¿Crees que el destino puede unir a dos personas en el peor momento de sus vidas?
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Capítulo 4: El sobre secreto
El sonido de las pisadas se acercaba cada vez más.
Valeria apenas podía respirar.
Adrián apagó la linterna y, con un gesto, le indicó que permaneciera en silencio.
La vieja cabaña crujía con el viento mientras la sombra del hombre se reflejaba en la ventana.
Un golpe seco hizo temblar la puerta.
—¡Abran! —gritó una voz desconocida.
Ninguno respondió.
El hombre volvió a golpear con más fuerza.
Adrián observó rápidamente el interior de la cabaña. Detrás de una vieja estantería había una pequeña puerta de madera que daba al bosque. La recordaba por los relatos de Valeria sobre los juegos de su infancia.
—Tenemos que salir por ahí —susurró.
Valeria asintió, pero antes tomó el sobre, la memoria USB y la fotografía que Daniel había escondido.
Salieron en silencio mientras el desconocido forzaba la puerta principal.
Apenas lograron internarse entre los árboles cuando escucharon un fuerte estruendo.
La puerta había sido derribada.
—¡Búsquenlos! ¡No pueden escapar! —ordenó el hombre.
Valeria y Adrián comenzaron a correr entre la maleza.
Las ramas golpeaban sus rostros y la tierra húmeda dificultaba cada paso.
Después de varios minutos llegaron a un antiguo puente de madera que cruzaba un pequeño río.
Allí se detuvieron para recuperar el aliento.
—¿Estás bien? —preguntó Adrián.
Valeria apenas pudo asentir.
—Tenemos que saber qué hay en ese sobre.
Con manos temblorosas rompió el sello.
Dentro encontró varios documentos antiguos, una escritura de propiedad, fotografías de reuniones entre empresarios y políticos, y un expediente con un nombre escrito en letras grandes.
LEONARDO MONTENEGRO.
Adrián quedó inmóvil.
Ese nombre llevaba meses apareciendo en su investigación.
Montenegro era uno de los empresarios más poderosos del país. Para el mundo era un hombre respetado, filántropo y exitoso.
Pero Adrián sospechaba que detrás de esa imagen existía una organización dedicada al lavado de dinero, la corrupción y las desapariciones.
Valeria siguió revisando los papeles.
Entre ellos apareció un recorte de periódico con una noticia de quince años atrás.
“Empresario muere en trágico accidente de carretera.”
La fotografía del artículo era inconfundible.
Era el padre de Valeria.
Debajo del recorte, Daniel había escrito una frase con tinta roja:
“No fue un accidente. Lo asesinaron porque descubrió la verdad.”
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de Valeria.
Toda su vida había creído que su padre murió por culpa de una falla mecánica.
Ahora comprendía que alguien había destruido a su familia desde hacía muchos años.
Adrián apoyó una mano sobre su hombro.
—Lo vamos a descubrir todo.
Ella levantó la mirada.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Adrián guardó silencio unos segundos.
Sabía que ya no podía seguir ocultándolo.
—Porque yo también llevo meses investigando a Leonardo Montenegro.
Valeria retrocedió un paso.
—¿Qué acabas de decir?
—No fue casualidad que apareciera aquella noche. Estoy siguiendo esta organización desde hace mucho tiempo.
Los ojos de Valeria se llenaron de decepción.
—Entonces… ¿te acercaste a mí porque sabías quién era?
—No.
—¡Respóndeme con la verdad!
—Al principio fue una coincidencia. Después… todo cambió.
—¿Qué cambió?
Adrián respiró profundamente.
—Tú.
El silencio volvió a envolverlos.
Valeria no sabía si creerle.
Su corazón quería confiar en él.
Su razón le decía que se alejara.
Antes de que pudiera responder, escucharon el sonido de un motor.
Dos camionetas negras aparecieron al otro lado del puente.
Varios hombres descendieron rápidamente.
Uno de ellos levantó un arma y apuntó directamente hacia Adrián.
—¡Entréguennos el sobre!
Adrián tomó la mano de Valeria.
—Corre.
—¿Y tú?
—Prometí protegerte… y pienso cumplir mi promesa.
Sin esperar respuesta, empujó a Valeria hacia el bosque mientras él se quedaba frente a los hombres.
Uno de ellos sonrió.
—Por fin nos volvemos a ver, Adrián.
Él frunció el ceño.
Reconocía perfectamente aquella voz.
Era alguien de su pasado.
Alguien en quien había confiado.
Y esa traición podía costarle la vida.
Continuará…