Elena una chica humana, se ve atrapada entre dos alfas: Kael, Príncipe de los lobos de Luna Plateada, y Roran, Alfa Supremo de la manada de Ceniza que todos daban por muerta/extinta. Ambos la reclaman, se enfrentan por ella, pero Elena se niega a elegir.
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capitulo 12
...Grietas en el Hielo...
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El segundo año empezó con un problema que no estaba en ningún mapa.
No era una manada enemiga. No era hambre. No era traición.
Era gente que se iba.
“Se fueron 12 el mes pasado”, dijo Kael, dejando el informe sobre la mesa. “Todos jóvenes. Todos del puesto norte”.
Elena levantó la vista. “¿A dónde?”.
“Norte”, dijo Roran. “Más allá de las montañas grises. Dicen que hay tierra sin manada. Sin reglas. Sin consejo”.
Libertad.
La palabra flotó en la sala sin que nadie la dijera.
Elena se recostó en la silla. “No los podemos encerrar”.
“No”, dijo Kael. “Pero si se van todos los que tienen 18-25 años, nos quedamos sin generación de relevo”.
Roran tamborileó con los dedos en la mesa. “No se van porque odien esto. Se van porque esto es trabajo. Todos los días. Y ellos quieren algo más simple”.
Elena lo entendió.
Ceniza había vuelto. Pero volvió siendo responsable, organizada, aburrida.
No era la promesa de aventura que vendía la idea de “tierra sin manada”.
“Tenemos que darles una razón para quedarse”, dijo Elena.
“¿Cuál?”, preguntó Roran.
Elena no tenía la respuesta. Pero sabía quién podría tenerla.
Puesto Norte, 3 días después
Kael no esperaba a Elena.
Cuando la vio llegar con dos guardias y sin avisar, supo que era grave.
“¿Qué pasó?”, preguntó, saliendo a recibirla.
“Nada malo”, dijo Elena. “Quiero verlo con mis ojos”.
El puesto norte había cambiado. Ya no era solo un campamento militar. Había talleres, un invernadero pequeño, una escuela que ahora tenía 18 niños.
Pero también había descontento. Se veía en las miradas, en las conversaciones que se cortaban cuando ella pasaba.
Elena pasó 5 días hablando con todos. Uno por uno.
No como Luna. Como alguien que escuchaba.
El patrón era el mismo:
“Esto está bien. Pero no es mío”.
“Trabajo para el consejo, no para mí”.
“Quiero construir algo que lleve mi nombre”.
La última noche, Elena reunió a todos en el comedor.
“Se van porque piensan que aquí no pueden crear nada propio”, dijo. “Tienen razón”.
Kael la miró, sorprendido.
“Así que lo vamos a cambiar”, continuó Elena. “Cada puesto va a tener su propio consejo local. Ustedes eligen a 3 de ustedes para decidir cómo se reparte el trabajo, cómo se usa la comida, qué proyectos se hacen. El consejo central solo interviene si hay peligro para todos”.
Silencio.
“¿Y si lo hacen mal?”, preguntó uno de los jóvenes.
“Entonces aprenden”, dijo Elena. “Como aprendimos nosotros. No van a aprender a ser libres si yo decido todo por ustedes”.
Kael no dijo nada esa noche.
Pero cuando se quedaron solos, la miró largo rato y dijo:
“Acabas de soltar las riendas. Si sale mal, es culpa tuya”.
“Lo sé”, dijo Elena. “Si sale bien, es de ellos”.
Kael asintió. “Entonces hagamos que salga bien”.
Puesto Este, 2 semanas después
Roran recibió la noticia por el vínculo.
No con palabras. Con una imagen: Elena de pie frente a 50 lobos jóvenes, diciendo que les daba poder de decisión.
Su primera reacción fue maldecir.
Su segunda fue entender por qué.
El puesto este tenía otro problema: aislamiento.
Estaban tan lejos que se sentían olvidados.
Y cuando la gente se siente olvidada, se inventa enemigos.
Roran reunió a su gente y les dijo lo mismo que Elena había dicho en el norte, pero a su manera:
“A partir de ahora, ustedes deciden qué se caza, qué se guarda, qué se negocia. Yo solo me meto si vienen con armas. Si la cagan, es su problema. Si la hacen bien, es su victoria”.
La respuesta no fue inmediata.
Pero a la semana, el puesto este propuso un plan para abrir una ruta comercial con los pueblos del este sin pasar por el refugio.
Roran lo aprobó.
Y por primera vez en meses, sintió que no estaba solo sosteniendo todo.
Refugio Central, Mes 4
El cambio tardó en llegar al centro.
Porque en el centro estaba el consejo. Y el consejo odiaba perder control.
“Esto es peligroso”, dijo un alfa de Luna Plateada. “Si cada puesto hace lo que quiere, perdemos unidad”.
“Perdemos control”, corrigió Elena. “No unidad. La unidad se mide en si nos ayudamos cuando uno cae. No en si todos hacen lo mismo”.
Hubo tres reuniones tensas.
Al final, el consejo votó 8-4 a favor de los consejos locales.
Los 4 que votaron en contra renunciaron.
Elena no los detuvo.
“Si no creen en esto, es mejor que se vayan ahora”, dijo. “No necesito gente que finja estar de acuerdo”.
Dos de ellos volvieron a los 2 meses.
Pidieron volver.
Elena los dejó.
Mes 6-8: Los primeros frutos
El puesto norte abrió un taller de herrería.
Empezaron a hacer herramientas que vendían a los pueblos del norte.
Con el dinero, construyeron una casa comunal.
Los jóvenes que se iban a ir, se quedaron.
“Esto lleva mi nombre”, dijo una chica de 20 años. “Lo diseñé yo”.
El puesto este abrió la ruta comercial.
No se hicieron ricos. Pero dejaron de depender del refugio para todo.
Roran dejó de dormir con una mano en el cuchillo.
El refugio central dejó de ser un cuello de botella.
Elena empezó a dormir 6 horas por noche.
Y el vínculo entre los tres se estabilizó.
No era la urgencia de la guerra.
Era algo más tranquilo. Más profundo.
Como si por fin estuvieran construyendo algo que duraría más que ellos.
Mes 9: La amenaza real
Llegó en forma de carta.
Sin sello. Sin firma.
_“El Vínculo Completo es una abominación. Los antiguos lo sabían. Por eso lo borraron. Si no lo deshacen antes de la próxima Luna Llena, lo haremos nosotros. -Los Hijos de la Purga”_
Elena leyó la carta tres veces.
Luego la pasó a Kael y Roran sin decir nada.
“Los Hijos de la Purga”, dijo Roran. “Pensé que estaban muertos”.
“Estaban escondidos”, dijo Kael. “Fanáticos de la vieja guardia. Creen que cualquier cosa fuera de la tradición es traición”.
Elena miró el mapa.
“Atacarán los puestos. No el refugio. Saben que aquí estamos preparados”.
“Entonces los esperamos”, dijo Roran.
“No”, dijo Elena. “Vamos a ellos”.
Kael frunció el ceño. “¿Quieres salir a cazarlos?”.
“Quiero hablar con ellos antes de que maten a alguien”, dijo Elena. “Si después de hablar siguen queriendo guerra, entonces sí. Los cazamos”.
Roran negó con la cabeza. “Esto es una trampa”.
“Probablemente”, dijo Elena. “Pero si no voy, les doy la razón. Les doy la prueba de que tenemos miedo de defender lo que somos”.
Kael y Roran se miraron.
No les gustaba.
Pero conocían esa mirada en Elena.
Cuando decidía, ya estaba hecho.
“Vamos los tres”, dijo Kael.
“No”, dijo Elena. “Voy yo. Ustedes se quedan. Si algo sale mal, necesito que el consejo siga en pie”.
Roran dio un paso adelante. “No vas sola”.
Elena le puso una mano en el pecho.
“No voy sola. Voy con el vínculo. Y con lo que hemos construido”.
Se fueron 2 días después.
Mes 10: La reunión
Los Hijos de la Purga no eran un ejército.
Eran 30. Escondidos en las ruinas viejas de Ceniza.
Elena entró sola. Sin armas. Sin guardia.
Los esperó un hombre mayor, con cicatrices viejas y ojos llenos de odio.
“Eres la abominación”, dijo.
“Soy Elena”, dijo ella. “Hija de la mujer que mataron por creer en esto”.
El hombre escupió.
“Tu madre traicionó a Ceniza”.
“No”, dijo Elena. “Ceniza la traicionó a ella. Y ahora yo la estoy reconstruyendo”.
Habló por una hora.
No con amenazas. Con hechos.
Les mostró lo que habían logrado.
Les dijo que si querían, podían unirse.
Y que si no querían, se fueran. Pero que no mataran a niños por su miedo.
Cuando terminó, el hombre viejo no respondió.
Solo bajó la cabeza.
“No todos van a aceptarlo”, dijo. “Pero yo ya estoy viejo para matar más lobos de mi sangre”.
Se fueron esa noche.
20 se quedaron.
10 se fueron al norte.
No hubo batalla.
Hubo algo mejor: una grieta menos en el hielo.
Mes 11-12: Cierre de año
El segundo año terminó diferente al primero.
No hubo reunión grande. No hubo números que celebrar.
Hubo tres puestos que funcionaban solos.
Hubo un consejo que discutía menos y hacía más.
Hubo gente que se quedaba porque quería, no porque no tenía a dónde ir.
Elena, Kael y Roran pasaron la última noche del año en el refugio, solos.
Sin discursos. Sin planes.
Solo comiendo sopa caliente y escuchando la nieve caer.
“Los gemelos”, dijo Roran de repente.
Elena lo miró. “¿Qué gemelos?”.
Roran sonrió por primera vez en meses. “En 10 años. Cuando todo esto esté estable. Vamos a tener gemelos. Dos alfas. Para que no se aburran”.
Kael se rió. “Tú y tus planes a 10 años”.
Elena se quedó callada.
Pero en el vínculo, no sintió rechazo.
Sintió... posibilidad.
“No digas cosas que no puedes cumplir”, dijo.
“Lo digo porque puedo verlo”, dijo Roran. “Y porque quiero que pase”.
Kael le pasó el plato de sopa.
“Come. Tienes que estar fuerte para aguantar a esos dos”.
Elena comió.
Y por primera vez, pensó que tal vez, en el futuro, eso podría pasar.