Valeria Luna Marín murió traicionada por el hombre al que eligió y por la hermana que juraba amarla. Le arrancaron la voz, quebraron a su loba y colgaron su nombre como una advertencia para toda la manada.
Pero antes de que la muerte la reclamara, Sebastián de la Vega, el Alpha que ella había rechazado, llegó por ella entre sangre y fuego.
Cuando Valeria despierta en el pasado, vuelve a la noche en que estaba a punto de rechazar su vínculo con Sebastián. Esta vez no huirá. Esta vez escuchará el aroma que su loba siempre reconoció.
Mientras un falso heredero, una falsa Luna y un Consejo corrupto conspiran para robar la corona de Silver Moon, Valeria deberá abrir el Moon Archive, recuperar su voz y decidir si está lista para aceptar la marca del Alpha que nunca dejó de pertenecerle.
Porque Sebastián no solo quiere salvarla.
Quiere poner la manada entera a los pies de su Luna.
NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
Capítulo 004: Contrato no es destino
Valeria no durmió.
Sebastián tampoco.
La noche se fue gastando detrás de los ventanales de la suite, lenta y azul, mientras la taza con acónito permanecía intacta sobre el escritorio como una pequeña acusación de porcelana. Sebastián había llamado a un sanador de confianza, uno que entró sin hacer preguntas, olió la infusión, tomó una muestra y salió con la cara cerrada.
No hizo falta que dijera mucho.
Acónito. Dosis baja. Suficiente para debilitar a una loba joven, alterar su percepción y volverla más dócil ante una presión emocional.
No para matarla.
Todavía.
Valeria escuchó el informe sentada en el borde de un sillón, con una manta sobre los hombros y los pies descalzos hundidos en la alfombra. Cada vez que el sanador mencionaba síntomas, su cuerpo recordaba otro final: manos que no respondían, garganta en carne viva, la risa de Isabela mientras la vida se le iba por dentro.
Sebastián permaneció de pie junto a la chimenea apagada.
No interrumpió.
No rugió.
Eso le preocupó más.
Su calma olía a tormenta encerrada.
Cuando el sanador se fue, el amanecer ya rozaba las montañas. La primera luz volvió grises las paredes oscuras de Casa de la Luna.
—Necesito ver el contrato —dijo Valeria.
Sebastián giró apenas la cabeza.
—¿Ahora?
—Antes de que Isabela hable con alguien más.
—Ya no puede acercarse al Consejo sin que yo lo sepa.
—Puede llorar. Eso le basta.
Una esquina de la boca de Sebastián se movió. No fue una sonrisa.
—La conoces mejor de lo que dejabas ver.
Valeria apretó la manta.
—La conozco mejor desde hace unas horas.
Él no preguntó. No de inmediato.
Había aceptado que ella escondía algo enorme, pero no lo había soltado. Lo llevaba entre los dientes como un lobo paciente.
Sebastián abrió un cajón del escritorio y sacó una carpeta negra con el emblema de Silver Moon grabado en plata. La puso frente a ella.
—Contrato político de unión entre Casa de la Luna y Casa Marín —dijo—. No es un vínculo de pareja. No es una marca. No es destino.
Valeria pasó los dedos sobre el emblema.
La plata fría no le quemó. Aun así, su memoria se tensó.
—Pero el Consejo lo usa como si lo fuera.
—El Consejo usa lo que le conviene.
La frase salió con demasiado cansancio para alguien tan joven.
Valeria levantó la mirada.
—¿Y tú?
Los ojos de Sebastián se clavaron en ella.
—Yo quería que lo firmaras.
La honestidad dolió menos que una mentira.
—Lo sé.
—Quería que dejaras de correr hacia Rojas. Quería que dejaras de mirarme como si yo fuera la jaula y él la puerta.
Valeria tragó saliva.
—Lo sé.
—No —dijo él, más bajo—. No lo sabes.
El silencio volvió a crecer.
Valeria abrió la carpeta porque necesitaba hacer algo con las manos. Las cláusulas estaban redactadas con una elegancia cruel: protección de Casa Marín, residencia temporal en Casa de la Luna, presentación pública ante el Consejo, evaluación de compatibilidad antes de cualquier ceremonia.
Nada hablaba de amor.
Nada hablaba del tirón bajo su piel cuando Sebastián respiraba demasiado cerca.
—Esto no puede obligarme a aceptarte como compañero —dijo.
La palabra quedó viva entre ambos.
Sebastián tardó un segundo en contestar.
—No.
—Tampoco puede obligarte a marcarme.
Su aroma cambió. Cedro más oscuro. Cuero cálido tensándose bajo lluvia.
—Nadie puede obligarme a marcarte.
—Ni a mí a aceptarlo.
—Ni a ti.
Valeria soltó el aire que no sabía que contenía.
Ese era el punto. La diferencia entre la jaula que Isabela describía y el hombre que tenía enfrente. Sebastián podía encerrar un ala entera con una orden. Podía hacer que centinelas adultos bajaran el cuello sin tocarles un pelo. Podía ponerse a su lado y convertir el miedo de los demás en obediencia.
Pero no podía reclamar su cuerpo sin permiso.
Y no lo intentaba.
Su loba, débil y despierta, se acomodó dentro de ella como si acabaran de darle un lugar menos frío.
*Seguro*, murmuró.
Valeria cerró los ojos un instante.
Sebastián lo notó.
—¿Tu loba habló?
La pregunta la atravesó.
—Apenas.
—Anoche no la sentía.
—Yo tampoco.
Él se acercó al escritorio, despacio.
—Valeria, mírame.
No fue una orden de Alpha. Fue una petición vestida de control.
Ella lo miró.
—¿Qué te hicieron?
La muerte volvió a rozarle la nuca.
Una parte de ella quiso contarlo todo: el muro, las cadenas, la voz que ya no salía, sus hermanos muertos, Sebastián quemándose las manos por salvar un cuerpo que ya no podía quedarse. Pero la otra parte, la que había sobrevivido gracias a aprender demasiado tarde, entendió que una verdad sin pruebas podía sonar a delirio.
—No puedo darte todo hoy —dijo.
La mandíbula de Sebastián se tensó.
—No te pedí poesía. Te pedí verdad.
—Y te estoy diciendo la verdad. Si te doy todo hoy, vas a pensar que el acónito me hizo perder la cabeza.
Él no lo negó.
Eso le gustó más que una promesa fácil.
Valeria tomó una pluma del escritorio y escribió en el margen de una copia vacía:
Un año.
Sebastián bajó la mirada.
—¿Qué es eso?
—Una prueba.
—¿De qué?
—De que puedo quedarme por elección, no por una droga, ni por miedo, ni por el Consejo. Un año bajo protección de Casa de la Luna. Sin ceremonia de marca. Sin aceptar nada que mi loba no pueda sostener. Yo te ayudo a exponer a Adrián, a Isabela y a quien esté detrás. Tú no firmas nada que venga de ellos y no dejas que el Consejo me convierta en herramienta.
Sebastián leyó cada palabra como si fueran una amenaza y un regalo al mismo tiempo.
—Un año —repitió.
—Si al final quieres romper el contrato, lo rompes.
Su risa fue breve, seca.
—¿Crees que yo voy a querer romperlo?
Valeria sostuvo su mirada aunque el pecho le doliera.
—Creo que mereces saber a quién estás eligiendo antes de atarte a mí.
Sebastián apoyó las manos en el escritorio. La madera crujió apenas.
—Yo sé a quién estoy eligiendo.
El vínculo, aún sin nombre completo, tiró de ella con una fuerza suave.
Valeria casi dijo: no, no lo sabes, no sabes en qué me convertí, no sabes cuánto daño causé.
Pero Sebastián ya había perdido suficiente por verdades que llegaron tarde.
—Entonces acepta el año —dijo—. No como castigo. Como prueba para los dos.
Él la miró tanto tiempo que el amanecer terminó de entrar en la habitación.
—Tres condiciones.
Valeria levantó una ceja.
Ahí estaba el Alpha.
—Te escucho.
—Primera: no vuelves a quedarte a solas con Isabela.
—Acepto.
—Segunda: si hueles acónito, sangre o cualquier cosa que reconozcas de... lo que sea que recuerdas, me lo dices.
Valeria dudó solo un segundo.
—Acepto.
—Tercera.
Sebastián rodeó el escritorio. Esta vez se detuvo a una distancia correcta, pero el aire entre ambos se calentó de todos modos.
—Si tu loba vuelve a decirte que corras hacia mí, no la calles por orgullo.
Valeria sintió que el corazón le golpeaba las costillas.
—Eso no suena a condición política.
—No lo es.
La honestidad de nuevo.
Terrible hombre.
Terrible, hermoso, peligroso hombre.
Valeria bajó la mirada al contrato. En una esquina del papel, casi oculto bajo el perfume de la tinta, había otro aroma.
Vino dulce.
Rosas marchitas.
Humo falso.
El estómago se le cerró.
—Sebastián.
Él siguió su mirada.
—¿Qué pasa?
Valeria acercó el papel a la nariz, solo un poco.
No necesitó más.
—Adrián tocó esta copia.
El rostro de Sebastián se vació de expresión.
—Eso es imposible.
—No para alguien que ya tenía acceso antes de que yo despertara.
Por primera vez desde el amanecer, Sebastián sonrió.
No fue una sonrisa amable.
Fue la clase de gesto que hacía que una manada recordara por qué un Alpha no necesitaba levantar la voz.
—Entonces vamos a averiguar quién le abrió mi escritorio.
felicitaciones, primera historia que me deja satisfecha. 👏👏👏👏👏👏.
un abracito y gracias por tan bella historia.
y los cachorros para cuando
tarde
pero sale
si
si
Estás novelas no son el tipo chicle de novelas de hombres lobos que son posesivos y que se curan solo son el tipo de novela que el alpha tiene que reconstruir un corazón y esperar y sufrir ufff Pacho