"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
NovelToon tiene autorización de Lewis Alexandro Delgado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
4 Pequeños Traviesos
Ya han pasado cinco años, cinco años en los que mi vida se dividió entre construir mi imperio y criar a mis hijos, mis tres tesoros, la única debilidad que me permitía tener, y también mi mayor orgullo. Eran tres niños increíbles, genios, hermosos, traviesos y únicos, tal como su madre.
El primero en nacer fue Santiago, un niño de cabellos claros y mirada inteligente, que a sus cinco años ya dominaba la tecnología como si hubiera nacido con ella. Era un experto en hackeo, capaz de entrar en cualquier sistema informático, descifrar códigos y acceder a información que ni los mejores profesionales podían. Serio, observador, calculador... la viva imagen de la inteligencia fría y estratégica.
La segunda fue Luna, mi pequeña flor, con ojos brillantes y una gracia innata. A su corta edad, tocaba el piano, el violín, el arpa y cualquier instrumento que se pusiera frente a ella, con una maestría impresionante. Su voz era melodiosa, prodigiosa, capaz de emocionar a cualquiera, y tenía su propio canal en redes, con millones de seguidores que la adoraban sin saber quién era realmente su madre. Dulce, encantadora, pero con una picardía que sacaba de quicio a más de uno.
El menor era Sebastián, fuerte, ágil, con una energía inagotable. A los cinco años ya tenía el cinturón negro en artes marciales mixtas, entrenaba con los mejores maestros y era capaz de derribar a niños el doble de su tamaño. Valiente, protector, con un carácter decidido y un corazón leal, tal como yo.
Los tres eran la alegría de mi vida, aunque eso sí: eran terriblemente traviesos, capaces de idear las bromas más ingeniosas y desastrosas que uno pudiera imaginar, dejando a profesores, empleados y a mí misma con la boca abierta, entre la risa y el asombro.
Esa tarde, estaba sentada frente al gran espejo de cuerpo entero de mi vestidor, rodeada de sedas, encajes, joyas y diseños propios, mientras me aplicaba el labial rojo que era mi sello personal. En la pantalla de mi teléfono brillaban las noticias que venían de Metrólis, mi ciudad, el lugar donde todo había empezado, y donde todo debía terminar.
«Gabriel Díaz y Rosa Lima siguen esperando casarse; el anciano Díaz, patriarca de la familia, se niega a aceptarla por considerarla de origen inferior, indigna de llevar el apellido. Gabriel, ciego de amor, desafía a su propia familia por ella...»
Leí aquello y una sonrisa llena de malicia y satisfacción curvó mis labios.
—Muy pronto —murmuré, mirando mi reflejo, altiva, arrogante, totalmente consciente de mi poder—. Muy pronto regresaré. Porque yo no soy la heroína de esta historia, ni la víctima... yo soy la villana, y seré la peor versión que jamás hayan imaginado. Arruinaré la vida de esos estúpidos protagonistas, destruiré cada parte de esta estúpida trama, y le enseñaré a esa perra de Rosa Lima lo que es la verdadera maldad, lo que es caer desde lo más alto y tocar el fondo del abismo. Ella intentó dañarme a mí y a la vida que debía tener... ahora pagará cada lágrima, cada segundo de dolor.
En ese momento, entró Alberto, mi asistente personal, un hombre fiel, discreto y eficaz, que me servía desde que llegué a París. Tenía expresión preocupada, y se acercó con cautela.
—Mi señora... —dijo con voz suave—. No es buena idea que regrese ahora. Quédese aquí, donde está segura, donde tiene todo lo que necesita. En Metrólis hay peligros, enemigos, gente que no le olvida... y esos protagonistas son poderosos. Espere un poco más, por favor.
Me giré lentamente hacia él, mi mirada se endureció, se volvió fría y cortante como una navaja. Me acerqué despacio, caminando con esa elegancia imponente que me caracterizaba, hasta quedar a solo unos centímetros de su rostro.
—Alberto... —le dije, con voz baja, pausada, cargada de autoridad absoluta—. ¿Desde cuándo tengo que pedirte permiso? ¿Desde cuándo debo pedir tu opinión para hacer lo que me dé la gana? Si yo digo que vamos a regresar... ¡vamos a regresar y punto! Aquí, y donde sea que yo esté, la ley soy yo. Tú estás aquí solo para servir, para cumplir mis órdenes, no para darlas. Y si no estás dispuesto a aceptarlo... la puerta está abierta y a tu entera disposición. Lo que te digo a ti, vale para todos: aquí se hace lo que yo diga, cuando yo lo diga y como yo lo diga. ¿Entendido?
Él bajó la cabeza, respetuoso y asustado, como todos los que me rodeaban sabían que debían hacer.
—Entendido, mi señora. Disculpe usted.
Mientras yo preparaba mi regreso, al otro lado del continente, en una mansión oscura, llena de lujos siniestros, Leonel Díaz también movía sus piezas. Había hecho traer a un sirviente de la casa de Gabriel, un hombre que había sido enviado para espiarle, y que ahora temblaba atado a una silla, frente a él. Leonel caminaba a su alrededor, despacio, con las manos entrelazadas a la espalda, esa sonrisa que no llegaba a sus ojos, esa sonrisa de quien disfruta del sufrimiento ajeno.
—Dime... —dijo Leonel con voz suave, casi cariñosa, que resultaba mil veces más aterradora que un grito—. ¿Qué te envió Gabriel a hacer? ¿Qué debías espiar? Si no hablas... tengo métodos muy, muy divertidos para hacerte confesar. ¿Qué te parece si meto tus manos en aceite hirviendo? ¿O quizás prefieres que las sumerja en una barrica de ácido? Tú decides: dolor y muerte, o hablar y... quizás, tener una oportunidad.
El sirviente, aterrado, lloró y suplicó.
—¡Tenga piedad, señor! ¡Tenga piedad! Fue Gabriel, él me ordenó vigilarlo, saber todo lo que hace, todo lo que dice... ¡se lo juro, es la verdad!
Leonel asintió, fingiendo compasión, y le cortó las cuerdas.
—Muy bien. Te dejaré ir. Te doy tu oportunidad, como prometí.
El hombre, lleno de alegría y alivio, se dio la vuelta para correr hacia la puerta, creyendo que estaba a salvo. Pero Leonel sacó un arma de su bolsillo, apuntó con calma y disparó, justo en la espalda. El sirviente cayó al suelo sin vida. Leonel se acercó, miró el cuerpo con indiferencia y soltó una carcajada fuerte, fría y maligna.
—La forma más divertida de matar —murmuró para sí mismo— es hacer creer a la presa que tiene oportunidad de sobrevivir. Darle una falsa esperanza... y justo cuando cree que ha ganado... arrebatársela de golpe. ¡Ja, ja, ja!
Mientras tanto, yo ya había tomado todas las medidas necesarias. Había convocado a un grupo de asesinos de élite, hombres de la organización criminal más poderosa y secreta que existía, seres entrenados para matar, proteger, obedecer sin dudar, sin sentir, sin piedad. Les había pagado una fortuna, mucho más de lo que nadie había pagado jamás, y ahora estaban ante mí, arrodillados, bajando la cabeza ante mi presencia.
—A partir de hoy —les dije, con voz firme, clara, imponiendo respeto— trabajan para mí. Serán mis guardaespaldas, mis matones personales, mis sombras. Viajarán conmigo a Metrólis, me seguirán a donde vaya. Su deber es protegerme a mí, y sobre todo, proteger a mis hijos, con garras, uñas y dientes. Si alguien se acerca con malas intenciones... lo eliminan. Si alguien me ofende o me traiciona... lo eliminan. Sin juicios, sin piedad. ¿Entendido?
—¡Entendido, mi señora! —respondieron al unísono, con devoción absoluta.
Esa misma tarde era el último día de clases de mis pequeños. Siempre habían estudiado en escuelas privadas de alto nivel, donde la educación era impecable, aunque mis hijos... bueno, mis hijos eran otra historia. Eran traviesos, inteligentes, y juntos formaban un equipo capaz de hacer lo imposible. Me avisaron que debía presentarme en la dirección por lo que habían hecho, y yo fui, caminando con mi porte de emperatriz, vestida con un traje de seda negra, joyas discretas pero valiosas, el cabello perfecto y el labial rojo brillando.
Al entrar al despacho del director, me encontré con la escena: Santiago, Luna y Sebastián estaban sentados en sillas, con las caritas serias, intentando no reírse, mientras el profesor, un hombre serio y algo estirado, me explicaba lo ocurrido, tratando de mantener la compostura.
—Señora Leticia... sus hijos... bueno... son niños muy inteligentes, muy brillantes, eso es indiscutible —empezó a decir, frotándose la frente, como si le doliera la cabeza—. Pero lo que hicieron hoy... ha sido... inolvidable.
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔