esperó un segundo más. Se lanzó sobre Samuel y lo estampó contra la pared, rodeándole el cuello con una mano que apretaba como el acero.
—Esta es la última vez que pones un dedo encima de mi prometida —gruñó Adam. Su voz era un rugido bajo que hacía vibrar las paredes.
—Tranquilízate... no le hice nada —alcanzó a decir Samuel, asfixiado.
—Lo sé. Y es tu única suerte, porque ella está marcada por mí —sentenció Adam con una posesividad aterradora—. Grábate esto: esta humana es mía. Si vuelves a intentar tocarla, te quemaré vivo
En la Sala Principal
Marcelo recorría el salón con la mirada encendida, ignorando por un momento las charlas de sus invitados. Su paciencia se estaba agotando.
—¿Dónde se habrá metido mi hijo? —preguntó Marcelo, con un tono de voz que denotaba un enojo creciente.
Estela, que intentaba mantener la compostura frente a los invitados, se acercó a él para calmarlo.
—Seguramente se fue a buscar a su novia, Marcelo. Tranquilízate.
—Más le vale que aparezca pronto con ella —sentenció él, apretando su copa de sangre—. Es su fiesta de compromiso y no voy a tolerar que falten al respeto de esta forma.
—Va a aparecer, ya lo verás —insistió Estela, aunque ella misma empezaba a sentir el peso de la tensión en el aire.
Apenas terminó de hablar, un estruendo sacudió la sala. El cuerpo de Samuel voló por los aires desde la cocina, aterrizando con un golpe seco frente a los pies de Marcelo y sus invitados.
—¡Pero qué es esto! —exclamó Marcelo, viendo a su amigo en el suelo.
Adam apareció en el umbral de la sala, con una furia poderosa que hizo que incluso los vampiros más viejos retrocedieran.
—No dejes que el enojo te nuble, Adam... —balbuceó Samuel desde el piso.
—Cuando se meten con lo que es MÍO, soy muy peligroso —gritó Adam para que todos lo escucharan—. ¡Se lo advierto a todos! Bibiana es mía y su sangre me pertenece. ¡Si se acercan o la tocan, los destrozo uno por uno!
El silencio fue sepulcral. Todos quedaron impactados por la furia posesiva de Adam. Bibiana, desde la puerta, observaba a su prometido, abrumada por la intensidad de un amor que acababa de mostrar sus colmillos más feroces.