✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
NovelToon tiene autorización de Skay P. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Kala-Zul
La meseta de piedra gris finalmente cedió su lugar a un valle árido, donde las formaciones de roca rojiza parecían garras que intentaban rasgar el cielo del amanecer. Frente al grupo de viajeros, emergiendo de la neblina como una fortaleza de barro y hierro, se alzaba Kala-Zul, la ciudad comercial fortificada más grande del Reino de Yalnizlik.
Las murallas de Kala-Zul eran inmensas, construidas con bloques de arcilla cocida que el sol del sur había endurecido hasta dejarlos con el aspecto de la piedra viva. En la parte superior, los estandartes negros del Rey Erke ondeaban pesadamente, y el brillo del acero de la guardia de hierro delataba que la seguridad se había triplicado. Kala-Zul era el corazón económico del reino, el lugar donde los mercaderes de lana, los tratantes de esclavos y los inspectores de la Orden de la Luz se reunían para llenar las arcas del Cónclave.
Lin detuvo su semental negro en una colina cercana, contemplando las largas filas de carretas que esperaban frente a las inmensas puertas de bronce de la entrada principal. Vestido con su chaleco de cuero rústico y su túnica de lino marrón, el capitán parecía un simple arriero cansado, pero sus ojos de estratega no dejaban de contar las ballestas pesadas instaladas en las torres de vigilancia. Bajo su ropa, el diario de Norman presionaba contra su pecho, y la marca dorada de su palma derecha latía con un frío sordo que le advertía de la presencia de la Orden en el interior.
—Está completamente blindada, capitán —susurró Ettore, ajustando el fardo de paja que ocultaba las armas en el lomo de su montura—. Registrarán cada saco de grano. Si intentamos cruzar esas puertas de bronce con Vetmi, los inspectores de Val olerán la seda real bajo sus ropas de granjero en un segundo..
Marcos escupió en la tierra seca, con su mano derecha apoyada con naturalidad en el mango de su machete pesado.
—Los guardias están usando perros rastreadores en la entrada, Lin. Buscan el rastro de la sangre de los hombres que dejamos en el puente de las Tres Horcas. Entrar por el frente es entregarse al calabozo de Erke.
El joven príncipe Vetmi se adelantó con su montura, colocándose entre Lin y Marcos. Sus ojos oscuros ya no reflejaban el pánico de los primeros días; la victoria en el puente le había devuelto una confianza real que asombraba a los cazadores desertores. Se acomodó el chaleco de cuero viejo y miró hacia la base de las murallas de arcilla con una sonrisa astuta.
—Las puertas de bronce son para los comerciantes que tienen oro para pagar los aranceles, capitán —dijo Vetmi con una voz baja pero firme—. Pero Kala-Zul tiene otras venas. Cuando mi padre expandió el harén real hace cinco años, ordenó construir un sistema de acueductos y alcantarillas subterráneas para desviar el agua limpia de la montaña hacia los baños privados de las concubinas. Esos túneles cruzan por debajo de la muralla oeste y desembocan en el barrio de los tintoreros.
Lin se giró hacia él, sus facciones endurecidas mostrando un chispazo de interés.
—¿Están vigilados esos conductos, Vetmi? El Consejero Val no es un tonto; ya debe haber ordenado asegurar las vías secundarias del reino.
—Val conoce los manuales militares de la capital, señor, pero no conoce los secretos sucios de este palacio —respondió Vetmi con seguridad—. Las alcantarillas están selladas con rejas de hierro grueso para evitar que los esclavos huyan, pero yo sé dónde se oculta el mecanismo de apertura. Solía usar esos pasadizos cuando era niño para escapar de las intrigas de mis hermanos mayores y bajar al mercado sin que la guardia me siguiera. Puedo guiarlos a través de las venas de la ciudad.
Ettore soltó una risa corta, palmeando la culata de su ballesta oculta.
—Vaya con el príncipe... Del palacio real al lodo de las alcantarillas. Me estás empezando a caer muy bien, chico. Al menos contigo en el grupo no tendremos que aburrirnos buscando caminos en los mapas militares del capitán.
—No celebres antes de tiempo, Ettore —le advirtió Marcos, espoleando su caballo para iniciar el descenso—. Las alcantarillas de una ciudad fortificada suelen ser el hogar de cosas peores que los guardias de Erke. Movámonos hacia el oeste antes de que el sol suba más.
El olor a óxido, agua estancada y descomposición inundó los sentidos de los cuatro viajeros en cuanto cruzaron la entrada oculta del acueducto oeste. Habían dejado los caballos bien ocultos en una cueva de matorrales secos a una legua de la ciudad, continuando a pie bajo la guía del joven príncipe.
El túnel era inmenso, construido con piedra negra y ladrillo cocido, con el techo tan bajo que Lin y Marcos debían caminar ligeramente encorvados. El agua residual de la ciudad corría por un canal central, creando un susurro rítmico que amortiguaba el sonido de sus pasos pesados. La única claridad venía de las pequeñas rejillas de ventilación que daban a las calles superiores, proyectando pilares de luz grisácea y sucia sobre las paredes húmedas.
Vetmi avanzaba a la vanguardia, tocando los ladrillos de la pared derecha con los dedos de su mano libre. Se detuvo frente a una inmensa reja de hierro negro que bloqueaba el paso por completo. Los barrotes eran gruesos como los brazos de un hombre y estaban cubiertos por una capa de moho verde.
—Es aquí —dijo Vetmi, agachándose cerca de la base de una columna de piedra que sostenía la arcada—. Detrás de este bloque flojo está la palanca que libera el contrapeso de la reja. Ayúdame, Marcos, esto pesa más de lo que parece.
El cazador veterano se arrodilló a su lado y, combinando su fuerza bruta con la agilidad del chico, lograron remover la piedra tallada. Vetmi introdujo el brazo en la grieta y tiró de una cadena de hierro oxidada con un esfuerzo supremo. Un crujido metálico y sordo resonó en el túnel, y la inmensa reja empezó a elevarse lentamente, abriendo un espacio lo suficientemente ancho para que pasaran de uno en uno.
—Rápido —susurró Lin, empujando a Vetmi hacia el otro lado mientras mantenía la mano en su espada—. Siento una vibración extraña en el aire. La marca de mi palma no ha dejado de quemar desde que entramos en estas venas.
Ettore cruzó al final, pero justo cuando se disponía a soltar una de sus bromas habituales, se tensó de golpe. Sus ojos de arquero, acostumbrados a buscar las siluetas en la penumbra, se fijaron en la oscuridad del túnel que tenían por delante.
—Capitán... no estamos solos aquí abajo —dijo Ettore en un susurro gélido, levantando su ballesta pesada ya desprovista de la manta protectora.
De las sombras del conducto central emergieron tres figuras. No vestían las armaduras pesadas de la guardia de hierro de Erke, sino túnicas de cuero azul oscuro ajustadas al cuerpo y máscaras de tela negra que solo dejaban al descubierto sus ojos. Eran los rastreadores silenciosos de la Hermandad de la Oscuridad, espías residuales que el Consejero Val había dejado en Kala-Zul para vigilar los pasadizos subterráneos. Empuñaban dagas largas con hojas impregnadas de un líquido verdoso que goteaba de forma constante.
—El bastardo real y las tres capas grises del norte —siseó el líder de los espías, y su voz resonó en las paredes de piedra con un eco sibilino—. El Consejero Val tenía razón. El capitán Lin es una mosca que insiste en volar hacia el fuego. Las once monedas de oro por sus cabezas nos pertenecerán antes del amanecer.
—¡Atrás, Vetmi! —rugió Lin, desenvainando su acero con una ferocidad que hizo que el agua del canal central salpicara las túnicas de los atacantes.
La melé en el túnel estrecho fue violenta y claustrofóbica.
El líder de los espías se lanzó contra Lin con una velocidad que recordaba a las serpientes de la meseta. Su daga buscaba las hendiduras del chaleco de cuero del capitán, pero Lin peleaba con la maestría de un hombre que había limpiado cuarteles enteros. Bloqueó la primera estocada con el pomo de su espada, giró sobre sus talones y le asestó un golpe con el escudo de su brazo izquierdo que estrelló al espía contra los ladrillos de la pared.
Marcos interceptó al segundo atacante, cruzando su machete pesado contra las dagas gemelas del enemigo. El sonido del metal chocando en ese espacio cerrado fue ensordecedor. Marcos usó su fuerza para empujar al espía hacia el canal de agua, desestabilizándolo antes de cortarle el paso con un tajo horizontal que le partió la defensa.
El tercer espía, viendo que sus compañeros estaban ocupados, se deslizó por la pared de la sombra, apuntando su daga envenenada directamente hacia el cuello del indefenso Vetmi.
—¡Cuidado, chico! —gritó Ettore.
El joven arquero intentó levantar su ballesta, pero el espacio era demasiado estrecho para maniobrar el arma pesada sin golpear el techo de piedra. En un acto de pura desesperación marcial, Vetmi no se quedó congelado como un príncipe asustado. Recordando lo que había visto hacer a Lin en el puente, el joven se agachó por debajo del brazo del atacante, tomó una piedra pesada y rota del suelo del acueducto y se la estrelló con toda su fuerza en la rodilla al espía.
El hombre de la máscara negra soltó un grito de dolor, perdiendo el equilibrio por un segundo. Ese microsegundo fue todo lo que Ettore necesitó. Soltó la ballesta, desenvainó su daga y se la hundió profundamente en el costado al espía, terminando con la amenaza antes de que el hombre pudiera recuperarse.
Lin terminó con el líder de los rastreadores con una estocada limpia en el pecho. El cuerpo del espía cayó sin vida en el agua sucia del canal, su túnica azul oscuro absorbiendo la negrina del acueducto. El silencio regresó a las venas de Kala-Zul, interrumpido solo por la respiración entrecortada de los cuatro supervivientes y el goteo de la sangre caliente sobre el barro del suelo.
Lin envainó su espada y se acercó a Vetmi, que permanecía jadeando, con las manos sucias de barro y la piedra rota todavía en sus dedos. El capitán lo miró con un respeto profundo que eliminó cualquier rastro de la rigidez de su rango.
—Has peleado bien, príncipe. Esa piedra nos ahorró una saeta y una vida. No eres solo un guía en este viaje; eres un guerrero de la Penumbra.
Vetmi dejó caer la piedra, limpiándose las manos en su chaleco de cuero viejo con una sonrisa de puro alivio y orgullo.
—Le dije que no sería un estorbo, capitán Lin. No voy a dejar que esos hombres de Val nos detengan. Mi hermano menor no tuvo una oportunidad para defenderse, pero yo sí la tengo.
Ettore se agachó para recoger su ballesta, dedicándole al joven príncipe una mirada pícara llena de complicidad.
—Vaya... El chico tiene mejores reflejos que muchos reclutas, Marcos. Si seguimos así, tendremos que hacerle una capa gris a su medida cuando regresemos al norte.
Marcos limpió el acero de su machete con la túnica de uno de los espías caídos, con su rostro curtido mostrando una aprobación silenciosa.
—El Consejero Val ya sabe que estamos dentro de las murallas, Lin. La falta de informes de estos tres hombres alertará al palacio de piedra gris antes de que termine el día. Debemos salir de estos túneles de inmediato.
—Tienes razón —asentó Lin, introduciendo la mano bajo su chaleco para tocar el relieve del diario de Norman. Sintió una calidez reconfortante que le devolvió toda la energía a sus músculos cansados—. Vetmi, llévanos al barrio de los tintoreros. Conseguiremos una habitación segura en una posada civil, cambiaremos de nuevo nuestra ruta y nos prepararemos para cruzar la frontera de Yalnizlik antes de que Erke cierre la meseta profunda.
El grupo avanzó por las venas de Kala-Zul, dejando atrás los cuerpos de los espías del Cónclave y emergiendo minutos después a través de una trampilla oculta en un callejón oscuro que olía a tintes de lana y a la libertad que el acero de los hombres libres seguía construyendo en su camino hacia el sur. El Faro los esperaba en las tierras lejanas, y las tres capas grises, junto al príncipe Vetmi, estaban listas para romper cualquier red que la Orden intentara tejer contra su camino.