Daniela perdió a su madre a la edad de 3 años, su padre se vuelve a casar y le da una perversa madrastra que la maltrata y encierra en el sótano, sótano que guarda grandes secretos.
Acompáñame en mi nueva historia, que sé que será de su agrado.
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UN AMOR INCONDICIONAL
\*\*\*\*\*\*\* **LAUREANO**
Laureano llevaba en su alma una historia de amor silencioso, profundo y eterno, de esas que no necesitan palabras ni promesas, porque se graban a fuego en el corazón y duran toda la vida.
Desde muy joven, cuando apenas empezaba a abrirse camino en el mundo de los negocios y las leyes, conoció a Mariela. Ella era entonces una mujer joven, brillante, hermosa, llena de fuerza y de inteligencia, destinada a grandes cosas. Desde el primer instante en que sus miradas se cruzaron, Laureano supo que su destino quedaba ligado a ella para siempre. Amó solo una vez, y esa mujer fue Mariela. Fue su único amor, su sueño, su inspiración y el centro de todo su universo.
Pero el destino, que a veces es cruel con los sentimientos más puros, tenía otros planes. Mariela, aunque valoraba y quería a Laureano con toda su alma, lo veía solo como su mejor amigo, su confidente, su hermano de vida, y terminó eligiendo a César para compartir su camino. Se casaron, y poco tiempo después, Mariela quedó embarazada de su única hija: Daniela.
Ese fue el golpe más duro que Laureano tuvo que soportar. Al saber la noticia, su corazón se rompió en mil pedazos, porque comprendió definitivamente que ella nunca sería suya, que su lugar estaba al lado de otro hombre. Sin embargo, su amor era tan grande, tan noble y desinteresado, que nunca sintió rencor ni odio. Al contrario, su cariño por ella y por la pequeña que venía en camino se hizo más fuerte aún.
Juró en lo más profundo de su ser que nunca volvería a amar a nadie. Su corazón le pertenecía por completo a Mariela, y nadie más podría ocupar ese lugar sagrado. Se mantuvo soltero toda su vida, rechazando cualquier oportunidad de formar una familia o de enamorarse de otra mujer, porque para él, el amor solo existía en la figura de ella.
Pero hizo otro juramento, aún más importante y sagrado: "Protegeré a Mariela a la distancia, cuidaré de ella, de su nombre y de todo lo que es suyo. Y si algún día ella llegara a faltar, seré yo quien ocupe su lugar, quien sea un verdadero padre para su hija, y quien le dé todo lo que ella no pueda darle desde el cielo."
Y así lo hizo. Durante años, estuvo siempre ahí, a su lado, invisible para muchos, pero fundamental para todo. Fue su mano derecha, su consejero más fiel, el guardián de su fortuna y de su vida. Admiraba cómo ella construía su imperio, cómo ayudaba a los demás, cómo era grande y noble, y se sentía orgulloso de servirla. Cuando nació Daniela, fue el hombre más feliz del mundo; la tomó en sus brazos, la miró a los ojos y supo que esa niña era ahora su tesoro más preciado, la extensión de la mujer que amaba, y por quien daría la vida sin dudarlo.
Cuando ocurrió aquel trágico accidente, cuando la noticia llegó de que Mariela ya no estaba entre los vivos, el mundo de Laureano se detuvo. Lloró en silencio, en la soledad de su despacho, desgarrado por el dolor, pero se secó las lágrimas muy pronto. Recordó su promesa. Recordó que ella le había confiado lo más grande que tenía: su hija.
Desde ese día, Laureano tomó el mando. Mantuvo su puesto como administrador de todos los bienes, empresas y propiedades, tal como Mariela lo había dejado estipulado, para que nada cambiara y todo estuviera seguro. Creyó ciegamente en César al principio, porque era el padre, porque era el marido, y porque nunca imaginó la maldad que se escondía en su corazón. Recibía las cartas, los informes falsos que Renata redactaba y César firmaba, donde le decían que Daniela crecía feliz, rodeada de lujos y cariño, y él, queriendo creer que el sufrimiento de la pérdida fuera aliviado por una niña feliz, se lo creyó.
Mientras tanto, él multiplicaba la fortuna día y noche, hacía crecer el imperio, protegía cada centavo, cada acción, cada título, pensando siempre: "Todo esto es para ti, mi niña. Todo esto lo guardo para cuando seas grande, tal como tu madre hubiera querido." Vivía solo, trabajaba solo, amaba el recuerdo de Mariela solo, y su única razón de vivir era cumplir su promesa.
Hasta que llegó la carta. Aquellas páginas escritas con letra firme, contando la verdad aterradora: el abandono, el encierro, el frío, el olvido. Al leerla, Laureano sintió que le faltaba el aire, que la culpa lo ahogaba: "¡Fui un ciego! ¡Fui un necio! ¡Dejé que sufriera, yo que debía ser su escudo!". Pero enseguida, la culpa se transformó en furia y en determinación. Mariela, desde el cielo, le pedía justicia. Su ahijada, su hija de corazón, le pedía ayuda.
Y fue entonces cuando se convirtió en el aliado más poderoso. Buscó a Sofía, la niña que también había salvado por pura bondad y porque veía en ella la inocencia que Mariela tanto defendía. Organizó todo, movió hilos, preparó documentos, contactó a las mejores autoridades, y apoyó el plan de Daniela con todas sus fuerzas.
Cuando finalmente llegó el día del regreso triunfal, cuando vio a Daniela convertida en mujer, fuerte, hermosa, digna de su madre, Laureano lloró de emoción y de orgullo. Al verla, veía a Mariela. Al escucharla, escuchaba su voz. Y al saber que había logrado salvarla, protegerla y devolverle su lugar, sintió que por fin había cumplido con el juramento que hizo toda su vida atrás.
—Amé a tu madre una sola vez, y fue para siempre —le dijo un día, mirándola a los ojos con amor infinito—. Y aunque ella ya no está, mi amor pasó de ella a ti. Yo no tengo hijos, ni familia, ni otro amor en este mundo. Pero tú, Daniela, eres mi vida, eres mi tesoro, eres el regalo que ella me dejó para que yo no estuviera nunca solo.
Laureano vivió el resto de sus días al lado de ella, de Javier, de sus nietos, de Sofía y de todos los que amaban a Mariela. Fue el padre que Daniela necesitó, el abuelo adorado, el sabio consejero. Y siempre, cada noche, antes de dormir, miraba una pequeña fotografía antigua que guardaba en su pecho, la imagen de la mujer que amó eternamente, y le susurraba bajito:
"Ya ves, mi amor. La protegí. La cuidé. Y cumplí mi palabra. Tu hija es grande, es libre, es feliz. Puedes estar tranquila, Mariela... nuestro legado está a salvo."
Ella misma les puso la trampa y tanto Alvaro como Mirian cayeron
Pobre Javier, todo lo que sufrió, por suerte volvió Daniela
Ojalá Alvaro también pague