Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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Hermanos de luna
La casa de la manada estaba en silencio, una quietud densa que solo el bosque profundo sabe otorgar. No era una mansión de mármol ni un palacio de cristal; era una construcción robusta y amplia de madera oscura, con vigas que crujían como si tuvieran memoria propia. Rodeada por centenarios abetos y pinos, el olor a tierra húmeda, resina y musgo impregnaba cada rincón, filtrándose por las rendijas de las ventanas como un habitante más.
Aeryn estaba sentada en el porche trasero, con los pies descalzos apoyados en la baranda baja, sintiendo el frío de la madera nocturna contra su piel. La noche era excepcionalmente clara, una de esas madrugadas donde la luna se filtraba entre las ramas altas como hilos de plata líquida, dibujando sombras alargadas sobre el césped plateado. Para cualquier otro, el bosque habría parecido desierto, pero para ella, los sonidos eran una sinfonía: el ulular de un búho a lo lejos, el corretear de un roedor entre la hojarasca y el latido rítmico de la naturaleza.
Escuchó los pasos mucho antes de verlo, una vibración sutil que subía por las tablas del suelo.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz profunda.
Kaelen apareció desde la oscuridad del jardín con la facilidad silenciosa de quien había corrido entre árboles toda su vida, moviéndose con una gracia depredadora que ni siquiera intentaba ocultar. Vestía una camiseta negra desgastada y unos vaqueros que habían visto días mejores, pero su sola presencia llenaba el espacio.
Aeryn no se giró. Sus ojos seguían fijos en el horizonte, donde las montañas recortaban el cielo estrellado.
—Siempre lo haces —respondió ella con un hilo de voz que no llegaba a ser reproche.
Kaelen se apoyó contra una de las columnas de madera del porche, cruzando los brazos sobre el pecho. Durante unos largos segundos, ninguno habló. Era ese tipo de silencio que solo existe entre personas que se conocen demasiado, un silencio que no necesita explicaciones porque las palabras suelen quedarse cortas ante años de historia compartida.
—¿Desde cuándo te escondes de mí? —preguntó finalmente él, rompiendo la calma con una franqueza que la obligó a tensar los hombros.
Aeryn soltó un suspiro largo, observando cómo su aliento formaba una pequeña nube de vapor en el aire gélido.
—No me escondo, Kaelen. Simplemente disfruto del aire libre.
—Llevas tres días sin entrenar conmigo —rebatió él, dando un paso hacia la luz mortecina que salía de la casa—. Tres días en los que el gimnasio ha estado vacío y tú has estado... ausente.
—He estado ocupada. El consejo exige informes, la frontera norte necesita vigilancia y...
—Has estado con el humano —cortó él, arqueando una ceja con una mezcla de escepticismo y fastidio.
Aeryn giró la cabeza lentamente para mirarlo. Sus ojos, del color de la tormenta, chocaron con los de él.
—Adrian. Se llama Adrian.
—Como se llame —Kaelen hizo un gesto despectivo con la mano, como si el nombre le supiera a ceniza.
Ella frunció ligeramente el ceño, sintiendo que la irritación empezaba a burbujear bajo su superficie calmada.
—No empieces, por favor.
—¿Empezar qué?
—Ese tono. Conozco esa mirada y ese tono de voz.
—Es el tono de “no confío en él” —sentenció Kaelen sin rodeos.
Se acercó y se sentó a su lado en el borde del porche, dejando caer las piernas también hacia el jardín. La madera crujió bajo su peso, un sonido familiar que por un momento suavizó la tensión.
—Lo conozco hace semanas —dijo Aeryn, tratando de inyectar lógica a la conversación—. Ha ayudado con la clasificación de los archivos antiguos y tiene un conocimiento sobre botánica que nos está siendo muy útil para las medicinas de los ancianos.
—Yo lo he visto dos veces —replicó Kaelen, ignorando sus argumentos—, y esas dos veces han sido suficientes.
—¿Y? ¿Qué viste? ¿Que no tiene garras? ¿Que no puede correr a cincuenta kilómetros por hora?
Kaelen se frotó la nuca, un gesto que delataba su incomodidad. Sus ojos se volvieron distantes, como si estuviera procesando algo que no terminaba de encajar en su cabeza.
—No es un simple humano, Aeryn. Es algo más. No es solo que no sea uno de los nuestros; es que hay un vacío donde debería haber una esencia.
El silencio que siguió fue más pesado que el anterior. Aeryn sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
—¿Cómo puedes estar tan seguro de eso? —preguntó en un susurro.
—Sabes perfectamente cómo —respondió él, fijando su mirada en ella.
Claro que lo sabía. Kaelen poseía una herencia rara, un don que se saltaba generaciones y que había heredado de su padre: la capacidad de sentir la "vibración" de los seres vivos. Para él, las personas no eran solo rostros y voces; eran frecuencias, colores en un espectro que nadie más veía. Nunca se había equivocado. Hasta ahora.
—Eso es imposible —dijo ella finalmente, tratando de convencerse a sí misma—. Los humanos son... ruidosos emocionalmente. Deberías sentir su miedo, su curiosidad, su fragilidad.
—No para mí —insistió él—. Con él, es como mirar un espejo en una habitación oscura. No hay eco. No hay rastro.
—Entonces, ¿qué es? —preguntó Aeryn, buscando una respuesta que la sacara de la incertidumbre.
Kaelen negó con la cabeza, frustrado.
—Eso es lo que más me molesta de este asunto. Que no lo sé. Solo sé que cuando camina, todo se ve diferente.
Aeryn volvió a mirar la luna, buscando en su luz una claridad que no llegaba.
—Tal vez solo eres paranoico, Kaelen. Siempre has sido demasiado protector con la manada.
—Tal vez —concedió él, aunque su mandíbula seguía apretada—. Pero la paranoia me ha mantenido vivo, y a ti también.
El viento movió suavemente las hojas de los árboles, trayendo consigo el aroma lejano de los pinos altos. Durante un momento, la escena les recordó a otros tiempos, a una época donde el mundo se limitaba a los límites de la propiedad y las únicas preocupaciones eran las rodillas raspadas. Recordaron cuando tenían ocho años y el bosque era un reino de maravillas y no un tablero de estrategia.
Recordaron el día en que Kaelen había vuelto cubierto de barro y con un labio partido después de pelear con tres lobos adolescentes que habían empujado a Aeryn durante un entrenamiento, solo porque ella era la hija del Alfa y querían probar su temple.
—No necesitabas defenderme —había dicho ella en aquel entonces, tratando de limpiar la sangre de su cara con su manga.
—Sí necesitaba —había respondido él con una terquedad que aún conservaba—. Es lo que hacemos.
Nada había cambiado demasiado en esencia, excepto que ahora los enemigos no usaban solo los dientes.
Kaelen apoyó los codos en las rodillas y suspiró.
—Solo digo que tengas cuidado, Aeryn. Hay algo en la forma en que se mueve, en cómo hace preguntas aparentemente inocentes sobre nuestras rutas de patrulla.
—No soy una niña, Kaelen. Sé cuándo alguien está intentando sacarme información. Adrian es un historiador, es natural que tenga curiosidad por nuestro territorio.
—Nunca dije que fueras una niña.
—Entonces deja de actuar como si lo fuera. No necesito un tutor.
Él la miró de reojo, una chispa de intensidad brillando en sus pupilas.
—Es mi trabajo.
Aeryn soltó un bufido incrédulo.
—¿Tu trabajo? ¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
—No sabía que mis padres te habían nombrado mi guardaespaldas oficial —dijo ella con sarcasmo.
—No lo hicieron —Kaelen sonrió apenas, una mueca fugaz que suavizó sus facciones duras—. Me nombré solo cuando tenías diez años y decidiste que era una buena idea intentar montar un oso negro.
Aeryn no pudo evitar soltar una risotada. El recuerdo de aquel desastre, que terminó con ambos castigados durante un mes, siempre lograba romper el hielo. Pero la sonrisa de Kaelen desapareció tan rápido como había llegado. Su mirada volvió a ser afilada.
—Ese hombre te mira como si te estuviera estudiando, Aeryn. No como un hombre mira a una mujer, ni siquiera como un aliado mira a otro. Te mira como un entomólogo mira a una mariposa antes de clavarle un alfiler.
Ella se tensó apenas, sintiendo una punzada de duda en el estómago.
—Tal vez porque lo estoy estudiando yo también —replicó ella, tratando de recuperar el control—. Si es un peligro, lo sabré. Si tiene secretos, los encontraré. Pero no puedo juzgar a alguien solo por tus presentimientos abstractos.
Kaelen no respondió de inmediato. Sabía que Aeryn era inteligente, una estratega nata que superaba a muchos en la manada. Sabía que podía cuidarse sola. Pero el instinto, esa parte animal y primaria que no entendía de lógica humana, seguía gritándole que algo estaba mal con Adrian. Muy mal.
Aeryn lo empujó suavemente con el hombro, un gesto de afecto que solían compartir desde niños.
—Relájate un poco. Mañana entrenaré contigo al amanecer. Te daré la oportunidad de derribarme un par de veces para que saques toda esa tensión.
—No puedo relajarme —dijo él, levantándose del porche con un movimiento fluido.
—Claro que puedes. Solo tienes que dejar de ver enemigos en cada esquina.
—No puedo cuando se trata de ti —susurró él, y por un momento, la vulnerabilidad en su voz fue más ruidosa que cualquier aullido.
Ella rodó los ojos, aunque su corazón dio un vuelco extraño.
—Eres insoportable, ¿lo sabías?
—Y tú demasiado imprudente a veces.
—Y aun así seguimos siendo amigos.
Kaelen se detuvo antes de bajar los escalones hacia el jardín. La miró con una expresión que solo ella conocía, una mezcla de cansancio, cariño profundo y una resignación que dolía.
—No somos amigos, Aeryn. Somos hermanos de luna, y los hermanos se protegen de esta manera, incluso de lo que no quieren ver.
Sin esperar respuesta, saltó desde la baranda hacia el jardín. Sus pies apenas hicieron ruido al tocar el suelo y, en cuestión de segundos, su silueta fue devorada por la penumbra del bosque. Aeryn lo observó perderse entre los árboles, sintiéndose de repente mucho más sola de lo que estaba antes de que él llegara.
La noche volvió a quedar en silencio, pero ahora era un silencio inquietante, cargado de preguntas sin respuesta.