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La Muñeca Del Bosque Negro

La Muñeca Del Bosque Negro

Status: En proceso
Genre:Demonios / Terror
Popularitas:143
Nilai: 5
nombre de autor: Damian Benitez

es de terror, una creepypasta

NovelToon tiene autorización de Damian Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Diario de Isabela

La lluvia comenzó a caer apenas Samuel salió de la casa de don Ernesto.

Los golpes en el techo habían cesado, pero ninguno de los dos se atrevió a salir de inmediato. Esperaron varios minutos en completo silencio, escuchando únicamente el agua deslizarse sobre las tejas.

Cuando finalmente abrió la puerta, el aire era frío y pesado.

—No vuelvas al bosque... —dijo don Ernesto con la mirada perdida—. El bosque ya sabe quién eres.

Samuel no respondió. Caminó hasta su motocicleta con la mente llena de preguntas. Cada respuesta que obtenía solo hacía que el misterio creciera. La muñeca aparecía en fotografías de distintas décadas, sus dueños morían antes de cumplir un mes y una voz que pertenecía a una niña fallecida seguía llamando desde la oscuridad.

Necesitaba pruebas. Algo que explicara cómo había comenzado todo.

Mientras se colocaba el casco, don Ernesto salió nuevamente de la casa sosteniendo un pequeño paquete envuelto en tela oscura.

—Llévate esto.

Samuel lo recibió con cuidado.

—¿Qué es?

—Nunca quise volver a abrirlo.

Samuel desenvolvió lentamente la tela. En su interior había un viejo cuaderno de cuero, muy deteriorado por el tiempo. Las hojas estaban amarillentas y algunas esquinas habían sido quemadas. En la portada, apenas podían distinguirse unas letras grabadas a mano.

"I. de Montoya. Año del Señor de 1698."

Samuel levantó la vista.

—¿Quién era Isabela de Montoya?

Don Ernesto tardó unos segundos en responder.

—No lo sé con certeza... pero mi abuelo decía que todo empezó con ella.

Esa noche, Samuel dejó todas las luces del apartamento encendidas.

La muñeca permanecía sentada sobre la mesa del comedor.

No intentó moverla.

No volvió a tocarla.

Simplemente la observó de reojo mientras abría el antiguo cuaderno.

Las primeras páginas estaban destruidas por la humedad, pero unas hojas más adelante la escritura se volvía legible.

Era una caligrafía elegante, muy distinta a la actual.

Samuel comenzó a leer.

15 de mayo de 1698

Mi nombre es Isabela de Montoya.

Si alguien encuentra este cuaderno cuando yo ya no exista, ruego que crea en mis palabras.

No escribo para que me recuerden.

Escribo para que nadie repita mi destino.

Samuel sintió un escalofrío.

Continuó leyendo.

Mi padre dice que los bosques pertenecen únicamente a Dios.

Los indígenas dicen que pertenecen a espíritus mucho más antiguos.

Yo no sé a quién creer.

Solo sé que desde niña escucho una voz que me llama cuando cae la noche.

Samuel levantó la mirada instintivamente.

Su apartamento seguía en silencio.

La muñeca permanecía inmóvil.

Volvió al diario.

Hace tres noches seguí aquella voz.

Llegué hasta un árbol enorme cuyas raíces parecían abrazar la tierra.

Allí encontré a varias personas vestidas con túnicas negras.

No rezaban.

Cantaban en un idioma que jamás había escuchado.

En el centro había un círculo dibujado con cenizas.

Dentro del círculo no había fuego.

Había oscuridad.

Una oscuridad tan profunda que parecía tragarse la luz de las antorchas.

Samuel tragó saliva.

Las siguientes líneas estaban escritas con mayor fuerza, como si Isabela hubiera temblado al escribirlas.

Ellos dijeron un nombre.

Azael.

Y la tierra respondió.

Samuel dejó escapar un suspiro.

El nombre aparecía por primera vez.

Pasó la página.La tinta estaba corrida por varias gotas secas.

Parecían lágrimas.

No debí observar.

Uno de ellos me vio.

Todos giraron al mismo tiempo para mirarme.

Jamás olvidaré sus rostros.

No tenían ojos.

Solo cavidades negras.

Samuel cerró el diario por un instante.

Aquello no parecía una simple leyenda.Cada palabra transmitía un miedo demasiado real.

Respiró hondo y continuó.

Corrí.

Corrí hasta perder el aliento.

Pensé que había escapado.

Pero aquella noche encontré barro dentro de mi habitación.

Pequeñas huellas.Samuel sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Miró lentamente hacia el suelo.

Su respiración se detuvo.

Sobre las baldosas de la sala había pequeñas marcas de barro.

No estaban allí hacía unos minutos.

Comenzaban junto a la puerta del apartamento.

Y terminaban...

Frente a la silla donde descansaba la muñeca.

Samuel retrocedió.

El diario cayó al suelo.La muñeca seguía inmóvil.

Pero ahora tenía la cabeza ligeramente inclinada, como si estuviera observándolo con curiosidad.

—No...

Samuel dio otro paso atrás.

Entonces escuchó un sonido.

No provenía de la muñeca.

Venía del diario.

Las hojas comenzaron a pasar solas.

Una.

Otra.

Otra más.Hasta detenerse casi al final del cuaderno.

Las letras ya no eran tan ordenadas.

La tinta estaba corrida.

Había palabras tachadas.

Y en el centro de la página solo podía leerse una frase.

"Él ya no me deja escribir."

Samuel sintió un nudo en el estómago.

La siguiente página estaba completamente cubierta por una única palabra, repetida cientos de veces con distintas intensidades.

CORRE.

CORRE.

Como si una niña hubiera caminado alrededor de mi cama.CORRE.

CORRE.

CORRE.

Algunas letras parecían haber sido escritas con tanta fuerza que rompían el papel.

Entonces ocurrió algo imposible.

Una nueva línea comenzó a aparecer lentamente sobre la hoja, como si una mano invisible estuviera escribiendo frente a sus ojos.

La tinta brotaba sola.

Las palabras se formaban una tras otra.

Samuel quedó paralizado.El mensaje decía:

"Si estás leyendo esto... significa que él sigue encerrado."

La escritura continuó.

"Pero la prisión está rota."

Samuel apenas podía respirar.

La última frase tardó varios segundos en completarse.

Cada letra aparecía lentamente, una detrás de otra.

"No confíes en la muñeca..."

La tinta dejó de moverse durante un instante.Luego apareció una última línea.

Una línea escrita con una caligrafía completamente distinta.

Más brusca.

Más agresiva.

Como si otra persona hubiera tomado el control.

"...porque ya no siempre soy yo quien te observa."

En ese mismo momento, todas las luces del apartamento se apagaron.Y, desde algún rincón de la sala, una voz femenina, triste y casi quebrada susurró:

—Samuel... por favor... sálvame antes de que él despierte.

La oscuridad lo envolvió por completo.

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