Guiada por sueños inquietantes, Elara cruza el límite prohibido y encuentra a Kael, el hombre que ha visto en sus visiones. Lo que parece un encuentro imposible revela un lazo antiguo entre Luz y Sombra, despertando una profecía capaz de traer salvación... o destrucción. ✨🌙
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Elara
Desperté antes de que la luz tocara las hojas. El aire era denso, tibio, como si la noche se resistiera a marcharse. Durante unos segundos no supe dónde estaba. Mi cuerpo dolía, la garganta me ardía, y el recuerdo del fuego, de los gritos, de las sombras, regresó con fuerza. Pero entonces lo vi.
Kael dormía cerca del fuego, recostado contra un tronco. Su rostro, tan perfecto y tan peligroso, estaba relajado por primera vez. Sin el ceño fruncido ni esa mirada que parecía medir cada uno de mis movimientos. Su cabello oscuro le caía sobre los ojos y una pequeña cicatriz cruzaba su mejilla. Me quedé observándolo demasiado tiempo, sintiendo un extraño cosquilleo en el pecho.
¿Cómo podía alguien ser tan imposible y, aun así, tan… humano?
Cuando moví apenas la mano, su cuerpo se tensó. Despertó de golpe, con la rapidez de un depredador. En un segundo ya estaba frente a mí, su mirada ardiendo como si hubiera olido peligro.
—No te haría daño —susurré, alzando las manos.
—No eres tú quien me preocupa —respondió él con voz ronca—. El bosque cambia al amanecer. Hay cosas que prefieren la carne viva antes de que salga el sol.
Quise sonreír, pero no pude.
Desde que lo conocí, sentía que mis emociones eran un campo de batalla. Un día le temía, al siguiente quería acercarme hasta que su respiración me tocara la piel.
—¿Qué cosas? —pregunté.
Él alzó la vista hacia los árboles, donde las sombras parecían moverse por sí solas.
—Las que nacieron del mismo fuego que tú —respondió con un tono que no comprendí del todo.
—¿Yo? —repetí, confundida.
Kael no contestó. Caminó hacia el fuego y lo avivó con una rama. Las llamas reflejaron sus ojos; eran oscuros, pero dentro de ellos había un brillo dorado, como si una chispa de luz se escondiera detrás del abismo.
Me incorporé, sintiendo el cuerpo entumecido.
—Ayer… dijiste que las sombras me buscaban. ¿Por qué?
Kael suspiró. Por un instante pareció debatirse entre hablar o no hacerlo. Luego se pasó una mano por el cabello y se acercó.
—Porque no eres como los demás humanos, Elara. La energía que sientes en tu interior no es solo luz. Es algo más antiguo. Algo que no debería existir.
Sus palabras me helaron.
—¿Qué estás diciendo?
—Que en tu sangre hay un rastro de Sombra. Pequeño, pero suficiente para romper el equilibrio.
—Eso es imposible. Yo soy sanadora, Kael. ¡Soy de la Luz!
—Por eso mismo. Si tu magia fuera pura, no sentirías esto —dijo, y su mirada descendió lentamente hasta mis manos.
Solo entonces noté que estaban temblando, que pequeñas chispas de luz danzaban sobre mi piel, como brasas contenidas. Me asusté, intenté apagarlo, pero las luces se fundieron en un destello dorado que nos envolvió a ambos.
Él dio un paso hacia mí, atrapando mi muñeca antes de que pudiera apartarme.
Su toque me estremeció. No era dolor… era calor. Intenso, profundo, casi intolerable.
—¿Lo ves? —susurró, sin apartar su mano de la mía—. Es fuego, no luz. Lo tuyo arde, Elara. La Luz cura. Pero tú… consumes.
Sus palabras dolieron más que cualquier herida.
—¿Por qué me ayudas entonces? —pregunté con voz quebrada.
Kael bajó la mirada, sus dedos aún sobre mi piel. Por un momento pareció querer decir algo, pero se contuvo.
—Porque te vi antes de conocerte —dijo finalmente, apenas en un murmullo—. En sueños, en visiones… durante años. Cada vez que cerraba los ojos, aparecías tú, llamándome.
Y cuando al fin te encontré… no podía dejarte morir.
Su confesión me dejó sin aire. Lo miré fijamente, buscando en su rostro algún rastro de mentira, pero solo encontré verdad. Y miedo. El mismo miedo que yo sentía.
El bosque comenzó a murmurar a nuestro alrededor, como si el mundo respirara al compás de nuestras pulsaciones. Su mano aún sostenía la mía.
Podía sentir cómo su piel vibraba, cómo su cuerpo contenía un poder oscuro, antiguo… y sin embargo, no quería soltarlo.
—Si de verdad me soñabas… —dije en voz baja—, ¿qué veías?
Kael me miró con una intensidad que me atravesó por completo.
—Te veía envuelta en fuego. Te veía llorando. Y siempre despertaba con la sensación de que, si llegaba tarde, el mundo entero se quebraría.
Su voz tembló. Esa mínima fisura en su tono me desarmó.
No era un monstruo. Era un hombre al borde del abismo.
—Entonces no llegaste tarde —susurré.
No sé quién se movió primero, pero de pronto estábamos demasiado cerca. Sentía su aliento mezclarse con el mío, su pecho rozando mi hombro. Un solo movimiento y nuestras bocas se encontrarían. Pero no lo hicimos.
No todavía.
Él se apartó de golpe, como si algo invisible lo hubiera golpeado.
—No deberíamos —murmuró.
—¿Por qué? —pregunté, sin poder ocultar el temblor en mi voz.
—Porque si la Luz y la Sombra se deberían tocar…
Y se giró, alejándose hacia la espesura. Yo quise seguirlo, pero entonces escuché un crujido, un murmullo distinto. Algo se movía entre los árboles.
Sombras. Muchas.
Mi instinto reaccionó antes que mi mente. Extendí las manos y la luz brotó, esta vez sin control. Un círculo dorado se formó a mi alrededor, ardiendo en el suelo como una runa viva.
Las criaturas se detuvieron en seco. Kael giró y sus ojos se abrieron con sorpresa.
—¡Elara, detente! —gritó—. ¡Vas a quemarte!
Pero no podía. La energía fluía como un torrente, como si mi cuerpo hubiera dejado de obedecerme.
Sentía el fuego correr por mis venas, reclamando, rugiendo, exigiendo salida.
Kael corrió hacia mí, atravesando la barrera de luz.
El contacto fue brutal. El fuego se mezcló con la oscuridad que emanaba de él, creando un estallido que hizo vibrar el aire. Por un momento, todo se volvió silencio.
Y luego… calma.
Su brazo me rodeaba, su cuerpo cubría el mío.
El calor era insoportable, pero no quise apartarme. Su pecho subía y bajaba con fuerza. Nuestras respiraciones se mezclaban.
—Estás bien —murmuró junto a mi oído—. Ya pasó.
—¿Qué… qué fue eso?
—Una llamada. El fuego responde a lo que sientes.
Y tú… —me miró con una media sonrisa, peligrosa y tierna a la vez—, sientes demasiado.
Reí sin querer, entre lágrimas.
—¿Y tú no?
Kael no respondió. Su mano rozó mi mejilla, apenas un segundo, y en sus ojos vi algo que no supe nombrar. No era solo deseo. Era reconocimiento. Como si ambos supiéramos que el fuego que nos unía no tenía vuelta atrás.
El amanecer finalmente rompió el cielo, tiñendo todo de dorado.
Las sombras se disolvieron, pero su presencia quedó entre los árboles, observando.
Kael se incorporó, ofreciéndome su mano.
—Tenemos que movernos. Alguien te está buscando, y no todos desean verte con vida.
Tomé su mano. Su tacto me ancló, me calmó.
Mientras caminábamos, sentí que el bosque entero contenía la respiración, como si el destino mismo esperara el siguiente paso.
Y por primera vez comprendí lo que significaban sus palabras.
Si la Luz y la Sombra se tocaban… algo debía morir.
Solo que, quizás, lo que moriría no sería el mundo…
sino nosotros.