El frío del acero en mi garganta no dolía tanto como la mirada de mi propio hijo.
Frente a mí, con la túnica imperial empapada en sangre fresca y la espada goteando sobre el mármol, Cassian ya no era el niño de mirada dulce que alguna vez buscó mi mano. A sus veinte años, se había convertido en la bestia implacable que yo misma forjé a fuerza de golpes, exigencias y castigos.
—¿Es esto lo que querías, madre? —me preguntó, con una sonrisa rota que no alcanzaba sus ojos muertos—. ¿Estás feliz ahora? Míralo tú misma... soy el nuevo Emperador. Asesiné a mis hermanos como me ordenaste. Acabé con el duque que torturó a Rosalind hasta arrojarla al vacío desde el balcón norte. Ya no queda nadie en el trono, solo yo. Dime... ¿por fin estás orgullosa de mí?
NovelToon tiene autorización de Tiinii_1605 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: La marcha del Escudo
Crucé los jardines privados del Palacio Zafiro con el corazón aún latiéndome en la garganta. Minutos antes, había entregado la carta al capitán de la guardia en la puerta oeste. El viejo veterano casi palidece al reconocer mi anillo con el blasón ducal, pero tras jurarle que nadie más debía ver el mensaje, soltó el halcón militar más veloz de la torre con rumbo directo a la frontera occidental.
La misiva ya volaba hacia mis padres. Ahora me tocaba afrontar la tarea más importante: empezar a sanar a mis hijos.
Bajo la sombra fresca de los magnolios en flor, la escena me detuvo en seco. Sobre una manta bordada reposaban bandejas de plata con pasteles de miel, higos y jarros de leche tibia. Cassian reía con timidez mientras Rosalind le limpiaba con una servilleta la crema que le había manchado la punta de la nariz.
Hacía años que no escuchaba la risa de mi pequeño. El pecho se me llenó de un calor doloroso pero reconfortante.
—Madre —dijo Rosalind al verme llegar, intentando ponerse de pie de prisa para hacer la reverencia protocolaria.
—Quédate sentada, cariño —le pedí con una sonrisa suave, acomodándome en el césped justo al lado de ellos, sin importarme que la seda de mi bata se ensuciara con la hierba del jardín.
Ambos niños se miraron entre sí, desconcertados. En su mente, una Noble Consorte Imperial jamás se sentaba en el suelo como una persona común.
—¿Madre, de verdad no tenemos que volver a los libros de guerra? —preguntó Cassian en voz bajita, jugando nervioso con el borde de su plato—. Si no me sé la formación de la caballería para la cena con mi padre, él...
—Tu padre no necesita evaluar a un niño de diez años como si fuera un general —lo interrumpí con ternura, acariciándole el cabello suave y revuelto—. Deja que tus hermanos compitan si quieren. Tú eres mi hijo, y hoy solo quiero verte comer pasteles y descansar.
Cassian me miró fijamente a los ojos, buscando alguna trampa o reproche oculto. Al notar solo cariño sincero, sus ojitos amatista brillaron con un alivio tan puro que se me escapó un suspiro.
Pasamos el resto de la tarde entre risas tímidas, historias sencillas y migajas de tarta. Por primera vez en sus vidas, mis hijos no me temieron. Jugaron hasta que el sol se ocultó tras los muros del palacio, dejando paso a una noche en paz.
Pasaron dos días en una tensa calma. Durante esas cuarenta y ocho horas me negué a recibir a las institutrices reales y prohibí las lecciones asfixiantes. Aunque los pasillos del harén murmuraban sobre mi repentino cambio de humor, nadie se atrevió a cuestionar de frente a la Noble Consorte.
Sin embargo, en mi interior, la angustia me devoraba viva.
Llevaba trece largos años separada de mis padres. Trece años en los que, aunque nos cruzábamos en los grandes banquetes de estado, recepciones diplomáticas y ceremonias de año nuevo, yo jamás me atreví a dirigirles la palabra.
Los veía desde la tarima imperial: mi padre con su imponente armadura ceremonial y mi madre con el porte majestuoso de la realeza de Valoria. Cuando sus miradas se cruzaban con la mía, yo levantaba el mentón y desviaba los ojos fingiendo frialdad. Pero no era odio; era una vergüenza corrosiva.
Me moría de la vergüenza de admitir que a mis diecisiete años había sido una tonta arrogante, que Kaelen jamás me había amado y que todo lo que mis padres me advirtieron a gritos se había cumplido al pie de la letra. Preferí pudrirme en el aislamiento antes que tragarme el orgullo y pedirles perdón frente a la corte.
«¿Y si no me perdonan? ¿Y si después de trece años de desprecio silencioso consideran que rompí el lazo familiar para siempre?».
Al amanecer del tercer día, la incertidumbre llegó a su fin.
Me encontraba en mi tocador mientras Marta me peinaba el cabello frente al espejo. De pronto, la puerta de los aposentos sonó con tres golpes rítmicos y urgentes. Era el código secreto acordado con el capitán de la guardia oeste.
—Marta, sal un momento y cuida que nadie se acerque al pasillo —ordené de inmediato.
La doncella asintió y salió sin hacer preguntas. Un segundo después, la puerta se entreabrió y el capitán se deslizó hacia el interior. El hombre estaba bañado en sudor y traía consigo un pequeño cilindro de cuero reforzado con acero negro.
—Su Alteza Ilustre —susurró con la respiración agitada, haciendo una reverencia—. El halcón mensajero aterrizó hace menos de media hora en el cuartel de avanzada. Esto es para usted.
Tomé el cilindro con dedos temblorosos. Al desenroscar la tapa de metal, el aroma inconfundible a madera de pino y sándalo —el perfume que mi madre siempre usaba— invadió mis sentidos. Dentro había un pergamino enrollado, sellado con cera negra y el león blindado de la Casa Rosental.
Rompí el sello con el corazón latiéndome desbocado contra las costillas.
La caligrafía era inconfundible. Las primeras líneas, trazadas con tinta gruesa, pesada y furiosa, pertenecían a mi padre, el Gran Duque Guillermo:
«Trece años, Valeria. Trece años viéndote en los banquetes imperiales mirándonos como si fuéramos extraños, tragándote tus lágrimas por pura soberbia mientras ese bastardo de Kaelen te aislaba en su harén. Tuvo que llegar este día, con tus hijos al borde del abismo, para que recordaras que llevas la sangre del Escudo de Hierro en las venas».
Apreté el papel contra mis dedos. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas, pero continué leyendo con desesperación:
«Pero ningún emperador ni ninguna concubina de pacotilla tocarán a un solo descendiente de mi linaje. No voy a enviar a un simple escuadrón de caballeros para que ese cobarde los retenga en las puertas de la capital con trámites absurdos. Tu madre y yo hemos movilizado a la guardia pesada ducal y a los regimientos de élite de Valoria».
Me llevé la mano libre a la boca, ahogando un sollozo. Mis ojos bajaron hacia las últimas líneas, escritas con la letra fina, elegante y afilada de mi madre, la Princesa Seraphina:
«Tu padre casi rompe la mesa de caoba de un puñetazo cuando leyó tu carta, pero antes de terminar de llorar ya estaba gritando órdenes a todos los comandantes de la frontera. Hija mía, tu vergüenza y tu soledad se acaban ahora. Vamos en camino nosotros mismos con tres mil lanzas pesadas. Llegaremos a la capital antes de la cacería y entraremos directamente al Palacio Zafiro a ver a nuestros nietos. Mantén a los niños a salvo. Nadie volverá a humillarte».
Dejé caer la carta sobre mi regazo mientras un escalofrío de alivio y poder absoluto me recorría la columna vertebral.
Mis padres no me guardaban rencor. Nunca me habían odiado. Solo estaban esperando que su hija dejara caer la máscara de orgullo para extender sus brazos y protegerme.
«El Escudo de Hierro y la realeza de Valoria vienen hacia aquí».
Una sonrisa fría y despiadada se dibujó en mis labios mientras miraba por la ventana hacia el palacio central de Kaelen.
Faltaban cuatro días para la cacería imperial. La Consorte Evelyn creía que tenía el control del harén y Kaelen pensaba que yo seguiría siendo su prisionera dócil. Ninguno de los dos se imaginaba el vendaval militar que estaba a punto de derribar las puertas de la capital.
por fin es libre y Kaelen por fin murio
se la mujer libre que yo no puedo ser 😭😭😭
jajaja como dicen muerto el perro se acabó la rabia 🤭
y tómala maldito emperador por fin Cassian puede ser libre