Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 3: El Balance Hélix
Marcus Hale, Vicepresidente Ejecutivo de Operaciones de Seguridad de Hélix Corporation, observaba la ciudad desde el piso 87 de la Torre Hélix. El pent-house ejecutivo ocupaba toda la planta superior, con paredes de vidrio inteligente que podían oscurecerse o volverse transparentes con un comando de voz. Esa noche, las luces de la ciudad se extendían como un mar de neón y oro, interrumpidas solo por las zonas oscuras de los Barrios Bajos, donde la iluminación pública fallaba sistemáticamente.
Tomó un sorbo de whisky escocés envejecido treinta años, importado directamente de una destilería privada en Escocia. El líquido ardía suavemente en su garganta. A sus cuarenta y ocho años, Marcus mantenía un físico envidiable gracias a tratamientos genéticos mensuales y un gimnasio privado equipado con simuladores de combate contra demonios Clase III. Su traje negro hecho a medida, con fibras de kevlar integradas y microcircuitos de supresión mágica, costaba más que el salario anual de la mayoría de los cazadores independientes.
—Informe nocturno —ordenó al asistente holográfico que flotaba frente a él.
La IA respondió con voz neutra y femenina:
—Incidentes confirmados: siete ataques de bajo rango en los Barrios Bajos. Cuatro neutralizados por independientes. Dos por cazadores eclesiásticos. Uno por nuestro Equipo Delta, según contrato con el señor Nakamura. Pérdidas civiles: veintitrés. Daños colaterales: mínimos dentro de zonas protegidas.
Marcus sonrió con frialdad. Veintitrés muertos. Una cifra aceptable. Ninguno en los distritos premium que Hélix custodiaba.
Se acercó al ventanal. Abajo, muy abajo, podía distinguir las luces rojas de los drones de vigilancia patrullando los límites entre la zona alta y los barrios marginales. Helix no tenía obligación de proteger más allá de lo contratado. Ese era el modelo de negocio: protección selectiva. Los ricos pagaban fortunas por sentirse seguros, y Hélix entregaba exactamente lo que prometía en el contrato. Nada más, nada menos.
Su comunicador vibró. Era una llamada de la sala de operaciones.
—Señor Hale, el Equipo Sigma solicita autorización para intervenir en el incidente del Sector 17-B. Hay un posible demonio Clase II acercándose a la periferia de la Zona Dorada.
Marcus frunció el ceño.
—¿Está dentro del perímetro de protección de nuestros clientes?
—No, señor. Está a ochocientos metros fuera del límite contractual.
—Entonces que el equipo se mantenga en posición. No gastamos recursos en trabajo pro bono. Que los eclesiásticos o los ratones del mercado negro se encarguen.
Colgó sin esperar respuesta. Ese era uno de los principios fundamentales de Hélix: nunca dar más de lo pagado. La caridad era para los ingenuos de la Iglesia. Ellos, en cambio, eran profesionales.
Marcus caminó hacia su oficina privada dentro del pent-house. Las paredes estaban decoradas con trofeos discretos: colmillos cristalizados de demonios Clase III, un frasco con esencia de un susurrante de alto nivel y un holograma rotativo mostrando el crecimiento de ingresos del último trimestre: +47%.
Se sentó en su sillón de cuero italiano y abrió el panel holográfico. Los reportes financieros aparecieron en el aire. Las divisiones de protección ejecutiva eran las más rentables: corporativos, políticos y celebridades pagaban entre 800.000 y 4 millones de créditos mensuales por cobertura completa. La división de investigación y desarrollo de armamento demoníaco también crecía rápido. Extraer y sintetizar partes de demonios para crear munición, armaduras y potenciadores era el futuro.
«Los demonios no son una plaga —pensó Marcus mientras revisaba los números—. Son un recurso.»
Recordó la reunión de la junta directiva de esa misma mañana.
Habían estado presentes los cinco principales accionistas. La sala de conferencias en el piso 80 era un templo del lujo corporativo: mesa de obsidiana pulida, sillas ergonómicas con masaje integrado y un sistema de IA que anticipaba las necesidades de cada ejecutivo.
—Los contratos con la Iglesia siguen siendo una molestia —había dicho la CEO, Victoria Lang—. Quieren que colaboremos más en los Barrios Bajos. Hablan de “responsabilidad social”.
Marcus había respondido con una risa seca:
—Responsabilidad social no paga los dividendos. Nuestro deber es maximizar el valor para los accionistas. Si la Iglesia quiere jugar a los héroes, que lo hagan con sus propios recursos. Nosotros vendemos seguridad, no salvación.
Todos habían asentido. El plan a futuro era ambicioso: expandir Hélix a nivel internacional. Ya tenían filiales en Nueva York, Shanghái y São Paulo. La idea era crear “zonas de exclusividad” en cada megaciudad: distritos completamente controlados donde solo los clientes premium pudieran vivir sin temor real a incursiones demoníacas.
Pero para eso necesitaban más poder. Más influencia política.
Marcus había propuesto en la reunión:
—Debemos invertir más en lobbying. El senador Harlan está abierto a una alianza. Si logramos que aprueben la ley de “Seguridad Privada Prioritaria”, podremos desplazar legalmente a los cazadores independientes y limitar las operaciones de la Orden de San Miguel en zonas urbanas.
La propuesta fue aprobada por unanimidad.
Ahora, solo en su pent-house, Marcus pensaba en los detalles. Los cazadores eclesiásticos como el hermano Mateo eran predecibles: idealistas, nobles, pero pobres. Fáciles de manipular con información selectiva. Los independientes eran peores: sucios, impredecibles, operaban en el mercado negro vendiendo partes que Hélix quería monopolizar.
Y luego estaban las anomalías. Como esa monja del Convento de la Sagrada Misericordia. Había recibido reportes de ella. Alta, cabello rubio con mechas rojas extrañas, siempre ayudando en los barrios bajos sin pedir nada. Algunos de sus empleados la habían visto curando con magia sutil.
«Una idealista más —pensó Marcus con desdén—. Probablemente terminará muerta o quebrada. La nobleza no paga facturas.»
Se sirvió otro whisky. Su esposa, Elena, estaba en su ala privada del pent-house, probablemente recibiendo otro tratamiento de rejuvenecimiento. Su matrimonio era conveniente: ella provenía de una familia política influyente y él tenía el dinero y el poder real. Apenas se veían, lo cual era perfecto.
Un mensaje prioritario llegó a su terminal. Era del jefe de seguridad de campo:
«Equipo Delta reporta éxito. Demonios eliminados. Cliente Nakamura satisfecho. Solicita bono por rapidez.»
Marcus aprobó el bono sin pensarlo dos veces. Los clientes felices renovaban contratos y recomendaban el servicio. Esa era la mecánica simple: miedo \= demanda. Mientras más demonios aparecieran en las zonas bajas, más gente rica estaría dispuesta a pagar por protección.
Pero había un riesgo calculado. Si los demonios de alto rango comenzaban a aparecer con más frecuencia, incluso las zonas premium podrían verse amenazadas. Por eso Helix invertía fuertemente en I+D. Tenían laboratorios secretos donde diseccionaban demonios vivos, extraían su esencia y creaban armas que la Iglesia consideraría heréticas. Armaduras que absorbían energía demoníaca, balas que infectaban a los demonios con un virus mágico diseñado por ellos mismos, y hasta prototipos de “portales controlados” para atraer y atrapar demonios menores con fines experimentales.
Marcus abrió un archivo confidencial. El Proyecto Eclipse. Su mayor apuesta.
El objetivo: crear una élite de cazadores mejorados genéticamente y mágicamente, leales solo a Hélix. Ya tenían diez candidatos en entrenamiento. Hombres y mujeres a los que se les implantaban núcleos de energía demoníaca controlada. El riesgo era alto —algunos se volvían inestables—, pero las recompensas eran inmensas. Con un ejército privado de ese calibre, Hélix podría dictar términos incluso a gobiernos.
«El futuro no pertenece a los que rezan —pensó Marcus mientras revisaba los datos de los candidatos—. Pertenece a quienes controlan el miedo.»
Se levantó y caminó hasta la terraza privada. El viento frío de la noche golpeaba su rostro. Desde allí podía ver el convento a lo lejos, una pequeña mancha de luz antigua entre los rascacielos. Sonrió con superioridad.
Esas monjas y sacerdotes seguían viviendo en el pasado. Ayudando gratis, curando a indigentes, respetando a los “nobles”. Patético. El mundo real funcionaba con contratos, números y poder. La gente como esa monja de las mechas rojas solo servía para recordarle por qué hélix era necesario.
Su comunicador sonó nuevamente. Esta vez era Victoria Lang.
—Marcus, tenemos un problema. Un demonio Clase III apareció en el Sector 42. Está cerca de la mansión de los Vanderbilt. Quieren que enviemos todo el equipo disponible.
Marcus calculó rápidamente.
—¿Cuánto están dispuestos a pagar por cobertura de emergencia?
—Triplican la tarifa habitual.
—Entonces envía tres equipos. Y cobra también la limpieza posterior y el silencio de los testigos. No quiero que esto salga en las noticias.
—Entendido.
Colgó. Ese era otro aspecto que disfrutaba: la urgencia generaba precios premium. Un demonio Clase III no era solo una amenaza, era una oportunidad de negocio.
Regresó adentro y revisó los informes de personal. Había varios cazadores contratados que comenzaban a mostrar signos de “conciencia”. Querían ayudar más allá de los contratos. Marcus ya había marcado tres nombres para “reubicación” o despido discreto. No podía permitir que el virus de la nobleza infectara su estructura.
Pensó en el futuro cercano. En dos meses lanzarían el nuevo modelo de armadura “Abyssal Mark IV”, capaz de resistir ataques de Clase III y extraer energía del enemigo para recargarse. El precio por unidad: 2.8 millones de créditos. Solo para clientes selectos.
También planeaban abrir una nueva división: “Recuperación de Activos Demoníacos”. Básicamente, cazar demonios no por protección, sino para cosechar sus partes y venderlas al mejor postor en un mercado negro controlado por hélix. Los independientes quedarían fuera del juego.
Marcus se permitió una sonrisa genuina. Todo estaba alineado. La ciudad seguiría generando miedo, los ricos seguirían pagando, y hélix seguiría creciendo. Los cazadores de la Iglesia podían quedarse con los barrios pobres y sus ideales. hélix se quedaría con el poder real.
Se sirvió un último whisky y levantó la copa hacia la ciudad.
—Por los que entienden cómo funciona realmente el mundo.
Apuró el vaso. Mañana tendría otra junta, más contratos que firmar y más decisiones que tomar. La vida en la cima era exigente, pero valía cada crédito.
En algún lugar allá abajo, la monja de las mechas rojas probablemente estaría ayudando a algún herido sin cobrar nada. Marcus soltó una risa baja.
Qué desperdicio de talento.