Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.
En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.
Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.
Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.
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CAPÍTULO 1 - LA PIEDRA
La cocina olía a aceite quemado y a leña húmeda. Eran las nueve de la noche y yo llevaba tres horas esperando.
Tomás llegó borracho. No hacía falta que hablara para saberlo. Lo supe por cómo golpeó la puerta con el hombro, por cómo dejó las llaves caer al suelo. En nuestro pueblo, cerca de Sevilla, un hombre podía llegar borracho a su casa y nadie decía nada. Era casi su derecho.
- ¿Dónde está mi cena? - dijo sin mirarme.
Yo no era Ana Vidal todavía. Era Zeynep. Tenía 22 años y llevaba dos años con él. Al principio no me pegaba. Al principio me decía que era celoso porque me quería mucho. Después los celos se volvieron manos.
Le puse el plato de patatas en la mesa. Tenía las manos frías. Él probó un bocado y lo escupió.
- Esto está asqueroso. Ni para eso sirves.
No le contesté. Había aprendido que si contestaba era peor. Pero esa noche él no quería silencio. Quería ruido.
Se levantó y me agarró del brazo. Me apretó contra el brasero. El hierro todavía estaba caliente del día. Sentí el calor en la espalda.
- Mírame cuando te hablo.
Yo no quería mirarlo. Si lo miraba, me veía a mí misma en sus ojos y no me reconocía.
Me empujó. Caí al suelo. Junto a la puerta, para que no se cerrara sola con el viento, teníamos una piedra. Era una piedra lisa, del río, grande como mi puño. La usábamos todos los días. Esa noche la vi diferente.
No pensé en matarlo. Lo juro. Pensé en que si no me levantaba esa noche, no me iba a levantar nunca más.
La agarré. No sé de dónde saqué fuerza. No grité. No dije nada. Solo la levanté y le pegué. Fue un solo golpe. No en la cabeza. En el hombro, en el pecho, no sé. Escuché que se quejaba y caía hacia atrás contra la mesa.
No me quedé a ver si sangraba. No me quedé a ver si respiraba.
Corrí a la habitación. Agarré mi carnet, que lo tenía escondido dentro de un libro de costura, y el poco dinero que tenía guardado en una lata de tomate. No agarré ropa. La ropa pesa y hace ruido.
Salí por la puerta de atrás, descalza. La noche estaba oscura y hacía frío. El pueblo estaba en silencio porque a esa hora todos estaban en sus casas escuchando la radio.
Corrí por el camino de tierra que llevaba a la carretera. Escuchaba mi propia respiración. Cada vez que escuchaba un coche pensaba que era él viniendo a buscarme.
En la carretera, a las tres de la mañana, pasó un camión de aceitunas que iba a Olvera de la Frontera. El conductor ni me preguntó. En 1957, una mujer sola en una carretera de noche no hacía preguntas, solo daba pena.
- ¿Vas a Olvera? - me dijo.
- Sí - le mentí. Yo no iba a ningún lado. Solo iba lejos.
Me subí atrás, entre los sacos. El camión olía a campo y a gasoil. Yo temblaba. No de frío. De miedo. Tenía las manos manchadas de tierra y no sabía si también de sangre. No quise mirar.
Mientras el camión avanzaba, vi mi pueblo hacerse pequeño por el retrovisor. Vi la luz de mi cocina encendida. Y por primera vez en dos años, no sentí culpa por irme. Sentí alivio.
No sabía que me llamaría Ana Vidal. No sabía que estaba embarazada. No sabía que en Olvera había un convento de paredes blancas con limoneros donde me esconderían.
Solo sabía que esa piedra me había salvado la vida.
Y que no iba a volver.