Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 4
Capítulo 4
Santiago Núñez era el hermano mayor de Renata.
Conocía a Ximena desde la preparatoria y siempre le había gustado. Era de esos sentimientos tan limpios que daba lástima romperlos con palabras.
Entre los dos había existido una cercanía rara.
Más que amistad.
Menos que amor declarado.
Él sabía que a ella le gustaba.
Ella sabía que a él le gustaba.
Pero antes de que aquello pudiera volverse algo real, Ximena entró a la familia Alcázar.
—Renata me dijo que te casaste.
Ximena guardó silencio un momento.
Luego asintió.
—Sí.
—¿Por qué? —Santiago apretó los brazos de la silla de ruedas—. Sabías que era un hoyo. Ximena, yo podía trabajar. Iba a juntar dinero. Iba a pagar el tratamiento de Leo.
—Santiago, nosotros nunca tuvimos un acuerdo —dijo ella con calma—. No tienes por qué culparte.
—Pero yo te quería. Y tú me querías, ¿no? Solo no lo dijimos. ¿Por qué te casaste con un hombre así?
Golpeó la silla con impotencia.
—No puedes enterrar tu vida en esa casa. Me voy a recuperar y te voy a sacar de ahí. Nos vamos con Leo. Buscamos médicos fuera. No voy a dejar que te tengan agarrada del cuello.
—Cálmate —Ximena empujó la silla hacia la habitación—. Este camino lo elegí yo. No me arrepiento. No necesito que te culpes ni que te hagas responsable por mí. Tú estás herido. Recupérate y no hagas sufrir a Renata.
Lo ayudó a acomodarse en la cama.
Renata regresó de pagar y notó de inmediato la tensión entre ambos.
—¿Quieren que yo...?
—Renata, tu hermano ya está fuera de peligro. Me voy. Es tarde.
—Ximena.
Santiago intentó incorporarse y casi se cayó de la cama.
Renata corrió a detenerlo.
—¡No te muevas! Ximena no dijo que no va a volver. Estás herido, no hagas tonterías.
Ximena lo miro.
—Descansa. Otro día vengo a verte.
Renata la siguió al pasillo.
Ella había visto crecer esa tensión entre su hermano y Ximena. Sabía perfectamente lo que Santiago sentía.
—Xime, cuando fui a pagar, el doctor me dijo que el primer número que marcaron tras el accidente fue el tuyo. Como no contestaste, me llamaron a mí. Mi hermano en realidad...
—Renata —la interrumpió Ximena, bajando las pestañas—. Tú conoces mejor que nadie mi situación. Habla con él. Que no piense cosas imposibles. La familia Alcázar no es fácil.
Renata suspiro.
—Tengo miedo de que se obsesione.
—Un amor que nunca empezó, ¿cuánto peso puede tener en una vida? Tal vez le queda coraje. Tal vez tristeza. Se le va a pasar.
¿A ella no le pasaría también?
Claro que sí.
Lo único que podía hacer era enterrarlo.
El taxi se detuvo frente a la residencia Alcázar.
Ximena pago, abrió la puerta y casi se llevó un susto al ver a Tomás parado en la entrada.
—¿Qué hace aquí?
—La señora Lourdes no podía dormir hasta saber que usted regresaba. Me pidió esperarla. Me alegra verla de vuelta.
Ximena lo miro de lado.
Sonaba como si ella se hubiera escapado a hacer algo indebido.
—Que, considerado, Tomás. De verdad, que sacrificio.
—Servirle no es sacrificio, señora Ximena.
Servirle.
O vigilarla.
Al entrar a la sala, encontró a Lourdes sentada, tomando té con una elegancia impecable.
Eran más de las once.
La casa entera parecía temer que ella le pusiera los cuernos al hombre en coma.
Si Ximena quisiera hacerlo, no necesitaba tanto tiempo.
—Mamá.
—Ximena, ya volviste.
Lourdes le hizo una seña para que se acercara y tomo sus manos frías entre las suyas.
—Tomás me dijo que saliste muy apurada. Si necesitas ayuda, dime. Somos familia.
—El hermano de mi amiga tuvo un accidente. Sus padres no estaban cerca y ella me llamo. Ya está estable.
—Qué bueno que no pasó a mayores. De ahora en adelante, cuando salgas, que te lleve el chofer. Así me quedo tranquila.
Ximena sonrió como niña obediente.
—Sí, mamá.
Subió agotada.
Apenas entró al cuarto, se dejó caer sobre la cama con tanta mala suerte que su cabeza golpeó el cuerpo de Héctor.
Pum.
El dolor en la nuca, la humillación del hospital, la vigilancia al volver, todo se juntó.
Ximena se enderezó y comenzó a golpearlo con los puños.
—¿Por qué tu familia está tan loca? Fui al hospital y todos actúan como si hubiera salido a buscar hombre.
Golpe.
—Que si están preocupados, que si no quieren que vuelva tarde. Mentira. Quieren vigilarme.
Golpe.
—Con una madre tan desconfiada, ni creas que te vas a curar. Te vas a quedar acostado para siempre. Para siempre.
Le dio tres golpes finales en el abdomen.
—A ver si así despiertas.
Se quedó sentada con las piernas cruzadas en la cama.
Después, al verlo igual de inmóvil, el coraje se le desinflo.
—Bueno... tu qué culpa tienes. También eres un pobre tipo.
Se recostó de lado y apoyó la cabeza en la mano para mirarlo.
—Tan joven y terminaste así. ¿De qué sirve tener dinero, poder y apellido si estás como muerto? Si nunca despiertas, yo voy a vivir como viuda sin haber sido esposa.
Hizo una pausa.
—Aunque tal vez eso me conviene. La que se volvería loca sería tu mamá. Vive pendiente de cada respiración tuya.
Ximena resoplo.
—Ernesto la engaño bien. Cree que soy una genio de la medicina. Yo solo aprendí unas cosas con mi maestro y tu mamá ya quiere que te ponga electrodos cada vez que pueda. ¿No le da miedo que te deje peor? Bueno, peor no sé si se puede.
Estaba cansada.
La terapia podía esperar.
A la mañana siguiente, el doctor Julián llegó para la revisión de rutina.
Ximena no lo había visto de cerca. Era alto, delgado, con lentes de armazón metálico y una apariencia elegante, casi frágil.
Después de revisar a Héctor, dijo que su cuerpo seguía débil y receto nutrición intravenosa.
Lourdes miró a su hijo.
—¿Cómo está? ¿Cuándo va a despertar?
—Señora, su cuerpo está recuperándose poco a poco —respondió Julián—. Aún no hay señales claras de que despierte, pero no pierda la calma. Va mejorando.
Era la misma frase de siempre.
Esperanza sin fecha.
Lourdes asintió, decepcionada.
Cuando ella y Tomás salieron, Ximena llamó al médico.
—Doctor Julián, espere.
—¿Sí, señora Alcázar?
—¿Héctor de verdad no puede despertar?
Julián cerró su maletín.
—No dije que no pueda. Dije que por ahora no hay señales suficientes.
Ximena bajo la voz.
—Entonces... ¿siente dolor? ¿Puede oír? Si tiene la parte de abajo paralizada, ¿de verdad no siente nada?
Julián la miró con sospecha.
—Que esté inconsciente no significa que no sienta. Usted no lo está maltratando, ¿verdad?
—¿Yo? Claro que no. No invente.
Julián sonrió apenas y miró hacia la cama.
Los dedos de Héctor se movieron de forma casi invisible.
—Los moretones leves pueden ser por mala circulación.
Ximena se quedó helada.
¿Moretones?
Ella solo se desquitaba de vez en cuando.
¿Tan delicado era?
—Doctor, esos moretones no son cosa mía. Tal vez son de los parches y los puntos de presión. Mi suegra me pidió hacerle electro estimulación. No puede culparme.
Julián se interesó.
—¿Sabe rehabilitación neuromuscular?
—Un poco.
—¿Estudio medicina?
—No.
—¿Medicina tradicional?
—Tampoco.
Julián dio un paso hacia ella.
—Entonces, ¿cómo sabe dónde poner electrodos?
Ximena esquivo la mirada.
—Pues... se ponerlos. No lo voy a matar. Tal vez hasta despierta antes.
—¿Entonces cree que, si lo estimula lo suficiente, despertara?
—Yo no dije eso.
Julián soltó una risa baja.
—Es asunto de esposos. Si Héctor está de acuerdo, puede darle terapia todo lo que quiera.
Miro de reojo al hombre de la cama.
Si el aguantaba, adelante.
Julián apenas se fue cuando Tomás apareció de nuevo.
Ximena, al verlo, perdió las ganas de hablar.
Pero Tomás no perdió las ganas de informar.
—El banquete de cumpleaños del señor Héctor será este fin de semana. Vendrán varios invitados. La señora Lourdes espera que se prepare.
—¿Un cumpleaños para un hombre en coma?
La familia Alcázar estaba mal de la cabeza.
—¿Prepararme para qué?
—Para recibir invitados. Usted ya es la señora de esta casa. Como el señor Héctor está enfermo, ciertos asuntos recaen sobre usted.
Ximena torció la boca.
—Ser señora Alcázar sí que trae trabajo.
—Se acostumbrará.
—No quiero acostumbrarme. Salga, quiero dormir otro rato.
Era fin de semana y solo quería volver a cerrar los ojos.
Tomás no se movió.
—Hoy hay buen sol. ¿Por qué no lleva al señor Héctor al jardín?
Otra orden.
¿Para qué tenían tantos empleados?
Ximena lo miró con fastidio.
—Antes de que yo llegara, ¿el señor Héctor nunca tomaba sol?
—Si lo hacía. Pero la señora pidió que usted se familiarice cuanto antes con sus cuidados. Al final, quien pasará más tiempo con el será usted.
Ximena rio sin humor.
Sirvienta vitalicia, nivel VIP.
Sin derecho a dormir.
Bajó al jardín empujando la silla de ruedas de Héctor y murmurando quejas para sí misma.
Iba tan concentrada en su enojo que no vio el escalón.
La rueda se atoro.
Héctor salió disparado hacia adelante.
—¡Héctor!
Ximena intentó sostenerlo, pero fue tarde.
El rostro y el cuerpo de Héctor dieron directo contra el suelo.
El golpe le abrió una marca en la frente. La nariz también se le lastimo y la sangre le manchó la boca.
—¡Tomás! ¡Ayuda! ¡El señor Héctor se lastimó!
Entre varios lo subieron de nuevo al cuarto.
Julián fue llamado de urgencia y limpio las heridas. Ximena permanecía a un lado, incómoda bajo la mirada cerrada de Lourdes.
—No es grave —dijo Julián—. Son heridas superficiales.
Miro a Ximena como para tranquilizarla.
Lourdes se acercó a la cama, tomo la mano de Héctor y no dijo nada.
Ese silencio lleno de culpa le dolió más a Ximena que cualquier regaño.
—Mamá, perdón. De verdad no fue a propósito. No vi el escalón y...
Lourdes se levantó.
—Ven conmigo. Quiero decirte algo.
Ximena la siguió por los pasillos hasta una pequeña capilla familiar, con retratos antiguos, veladoras apagadas y placas con los nombres de los Alcázar que ya no estaban.
Un aire helado le entró por el cuello.
—Primero saluda al padre y al abuelo de Héctor.
Ximena se persignó, se arrodilló y obedeció.
Solo se levantó cuando Lourdes se lo permitió.
—La familia Alcázar no es tan tranquila como parece —dijo Lourdes—. En los seis meses desde el accidente de Héctor, Darío ha intentado vaciar la empresa. Si el tío de Héctor y varios miembros antiguos del consejo no estuvieran conteniendo la situación, las consecuencias serían graves.
Tomó la mano de Ximena.
—Sé que casarte aquí fue injusto para ti. No olvide lo que prometí. Ya encontré un centro de rehabilitación para autismo en el extranjero. En cuanto terminen los trámites, Leo saldrá para recibir tratamiento.
Ximena no tenía interés en la empresa Alcázar.
Pero Leo si importaba.
—Gracias, mamá.
—Somos familia. No hace falta agradecer.
Lourdes saco una tarjeta negra y se la entregó.
—Sé que cuidar a Héctor es pesado. Lo veo. Toma esto. Compra lo que quieras.
Ximena bajo la mirada a la tarjeta con el apellido Alcázar grabado.
Entendió.
Lourdes la había traído ahí para dos cosas.
Primero, para mostrarle que, si Héctor no despertaba, ellas dos también podían caer.
Segundo, para recordarle que la familia Alcázar cumplía sus promesas y esperaba lo mismo de ella.
Dulzura y presión.
Lourdes sabía usar ambas.
—Gracias, mamá.
Al salir de aquella sala, Ximena tenía el ánimo revuelto. Al ver las heridas en el rostro de Héctor, la culpa volvió.
No le duró mucho.
Una llamada de Renata la mandó de nuevo al hospital.
—¿Cuántos años tienes? —Renata sostenía un tazón de avena, furiosa—. ¿Ahora vas a hacer huelga de hambre? Santiago, no seas infantil.
Santiago estaba medio recostado en la cama, con los ojos cerrados, como si nada le importara.
—Ya te dije que Ximena no puede irse contigo. ¿Crees que la familia Alcázar es cualquier cosa?
Renata dejó el tazón con fuerza sobre la mesa.
—Si tanto te gustaba, ¿por qué no hablaste antes? Tres años de prepa, cuatro de universidad, y nunca dijiste nada. Te escondiste y ahora te crees valiente. ¿No se te hace tarde?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
Ximena abrió la puerta.
—¿Que paso?
Renata se limpió la cara.
—Él. No quiere comer. La enfermera vino a ponerle medicina y la corrió. Dice que quiere arreglárselas solo hasta morirse.
Ximena le acaricio la espalda.
—Está herido. No pelees con él. Yo hablo.
—Voy a comprar unas cosas.
Cuando Renata salió, Ximena dejó su bolso y se sentó junto a la cama.
—No comer, no tomar medicina... ¿quieres matarte?
Santiago intentó incorporarse. Pálido y débil, busco tomarle la mano.
Ximena la retiró con suavidad.
—Ximena, ven conmigo. No puedo darte lujos, pero puedo darte todo mi amor. Estos años siempre quise encontrar el momento perfecto para decírtelo. Pensé que habría tiempo. Y de pronto te casaste.
Parecía un hombre que había perdido el mundo entero.
Ximena, en cambio, estaba serena.
—Santiago, no puedo irme contigo.
—¿Por qué? ¿Sigues teniendo miedo de los Alcázar? Podemos irnos al extranjero. ¿Crees que nos van a perseguir hasta allá?
Ximena negó.
—La familia Alcázar no es fácil, pero ese no es el motivo principal.
Lo miro a los ojos.
—No te amo. Lo nuestro se quedó en lo que pudo ser. Cuando algo se pierde antes de empezar, no permanece fresco para siempre. ¿Entiendes?
Santiago se quedó inmóvil.
—¿No me amas?
—No.
Ximena apretó los labios con disculpa.
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂