Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No eres mi prioridad
Damien
El silencio es necesario.
No opcional.
Necesario.
La pantalla frente a mí está dividida en seis ventanas. Seis rostros. Seis puntos clave de una organización que no puede permitirse errores.
—Repítelo —digo, apoyando los dedos sobre el escritorio.
—La ruta del Pacífico está limpia —responde uno de ellos—. Sin interferencias en los últimos tres envíos.
—Eso no significa que lo esté —corrijo—. Significa que aún no han decidido atacarla.
Silencio.
Bien.
—Ajusta los tiempos —continúo—. Quiero variación en cada salida. No repitan patrones.
—Entendido.
Cambio de pantalla.
Mapas.
Coordenadas.
—Nueva York —digo—. ¿Estado?
—Controlado —responde otra voz—. Pero hay movimiento extraño en el puerto.
—¿Quién?
—Aún no lo sabemos.
—Entonces no está controlado.
Mi tono baja.
Más frío.
Más claro.
—Quiero nombres antes de que termine el día.
—Sí.
Me recuesto apenas en la silla, observando cada uno de ellos.
—Escuchen bien —añado—. No estamos creciendo para ser visibles. Estamos creciendo para ser intocables.
Silencio absoluto.
Como debe ser.
—Y si alguien falla...
No termino la frase.
No hace falta.
Todos lo saben.
Siempre lo saben.
—Continuamos —digo, volviendo a la pantalla principal—. Hong Kong—
La puerta se abre.
Sin aviso.
Sin permiso.
Sin cuidado.
No giro de inmediato.
Pero mi mandíbula se tensa.
—¿Quién...— comienza uno de ellos.
Levanto la mano.
Silencio.
Ahora sí giro.
Rachell.
De pie en la entrada.
Como si nada.
Como si no acabara de romper la única regla que no se rompe.
No interrumpir.
—Tenemos una cena —dice, caminando dentro como si esto fuera irrelevante—. Hong Kong. Esta noche.
La miro.
No hablo.
—Reunión con inversionistas —continúa—. Es importante.
Uno de los hombres en la pantalla carraspea.
—¿Deberíamos...?
Cierro la laptop.
De golpe.
El sonido corta el aire.
El silencio que sigue...
Es pesado.
Peligroso.
Me levanto lentamente.
—Salgan —digo sin mirarla.
Nadie responde.
No están aquí.
Pero igual entienden.
La llamada está terminada.
Ahora solo estamos ella y yo.
—No vuelvas a hacer eso.
Mi voz es baja.
Controlada.
Pero no tranquila.
Ella no retrocede.
—No voy a pedir permiso en mi propia casa.
La frase cae directa.
Sin miedo.
Sin filtro.
La observo unos segundos.
Luego camino hacia ella.
Lento.
—Entonces acostúmbrate a las consecuencias.
Silencio.
Se acerca también.
No se aparta.
No duda.
—No me amenazas.
—No —respondo, deteniéndome a centímetros—. Te informo.
Sus ojos brillan.
Desafiantes.
—No eres nadie para decirme qué hacer.
Una sonrisa sin humor cruza mi rostro.
—Y tú no eres nadie para interrumpirme.
—Lo acabo de hacer.
—Y lo pagarás.
—Inténtalo.
El aire se corta.
La tensión sube.
—Eres impulsiva —digo—. Irrespetuosa. Imprudente.
—Y tú eres un obsesivo del control.
—Porque funciona.
—Porque no sabes hacer otra cosa.
—Porque tú no sabes seguir órdenes.
—No las sigo.
—Eso se nota.
Silencio.
Nos miramos.
Demasiado cerca.
Demasiado conscientes.
—No vuelvas a entrar aquí así —añado.
—Entraré donde quiera.
—No en mis espacios.
—Todo aquí es mío.
—Ahora es nuestro.
Eso la hace tensarse.
—No contigo.
—Ya lo estás.
La ira cruza su rostro.
Rápida.
Peligrosa.
—Eres insoportable.
—Y tú un problema constante.
—Entonces resuélvelo.
—Lo haré.
—Hazlo a ver si así dejas de ser una perra insoportable
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
El jarrón vuela.
Directo hacia mí.
Reacción inmediata.
Lo atrapo antes de que impacte.
El cristal vibra en mis manos.
Silencio.
Pesado.
Lento dejo el jarrón sobre la mesa.
Levanto la mirada.
Ella no se mueve.
No se arrepiente.
No duda.
Camino hacia ella.
Rápido.
Más rápido.
La distancia desaparece.
Mi mano se apoya contra la pared, justo al lado de su cabeza.
La encierro sin tocarla.
Pero lo suficiente.
—¿Eso fue lo mejor que tienes?
Mi voz es baja.
Muy baja.
Sus ojos no se apartan.
—Ni siquiera he empezado.
Su respiración es firme.
No hay miedo.
Nada.
Solo fuego.
—Deberías aprender a medir a quién enfrentas.
—Ya lo hice.
—¿Y?
—No me impresionas.
Eso me hace apretar la mandíbula.
Un segundo.
Dos.
Respiro.
Profundo.
Lento.
Me obligo a soltar la tensión.
No es el momento.
No aquí.
No así.
Me separo.
Un paso atrás.
Luego otro.
—¿La reunión? —pregunto finalmente.
—Hong Kong.
—¿Hora?
—Siete.
—¿Quiénes?
—Te enterarás.
La miro.
—No funciona así.
—Sí funciona.
—Conmigo no.
—Te adaptas.
—No lo hago.
—Empieza.
Silencio.
Otra vez.
—Te quiero en esa reunión —dice finalmente, girándose hacia la puerta—. Salimos a las siete.
Se detiene un segundo.
Sin mirarme.
—No llegues tarde.
Y se va.
La puerta se cierra.
El silencio vuelve.
Pero ya no es el mismo.
Miro la laptop cerrada.
Luego el jarrón.
Luego la puerta.
Una leve sonrisa aparece.
No por diversión.
Por reconocimiento.
Esto ya no es solo una convivencia.
Ni un contrato.
Es una guerra.
De control.
De territorio.
De poder.
Y ella...
No se va a rendir.
Perfecto.
Yo tampoco