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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4

La caída de Becerra

Sebastián Luján había regresado a la torre sin avisarle a nadie.

Quince minutos antes estaba al otro lado de Ciudad Arcoíris, en una junta del consejo donde tres hombres con demasiadas canas intentaban convencerlo de aceptar una adquisición mediocre. Andrés le había mandado un mensaje durante la exposición financiera.

Reyes volvió del piso 46. Marca en la muñeca. Dice que fue una puerta. Becerra estuvo ahí.

Sebastián leyó una vez.

No pidió detalles. No esperó el cierre de la diapositiva. Se levantó, dejó a medio consejo mirando su silla vacía y tomó el elevador privado hacia el estacionamiento.

Ahora, frente a Emilio, la marca roja en la muñeca no parecía una hipótesis. Parecía cuatro dedos impresos sobre algo que nadie tenía derecho a tocar.

—Lara, ¿por qué Becerra sigue empleado?

Andrés enderezó la espalda.

—Porque todavía no ha firmado Recursos Humanos.

—Haz que firmen.

Emilio dio un paso mínimo.

—Señor Luján, no es necesario.

Sebastián giró hacia él.

El Beta tenía la cara tranquila. Demasiado tranquila. La misma calma impecable con la que había encontrado una cláusula que Legal no vio, la misma con la que le había cobrado diez mil pesos por un pescado sin llamarlo ladrón. Esa calma, en ese momento, le irritó algo bajo las costillas.

—No te pregunté.

Emilio cerró la boca.

Bien.

Si iba a mentir diciendo que una puerta tenía dedos, Sebastián no necesitaba escucharlo.

—Sala de juntas grande —ordenó—. En cinco minutos. Legal, Recursos Humanos, Operaciones y todos los gerentes del piso cuarenta y seis.

Andrés ya estaba escribiendo.

—¿Becerra?

—Primero tráelo. Después bórralo.

La sala de juntas grande se llenó con la rapidez de una emergencia. Ejecutivos, coordinadores, dos abogadas internas, la directora de Recursos Humanos y varios empleados del piso cuarenta y seis entraron con la cara de quien ya sabía que algo se había roto y esperaba no estar cerca del vidrio.

Germán Becerra llegó al final.

Seguía frotándose el antebrazo. Al ver a Emilio junto a Andrés, su expresión se tensó apenas. Luego encontró a Sebastián en la cabecera de la mesa y ensayó una sonrisa.

—Señor Luján, no sabía que había una reunión. Si es por los documentos de Operaciones, hubo un malentendido con su asistente.

Sebastián no se sentó.

—Cállate.

La palabra cayó limpia.

Germán se puso pálido.

En la pantalla, Andrés proyectó el video del pasillo. Sin audio. No hacía falta.

Se veía a Emilio llegar con la carpeta. Se veía a dos empleados mirar y apartarse. Se veía a Germán cerrarle el paso, acercarse demasiado, tocar la tarjeta, arrinconarlo contra la pared. Se veía el momento exacto en que le sujetaba la muñeca.

El silencio de la sala cambió de temperatura.

La directora de Recursos Humanos apretó los labios.

Germán tragó saliva.

—Señor Luján, el video no muestra contexto. Yo solo estaba hablando con él. El señor Reyes reaccionó de forma agresiva y me golpeó con una carpeta.

Sebastián miró la pantalla, luego a él.

—¿Quieres audio?

Germán no respondió.

Andrés presionó una tecla.

La voz de Germán llenó la sala con una claridad miserable.

"No te creas intocable por estar cerca del jefe. Los asistentes pasan. Los gerentes nos quedamos."

Nadie se movió.

Emilio bajó la mirada a la carpeta que sostenía. No por vergüenza, notó Sebastián. Por control.

Germán abrió la boca.

—Yo...

—Despedido —dijo Sebastián.

—Señor Luján, por favor. Tengo ocho años en la empresa.

—Ocho años contaminando mi estructura.

—Fue un error.

—No. Un error es poner mal una coma en un contrato. Esto es hostigamiento laboral, abuso de autoridad y estupidez documentada en alta definición.

Una de las abogadas internas dejó de escribir por medio segundo.

Sebastián apoyó ambas manos sobre la mesa.

No liberó feromonas. No hacía falta. A veces el miedo más efectivo era administrativo.

—Recursos Humanos emitirá el acta de terminación inmediata. Legal enviará reporte al Consejo Regulador Alfa si corresponde por conducta coercitiva en espacio laboral. Operaciones revisará cada queja no atendida del piso cuarenta y seis. Si alguien encubrió a Becerra, se va con él.

Dos empleados se miraron.

Una asistente del fondo apretó un folder contra el pecho. Sebastián no conocía su nombre, pero conocía esa cara: la de alguien que llevaba meses tragándose reportes no escritos porque nadie le había garantizado que hablar serviría de algo.

Sebastián los vio.

—¿Tienen algo que agregar?

Nadie respiró fuerte.

—Bien.

Germán se levantó de golpe.

—¡No puede hacerme esto! Conozco gente en otras compañías. Esto se va a saber.

—Sí —dijo Sebastián—. De eso me encargo yo.

Tomó su celular y marcó delante de todos.

—Rafael. Germán Becerra queda fuera de Grupo Cénit por hostigamiento documentado. Si su nombre aparece en una terna de tu empresa, revisa quién te odia tanto como para recomendarlo.

Germán perdió el color que le quedaba.

Sebastián terminó la llamada y marcó otra.

Luego otra.

No necesitó levantar la voz. En diez minutos, tres corporativos, dos cámaras empresariales y un despacho de reclutamiento ejecutivo sabían que Germán Becerra era un riesgo legal con traje barato.

Cuando Seguridad llegó a escoltarlo, Germán miró a Emilio con una mezcla de odio y súplica.

—Reyes, diles que no fue para tanto.

Emilio levantó la vista.

—No fue para tanto —dijo con calma—. Por eso solo está perdiendo el trabajo.

Por primera vez en la tarde, algo parecido a satisfacción recorrió la sala.

Sebastián no sonrió.

Pero la temperatura del cuarto subió un grado.

Después de que Germán salió, nadie habló hasta que Sebastián cerró la carpeta frente a él.

—Esta empresa no es un refugio para imbéciles con gafete. Si alguien necesita que eso se lo expliquen por escrito, Recursos Humanos puede preparar una capacitación con su renuncia adjunta.

La directora de Recursos Humanos asintió demasiado rápido.

—Sí, señor Luján.

—Fuera.

La sala se vació como si hubiera sonado una alarma.

Emilio se quedó al final.

—Señor Luján.

Sebastián recogía los documentos de la mesa.

—¿Qué?

—Gracias.

La palabra le molestó.

No porque fuera desagradable. Porque sonó pequeña. Como si Emilio creyera que aquello era un favor personal y no el mínimo ajuste de un sistema que había permitido que un gerente lo arrinconara a media tarde.

—No tolero la ineficiencia —dijo sin mirarlo—. El acoso interrumpe la productividad.

Emilio guardó silencio.

Sebastián esperaba que se fuera.

No se fue.

—Claro —respondió al fin—. Entonces gracias por cuidar la productividad.

Ese Beta tenía un problema serio con sonar dócil cuando estaba burlándose.

Sebastián levantó la vista. Emilio ya caminaba hacia la puerta con la muñeca marcada pegada al costado, como si esconderla pudiera borrar el hecho de que Sebastián la había visto.

Cuando la puerta se cerró, la sala quedó demasiado grande.

Algo cálido y pequeño empujó desde el interior de su saco.

Bolita asomó la cabeza, redondo, blanco, con orejas suaves y ojos brillantes. La manifestación feromonal ronroneó con una felicidad obscena y se frotó contra la solapa, mirando la puerta por donde Emilio acababa de salir.

—Cállate —dijo Sebastián.

Bolita ronroneó más fuerte.

Sebastián se quedó mirando la puerta cerrada.

Entonces vio, en la pantalla apagada de su celular, las llamadas perdidas del consejo y el mensaje de su chofer preguntando si debía esperar en Torre Pacífico.

Había cruzado Ciudad Arcoíris en plena junta del consejo por una frase sobre Emilio Reyes, y lo peor era que no se había detenido a pensarlo.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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