«La única mujer capaz de ponerlo de rodillas era también la única a la que no tenía derecho a tocar». Nikolai Veyron tiene una regla: nunca desea lo suficiente a una mujer como para perder el control por ella. Hasta que una desconocida aparece en un club privado y convierte sus propias reglas en un juego. Ella elige la música, marca la distancia y decide cuándo termina cada encuentro. No le teme a su sonrisa, no se deja impresionar por su arrogancia y no parece interesada en descubrir quién se esconde detrás de su máscara. Nikolai quiere volver a verla. Pero cuando sus caminos se cruzan de nuevo, descubre que la mujer que le hizo olvidar todas sus reglas está comprometida con Alexander, su hermano. Vittoria Moreau es inteligente, elegante y demasiado consciente de lo que se espera de ella. Sin embargo, detrás de su compromiso hay una mujer que también tiene deseos, dudas y decisiones que nadie puede tomar en su lugar. Nikolai está acostumbrado a conquistar. Esta vez tendrá que aprender a esperar. Porque Vittoria puede romper su compromiso, elegir otro camino e incluso reconocer que siente algo por él. Pero no lo hará para convertirse en el siguiente capricho de un hombre que nunca ha sabido amar sin querer ganar. Nikolai puede desafiar a su familia, enfrentarse a su hermano y arriesgar su reputación. Lo único que no puede hacer es decidir por ella.
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La prometida de mi hermano
—Mi prometida.
Las palabras de Alexander seguían resonando en la cabeza de Nikolai.
Mi prometida.
Dos palabras que, por alguna razón, le resultaban mucho más desagradables de lo que deberían.
Frente a él, Vittoria recuperó rápidamente la compostura. Le dedicó una sonrisa educada, como si fueran dos desconocidos que acababan de conocerse en una reunión social.
—Es un placer conocerte formalmente, Nikolai.
Formalmente.
Nikolai tuvo que contener una risa amarga.
Si Alexander supiera lo poco formal que había sido su último encuentro con aquella mujer, probablemente dejaría de sonreír.
—El placer es mío —respondió finalmente.
Su voz sonó tranquila. Demasiado tranquila para alguien que acababa de descubrir que la mujer que llevaba una semana intentando olvidar iba a casarse con su hermano.
Vittoria inclinó ligeramente la cabeza.
—Alexander me ha hablado de ti.
Nikolai miró a su hermano.
—Espero que solo haya contado mis virtudes.
—No tardaría demasiado en terminar —respondió Alexander con una sonrisa.
Vittoria soltó una pequeña risa.
Y Nikolai se quedó mirándola.
Era la misma risa que recordaba de aquella noche. La misma que había aparecido en sus sueños más veces de las que estaba dispuesto a admitir.
Sin embargo, ahora ella llevaba un anillo en la mano y estaba junto a su hermano.
Nikolai sintió que la situación empezaba a resultarle insoportable.
—¿Os conocíais de antes? —preguntó Alexander, alternando la mirada entre ambos.
El corazón de Vittoria dio un pequeño salto.
Pero su sonrisa no desapareció.
—No. Nunca habíamos tenido la oportunidad de conocernos formalmente.
Nikolai apretó discretamente la mandíbula.
Era una respuesta impecable.
Y, técnicamente, no era una mentira.
—Entonces me alegra que por fin haya ocurrido —dijo Alexander, satisfecho.
Vittoria asintió.
—A mí también.
Nikolai se preguntó cómo podía pronunciar aquellas palabras con tanta naturalidad.
¿No sentía vergüenza?
¿No estaba incómoda?
¿No recordaba la forma en que se habían besado, las risas compartidas o la manera en que ella había pronunciado su nombre?
Aparentemente, Vittoria Moreau tenía una capacidad extraordinaria para fingir que nada había ocurrido.
O quizá, para ella, realmente no había significado nada.
Aquella posibilidad le molestó más de lo que quiso reconocer.
—Vittoria, querida, ven un momento. Quiero presentarte a los Beaumont.
La madre de la joven apareció a su lado, interrumpiendo el incómodo silencio.
Vittoria agradeció mentalmente la intervención.
—Por supuesto, mamá.
Antes de marcharse, se volvió hacia Nikolai.
—Ha sido un placer conocerte.
Él sostuvo su mirada.
—El placer ha sido mío.
Vittoria se alejó junto a su madre, dejando a los dos hermanos solos.
Alexander observó a Nikolai durante unos segundos.
—Estás muy callado esta noche.
—Estoy disfrutando de la conversación.
—¿Qué conversación?
—Exactamente.
Alexander negó con la cabeza, divertido.
—Intenta no asustar a mi prometida. Es bastante amable contigo.
Nikolai desvió la mirada hacia el lugar donde Vittoria conversaba con otros invitados.
Amable.
Sí, lo era.
Y parecía dispuesta a tratarlo con la misma cordialidad que a cualquier otro hombre de aquella fiesta.
Como si nunca hubiera dormido entre sus brazos.
Como si él no hubiera pasado siete noches preguntándose dónde encontrarla.
Como si fuera un completo desconocido.
—No te preocupes —respondió Nikolai—. Sé comportarme.
Alexander le dio una palmada en el hombro antes de alejarse para saludar a otros invitados.
Nikolai permaneció inmóvil.
Por primera vez en mucho tiempo, no tenía ganas de coquetear con ninguna de las mujeres que lo observaban desde el otro lado del salón.
Solo quería respuestas.
Y, sobre todo, quería dejar de mirar a Vittoria.
Pero cada vez que intentaba apartar los ojos, terminaba buscándola entre la multitud.
Vittoria, por su parte, estaba haciendo todo lo posible para concentrarse en la conversación que mantenía con una pareja de conocidos de sus padres.
Sonreía, respondía preguntas y aceptaba felicitaciones por su compromiso.
Sin embargo, era consciente de la presencia de Nikolai.
No necesitaba mirarlo para saber cuándo estaba cerca.
Y aquello la irritaba ligeramente.
Compórtate, Vittoria.
Se acomodó el colgante que llevaba sobre el pecho y respiró despacio.
Ella no había hecho nada malo.
No estaba casada con Alexander. No le había prometido fidelidad a nadie y aquella noche en el hotel había ocurrido antes de que su compromiso se anunciara oficialmente.
No tenía motivos para avergonzarse.
Aun así, encontrarse con Nikolai en aquellas circunstancias era mucho más incómodo de lo que había imaginado.
Porque una cosa era recordar a un desconocido desde la comodidad de su habitación.
Y otra muy distinta era descubrir que ese desconocido era el hermano del hombre con quien se esperaba que compartiera el resto de su vida.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Alexander, acercándose a ella.
Vittoria se volvió rápidamente.
—Sí, claro.
Él le ofreció una copa de agua.
—Pareces distraída.
—Solo hay demasiada gente.
Alexander sonrió con comprensión.
—Podemos salir un momento al jardín si quieres.
Vittoria estuvo a punto de aceptar.
Necesitaba aire.
Necesitaba ordenar sus pensamientos y dejar de sentir que cada vez que Nikolai la miraba, el recuerdo de aquella noche regresaba con una claridad insoportable.
Pero entonces vio a la madre de Alexander llamándolos desde el otro extremo del salón.
—Quizá más tarde —respondió—. No quiero que tus padres piensen que estamos escapando de nuestra propia fiesta.
Alexander rio y le besó suavemente la mejilla.
—Como quieras.
Vittoria sonrió.
Y, al levantar la mirada, descubrió que Nikolai los estaba observando.
Su expresión era indescifrable.
Por un instante, sus ojos se encontraron.
Ella fue la primera en apartar la mirada.
No porque tuviera miedo de él.
Sino porque necesitaba recordar que aquella noche no podía convertirse en algo más.
Nikolai era un recuerdo.
Alexander era su prometido.
Y ella no iba a permitir que una noche inesperada complicara una vida que todavía estaba intentando comprender.
Aunque, por primera vez, comenzó a sospechar que el verdadero problema no sería recordar lo que había sucedido entre Nikolai y ella.
El problema sería descubrir si él estaba dispuesto a olvidarlo.
Porque, al otro lado del salón, Nikolai Veyron acababa de comprender algo que no le gustaba en absoluto.
Podía marcharse de aquella fiesta.
Podía fingir que no conocía a Vittoria.
Podía incluso convencerse de que aquella noche no había significado nada.
Pero no podía soportar verla sonreírle a su hermano como si él nunca hubiera existido.
Y eso significaba que la historia que había intentado dejar atrás acababa de empezar a complicarse.
y la de los futuros reyes también