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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4 — El fantasma de la silla

Rodrigo no había desayunado lo suficiente.

Tres horas después de llegar a Lumina, tenía la chaqueta sobre el respaldo de una silla, las mangas arremangadas y una expresión cada vez más seca frente a las hojas de cálculo. No insultó a Diego Paredes ni una sola vez. Eso, para Valentina, fue peor que si hubiera golpeado la mesa.

—¿Tan mal está? —preguntó Luna cuando él pidió el cuarto estado de cuenta.

Rodrigo levantó los ojos de la computadora.

—Está desordenado.

—Eso significa "sí" en idioma Ríos —murmuró Luna.

Valentina no sonrió. Había pasado la tarde firmando cartas de negociación, llamando a proveedores y contestando mensajes de dos inversionistas que de pronto querían "pausar la conversación". A las ocho de la noche, cuando por fin cerró la computadora portátil, tenía la espalda dura y la garganta irritada de hablar como si todo siguiera bajo control.

Al salir del edificio, encontró el auto de Braulio en la entrada.

Esta vez no discutió. Solo estaba demasiado cansada.

—Buenas noches, señorita Reyes —dijo él, abriéndole la puerta.

—Buenas noches.

El trayecto hasta Las Lomas fue silencioso. La Ciudad seguía encendida, llena de autos, anuncios y luces de oficinas donde otras personas también fingían que podían con todo. Valentina apoyó la frente contra el vidrio un segundo. Se enderezó antes de llegar a la reja.

No iba a entrar derrotada.

Doña Esperanza la recibió en el vestíbulo.

—La cena está servida.

Valentina soltó el bolso sobre una silla.

—No tengo hambre.

—El señor la espera en el comedor.

Ahí estaba otra vez: una orden vestida de rutina doméstica.

—Doña Esperanza, de verdad, no...

—También dijo que si usted decía que no, le avisara que Rodrigo ya envió el primer reporte.

Valentina cerró la boca.

La mujer no sonrió, pero sus ojos sí.

—Por aquí, señorita.

El comedor de diario no tenía el tamaño absurdo del salón principal, pero seguía siendo más elegante que cualquier restaurante en el que Valentina se permitiría gastar dinero. Mesa de madera oscura, vajilla blanca, velas bajas, una jarra de agua con rodajas de limón. Nada ostentoso. Todo impecable.

Sebastián estaba al otro lado de la mesa, en la silla de ruedas.

No al fondo, como un patriarca esperando tributo. A un costado, con espacio suficiente para moverse sin que nadie tuviera que ayudarlo. La posición parecía casual. Valentina no creyó ni por un segundo que lo fuera.

Braulio colocaba un plato frente a él.

—Señorita Reyes —saludó, y luego sirvió otro lugar.

—Gracias, Braulio.

Sebastián levantó la vista.

—Siéntate, Valentina.

Ella odiaba cómo sonaba su nombre completo en su boca. Limpio. Correcto. Lejano.

—Ya cené.

—No.

Valentina dejó la mano sobre el respaldo de la silla.

—¿Perdón?

—No cenaste. Rodrigo dijo que no saliste de la sala de juntas en toda la tarde y Luna pidió café por ti dos veces.

—Vaya red de vigilancia tan eficiente.

—Tienes el mal hábito de llamar vigilancia a cualquier persona que se preocupa por si comiste.

El golpe fue pequeño, pero encontró lugar.

Valentina se sentó porque no hacerlo habría sido darle demasiada importancia a la frase. Braulio sirvió caldo de pollo, arroz blanco y verduras asadas. Comida simple. Comida de recuperación. No recordó cuándo fue la última vez que alguien le puso un plato caliente enfrente sin pedirle nada a cambio.

No. Sí le estaban pidiendo algo.

Que se quedara. Que confiara. Que no huyera.

Tomó la cuchara.

—Si vamos a hablar de Lumina, prefiero que sea rápido.

Sebastián esperó a que Braulio terminara de servir y saliera del comedor. Solo entonces habló.

—Rodrigo encontró pagos duplicados a dos proveedores.

Valentina dejó la cuchara sobre el plato.

—¿De cuánto?

—Cerca de cuatrocientos mil pesos.

—Eso no es posible.

—Lo es.

—Yo reviso pagos superiores a cincuenta mil.

—Diego los fraccionó.

Valentina cerró los ojos un segundo. Diego no solo había vendido tecnología. Había abierto agujeros pequeños, pacientes, invisibles. Agujeros hechos para que ella se hundiera sin saber de dónde entraba el agua.

—Mañana quiero esos archivos.

—Los tendrás.

—Y quiero que Rodrigo no hable con nadie del equipo sin que Luna esté presente.

—De acuerdo.

La facilidad con la que aceptaba la puso más tensa.

—También quiero copia de todo lo que su despacho revise.

—La tendrás.

—Y no quiero que ningún inversionista se entere de esto antes de que yo decida cómo presentarlo.

Sebastián tomó su vaso de agua.

—Eso no te lo puedo prometer.

Valentina levantó la mirada.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

—Si un inversionista serio hace due diligence, lo va a encontrar.

—Lo sé.

—Entonces no puedes esconderlo.

—No dije esconderlo. Dije presentarlo.

—Presentarlo sin parecer que estás tapando un fraude.

—Gracias por explicarme mi trabajo.

Sebastián dejó el vaso sobre la mesa sin hacer ruido.

—No estoy explicando tu trabajo.

—Suena bastante parecido.

—Estoy diciendo que si entras a una reunión con rabia, van a oler sangre.

Valentina apoyó la espalda en la silla.

—¿Y usted qué sugiere? ¿Que sonría mientras explico que mi exsocio me robó la empresa en pedazos?

—Sugiero que no lo llames robo hasta tener una medida cautelar.

—Fue robo.

—Legalmente, todavía no.

—Moralmente, sí.

Por primera vez en la noche, algo parecido a aprobación cruzó los ojos de Sebastián.

—Moralmente, Diego Paredes debería estar temblando.

Valentina no estaba preparada para coincidir con él. Bajó la vista al plato y comió una cucharada para ganar tiempo. El caldo estaba bueno. Eso la irritó.

—No necesito que me tenga lástima —dijo.

—No te tengo lástima.

—¿Entonces qué es esto?

Sebastián miró la mesa, luego sus manos. La pulsera de ébano se movió apenas bajo la luz.

—Una cena.

—No juegue conmigo.

—No estoy jugando.

El comedor quedó en silencio.

Valentina se obligó a mirarlo de frente. La silla de ruedas estaba ahí, negra, quieta, absurda en torno a un hombre que siempre había parecido más sólido que las paredes. No sabía si creer en ella. No sabía si la pierna le dolía de verdad o si esa silla era otra pieza en una estrategia que nadie se atrevía a nombrar.

La última vez que lo vio de pie, él no la alcanzó.

No la detuvo.

—¿Le duele? —preguntó antes de poder tragarse la frase.

Sebastián no fingió no entender.

—A veces.

—¿A veces cuánto?

—Lo suficiente.

—Esa no es una respuesta.

—Es la única que tengo esta noche.

Valentina soltó la servilleta sobre la mesa.

—Conveniente.

Él no se defendió. De nuevo. Esa costumbre de recibir sus golpes sin devolverlos la dejaba sin suelo.

—Come un poco más —dijo.

—No soy una niña.

—No dije que lo fueras.

—Entonces no me dé órdenes como si lo fuera.

Sebastián la miró con una calma que no alcanzó a esconder el cansancio.

—Valentina, si quisiera darte órdenes, esta conversación sería más corta.

Ella se levantó.

—Buenas noches.

La silla raspó apenas contra el piso. Braulio apareció en la entrada como si hubiera estado esperando la señal, pero no se acercó. Valentina tomó su bolso.

—Mañana estaré en Lumina desde las siete. Dígale a Rodrigo que llegue puntual.

—Se lo diré.

No debía afectarle que Sebastián no intentara detenerla. No después de todo. Aun así, al llegar a la puerta, la espalda se le tensó con una expectativa que odiaba.

Entonces él habló, más bajo:

—Buenas noches, Vale.

Valentina se quedó quieta.

El apodo no tocó el aire. La tocó a ella. Dos sílabas, y de pronto el comedor no era el comedor sino una madrugada vieja, una cobija sobre sus hombros, una voz diciéndole que dejara de estudiar porque se iba a enfermar.

No volteó.

—Buenas noches —respondió, y salió antes de que él pudiera verle la cara.

Sebastián permaneció inmóvil hasta que los pasos de Valentina se perdieron en la escalera.

Solo entonces dejó que la mano cayera sobre la rueda de la silla. Había comido tres cucharadas, tal vez cuatro, demasiado poco para alguien que antes discutía con él y aun así terminaba robándole papas del plato.

Estaba más delgada, y no solo de cuerpo. También se sostenía distinto, como si hubiera recortado de sí misma cualquier parte que pudiera pedir ayuda.

Sebastián cerró los ojos un instante.

La había estado esperando, sí.

Pero no había estado preparado para verla volver así.

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