Lady Valeria Ansford siempre creyó que su destino estaba escrito. Durante años, toda la corte dio por hecho que algún día se convertiría en la esposa del príncipe Edward, el heredero del trono.
Pero una noche, en medio del baile más importante de la temporada, Valeria descubre que el hombre al que amaba no era quien decía ser.
La traición rompe su corazón… y provoca un escándalo que sacude a todo el reino.
Cuando todo parece perdido para su honor y su futuro, el destino da un giro inesperado: el poderoso y enigmático Rey Alexander IV toma una decisión que nadie imagina.
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La humillación de una dama
Durante varios minutos después de lo ocurrido en el corredor, Lady Valeria Ansford caminó por el salón principal del palacio como si nada hubiese pasado.
La música seguía sonando.
Las damas reían.
Los nobles discutían política con copas de vino en la mano.
El gran Baile de Invierno continuaba con la elegancia de siempre.
Pero dentro de Valeria algo se había quebrado.
Aun así, nadie lo habría notado.
Había sido educada para la corte desde niña. Sabía perfectamente cómo mantener la compostura incluso cuando las emociones amenazaban con desbordarse.
Así que respiró profundamente.
Enderezó los hombros.
Y regresó al salón como la Lady Ansford que todos conocían: elegante, tranquila y dueña de sí misma.
Pero en su mente había una sola idea.
Edward.
No pensaba dejar aquello sin respuesta.
No después de lo que había visto.
Se prometió a sí misma que lo confrontaría.
Pero no en ese momento.
No en medio del baile.
No frente a toda la corte.
Esperaría hasta el final de la velada.
Cuando los invitados comenzaran a marcharse.
Cuando las miradas ya no estuvieran sobre ellos.
Entonces exigiría una explicación.
Porque lo que había visto en ese corredor… no podía ser ignorado.
No después de todo lo que habían compartido.
No después de todas las promesas.
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Pasaron varios minutos antes de que Edward regresara al salón.
Valeria lo vio aparecer entre los invitados con la misma seguridad de siempre, como si nada hubiera ocurrido.
Caminaba acompañado de varios nobles jóvenes que parecían entretenidos en alguna conversación ligera.
Cuando sus ojos encontraron los de Valeria, él sonrió.
Esa misma sonrisa que durante meses había sido capaz de tranquilizarla.
Pero esa noche, algo en ella reaccionó de forma distinta.
Valeria respondió con una leve inclinación de cabeza.
No dijo nada.
No mostró enojo.
Edward se acercó.
—Pensé que habías desaparecido —comentó con naturalidad.
Valeria lo observó unos segundos.
—Salí a tomar aire.
—Debiste avisarme.
Ella sostuvo su mirada con calma.
—Parecía que estabas ocupado.
Edward no pareció notar nada extraño.
—Algunas conversaciones con invitados —respondió despreocupadamente.
Valeria sintió cómo una pequeña parte de su interior se endurecía.
Mentía con demasiada facilidad.
—Entiendo —respondió simplemente.
Edward extendió su mano.
—¿Bailamos otra vez?
Por un instante Valeria dudó.
Pero finalmente aceptó.
Si algo había decidido en ese momento era mantener la calma.
Al menos hasta el final de la noche.
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La música volvió a comenzar y ambos se unieron a la pista.
Desde fuera, parecían exactamente la misma pareja que todos esperaban ver.
El príncipe heredero.
Y la joven noble que había conquistado su atención.
Pero esta vez, mientras giraban al ritmo de la música, Valeria lo observaba con otros ojos.
Buscaba señales.
Algún gesto que revelara culpa.
Algún indicio de lo que había ocurrido minutos antes.
Pero Edward se comportaba con la misma tranquilidad de siempre.
Tal vez demasiado.
Eso le resultó aún más extraño.
—Estás callada esta noche —comentó Edward.
Valeria respondió con una sonrisa leve.
—Estoy pensando.
—Eso siempre me pone nervioso.
—¿Por qué?
Edward soltó una pequeña risa.
—Porque cuando piensas demasiado sueles hacer preguntas difíciles.
Valeria lo miró fijamente.
—Tal vez debería hacer algunas esta noche.
Edward arqueó ligeramente una ceja, divertido.
—Espero que no demasiadas.
La música terminó antes de que la conversación pudiera continuar.
Edward soltó su mano.
—Regresaré en un momento —dijo.
Valeria lo observó alejarse entre la multitud.
Y entonces sintió algo extraño.
Un murmullo que comenzaba a recorrer el salón.
No era el tipo de murmullo habitual de los bailes.
Era diferente.
Expectante.
Como si algo importante estuviera por ocurrir.
La orquesta dejó de tocar.
Los invitados comenzaron a mirar hacia el extremo del salón.
Donde el príncipe Edward acababa de colocarse sobre una pequeña plataforma utilizada para los anuncios oficiales.
Valeria frunció ligeramente el ceño.
Aquello no estaba previsto.
Edward levantó una copa.
El salón quedó en silencio.
—Mis queridos invitados —comenzó con voz clara.
La corte entera lo observaba.
Valeria sintió un ligero nerviosismo en el estómago.
Edward continuó.
—Esta noche es una noche especial para mí.
Algunas damas comenzaron a intercambiar miradas emocionadas.
Valeria notó cómo varias de ellas giraban discretamente hacia ella.
Como si esperaran algo.
Su corazón empezó a latir más rápido.
Edward habló nuevamente.
—Durante los últimos meses he tenido el privilegio de compartir tiempo con alguien extraordinario.
Un murmullo emocionado recorrió el salón.
Valeria sintió cómo la mirada de su madre se posaba sobre ella desde el otro lado del salón.
Todo parecía apuntar a un solo desenlace.
Edward respiró hondo.
—Y esta noche quiero anunciar oficialmente mi compromiso.
Por un instante Valeria sintió que el tiempo se detenía.
Su corazón golpeaba con fuerza contra su pecho.
Pero entonces Edward extendió la mano hacia alguien que estaba entre los invitados.
No hacia Valeria.
Hacia la joven rubia.
La misma que había visto minutos antes en el corredor.
Lady Margaret Linton.
La joven caminó hacia la plataforma con una sonrisa radiante.
Edward tomó su mano.
—Con Lady Margaret Linton.
El silencio fue inmediato.
Luego llegaron los murmullos.
Susurros que se extendieron por todo el salón como una ola.
Valeria sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
Durante un segundo pensó que había escuchado mal.
Pero no.
Edward continuaba hablando.
—Espero contar con las bendiciones de todos ustedes para esta unión.
El salón comenzó a llenarse de aplausos educados.
La nobleza sabía perfectamente cómo reaccionar en público.
Pero las miradas.
Las miradas eran imposibles de controlar.
Muchas de ellas comenzaron a dirigirse hacia Valeria.
Algunas con sorpresa.
Otras con incomodidad.
Otras con una curiosidad casi cruel.
La joven que todos creían futura princesa acababa de ser ignorada frente a toda la corte.
Valeria permaneció completamente inmóvil.
No lloró.
No gritó.
No dijo nada.
Solo miró al frente mientras el ruido del salón parecía volverse distante.
Sentía las miradas.
Sentía los murmullos.
Pero sobre todo sentía algo más profundo.
Humillación.
No solo la había engañado.
La había expuesto frente a todo el reino.
En ese momento comprendió algo con absoluta claridad.
Edward nunca había pensado realmente en ella.
Había sido solo una distracción.
Un entretenimiento.
Algo que podía dejar atrás sin mirar atrás.
La música comenzó nuevamente.
La fiesta continuaba.
Pero para Valeria Ansford, aquella noche había terminado.
Y lo que nadie en el salón sabía aún…
era que la historia que acababa de comenzar no terminaría con una dama humillada.
Terminaría con algo que ninguno de ellos podía imaginar.