Todos lloraron cuando Isabella Morel murió. Todos… excepto su esposo. Alexander Vega, el hombre más poderoso y temido de la ciudad, permaneció inmóvil frente al ataúd de la mujer que juró amar para siempre. Sin lágrimas. Sin dolor. Sin explicaciones. Pero lo que nadie sabe… es que Isabella sobrevivió. Ahora, escondida bajo una nueva identidad, regresará para descubrir quién intentó matarla y por qué el hombre que aún ama parece ocultar secretos capaces de destruirlo todo. Porque detrás del imperio Vega hay mentiras, traiciones y una verdad tan peligrosa… que alguien estuvo dispuesto a enterrarla viva para mantenerla oculta. Y esta vez, Isabella no volverá como víctima. Volverá para hacerlos caer a todos.
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La mujer que Alexander no podía olvidar
Gabriel Morel llevaba casi una hora dentro de su vehículo frente al edificio Vega Group.
El motor apagado.
Las luces apagadas.
La mirada fija en la entrada principal.
La llamada anónima de la madrugada seguía repitiéndose dentro de su cabeza.
“Si quieres seguir vivo… olvida lo que viste ayer.”
Eso solo confirmaba algo:
alguien estaba desesperado porque dejara de investigar.
Y Gabriel jamás había sabido alejarse de algo cuando sentía que le estaban mintiendo.
Mucho menos si Isabella estaba involucrada.
Observó el reloj.
8:42 PM.
La mayoría de empleados ya había salido del edificio, pero las oficinas superiores seguían iluminadas.
Especialmente el último piso.
La oficina de Alexander.
Gabriel apretó la mandíbula.
Necesitaba respuestas.
Y estaba empezando a perder el miedo de buscarlas directamente.
Entonces ocurrió algo que lo hizo enderezarse inmediatamente en el asiento.
Emma Sinclair salió del edificio.
Sola.
Vestida con un elegante abrigo gris y el cabello ligeramente desordenado, como si hubiese pasado horas bajo presión.
Pero no fue eso lo que llamó la atención de Gabriel.
Fue Alexander.
Porque salió detrás de ella apenas segundos después.
Y la manera en que ambos se miraron…
no parecía profesional.
Emma dijo algo en voz baja.
Alexander respondió acercándose demasiado.
Gabriel observó cómo ella evitaba mirarlo directamente a los ojos mientras él acomodaba delicadamente un mechón húmedo detrás de su oreja.
El pecho de Gabriel se tensó.
Era un gesto demasiado íntimo.
Demasiado personal.
Emma dio un paso hacia atrás inmediatamente, mirando alrededor como si temiera que alguien pudiera verlos.
Alexander dijo algo más.
Ella negó con la cabeza.
Y luego ocurrió algo todavía peor.
Emma lo abrazó.
No un abrazo amistoso.
No uno normal.
Era el abrazo de una mujer agotada emocionalmente.
De alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo algo pesado.
Gabriel sintió una sensación desagradable subirle lentamente por el cuerpo.
Porque Isabella jamás sospechó de Emma.
Nunca.
Confiaba en ella ciegamente.
Entonces recordó algo.
Una conversación vieja.
Meses atrás, Isabella mencionó casualmente que Emma y Alexander discutían mucho cuando trabajaban juntos.
En aquel momento no le dio importancia.
Ahora…
todo comenzaba a verse distinto.
Gabriel tomó rápidamente su teléfono y fotografió la escena antes de que ambos se separaran.
Emma subió a su vehículo primero.
Alexander permaneció inmóvil observando cómo ella se alejaba.
Y por primera vez desde el funeral…
parecía cansado.
Realmente cansado.
No destruido.
No triste.
Pero sí agotado.
Como un hombre que llevaba demasiado tiempo luchando contra algo que empezaba a consumirlo.
Gabriel entrecerró los ojos.
¿Emma era parte del secreto?
¿O también estaba atrapada dentro de él?
Alexander permaneció solo frente al edificio durante varios segundos antes de entrar nuevamente.
La ciudad brillaba húmeda después de la lluvia.
Pero él apenas la veía.
Su cabeza estaba demasiado llena.
Demasiados errores.
Demasiadas variables fuera de control.
Entró al ascensor privado y presionó el último piso.
El silencio del ascensor comenzó a aplastarlo lentamente.
Porque había algo que nadie entendía sobre Alexander Vega.
Ni Emma.
Ni Gabriel.
Ni siquiera Isabella cuando aún confiaba en él.
Alexander jamás tuvo miedo de perder dinero.
Ni poder.
Ni enemigos.
Lo único que realmente le aterraba…
era perder el control.
Y eso precisamente estaba ocurriendo.
Las puertas del ascensor se abrieron lentamente.
Su oficina estaba completamente oscura excepto por la luz tenue del ventanal.
Alexander caminó hacia el minibar sirviéndose whisky sin siquiera quitarse el abrigo.
Necesitaba pensar.
Pero el problema era otro.
Cada vez que intentaba ordenar las cosas…
terminaba pensando en Isabella.
Otra vez.
Siempre ella.
Su teléfono vibró.
Emma.
Alexander observó el nombre unos segundos antes de contestar.
—¿Qué ocurre?
La voz de Emma sonó tensa.
—Dante no está respondiendo.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Llevo una hora llamándolo.
El hielo comenzó a extenderse lentamente por el pecho de Alexander.
—¿Fuiste a la casa?
—No. Pero algo no está bien.
Silencio.
Y entonces Alexander recordó algo importante.
Dante jamás ignoraba llamadas importantes.
Jamás.
Alexander dejó lentamente el vaso sobre la mesa.
—Quédate donde estás.
—Alexander…
—Ahora.
Colgó inmediatamente.
Y por primera vez en mucho tiempo…
sintió verdadero peligro.
La casa permanecía completamente en silencio.
Demasiado silencio.
Isabella seguía encerrada dentro de la habitación mientras observaba la puerta con el corazón descontrolado.
Habían pasado varios minutos desde que Dante salió con la pistola.
Y desde entonces…
nada.
Ni disparos.
Ni voces.
Nada.
Eso era peor.
Muchísimo peor.
Isabella intentó respirar lentamente.
Pero era imposible.
La ansiedad estaba comenzando a destruirla.
¿Quién había llegado?
¿Por qué Dante parecía tan alterado?
Y lo más importante…
¿por qué aquella voz le resultó tan familiar?
Entonces escuchó algo.
Un golpe seco.
Como si alguien hubiese caído contra una pared.
Después silencio otra vez.
Isabella sintió que el miedo comenzaba a ganar.
No podía seguir encerrada.
No después de todo lo que estaba ocurriendo.
Se levantó lentamente de la cama ignorando el dolor de cabeza y caminó hacia la puerta.
Dante le había dicho que no saliera.
Pero Isabella estaba cansada de obedecer órdenes sin entender nada.
Abrió apenas unos centímetros.
El pasillo estaba oscuro.
Vacío.
La respiración comenzó a acelerársele.
—¿Dante…?
No hubo respuesta.
Avanzó lentamente.
El corazón golpeándole brutalmente el pecho.
Entonces lo vio.
Sangre.
Pequeñas gotas oscuras sobre el suelo.
El aire desapareció de sus pulmones.
Isabella siguió el rastro con pasos temblorosos hasta llegar a la sala principal.
Y allí se detuvo completamente.
Dante Russo estaba apuntando con el arma directamente hacia un hombre arrodillado en el suelo.
Un hombre cubierto de sangre.
El rostro de Isabella perdió color inmediatamente.
Porque lo conocía.
Y eso era imposible.
Porque Gabriel le dijo hace dos años que aquel hombre había muerto en Italia.
—No puede ser… —susurró.
Los ojos del hombre se levantaron lentamente hacia ella.
Y entonces sonrió.
Una sonrisa torcida.
Peligrosa.
—Hola, Bella.
Isabella retrocedió inmediatamente.
No.
No.
No podía ser él.
Dante giró apenas el rostro hacia ella.
La furia en su mirada fue inmediata.
—Te dije que no salieras.
Pero Isabella apenas podía escucharlo.
Porque el hombre frente a ella seguía observándola como si hubiese esperado años para volver a verla.
Marco De Luca.
El hombre que Alexander odiaba más que a cualquier persona en el mundo.
El hombre con quien Isabella casi tuvo una aventura años atrás.
Y el mismo hombre que supuestamente murió después de desaparecer misteriosamente en Europa.
Isabella sintió que las piernas comenzaban a debilitarse.
Porque de todos los secretos que esperaba descubrir…
Marco era el peor posible.
Dante volvió a apuntarle.
—Empieza a hablar antes de que pierda la paciencia.
Marco soltó una pequeña risa llena de sangre.
—Alexander sigue igual de paranoico.
—¿Quién te envió?
Marco ignoró la pregunta.
Sus ojos permanecían fijos únicamente en Isabella.
Eso comenzó a incomodar muchísimo a Dante.
—Sigues hermosa —murmuró Marco.
—Cállate —gruñó Dante.
Pero Marco sonrió aún más.
—Ahora entiendo por qué Alexander perdió la cabeza contigo.
Isabella sintió un escalofrío horrible.
Porque aquello ya no parecía un simple ataque.
Parecía algo personal.
Muy personal.
Dante avanzó amenazante.
—Última oportunidad.
Marco levantó lentamente ambas manos ensangrentadas.
—Está bien… tranquilo.
Luego miró nuevamente a Isabella.
Y lo que dijo después…
hizo que el mundo entero pareciera detenerse.
—Alexander no fingió tu muerte para protegerte, Bella.
Silencio.
El corazón de Isabella dejó de latir por un segundo.
Marco sonrió lentamente.
—La fingió porque descubrió lo que pasó entre nosotros aquella noche en Milán.