SIN SPOILER
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LA NIÑA DE LA TORRE
Pasaron varios días desde el nacimiento de la princesa.
En el reino, el tema comenzó a desaparecer lentamente.
Las flores blancas colocadas en honor a la “heredera fallecida” empezaban a marchitarse.
Los nobles dejaron de hablar del asunto.
Y poco a poco…
la supuesta tragedia fue olvidada.
Pero Victoria no podía olvidarlo.
Cada noche despertaba sobresaltada.
Escuchando en su mente el llanto de la bebé.
Viendo aquellos ojos distintos observándola.
Uno verde.
Uno avellana.
Hermosos.
Inocentes.
Y mientras más intentaba convencerse de que habían hecho lo correcto…
más pesada se volvía la culpa.
Aquella mañana, el castillo estaba extrañamente tranquilo.
El rey se encontraba ocupado con asuntos del consejo real.
Así que Victoria decidió salir.
Necesitaba aire.
Necesitaba escapar aunque fuera por unas horas de aquellas paredes que comenzaban a asfixiarla.
Un pequeño carruaje la llevó hacia los límites del bosque real.
Solo iba acompañada de dos guardias y una sirvienta personal.
La reina caminó lentamente entre los árboles húmedos mientras el viento movía suavemente las ramas.
El bosque estaba silencioso.
Demasiado.
Victoria abrazó ligeramente su capa mientras avanzaba.
Y entonces…
escuchó algo.
Un sonido suave.
Parecido a una canción.
La reina frunció ligeramente el ceño.
—¿Escucharon eso?
Los guardias se miraron confundidos.
La melodía provenía de más adentro del bosque.
Victoria comenzó a seguir el sonido.
Cada paso aumentaba una extraña sensación en su pecho.
Hasta que finalmente…
la vio.
A lo lejos, entre árboles cubiertos de musgo, se alzaba una enorme torre de piedra.
Antigua.
Oscura.
Imponente.
La vieja torre del mago real.
Victoria sintió un escalofrío inmediato.
Hacía años que nadie se acercaba a ese lugar.
Las historias decían que seguía m@ld1t@ incluso después de la desaparición del hechicero.
—Majestad, no deberíamos acercarnos —murmuró uno de los guardias nervioso.
Pero la reina ignoró la advertencia.
Porque ahora podía escuchar claramente aquel sonido.
No era una canción.
Era una mujer tarareando suavemente.
Victoria subió lentamente los desgastados escalones de piedra de la entrada.
La enorme puerta estaba entreabierta.
Y al cruzarla…
sus ojos se abrieron sorprendidos.
El interior de la torre no estaba vacío.
Había velas encendidas.
Mantas.
Comida.
Algunas hierbas colgando cerca de una pequeña chimenea.
Y sentada en una vieja silla de madera…
una mujer sostenía cuidadosamente a una bebé entre sus brazos.
Victoria dejó de respirar por un instante.
La pequeña estaba dormida.
Envuelta en mantas gruesas.
La nodrisa levantó la mirada sobresaltada al notar la presencia de la reina.
Inmediatamente se puso de pie aterrada.
—¡M-Majestad…!
Victoria apenas podía apartar la mirada de la niña.
Era ella.
Su hija.
Seguía viva.
El corazón comenzó a latirle con fuerza.
La reina dio un paso tembloroso hacia adelante.
La bebé abrió lentamente los ojos.
Y entonces…
Victoria volvió a verlos.
Uno verde esmeralda.
Uno avellana dorado.
Exactamente iguales a aquella noche.
La reina sintió un dolor extraño en el pecho.
La niña era tan pequeña…
tan indefensa…
que resultaba imposible verla como un monstruo.
La nodrisa bajó rápidamente la cabeza.
—Perdóneme, majestad… yo solo obedecía órdenes…
Victoria finalmente reaccionó.
—¿Quién eres?
—Mi nombre es Elena… el rey me ordenó cuidar a la niña hasta nuevo aviso.
La reina quedó helada.
—¿Víctor sabía que seguía aquí?
—Sí, majestad.
Victoria sintió rabia.
Una rabia fría.
Porque eso significaba que el rey jamás había pensado realmente en la niña como una hija.
Simplemente la había escondido.
Como algo vergonzoso.
Como un secreto sucio.
La bebé soltó un pequeño sonido y movió sus manitas.
Victoria la observó fijamente.
Y algo dentro de ella se quebró.
Lentamente extendió los brazos.
—Dámela.
La nodrisa dudó unos segundos antes de obedecer.
Cuando la reina sostuvo a la bebé por primera vez…
el mundo pareció quedarse en silencio.
La pequeña era cálida.
Frágil.
Y sorprendentemente tranquila.
Sus diminutos dedos se aferraron suavemente a la tela del vestido de Victoria.
La reina sintió lágrimas subir a sus ojos.
Porque en ese momento comprendió algo horrible.
La niña nunca había tenido la culpa de nada.
Pero aun así…
ellos la habían condenado desde el instante en que nació.
La bebé observó el rostro de Victoria en silencio.
Sin miedo.
Sin ød1ø
Como si todavía fuera capaz de reconocer a su madre.
Y eso hizo que la culpa doliera todavía más.