Voran, un ser de inmortalidad y fuerza inconmensurable, ha evitado el amor por siglos, temiendo que su inmenso poder destruya todo lo frágil y bello.
Él,un vampiro milenario forjado en la soledad y el poder, creía que su corazón estaba tan frío como las montañas que lo ocultaban. Hasta que sus ojos cayeron sobre Ginia, una joven humana cuya pureza y bondad eran un bálsamo en su oscura existencia.
Él la observa desde las sombras, temiendo que su propia naturaleza la destruya, pero incapaz de mantenerse alejado.... Una tormenta los une en un encuentro predestinado, un vínculo inquebrantable comienza a forjarse. Pero el amor entre la luz y la oscuridad tiene un precio, y la intimidad puede ser un acto tan peligroso como la guerra. El miedo a dañarla se cierne sobre cada roce,cada mirada, cada anhelo de intimidad¿Podrá Voran superar su miedo a dañar a la mujer que ha despertado su alma? Cuando lo imposible suceda, ¿podrá Ginia soportar el peso de un amor que desafía la vida y la muerte!?
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Eco de los sueños
Ginia entró en su pequeña casa, el calor del hogar no lograba disipar el escalofrío que le recorría el cuerpo. No era solo el frío residual de la tormenta, sino el eco de los ojos rojos de Voran, la profundidad de su voz, la sensación de su cuerpo fuerte contra el suyo. Se quitó la capa pesada, que aún conservaba su aroma a lluvia, niebla y algo antiguo y dulce, y la colgó con un suspiro. Todo había cambiado. Ya no era la misma Ginia que había salido al bosque esa tarde.
Preparó un té de hierbas calientes para calmarse, pero su mente no paraba. ¿Qué había sido eso? ¿Quién era él? ¿Y por qué, en lugar de sentir terror, sentía una atracción tan abrumadora, una necesidad de saber más, de volver a sentir su presencia? Antes de que pudiera siquiera tomar el primer sorbo, llamaron a su puerta.
Era Elara, su mejor amiga desde la infancia, una joven vivaz de cabello rizado y ojos chispeantes, que siempre sabía cuándo algo no andaba bien. Elara entró sin esperar invitación, con el ceño fruncido.
“¡Ginia! ¡Estaba tan preocupada! La tormenta fue terrible y no volvías. Fui a buscarte pero ya era demasiado tarde para entrar en el bosque sola. ¿Estás bien? ¡Estás empapada!” La abrazó con fuerza, sintiendo el temblor de su amiga.
Las palabras brotaron de Ginia como un torrente. Le contó todo, desde la hierba rara hasta los lobos, y la aparición repentina del hombre alto de ojos rojos. Omitió algunos detalles, como la extraña paz que había sentido en sus brazos, pero no pudo evitar que su voz temblara de emoción.
Elara la escuchó en silencio, sus ojos grandes y expresivos reflejando una mezcla de asombro y preocupación. “¿Lobos? ¿Y un hombre te salvó? ¿Y tiene los ojos… rojos?” preguntó, su voz bajando a un susurro. “¿Y no sentiste miedo?”
Ginia negó con la cabeza. “No. No lo sé, Elara. Debería, lo sé. Pero… sentí como si estuviera más segura con él que con nadie en el mundo. Y… él no es humano, Elara. Lo sé.”
Elara frunció el ceño, su mirada pensativa. “En los viejos cuentos, se habla de seres que habitan en las sombras, en las montañas… pero son solo cuentos, Ginia.” Sus ojos se posaron en la capa oscura colgada. “¿Y esta capa? No es tuya.”
Ginia se sonrojó. “Me la dio él. Para protegerme de la lluvia.” Tocó el suave tejido. “Huele… huele a él. A niebla y algo antiguo.”
Se quedaron en silencio por un momento, la atmósfera cargada. Elara, siempre la más práctica, rompió el silencio. “Necesitas descansar, Ginia. Ha sido una noche larga. Mañana hablaremos con calma.”
Pero el descanso no llegó. Esa noche, Ginia se hundió en un sueño profundo y extrañamente vívido. Se encontró de nuevo en el bosque, pero esta vez, la tormenta había pasado y la luna llena iluminaba el camino. Él estaba allí, de pie entre los árboles, observándola. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad hipnótica, atrayéndola. No había palabras, solo una conexión muda que vibraba entre ellos.
Se acercó a él, sin miedo. En su sueño, no había lobos, no había peligro, solo la promesa de su presencia. Sus manos se extendieron, acariciando el borde de su capa, luego subiendo por su brazo fuerte. Podía sentir el frío de su piel, pero un fuego interno se encendía en ella. Sus rostros se acercaron, sus alientos se mezclaron, y en el sueño, sus labios se encontraron. No fue un beso gentil, sino uno hambriento, desesperado, que consumía. Podía sentir la sed en él, una sed que no era solo de sangre, sino de ella, de su luz, de su vida. Y ella… ella se entregaba a esa sed, deseando ser consumida, deseando fundirse con él en algo primario, erótico, prohibido.
Se despertó con un jadeo, el corazón desbocado, la piel chinita, y el eco de ese beso aún en sus labios. El aroma de niebla y antigüedad parecía impregnar su habitación. Era más que un sueño. Era una conexión. Era un anhelo que no podía ignorar.