Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.
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Capítulo 15: Hilos invisibles
La plaza del barrio, que tantas veces los había visto correr de chicos, ahora se sentía extraña. Camila caminaba rápido, con el corazón en la boca. Todavía tenía grabada la imagen de hacía unas horas: Bruno y Milena, las cabezas juntas, susurrándose algo que se cortó en seco apenas ella asomó por la esquina. No iba a dar más vueltas. Cuando vio a Bruno venir a su encuentro, se plantó.
-Bruno, no me mientas más -soltó Camila, con la voz temblorosa pero firme-. ¿Qué hacía Milena tan cerca tuyo? ¿De qué hablaban que cuando me vieron se quedaron mudos?
Bruno se frenó en seco, parpadeando, y su expresión cambió rápido a una de fastidio. Se pasó una mano por el pelo, suspirando con fuerza.
-¡Camila, pará un poco! -pidió él, subiendo el tono-. Estás viendo fantasmas donde no los hay. Hablábamos de cosas del barrio. ¿Ahora me vas a controlar con quién hablo? Es Milena, se crió con nosotros.
-¡No me hables como si estuviera loca! -lo interrumpió Camila, con los ojos llenos de lágrimas-. Sé perfectamente cómo me mira Milena. Cambiaste, Bruno. Parece que tenés que pedirle permiso a ella para estar conmigo.
Las palabras tocaron una fibra sensible. Bruno, que ya venía con la cabeza quemada por los sutiles comentarios que Milena le venía soltando los días anteriores sobre el "control" de Camila, reaccionó desde la defensiva.
-¿Permiso? ¡Por favor! La que está insufrible sos vos con estos celos de la nada -retrucó Bruno, dolido-. Pensé que confiabas en mí. Si vamos a empezar a desconfiar de una amiga de toda la vida, esto no va a funcionar.
El golpe fue seco. Camila sintió que el aire se le escapaba. «¿Esto no va a funcionar?». ¿Tan fácil era para él tirar la toalla?
-Si tanto te molesta mi desconfianza, tal vez el problema no soy yo, sino lo que ocultás -dijo ella con el orgullo herido. Dio media vuelta y se fue rápido, dejando a Bruno solo y masticando la rabia.
Camila caminaba sin rumbo, con la vista nublada por el llanto, cuando una voz suave la hizo frenar. Milena salía del almacén de la esquina. Al ver su rostro desencajado, apuró el paso con falsa preocupación.
-¡Ay, Cami, estás llorando! ¿Qué pasó? -preguntó, poniéndole una mano en el hombro.
-Nada, Milena. Una discusión con Bruno, no importa.
Milena soltó un suspiro largo, entornando los ojos con lástima fingida.
-No me digas que... ¿fue por lo de hoy en la plaza? Ay, Cami, no quería decirte nada para no meter púa, pero me da mucha pena verte sufrir así. Yo intenté frenarlo.
Camila se congeló y la miró fijo a los ojos.
-¿Frenarlo? ¿De qué estás hablando? ¿Qué te dijo Bruno?
-Es que... hoy en la plaza me pidió un consejo. Me hizo jurar que no te contaría, pero no puedo ser cómplice -soltó Milena, bajando la voz-. Me dijo que está asfixiado, Cami. Que siente que estás demasiado intensa y que se arrepiente de haber mezclado las cosas y arruinar la amistad por un impulso. Mi consejo es que no lo busques más, no le ruegues. Date tu lugar.
Cada palabra caía como un bloque de cemento sobre Camila. Todo encajaba perfectamente con la actitud defensiva que Bruno acababa de tener en la plaza. El orgullo y la humillación se mezclaron en su pecho.
-Tenés razón -susurró Camila, con una frialdad que nació del puro dolor-. No le voy a rogar a nadie.
Milena la abrazó con fuerza, escondiendo una sonrisa triunfal en su hombro. El anzuelo ya estaba clavado profundamente; la separación era un hecho y el camino empezaba a quedar libre.