Hace veinte años, la Mansión Blackwood se convirtió en una pira funeraria. Tres niños entraron, pero solo uno fue visto salir con vida. Marta, la pragmática, construyó un imperio sobre las cenizas de su pasado, creyendo que el silencio era su mejor armadura. Pero el fuego no consume los recuerdos; solo los transforma en algo más volátil.
Ahora, las sombras han regresado para reclamar su lugar en el tablero.
Niclaus, el hermano que la historia dio por muerto, ha emergido de las tinieblas convertido en un arma de precisión quirúrgica, movido por una obsesión que roza la locura. Y en medio de su guerra privada se encuentra Elena, la pieza perdida, cuya mente fue fragmentada y reconstruida bajo una identidad falsa para ocultar el secreto más peligroso de la humanidad: la Iniciativa Quimera.
NovelToon tiene autorización de Angy_ly para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: La Cena de la Traición y El Secreto del Maestro
Esta es la continuación de la historia, donde la tensión se vuelve insoportable y el pasado empieza a reclamar su deuda de sangre en el lugar más sagrado para ti: tu propia mesa.
La mesa estaba servida para tres. El lino blanco brillaba bajo la luz de la lámpara de cristal, un escenario de pureza que contrastaba con la podredumbre que sentías en el pecho. Julián reía, ajeno, mientras terminaba de descorchar una botella de vino tinto que, según él, era "especial para la ocasión".
—Ya llega, Elena. Verás que Nicholas es un hombre fascinante —dijo tu esposo, dándote un beso rápido en la mejilla. Tus labios estaban fríos como el mármol.
El timbre sonó. El sonido vibró en tus huesos. Viste a la empleada abrir la puerta y, segundos después, él entró en el comedor. Niclaus vestía un traje gris oscuro que resaltaba su palidez y esa mirada depredadora que solo tú podías descifrar.
—Buenas noches —dijo él. Su voz era una caricia de terciopelo y espinas—. Gracias por recibirme en su hermoso hogar, Sr. Valmont. Y usted debe ser Elena. Julián no mintió sobre su belleza.
Te obligaste a extender la mano. Cuando tus dedos rozaron los suyos, una descarga eléctrica de terror y nostalgia te recorrió el cuerpo. Él no te soltó de inmediato. Presionó ligeramente tu palma, justo donde sabías que él también tenía su cicatriz, oculta bajo el guante de su impecable educación.
—Un placer, Sr. Vane —lograste decir, con la voz de una extraña.
El Juego del Gato y el Ratón
La cena fue un descenso lento al abismo. Mientras Julián hablaba de inversiones y del futuro de la fundación, Niclaus te observaba por encima del borde de su copa.
—Dígame, Elena —dijo él, cortando un trozo de carne con una precisión quirúrgica—, ¿qué opina usted de las segundas oportunidades? ¿Cree que alguien puede realmente dejar atrás su pasado?
—Creo que el pasado es algo que se supera con voluntad —respondiste, apretando los cubiertos hasta que te dolieron los nudillos.
—Interesante —murmuró Niclaus—. Yo difiero. Creo que el pasado es como un incendio forestal. Puedes apagar las llamas, pero las raíces siguen ardiendo bajo la tierra durante años. Esperando el momento justo para volver a brotar.
Julián asintió, fascinado. —Nicholas tiene una visión muy filosófica de los negocios, querida. Dice que para construir algo nuevo, a veces hay que asegurarse de que los cimientos viejos estén completamente destruidos.
—Exactamente —continuó Niclaus, clavando sus ojos en los tuyos—. Por ejemplo, si una estructura fue construida sobre una mentira... o sobre un abandono... tarde o temprano colapsará. ¿No le parece, Elena?
Sentiste que el aire se acababa. Niclaus estiró la pierna bajo la mesa y rozó tu rodilla. Fue un contacto breve, pero cargado de una obsesión posesiva. Te estaba reclamando frente a tu propio marido, burlándose de la seguridad que creías tener.
—Perdónenme —dijiste, poniéndote de pie bruscamente—. Olvidé traer algo de la cocina.
El Mensaje en la Sombra
Escapaste hacia la cocina, apoyándote en la encimera para no desmayarte. Pero antes de que pudieras recuperar el aliento, la puerta se abrió silenciosamente. Niclaus entró, cerrando el pestillo detrás de él. En el comedor, se escuchaba el ruido de Julián atendiendo una llamada de trabajo.
Niclaus se acercó a ti con la rapidez de una sombra. Te acorraló contra los muebles, sus manos atrapando tus hombros con una fuerza que te recordó las manos del "Maestro".
—¿Te gusta mi disfraz, Elena? —susurró en tu oído, su aliento oliendo a vino y a peligro—. Julián me adora. Me ha dado las llaves de su imperio. Me ha invitado a su cama, metafóricamente hablando. ¿Sabes lo fácil que sería decirle ahora mismo que su ángel es una asesina que dejó morir a un niño?
—¿Qué quieres de mí? —sollozaste, las lágrimas corriendo por fin—. Te daré todo. Dinero, propiedades... ¡vete!
—Quiero que me mires —dijo él, obligándote a levantar la cara—. Quiero que veas en lo que me convertí por tu culpa. No quiero tu dinero. Quiero tu alma, pedazo a pedazo. Mañana irás a la vieja dirección del "Maestro". Él te está esperando.
—¿El Maestro? Él... él está muerto —dijiste, el pánico alcanzando un nuevo nivel.
—Nada muere de verdad si yo decido que siga vivo —respondió él con una sonrisa gélida—. Ve allí a las tres. Si no lo haces, Julián recibirá un video muy interesante de nuestra "infancia" antes de que termine el día.
Se apartó de ti justo cuando Julián entraba en la cocina, extrañado por la demora.
—¿Todo bien aquí? —preguntó tu esposo.
—Perfecto —dijo Niclaus, recuperando su máscara de caballero—. Elena solo me estaba indicando dónde guardan el café. Tiene una casa fascinante, Julián. Llena de rincones... escondidos.
Al día siguiente, el cielo estaba cubierto de nubes grises que parecían cenizas suspendidas. Conducías hacia las afueras de la ciudad, hacia el sector industrial abandonado donde una vez estuvo el "Hogar de la Esperanza", el orfanato clandestino donde el Maestro reinaba con crueldad.
El edificio era una cáscara quemada, rodeada de maleza y silencio. Bajaste del coche, tus tacones hundiéndose en la tierra húmeda. Cada paso hacia la entrada era un viaje de regreso al dolor primario de tu infancia.
El Encuentro con el Monstruo
En el centro de lo que alguna vez fue el comedor, sentado en una silla de ruedas vieja y rodeado de restos de muebles chamuscados, estaba un hombre que apenas parecía humano. Su piel era una red de injertos y cicatrices, y sus ojos estaban nublados por las cataratas, pero su voz... esa voz rasposa seguía siendo la misma.
—Has tardado mucho en volver, Elena —dijo el Maestro.
Te detuviste a tres metros de él, temblando. —¿Cómo es posible? El incendio...
—El incendio fue el comienzo —dijo el anciano, soltando una risa seca que terminó en tos—. Niclaus me sacó de las llamas. ¿Puedes creerlo? El niño que yo más castigaba, el que tú abandonaste... me arrastró fuera mientras tú corrías como una cobarde.
—¿Por qué? —preguntaste, confundida—. ¿Por qué salvaría a su torturador?
—Porque no quería que yo muriera antes de que él pudiera superarme —el Maestro levantó una mano temblorosa, señalando las sombras del fondo—. Niclaus no me salvó por piedad. Me salvó para que yo fuera su primer experimento. Me mantuvo vivo en un sótano durante quince años, enseñándome lo que él aprendió del dolor. Él no es un hombre, Elena. Es una criatura que se alimentó de mi maldad y la perfeccionó.
De las sombras emergió Niclaus. No llevaba traje esta vez, sino ropa oscura y desgastada, como si hubiera vuelto a ser el niño del orfanato. Caminó hacia el Maestro y le puso una mano en el hombro con una familiaridad aterradora.
—El Maestro me enseñó que el miedo es la mejor herramienta —dijo Niclaus, mirándote—. Pero yo le enseñé que la obsesión es el mejor motor. ¿Sabes por qué te pedí que vinieras aquí?
Nnegaste con la cabeza, incapaz de hablar.
—Porque aquí es donde empezó nuestro secreto. El Maestro no solo nos golpeaba, Elena. Él guardaba archivos. Registros de quiénes éramos realmente antes de llegar aquí. Registros que tú nunca viste.
Niclaus sacó un sobre viejo y manchado de sangre seca. Lo lanzó a tus pies.
—Léelo —ordenó—. Y entenderás por qué mi venganza es necesaria. Entenderás que tú no solo me dejaste morir... me robaste la única oportunidad de saber quién era yo.
Abriste el sobre con manos torpes. Dentro había una fotografía de una mujer joven que se parecía increíblemente a ti, y un certificado de nacimiento que contenía un nombre que no era el tuyo ni el de Niclaus.
Tus ojos se abrieron de par en par al leer la última línea del documento. El secreto no era solo sobre el incendio. El secreto era que vuestra conexión era mucho más profunda y oscura de lo que jamás imaginaste.
El giro final se acerca...