Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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El Primer Sueldo
La dirección escrita en el sobre conducía a un edificio de oficinas de ocho pisos, en una calle tranquila del distrito de Chiyoda.
No había guardias armados. No había automóviles de lujo. Ni hombres tatuados fumando en la puerta. Solo un edificio gris con el nombre de una empresa de logística grabado sobre una placa metálica.
Kurogane Distribution.
Haruto levantó la vista. Por un momento pensó que se había equivocado de lugar. Volvió a comprobar la dirección. Era correcta. Entró. Una recepcionista le sonrió.
—Buenos días, señor Saitō.
Él se quedó inmóvil.
—¿Me estaban esperando?
—El señor Kurogane lo espera en el último piso.
Todo allí parecía demasiado normal. El ascensor olía a desinfectante. Las oficinas estaban llenas de empleados trabajando frente a computadoras. Algunos hablaban por teléfono. Otros transportaban carpetas. Era imposible imaginar que aquel lugar tuviera algo que ver con los hombres que habían ido a cobrar la deuda de su padre.
Las puertas del ascensor se abrieron. Shinji ya estaba esperándolo.
—Llegaste.
—Pensé que...
Haruto observó la oficina. Libros. Plantas. Un ventanal enorme con vista a Tokio. No había armas. No había nada que recordara a una organización criminal.
Shinji sonrió.
—Esperabas algo más... cinematográfico.
Haruto no respondió.
—Siéntate.
Sobre el escritorio había una pequeña caja de madera. Shinji la abrió. Dentro había un reloj de pulsera. Simple. Elegante. Lo empujó hacia Haruto.
—¿Qué es esto?
—Un regalo.
Haruto frunció el ceño.
—Todavía no hice nada.
—Precisamente. Las personas siempre cuidan más aquello que sienten que todavía no merecen.
Haruto no entendió. Shinji continuó.
—¿Sabés cuánto vale?
Haruto negó con la cabeza.
—No demasiado. Pero, si mañana alguien intenta robártelo, vas a defenderlo. No por el precio. Porque ya será tuyo.
Cerró la caja lentamente.
—Las personas funcionan igual. Cuando les das algo... Empiezan a tener miedo de perderlo.
Haruto sintió un escalofrío. No sabía si aquello era una explicación... o una advertencia.
El trabajo fue ridículamente sencillo. Debía entregar tres sobres. Nada más. No preguntar. No abrirlos. No demorarse. Al terminar regresaría con Shinji.
Haruto pasó todo el día recorriendo distintos puntos de la ciudad. En cada lugar alguien recibía el sobre, hacía una inclinación y cerraba la puerta. Nada extraño. Nada ilegal. O, al menos, nada que pudiera demostrarlo.
Cuando volvió al edificio ya era de noche. Shinji estaba leyendo un libro. Levantó apenas la vista.
—¿Problemas?
—Ninguno.
—¿Abriste alguno?
—No.
Shinji sonrió.
—Bien. La curiosidad suele ser el primer paso hacia el arrepentimiento.
Abrió un cajón. Sacó un sobre grueso. Lo dejó sobre la mesa. Haruto lo abrió. Había más dinero del que había ganado en casi un mes entero en el almacén. Lo contó una vez. Después otra. Creyó que se había equivocado.
—Esto es demasiado.
—No.
Respondió Shinji con calma.
—Es exactamente lo que vale tu tiempo.
Haruto sintió un vacío en el pecho. ¿De verdad alguien podía pagar tanto por algo tan simple?
Esa noche llegó a casa con varias bolsas de supermercado. Yui abrió la puerta. Sus ojos se iluminaron.
—¿Compraste carne?
Haruto levantó una de las bolsas.
—Y también fruta.
La niña sonrió como si fuera un cumpleaños. Su madre permaneció inmóvil.
—¿Te adelantaron el sueldo?
Haruto dudó. Apenas un instante.
—Sí.
La mentira salió con una facilidad que lo asustó. Su madre respiró aliviada.
—Entonces... por fin vamos a poder pagar el uniforme de Yui.
Haruto miró a su hermana. Ella ya estaba revisando las bolsas, feliz. Y pensó algo que jamás habría imaginado unos días atrás.
“Si una mentira puede hacerlos sonreír...”
“¿Realmente está tan mal mentir?”
Más tarde, cuando todos dormían, Aiko salió al balcón. Encontró a Haruto apoyado sobre la baranda.
—Hoy sonreíste.
Él giró apenas la cabeza.
—¿Eso es malo?
—No. Es raro.
Se acercó lentamente.
—Hace semanas que no te veía llegar tan tranquilo.
Haruto contempló las luces de la ciudad. Quería disfrutar ese momento. Pero una pregunta no dejaba de dar vueltas en su cabeza.
¿Por qué alguien pagaba tanto dinero por entregar tres sobres?
Aiko apoyó la cabeza en su hombro.
—Ojalá podamos volver a vivir días así.
Haruto cerró los ojos. No respondió. Porque, por primera vez, sintió que la tranquilidad que acababa de recuperar... pertenecía a otra persona. Y que algún día vendrían a reclamarla.