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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4: La audiencia del destino

Los primeros días después de firmar el contrato fueron un torbellino de emociones contradictorias. César llegó a su casa aquel miércoles con los mil pesos en el bolsillo y una sonrisa que no se borró ni cuando tropezó con una piedra en la calle y cayó de rodillas. Se levantó con las manos raspadas, pero la sonrisa intacta. El dolor físico no existía cuando el alma estaba flotando.

Laura estaba friendo plátanos en la cocina cuando él entró. El aceite chisporroteaba y el humo llenaba la pequeña habitación. César se acercó a ella sin decir nada, sacó los billetes del bolsillo y los puso sobre la mesa de madera manchada. Laura dejó caer las pinzas. Miró el dinero, luego a César, luego el dinero otra vez.

"Hijo... ¿qué es esto?"

"El anticipo del contrato, mamá. Mil pesos. Me van a grabar un demo. Me van a entrenar. Voy a ser músico de verdad."

Laura se llevó una mano a la boca. Por un momento, César creyó que iba a llorar. Pero ella era de las que aprendieron a no llorar delante de nadie, ni siquiera de sus hijos. En lugar de eso, lo abrazó con fuerza, con los brazos flacos y las manos ásperas de tanto coser. Cuando se separó, tenía los ojos brillantes pero la voz firme.

"Esto no se lo digas a nadie, ¿me oyes? A nadie. La gente de este barrio no entiende de sueños. La gente de este barrio entiende de envidias."

César asintió. Sabía que su madre tenía razón. En El Rincón, las buenas noticias viajaban más rápido que las malas, pero llegaban con intereses. Un vecino que conseguía trabajo era un vecino que debía prestar dinero. Un hijo que se iba a estudiar era un hijo que se creía mejor que los demás. Mejor callar.

Pero callar era más difícil de lo que parecía. Esa noche, mientras Sofía y Camila dormían, César se sentó en el borde de la cama y escribió en su cuaderno una nueva canción. La llamó "Mil pesos". Hablaba de una mano que cierra los dedos sobre un billete y siente que el mundo cabe en la palma. No sabía que esa canción, meses después, sería la que lo haría famoso. Tampoco sabía que sería la última que escribiría con el corazón limpio.

Los siguientes días, César siguió yendo al mercado, siguió cargando cajas y barriendo el local de don René. El dueño, un hombre de sesenta años con cara de pocos amigos pero fondo de abuelo generoso, notó que algo había cambiado. "Estás más flaco, pero caminas más derecho", le dijo un jueves por la mañana, mientras pesaban tomates. César sonrió y no respondió.

La primera cita formal en Melodía Records fue el lunes siguiente. Mauricio le había dicho que llegara a las ocho de la mañana, que quería presentarle al equipo. César tomó el autobús más temprano, el de las cinco, y viajó casi vacío, viendo cómo la ciudad despertaba entre luces anaranjadas y niebla baja. Cuando llegó al edificio blanco, la puerta todavía estaba cerrada. Esperó quince minutos apoyado en la pared, con la guitarra a sus pies.

A las ocho y diez, llegó Mauricio en un carro negro que relucía como un espejo. Bajó con un café en la mano y un maletín de cuero. "Llegas temprano, me gusta eso. La puntualidad es la cortesía de los reyes... y de los artistas que quieren llegar lejos."

Lo hizo pasar al estudio de grabación por primera vez. Era un mundo que César solo había visto en videos de internet. Paneles de espuma en las paredes, micrófonos enormes con protectores antipop, una consola llena de perillas y luces parpadeantes. En el centro, unos audífonos colgaban de un soporte. César sintió que entraba a una catedral.

"Esto es donde vas a grabar tu demo", dijo Mauricio, señalando todo con un gesto amplio. "Pero primero, te voy a presentar a alguien."

Llamó a una puerta lateral y salió una mujer joven, de unos veinticinco años, con el cabello recogido en un moño apretado y unos aros grandes que brillaban bajo las luces del estudio. Vestía un mono azul marino y tacones altos, y caminaba como quien sabe que todos la miran. Se llamaba Valeria, y era la coach de imagen.

"César, tienes talento. Eso ya lo sabemos", dijo Mauricio, señalando una silla. "Pero el talento solo no vende discos. La gente compra con los ojos primero. La música es lo de después. Valeria va a encargarse de que no solo suenes bien, sino que te vean bien."

Valeria lo miró de arriba abajo, sin disimulo. "Primera lección: esa camisa no sirve. Segunda lección: ese corte de pelo tampoco. Tercera lección: tienes que aprender a pararte frente a una cámara. No eres el chico del barrio que canta en su casa. Eres un producto. Y los productos se pulen."

La palabra "producto" le sonó extraña. Nunca nadie lo había llamado así. Pero asintió, porque no sabía qué más hacer.

Las siguientes semanas fueron un torbellino. Entrenamiento vocal con un profesor que había trabajado con artistas famosos, pero que llegaba siempre con resaca y lo hacía repetir escalas hasta que la voz se le quebraba. Clases de imagen con Valeria, que le prohibió usar sus zapatos viejos y lo llevó a comprar ropa nueva con el dinero del anticipo. Sesiones de fotos en las que tenía que sonreír sin mostrar los dientes, mirar a la cámara con los ojos entrecerrados, inclinar la cabeza en un ángulo exacto.

"Eres muy rígido", le decía Valeria. "Tienes que soltarte. La cámara es tu amante, no tu enemiga."

César no entendía nada de eso. Él solo quería cantar. Pero Mauricio le repetía una y otra vez: "Confía en el proceso. Nosotros sabemos lo que hacemos."

Una tarde, después de tres horas de práctica vocal, César estaba sentado en la sala de espera, tomando agua de un vaso de cartón. Ramiro, el hombre de la barba, pasó por el pasillo con un portapapeles y se detuvo al verlo.

"¿Todo bien, César?"

"Sí, solo cansado."

Ramiro lo miró con una intensidad que lo incomodó. "Escúchame una cosa. No te confíes demasiado de Mauricio. Es bueno en lo que hace, pero este negocio es duro. Y la gente cambia cuando hay dinero de por medio."

Antes de que César pudiera responder, Ramiro siguió caminando y desapareció por la puerta del fondo. La advertencia quedó flotando en el aire como un mal presagio.

César se fue a casa pensando en esas palabras. En el autobús, de regreso a El Rincón, escribió en su cuaderno una frase: "La fama es un espejo que devuelve lo que das, pero también te roba lo que eres". No sabía que esa frase se convertiría en el estribillo de su canción más famosa, ni que Mauricio la robaría para registrarla a nombre de la disquera.

Esa noche, Laura le preguntó si estaba feliz. César dijo que sí. Pero por dentro, algo le decía que la felicidad no debería sentirse tan parecida al vértigo.

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