A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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El enfrentamiento con Alicia
Diego seguía inmóvil frente al cristal, con la mirada perdida en los monitores que dictaban el ritmo de la vida de Ana Sofía. La revelación de la existencia de la niña lo había dejado en un estado de shock absoluto; el hombre de negocios implacable había desaparecido, dejando en su lugar a un hombre aterrado por su propia ignorancia.
—¿Diego? ¿Qué haces aquí? —una voz cargada de sorpresa lo sacó de su ensimismamiento.
Era Alicia. Su hermana caminaba por el pasillo con un ramo de flores frescas y una bolsa con comida. Al ver a Diego frente a la unidad de cuidados intensivos pediátricos, su rostro se transfiguró en una máscara de pánico.
—Alicia... —logró decir Diego, con la voz rota—. ¿Qué haces tú aquí?
Alicia soltó un suspiro tembloroso y dejó las flores sobre una silla del pasillo. Miró a la pequeña Ana a través del cristal con una ternura infinita antes de volver la vista a su hermano.
—Vine a ver a mi sobrina de corazón, Diego. Giselle me hizo jurar que no te diría nada —confesó ella, bajando la mirada—. No quería que nadie en la clínica supiera de la niña, especialmente tú. Tenía miedo de que pensaras que usaría a su hija para aferrarse a su puesto o para dar lástima.
—¿Tú lo sabías? —preguntó él, ignorando el dolor que le causaba saber que su propia hermana le había ocultado algo así—. ¿Sabías que Giselle estaba pasando por este infierno sola?
—Giselle es muy orgullosa. En el extranjero la ayudé en lo que ella me permitía, pero su discurso siempre era el mismo: «Yo puedo, amiga; no quiero que tu familia piense que me aprovecho de ti». Diego, ella ha pasado hambre para que esa niña tuviera los mejores cuidados. Ha trabajado turnos de veinte horas y ha ocultado su dolor tras esa máscara de frialdad que tú tanto criticas. No quería que nadie la viera como una mujer débil, mucho menos el hombre que la despidió sin pestañear.
Diego sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Miró de nuevo a la pequeña Ana Sofía. Alicia la quería como a una sobrina por su amistad con Giselle, pero él... él sentía algo mucho más profundo, un tirón en el pecho que no podía explicar.
—Giselle colapsó —dijo Diego con un hilo de voz—. Está en una habitación, un par de pasillos más allá. Se desmayó justo después de decirme que Ana es su hija.
Alicia lo tomó del brazo, con los ojos llenos de lágrimas.
—Entonces ve con ella, Diego. Pero no vayas como su jefe. Ve como un ser humano. Ella ha llevado este peso sola durante cuatro años. No permitas que pase un minuto más creyendo que está desamparada.
—Le he hecho cosas horribles... —admitió él, bajando la cabeza—. Esta mañana la obligué a firmar nuestra acta de matrimonio. Pensé que aceptaba por mi dinero y ahora veo lo equivocado que estaba.
—¡Qué hiciste qué! —exclamó Alicia, indignada.
—Yo pensé que era una oportunista, que solo buscaba nuestra fortuna.
—Eres un idiota. Giselle es la mujer más valerosa que jamás vas a encontrar —Alicia estaba furiosa. A pesar de su edad, su hermano seguía comportándose con una arrogancia ciega, pero esta vez su error le costaría la única mujer que realmente valía la pena—. Ve ahora mismo a esa habitación y arregla este desastre.
Diego asintió, pero no se movió de inmediato. Se quedó observando el pequeño rostro de Ana Sofía. La niña movió una mano y, por un segundo, él creyó ver en sus rasgos un eco de su propia infancia; algo que Alicia no sospechaba, pero que a él le gritaba la verdad en cada latido, haciéndolo sentir aún más miserable.
El anillo en su bolsillo parecía pesar una tonelada. Cuatro años, pensó. La cuenta era exacta. La noche del hotel, la desaparición de ella, y ahora esta niña luchando por vivir.
—Ve, Diego —insistió Alicia—. Yo me quedaré aquí con Ana.
Diego se dio la vuelta y caminó hacia la habitación de Giselle. La farsa del matrimonio por contrato ahora se sentía como una burla cruel. Entraría en esa habitación no para reclamar a una esposa, sino para buscar el perdón de la madre de su hija.
Mientras Diego caminaba hacia la habitación de Giselle, su mente trabajaba a una velocidad frenética. Ya no era el hombre que buscaba una transacción; era un hombre tratando de comprar el perdón de su propia conciencia. Antes de entrar, interceptó al director médico en el pasillo.
—Quiero a Ana Sofía Sandoval en la suite presidencial de pediatría ahora mismo —ordenó Diego con una frialdad que ocultaba su desesperación—. Traigan al doctor Harrison de Houston, que preparen el avión privado si es necesario. No escatimen en nada. Si un solo monitor falla, este hospital cerrará sus puertas mañana.
—Señor Alcázar, la niña está estable dentro de su gravedad, moverla ahora... —intentó explicar el médico, pero Diego lo cortó con una mirada letal.
—Hágalo. Es mi... es una orden del esposo de la madre de la niña.
Diego se creía el dueño de todo, él no paraba ante nada ni nadie y ahora que creía ser el padre de ana Sofía movería cielo y tierra por su bienestar.
tenías que aclarar de una vez la situación.😖😤
ganas de ahogarse en un vaso con agua🤔
algo se deschabetó aquí 🤷🏼♀️