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Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Una Segunda Vida Como El Joven Moretti

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Romance
Popularitas:551
Nilai: 5
nombre de autor: Kye Soma

El profesor de lenguas Yoshiya Taksumagi ha recibido una segunda oportunidad de vivir. Pero este nuevo mundo le demostrará que una segunda vida no significa una vida perfecta.
Ahora, atrapado en el cuerpo de un niño llamado Joshua Moretti, deberá descubrir los secretos detrás de su llegada y enfrentarse a un destino que jamás pidió.

¿Cómo es que un profesor de una de las mayores facultades de Japón terminó siendo un simple niño en un mundo de magia?

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Capítulo 4: No quiero morir

Estaba en un cuarto gigantesco, una alcoba real que empequeñecía cualquier habitación de la mansión Moretti. Las paredes estaban cubiertas de tapices con escenas de batallas legendarias, y los muebles, de madera oscura tallada, relucían bajo la luz de una docena de velas aromáticas. El olor a cera y a flores secas impregnaba el aire. En el centro, una cama con dosel, tan enorme que podrían dormir cinco familias enteras sin rozarse, aguardaba como un altar.

La princesa Valentina se acostó en la cama con movimientos lentos y frágiles, como si cada gesto le costara una vida. Puso sus dos pequeñas manos sobre el pecho, entrelazando los dedos, y se quedó mirando el techo con sus grandes ojos azules, unos ojos demasiado viejos para una niña de once años.

—Los demás que salgan. Solo se quedarán el rey y mi padre.

Mi voz sonó más firme de lo que esperaba. Mi mirada recorrió el rostro de todos los presentes: la reina, con su expresión gélida pero sus manos temblorosas; los guardias, que dudaban; Daniel e Isabella, que me observaban como si me hubiera vuelto loco. El rey alzó su mano y, en un instante, todos obedecieron. Incluso mis hermanos, que salieron en silencio sin rechistar.

*¿Qué tan importante es este rey para que hasta Daniel se calle la boca? *

La puerta se cerró con un eco sordo que retumbó en las paredes. Ahora solo estábamos nosotros cuatro: el rey Arturo, mi padre Ed, la princesa Valentina y yo.

—La posibilidad de que la princesa sobreviva es escasa —dije, midiendo cada palabra mientras observaba los ojos azules del rey. Eran como un mar en calma antes de la tormenta.

El rey apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos crujieron. Por un instante, en su mirada, vi algo más que un monarca. Vi a un padre aterrorizado. Dudó. Una duda larga y dolorosa. Luego, exhaló un suspiro que parecía cargar con todo el peso del reino.

—No es como si tuviera otra opción.

*Así es. No existen muchos médicos en este mundo, y los pocos que hay ya han fracasado. Era de esperar que el rey estuviera frustrado, al borde de la desesperación. Y yo soy su última ficha sobre el tablero. *

Me acerqué a Valentina. La niña me miró con sus ojos azules, enormes y vidriosos, y en ellos había miedo. Un miedo puro, animal, el miedo de quien ha visto la muerte rondar su cama demasiadas veces. Sentí cómo sus pequeñas manos agarraban mi brazo izquierdo, apretándolo con una fuerza sorprendente para alguien tan débil.

—No quiero morir.

Las palabras salieron de sus labios como un susurro quebrado. De sus ojos brotaron lágrimas, gruesas y silenciosas, que rodaron por sus mejillas pálidas y se perdieron en la almohada.

*No quiero morir. *

La frase me golpeó como un puñetazo en el estómago. Yo también había pronunciado esas mismas palabras, en aquella cama de hospital, rodeado de máquinas y de soledad. Volteé la mirada hacia la pared, incapaz de sostener la suya. Apreté mi propio puño y sentí cómo las uñas se clavaban en la palma. *Maldita sea. *

—Cierra los ojos.

Valentina obedeció. Sus párpados, casi translúcidos, se cerraron lentamente, y sus pestañas, largas y negras, quedaron inmóviles sobre sus mejillas.

Puse mis manos sobre su pecho. Bajo mis palmas, podía sentir el latido débil e irregular de su corazón, un aleteo desesperado de pájaro atrapado. Cerré los ojos y concentré toda mi respiración, tal como había practicado en la soledad de mi habitación con aquel libro de magia básica. Inhalé. Exhalé. Dejé que la magia fluyera.

De repente, el mundo desapareció.

Ya no estaba en la alcoba real. Me encontraba en un espacio negro, vasto e infinito, donde no existían el suelo ni el techo, solo una oscuridad densa y cálida. En ese vacío, podía ver dos siluetas: la de Valentina y la mía propia, flotando como dos fantasmas en un océano de sombras.

Observé sus venas, finas como hilos de seda azul, extendiéndose por todo su pequeño cuerpo. Exa-miné cada rincón de su ser, como quien lee un mapa en busca de un tesoro oculto. Mis ojos recorrían sus arterias, sus huesos, hasta que empecé a ver sus órganos. El corazón, los pulmones, el hígado… Era tan asqueroso y a la vez tan fascinante ver todo aquello que sentí náuseas. *Como profesor de lenguas, jamás pensé que terminaría haciendo una endoscopia mágica. *

Observé con atención cada detalle. No entendía por qué estaba tan enferma. Todo parecía normal, o al menos tan normal como pueden ser los órganos de una niña que se está muriendo. Hasta que llegué a su corazón.

Entonces lo vi.

Una masa negra, palpitante y viscosa, estaba adherida a su corazón como una sanguijuela monstruosa. Absorbía su vida, succionando cada latido, cada chispa de energía vital. Tenía una textura que no podía identificar, como alquitrán mezclado con carne podrida. *Un mosquito. Un maldito mosquito sobrenatural. Eso fue lo primero que se me vino a la mente. *

Sin pensarlo más, infundí magia de luz desde dentro de mi cuerpo, desde ese núcleo que los libros llamaban "la fuente del hígado". Sentí un calor extraño, no desagradable, recorriendo mis venas. Las venas de las palmas de mis manos se volvieron blancas, brillando a través de mi piel como si tuviera estrellas líquidas corriendo por mi sangre.

Mis manos, cubiertas de una luz blanca y pura, se extendieron hacia el corazón de Valentina. Lo agarraron suavemente, con el cuidado con el que se sostiene a un pajarillo recién nacido. El corazón latía a una aceleración normal ahora, como si la sola presencia de la luz lo reconfortara. Podía sentir cada pulsación en mis dedos, un ritmo constante que era, a la vez, frágil y obstinado.

Mis manos se movieron hacia la masa negra. La agarré con ambas manos, dispuesto a arrancarla de raíz. En ese instante, la aceleración del corazón de Valentina se disparó. Su respiración se trancó, como si alguien le hubiera cortado el aire.

La masa negra se resbaló de mis dedos, escurridiza como una anguila. Y entonces, algo me heló la sangre. De la superficie de aquella cosa, se abrió un ojo. Un ojo rojo, inyectado en sangre, que me estaba observando directamente, con una inteligencia malévola y ancestral.

*¿Esto está… vivo? *

No podía detenerme. Volví a agarrar la masa negra, pero esta vez con ambas manos y con mucha más fuerza. La luz en mis palmas se intensificó, creciendo hasta convertirse en un pequeño sol que iluminaba todo aquel espacio oscuro. No podía frenar mi magia. Sentía cómo drenaba cada reserva de energía en mi cuerpo diminuto. Mucho menos podía detenerme yo.

—Cof, cof.

Una tos seca escapó de mis labios en el mundo real. Sentía cómo mi cuerpo pequeño me gritaba que me detuviera, que no estaba preparado para esto, que un niño de siete años no debería estar jugando a ser un héroe. Pero mis manos sujetaron la masa con más fuerza, clavando los dedos en su carne putrefacta. La masa chilló, un sonido que no era audible pero que resonó en mi mente como el arañazo de unas uñas contra una pizarra.

¡BOOM!

Una fuerte luz blanca explotó en la habitación, cegadora y pura. La onda expansiva sacudió el cuarto como un terremoto. Todos los objetos salieron disparados: los jarrones de porcelana, los candelabros, los libros de la mesita de noche. Los tapices se desgarraron y las velas se apagaron de golpe, sumiendo la alcoba en una oscuridad momentánea que solo era rota por los últimos destellos de mi magia agotada.

—¡¡Joshua!!

El grito desgarrador de mi padre retumbó en mis oídos mientras mi cuerpo salía volando por los aires como un muñeco de trapo. Impacté contra la pared con un ruido sordo, un crujido que no supe si era de la madera del panel o de mis propios huesos. Caí al suelo en un montón informe, sin fuerzas ni para gemir.

*Otra vez metí la pata. *

La oscuridad me envolvía, pero mi mente seguía funcionando, terca como siempre. *¿Por qué ayudé a esa niña? ¿En primer lugar, qué ganaría yo con esto? * La pregunta flotaba en mi conciencia como una burbuja.

Quizás fueron sus ojos azules.

Esos malditos ojos azules me hicieron recordar a Ayame. A aquella mujer de la que estuve enamorado durante once años y a la que nunca tuve el valor de seguir. Aunque no quisiera ayudar a esta mocosa, mi maldita conciencia nunca me dejaría en paz. Habría sido un fantasma más pesado que el que ya cargo.

*Entonces… ¿esta es mi segunda muerte? Morir dos veces… * La idea era tan absurda como aterradora. *Se siente como la mierda. Como si el universo me estuviera diciendo: "No aprendiste nada la primera vez, así que aquí tienes otra dosis". *

Tal vez esto es el karma. Nunca he sido una buena persona, después de todo. Fui un profesor amargado, un amigo ausente, un hombre que empujó a la única mujer que lo amó a los brazos de otro por puro orgullo y cobardía. *¿Por qué he vivido una vida tan patética? ¿Y por qué se me concede una segunda oportunidad en el cuerpo de un niño para cagarla de nuevo en tiempo récord? *

En la penumbra de mi mente, los recuerdos felices de Joshua invadieron mi conciencia como una invasión silenciosa. Joshua bajo el gran árbol con su madre Viviane, riendo. Joshua aprendiendo a leer con ella, señalando las palabras con su dedo regordete. Joshua sintiéndose amado por última vez. Sé que mi vida, la de Yoshiya, fue una porquería. *¿Pero por qué mi conciencia me muestra los recuerdos de Joshua? *

Yo no soy Joshua.

Soy solo un profesor que arruinó su vida.

—Ya deja de mostrar esos recuerdos ridículos —murmuré en la oscuridad de mi propio ser—. No puedo sentirme bien con esto. Al contrario, me hace ver aún más patético.

*Se siente como la mierda. *

Y entonces, parpadeé.

Mis párpados pesaban como plomos, como aquella vez en el hospital. Pero esta vez, cuando los abrí, no vi un techo blanco y frío, sino un dosel de terciopelo azul. Abrí completamente los ojos. Me encontraba en un cuarto demasiado grande, con las paredes pintadas de un azul celeste y decoradas con frisos dorados.

Incliné mi cuerpo hacia adelante, gimiendo por el esfuerzo. Observé mis manos: estaban cubiertas de vendas blancas, limpias y apretadas. Solo las puntas de los dedos quedaban sin cubrir, asomando como pequeños muñones rosados. Desde el abdomen hasta el cuello, mi torso entero estaba envuelto en más vendas, prietas pero no incómodas. *Parezco una momia egipcia en miniatura. *

Me levanté de la cama, tambaleante como un cervatillo recién nacido. Tanto mis piernas como todo mi cuerpo se sentían pesados y doloridos, como si me hubiera pasado una manada de caballos por encima.

Caminé un poco hacia la puerta, arrastrando los pies descalzos sobre la alfombra mullida. Antes de que pudiera llegar, la puerta se abrió de golpe. Mi padre, Ed Moretti, el temible Hombre de Hierro, estaba frente a mí, con el rostro desencajado y lágrimas corriendo sin control por sus mejillas curtidas.

—Mi hijo… Sniff… Mi querido Joshua… Me alegra tanto… tanto que estés vivo.

Mi padre me abrazó con una fuerza que me dejó sin aire, envolviendo mi pequeño cuerpo con sus enormes brazos. Podía sentir sus lágrimas calientes cayendo sobre mi cabeza, sus hombros sacudiéndose con sollozos que intentaba reprimir y no podía. Olía a sudor, a cansancio y a una desesperación que solo ahora empezaba a disiparse.

*Así que este es el amor de un padre. * Era una sensación extraña, casi olvidada. Mi propio padre, en mi vida anterior, había sido un hombre distante, más preocupado por mi rendimiento académico que por mis sentimientos. *Quizás, después de todo, este cuerpo no es una maldición tan grande. *

Mis dos hermanos pasaron por la puerta con la cabeza mirando hacia el suelo. Isabella tenía los ojos enrojecidos, como si también hubiera estado llorando, aunque su expresión seguía siendo tan fría como siempre. Daniel no se atrevía a mirarme directamente; su mandíbula estaba tensa y sus puños, apretados.

El rey Arturo y la reina Elizabeth entraron detrás de ellos. Y a su lado, caminando por su propio pie, venía la princesa Valentina.

Llevaba puesto un vestido blanco y sencillo, sin los adornos ni las joyas de antes. Pero la diferencia era abismal. Su piel ya no estaba pálida, sino que tenía un tono rosado y saludable. Sus labios, antes secos y agrietados, sonreían tímidamente. Y sus ojos, esos malditos ojos azules, ya no estaban apagados. Brillaban con la luz de una niña que, por primera vez en años, podía soñar con el futuro.

Ella me dio una sonrisa amable, una sonrisa que no esperaba, y yo sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo vendado.

—Muchas gracias, Joshua Moretti. Has salvado la vida de nuestra querida hija —dijo la reina Elizabeth con un tono serio pero cálido, una sonrisa dibujada en su rostro por primera vez desde que la conocí—. Por lo tanto, te concederemos cualquier deseo, siempre y cuando esté a nuestro alcance.

Aparté suavemente a mi padre de mi lado y miré fijamente al rey Arturo. Recorrí con la vista a todos los presentes, evaluando la situación con el cinismo de un hombre adulto. Luego, dejé escapar un suave y paciente suspiro.

—Me gustaría ver todo el registro real. Y si es posible, también el registro imperial.

Un silencio absoluto cayó en la habitación. Todos abrieron los ojos de par en par, sorprendidos por lo que acababa de decir. Una sonrisa astuta se dibujó en mi rostro. *Si voy a vivir en este mundo de fantasía, necesito información. Y no hay mejor información que los secretos de la realeza. *

—Lamento decir esto, pequeño Joshua, pero es imposible —respondió el rey, recuperando la compostura—. Para ver el registro real, debes convertirte en rey. Aunque… —una sonrisa socarrona apareció en sus labios—, si te casas con mi hija, podrás verlo sin necesidad de tantas molestias.

El rey puso una mano sobre el hombro de Valentina. La princesa, al escuchar las palabras de su padre, se sonrojó como un tomate, bajando la mirada y jugando nerviosamente con sus dedos.

—Gracias por la propuesta, Majestad… pero me gustan las mujeres de mayor bulto.

El rey soltó una carcajada tan fuerte que resonó en toda la alcoba. La reina se cubrió la boca con la mano, escandalizada pero visiblemente divertida. Hasta mi padre, con los ojos aún húmedos, dejó escapar una risa ronca.

*No es que no quiera. Tener mayor poder es algo bueno, sin duda. Pero no soy un criminal. * Miré de reojo a Valentina, que seguía roja como un pimiento. *Además, ella es demasiado joven. O mejor dicho, yo soy demasiado joven. ¿De verdad quiere casar a alguien de once años con un niño de siete? ¿Qué clase de lunáticos harían eso? *

Dejé escapar un fuerte suspiro y proseguí.

—Y sobre el registro imperial… lamento decir que yo no poseo eso —admitió el rey, aún sonriendo—. Debe de estar en el palacio imperial, en Mordren.

*Era de esperarse. Y aunque tuvieras el registro imperial, no me lo darías tan fácil. Lo tendré que conseguir por mi cuenta. *

—Bueno —intervino mi padre, poniendo una mano cálida sobre mi hombro—, es hora de comer. De todas formas, no comes desde hace una semana.

—¿¡Qué!?

*¿Cómo es posible? ¿Estuve durmiendo durante todo ese tiempo? ¿Una semana entera? * Mi estómago, como si hubiera estado esperando esta señal, emitió un rugido tan fuerte que todos en la habitación lo escucharon. Isabella soltó una risita que intentó disimular tosiendo.

Asentí a mi padre, que fue quien me había invitado a comer, y juntos salimos de la alcoba real. Mientras caminábamos por los interminables pasillos del castillo, me di cuenta de algo. Algo que no había sentido en mis treinta y ocho años de vida anterior.

Por primera vez, tenía hambre. Pero no solo de comida.

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