Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 4
Capítulo 4: Contrato bajo luna nueva
La luna nueva convirtió la Hacienda Valcárcel en una casa de sombras.
Celeste lo sintió incluso antes de mirar por la ventana del ala norte. Sin luna sobre los pinos, los pasillos parecían más largos, más fríos, como si la manada entera contuviera la respiración después de lo ocurrido en el salón Alpha.
Damián había terminado la bienvenida con una sola frase.
Ella es mi esposa.
No Luna. No mate. No mujer elegida por su lobo.
Esposa.
Una palabra legal. Una palabra útil. Una palabra que podía protegerla de Bianca, Marcela y los sirvientes demasiado valientes, pero que no borraba dos años de silencio.
Celeste estaba sentada frente al escritorio de la suite matrimonial, todavía con el uniforme negro de servicio. Entre ella y Damián había una mesa, una lámpara encendida y un documento que ella había preparado durante meses por si algún día él volvía.
Un contrato de separación.
Damián no lo tocó de inmediato.
—¿Esto qué es?
Celeste escribió en su teléfono y giró la pantalla.
Una salida.
El aroma de él se volvió más oscuro. Cedro mojado. Humo contenido.
—¿Para quién?
Celeste bajó la vista al contrato.
Para los dos.
Damián leyó sin cambiar la expresión. Solo sus dedos se cerraron sobre el borde de la mesa, y la madera emitió un crujido casi imperceptible.
—Explícate.
Ella pasó a la siguiente nota, ya escrita.
La alianza puede mantenerse un año más ante humanos y familias afiliadas. Después, puedes pedir anulación sin escándalo. Yo no reclamaré rango de Luna, bienes ni protección personal. Solo visitas diarias a Elena y acceso a mis propios ingresos.
Damián levantó los ojos.
El dorado estaba ahí, escondido detrás de la pupila.
—¿Preparaste esto antes de que yo volviera?
Celeste asintió.
—¿Cuánto antes?
Ella dudó.
No tenía sentido mentir.
Dos años.
El silencio se abrió entre ambos como una herida.
Damián se quedó inmóvil, pero su lobo no. Celeste no podía verlo, no del todo, pero sintió la presión del animal bajo la piel de él. Algo grande, negro y furioso golpeando contra costillas humanas.
*No.*
La palabra no era suya.
Le cruzó el pecho como un relámpago.
Celeste se llevó una mano al esternón.
Damián lo notó.
—¿Te duele?
Ella negó demasiado rápido.
Mentira.
No era un dolor común. Era un tirón fino, absurdo, como si una hebra invisible se hubiera tensado entre su cuerpo y el de él al ver el contrato sobre la mesa.
La lógica era simple. Damián la había abandonado. Silver Crown la había usado. Inés la había reducido a una sombra. Si él quería arreglar su culpa, podía darle libertad.
Su lobo no estaba de acuerdo.
*No firmes.*
Celeste apretó el teléfono.
No seas tonta, se dijo.
Las almas gemelas predestinadas eran historias para lobos enteros, para mujeres que podían reconocer scents sin sentir veneno en la garganta, para Lunas que corrían bajo la luna y no para alguien que apenas escuchaba a su propia loba como un eco enfermo.
Damián tomó al fin el contrato.
Leyó cada línea.
Su rostro no cambió, pero su aroma sí. La tormenta se hizo metálica.
—Un año —dijo.
Celeste asintió.
—Y después desapareces.
Ella escribió:
Después decido mi vida.
Damián soltó una risa breve. Sin humor.
—Eso suena como algo que alguien debió permitirte desde el principio.
La frase la golpeó porque era cierta.
Y porque llegó dos años tarde.
Celeste escribió otra línea.
No necesito que lo digas. Necesito que lo firmes.
El dorado en los ojos de Damián se encendió.
Durante un segundo, su aura llenó la habitación. No como comando, sino como presencia. El aire se volvió pesado. El cuerpo de Celeste quiso ceder, inclinarse, aceptar que un Alpha decidiera.
Su loba arañó la oscuridad.
*No te arrodilles.*
Celeste levantó la barbilla.
Damián vio el gesto.
La presión se retiró de inmediato.
—Perdón —dijo.
La palabra fue tan inesperada que Celeste parpadeó.
Él dejó el contrato sobre la mesa.
—No voy a usar mi rango para obligarte.
Celeste sostuvo su mirada. Quiso creerle. No pudo.
Entonces Damián sacó una pluma de su bolsillo interior, la colocó junto al contrato y empujó ambos hacia ella.
—No firmaré esta noche.
El pecho de Celeste se tensó.
—Pero tampoco lo destruiré —añadió—. Quiero setenta y dos horas para leer todo lo que pasó en esta casa. Después hablaremos de tu salida.
Celeste escribió:
No es una negociación.
—Todo en una manada es negociación hasta que se vuelve ley.
Ella odió que tuviera razón.
Un golpe suave sonó en la puerta.
—Alpha Damián —llamó una voz vieja—. El Consejo solicita copia de cualquier acuerdo que afecte a la alianza.
Elder Arturo.
Damián miró la puerta. Luego el contrato.
Celeste entendió tarde.
El Consejo ya sabía.
Alguien había informado.
O alguien había estado esperando que ella intentara irse para convertir su libertad en otra arma.
Damián tomó el contrato antes de que ella pudiera guardarlo.
—Nadie recibirá una copia —dijo hacia la puerta.
—La alianza no le pertenece solo a usted —respondió Arturo.
El Heredero Alpha sonrió apenas.
Fue una expresión fría, sin bondad.
—Entonces será una buena oportunidad para recordarles a todos qué sí me pertenece.
Celeste sintió otra vez el hilo en el pecho.
Peligroso.
Demasiado peligroso.
Porque no sabía si acababa de protegerla del Consejo...
o de declararla territorio suyo.
Esa noche, Celeste guardó una copia del contrato en tres lugares.
Uno en su habitación. Otro con Valeria, aunque todavía no confiaba del todo en ella. El tercero, doblado dentro del libro viejo que Elena había llevado a la clínica años atrás. No era paranoia si todos los sistemas de la casa habían sido usados contra ella.
Damián la vio salir de la biblioteca.
—¿Crees que voy a destruirlo?
Celeste sostuvo su mirada y escribió: Creo que mucha gente gana si desaparece.
Él leyó la frase dos veces.
—Entonces haremos que demasiada gente sepa que existe.
No pidió que confiara.
Ofreció testigos.
Celeste descubrió que esa era una diferencia que podía soportar.
Por ahora.
Suficiente.
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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