Elena e Isabella son dos gemelas separadas al nacer por la ambición y la maldad. Mientras Elena crece en la pobreza, entregando su vida al trabajo para costear el costoso tratamiento médico de su madre, Isabella vive en una jaula de oro, obligada por su poderosa familia a casarse con Alexander Volkov. Él es un heredero implacable, un CEO cuya frialdad y falta de sentimientos son leyenda en el mundo de los negocios. Un encuentro inesperado pondrá a prueba sus destinos cuando Elena deba ocupar el lugar de su hermana en un juego de identidades peligroso. ¿Serán capaces de salir de este enredo? ¿El CEO será tan implacable como dicen?
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Capítulo VIII La cena
Punto de vista de Elena
El comedor de la mansión Castillo parecía el escenario de una tragedia griega. La mesa de caoba estaba servida con platería fina y cristalería que brillaba bajo la luz de una enorme lámpara de araña. El ambiente estaba cargado de una expectativa opresiva. Mis manos, ocultas bajo el mantel de lino, temblaban ligeramente, pero mi rostro permanecía impasible, tal como Isabella me había entrenado.
—Ya están aquí —anunció Armando con una voz que denotaba una mezcla de triunfo y ansiedad.
Escuché los pasos firmes en el pasillo de mármol. Mi corazón comenzó a martillear contra mis costillas con una fuerza que amenazaba con dejarme sin aliento. Entonces, él entró en la habitación.
Alexander Volkov era mucho más imponente de lo que las fotografías o mi breve vistazo en la calle habían sugerido. Vestía un traje gris oscuro hecho a medida que resaltaba sus hombros anchos y su postura dominante. Pero fue su rostro lo que me dejó paralizada: sus facciones eran perfectas, esculpidas en granito, con una mandíbula cuadrada y unos ojos grises que tenían la calidez de una tormenta de invierno.
Él no entró, él tomó posesión del espacio.
—Dimitri, Alexander... bienvenidos —dijo Armando, estrechando la mano del abuelo Volkov y luego la del CEO.
Alexander apenas asintió. Su mirada recorrió la habitación con desdén hasta que se posó en mí. Esperaba ver la burla habitual en sus ojos, esa de la que me habló Isabella, pero cuando nuestras miradas se cruzaron, algo cambió. Un destello de desconcierto cruzó sus pupilas grises antes de ser reemplazado por su máscara de hielo.
—Isabella —dijo mi nombre como si fuera un insulto. Su voz era de un tono profundo que me envió un escalofrío directo a la columna vertebral.
—Alexander —respondí, levantándome con una elegancia que ni yo misma sabía que poseía.
Sostuve su mirada, desafiándolo. No bajé la cabeza, no sonreí. Simplemente lo observé como si fuera un estorbo necesario en mi vida.
—Veo que finalmente has decidido dejar de lado tus ridículos atuendos de discoteca para vestirte como una mujer —soltó él mientras tomaba asiento frente a mí. Su tono era cortante, diseñado para herir.
Recordé la risa de Isabella. Una risa corta, seca, desprovista de humor.
—Y veo que tú sigues siendo tan encantador como un funeral, Alexander —repliqué con suavidad, arqueando una ceja—. Supongo que algunas cosas nunca cambian.
El silencio que siguió fue sepulcral. Dimitri Volkov soltó una carcajada ronca, rompiendo la tensión, mientras Armando me lanzaba una mirada de advertencia que ignoré olímpicamente.
—Me gusta esta nueva actitud, Isabella —dijo Dimitri, observándome con ojos astutos—. Parece que el compromiso te ha sentado bien.
Durante la cena, Alexander no me quitó los ojos de encima. Era una mirada analítica, casi rapaz. Me sentía como un microbio bajo un microscopio. Cada vez que yo hablaba, cada vez que tomaba un sorbo de agua o movía los cubiertos con la delicadeza que me había enseñado Isabella, sentía su sospecha creciendo.
—Dime, Isabella —intervino Alexander de repente, dejando su copa de vino sobre la mesa sin dejar de mirarme—, ¿dónde está tu inseparable novio? Ese... ¿cómo se llamaba? ¿Felipe? Me sorprende que no lo hayas traído escondido en el maletero de tu auto.
Sentí una punzada de nerviosismo, pero mi máscara no flaqueó.
—Felipe es parte de un pasado que ya no me interesa, Alexander —mentí, manteniendo mi voz firme—. Ahora tengo asuntos más... importantes que atender. Como este contrato que firmaremos. Al fin y al cabo, ambos estamos aquí por lo mismo, ¿no es así? Dinero y legado. No pretendamos que hay algo más.
Alexander se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros. Podía oler su perfume: una mezcla de sándalo y peligro.
—Te ves igual, Isabella —susurró, tan bajo que solo yo pude escucharlo—, pero tus ojos... tus ojos no saben mentir tan bien como tu boca. Hay algo diferente en ti esta noche, y voy a descubrir qué es antes de que seque la tinta de nuestra firma.
—Buena suerte con eso —le devolví el susurro, acercándome un poco más, desafiando la gravedad de su presencia—. A lo mejor descubres que no me conocías tan bien como creías.
El primer encuentro fue una guerra declarada. Alexander esperaba a una niña caprichosa y se encontró con una mujer que le sostenía el pulso.
Mientras los padres brindaban por la unión de las empresas, entre nosotros dos se había sellado un pacto de sospecha y una atracción peligrosa que amenazaba con quemarnos a ambos.
Esa noche, cuando Alexander se despidió rozando mis dedos con su mano fría, supe que mi mayor desafío no sería fingir ser Isabella ante el mundo, sino evitar que Alexander Volkov descubriera el corazón de Elena que latía con fuerza tras la seda negra de mi vestido.
Punto de vista de Alexander
Observé mi reflejo en el espejo mientras ajustaba el nudo de mi corbata de seda. Mi rostro no revelaba nada, una máscara perfecta de indiferencia que me había tomado años perfeccionar, pero por dentro, la rabia bullía como ácido.
Tener que casarme con Isabella Castillo era la mayor humillación que mi abuelo me había infligido jamás.
Durante años, me esforcé por limpiar el apellido Volkov de las manchas del pasado, por convertir el holding en un imperio de eficiencia y pulcritud. Y ahora, por un capricho de Dimitri y un contrato que olía a secretos viejos, me veía obligado a unir mi vida a la de una mujer que personificaba todo lo que yo despreciaba: superficialidad, escándalos y una falta total de dignidad.
—Es un mal necesario, Alexander —me había dicho mi abuelo esa misma mañana.
—Un mal necesario sería una crisis financiera, abuelo. Esto es un suicidio reputacional —le respondí.
Conocía a Isabella de sobra. La recordaba en las fiestas benéficas, siempre con una copa de más, riendo demasiado fuerte, vestida con harapos de diseñador que dejaban poco a la imaginación y rodeada de parásitos que se hacían llamar sus amigos. Era una mujer que vivía para la mirada ajena, vacía como una habitación sin muebles.
Y ahora, tendría que ver esa cara todos los días.
Tendría que compartir mi nombre con alguien que lo arrastraría por el fango de la prensa rosa.
Subí al auto y el trayecto hacia la mansión Castillo se me hizo eterno. Cada kilómetro era un clavo más en el ataúd de mi libertad. Me prometí a mí mismo que este matrimonio sería estrictamente administrativo. No tocaría a esa mujer, no compartiría más tiempo con ella que el estrictamente necesario para las fotos oficiales, y en cuanto el contrato de un año venciera, la sacaría de mi vida con la misma frialdad con la que se desecha un activo tóxico.
—Llegamos, señor —anunció el chofer.
Bajé del auto y sentí el aire pesado de la propiedad de los Castillo. Todo en ese lugar gritaba "dinero viejo" y desesperación encubierta. Sabía que Armando Castillo estaba en la ruina y que estaba vendiendo a su hija al mejor postor. Lo que no entendía era por qué mi abuelo estaba tan ansioso por comprarla.
Entré a la mansión con la mandíbula tensa, listo para enfrentar las risitas tontas de Isabella y las adulaciones falsas de sus padres. Estaba preparado para el veneno, para el aburrimiento, para la náusea.
Pero cuando entré al comedor y mis ojos se encontraron con los de ella, algo no encajó.
Isabella estaba allí, sí. Llevaba ese vestido negro que marcaba sus curvas, pero había algo en su postura que no reconocía. No estaba encorvada por el alcohol ni tenía esa mirada errática de quien busca atención. Estaba sentada como una estatua de porcelana, con una elegancia gélida que me golpeó de frente.
Y sus ojos...
Sus ojos siempre habían sido dos pozos de ambición y vacío. Pero esta noche, mientras me sostenía la mirada sin parpadear, vi una profundidad que me descolocó. Había una tristeza altiva, una chispa de inteligencia que nunca antes había detectado.
¿Qué juego estás jugando ahora, Isabella?, pensé mientras sentía un extraño cosquilleo de alerta en la nuca.
Me senté frente a ella, decidido a despedazar su fachada con mi desprecio. Pero cuanto más la observaba, más me daba cuenta de que la mujer que tenía enfrente no era la niña tonta que yo recordaba. Y eso, lejos de tranquilizarme, me resultó infinitamente más peligroso.
ojalá no bajen la Guardia