En un mundo de depredadores, el hambre es más fuerte que el miedo."
En una sociedad regida por las Jerarquías de Oro, donde el aroma de un Alpha puede doblegar voluntades y los Omegas son meros accesorios de estatus, Fabiana Lagos ha decidido romper las reglas. Criada en la miseria asfixiante de "El Cinturón", Fabiana no busca amor ni redención; busca el poder que solo el dinero puede otorgar. Ella es una Omega recesiva: invisible para el radar de muchos, pero con una voluntad de hierro que compensa su biología "débil".
Su objetivo es Alessandra Volkov, conocida como la "Viuda de Hierro". Una Alpha Pura cuya sola presencia colapsa el sistema nervioso de quienes la rodean y cuyas finanzas mueven los hilos del mundo.
En este duelo de voluntades, la línea entre la ambición y la supervivencia se desdibuja.
¿Podrá Fabiana cobrar su cheque antes de que el sistema nervioso, su corazón se calcine bajo el toque de la Viuda de Hierro?
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Capítulo 4
El eco de la amenaza de Alessandra aún vibraba en las paredes de la habitación cuando la puerta se abrió con un clic suave. No era la Alpha. Entró una joven de uniforme impecable, con el cabello castaño recogido en un moño perfecto y una mirada que destilaba una amabilidad inusual en esa casa de fieras.
—Buenas noches, señorita Fabiana. Mi nombre es Maya —dijo la sirvienta, haciendo una pequeña reverencia. En sus manos sostenía una caja de madera de sándalo con el sello de la familia Volkov—. La señora Alessandra me ha pedido que le entregue esto. Dice que la espera en una hora. Quiere que use este "regalo" para ella.
Maya dejó la caja sobre la cama y se retiró con la misma discreción con la que había entrado. Fabiana se acercó lentamente. Al abrir la tapa, el aroma a cuero y perfume caro inundó sus sentidos. Dentro, descansaba un conjunto de lencería de seda y encaje de un rojo tan intenso que parecía sangre fresca bajo las luces de la habitación. Era una prenda diseñada no para cubrir, sino para exhibir; una armadura de seducción que gritaba poder.
Fabiana tomó la seda entre sus dedos. Una sonrisa gélida y ambiciosa se dibujó en sus labios.
—Rojo —susurró para sí misma—. El color de la guerra y de la fortuna pero sobre todo de la pasión.
Se miró al espejo mientras se desvestía de la bata negra. Sus ojos brillaban con una determinación oscura. Sabía que los rumores decían que ningún Omega sobrevivía a la marca de Alessandra, que sus feromonas eran un veneno que colapsaba el corazón de los débiles. Pero Fabiana no se sentía débil. Se sentía hambrienta.
—Máteme si quiere, señora Volkov —dijo al espejo mientras se ajustaba el liguero—, pero antes de que mi corazón se detenga, me habré asegurado de que su fortuna sea mía. Prefiero morir en estas sábanas de seda que volver a desayunar miseria en el Cinturón. Para mí, usted no es una mujer, es una cajera automática con el código de acceso más difícil del mundo. Y yo acabo de encontrar la combinación.
Una hora después, la puerta de la habitación se deslizó. El aire se volvió pesado instantáneamente. El aroma a ozono y tormenta de Alessandra precedía su entrada.
Fabiana no estaba asustada. Estaba recostada en la inmensa cama de dosel, apoyada sobre sus codos en una posición que acentuaba cada curva de su cuerpo bajo el encaje rojo. Su mirada era un desafío directo, una invitación al desastre.
Alessandra se detuvo al pie de la cama. Su mirada gris recorrió a Fabiana con una intensidad que parecía quemar la piel. La Alpha se despojó de su chaqueta, revelando sus hombros anchos y una presencia que llenaba cada rincón del cuarto.
—Veo que el rojo te sienta bien, pequeña rata —dijo Alessandra, su voz era un gruñido bajo y vibrante.
—El rojo es para que no se note si sangro, ¿no es así? —respondió Fabiana con un tono coqueto, estirando una mano hacia la Alpha.
Sin decir una palabra, Alessandra se lanzó sobre ella. No hubo delicadeza. El encuentro fue una colisión de poder y necesidad. Los labios de Alessandra se estrellaron contra los de Fabiana en un beso húmedo, hambriento, que sabía a posesión. Las lenguas se entrelazaron en una danza salvaje mientras las manos de la Alpha exploraban con dominancia absoluta.
Alessandra soltó un gruñido cuando Fabiana, en lugar de someterse, le devolvió la mordida en el labio inferior. La Alpha la giró bruscamente, presionándola contra el colchón, y una nalgada sonora resonó en la habitación, dejando una marca ardiente en la piel de la Omega.
—Eres insolente —jadeó Alessandra contra su oído, su aliento quemando la piel de Fabiana—. Todos los que estuvieron aquí antes que tú lloraron, suplicaron. Tú te ríes del peligro.
—Suplique usted, Alessandra —susurró Fabiana, arqueando la espalda cuando los dientes de la Alpha rozaron la base de su cuello—. Demuéstreme que su dinero vale este dolor.
El clímax del encuentro llegó cuando Alessandra, cegada por una mezcla de furia y deseo que nunca había experimentado, clavó sus colmillos en la glándula de aroma de Fabiana. Fue una explosión. La marca Alpha se hundió profundamente. Fabiana sintió como si un rayo atravesara su columna vertebral. Sus ojos se pusieron en blanco y sus uñas se clavaron en los hombros de Alessandra mientras el veneno de las feromonas puras inundaba su sistema.
Era el momento en que otros morían. El momento en que el sistema nervioso de un Omega normal se apagaba ante la presión de una Alpha Pura. Pero Fabiana, la Omega recesiva, la chica que odiaba su propia naturaleza, se aferró a su odio por la pobreza como a un ancla.
—No... voy... a... soltar... el... botín —logró pensar antes de que la oscuridad la reclamara.
A la mañana siguiente, el sol entró triunfante por los ventanales. Alessandra Volkov estaba de pie junto a la cama, ya vestida con un traje de seda gris, observando el cuerpo inmóvil de Fabiana. Esperaba llamar a los servicios de limpieza para retirar un cadáver más.
Pero entonces, los dedos de Fabiana se movieron.
La Omega abrió los ojos. Estaban inyectados en sangre y le dolía hasta el último hueso de su cuerpo, pero estaba viva. Se llevó una mano al cuello, donde una marca violácea y profunda gritaba la propiedad de Alessandra.
Alessandra no pudo ocultar su asombro. Su máscara de frialdad se agrietó por completo.
—Has sobrevivido —dijo Alessandra, su voz cargada de una fascinación casi religiosa—. Nadie... absolutamente nadie ha despertado después de una marca completa mía.
Fabiana se incorporó con dificultad, una sonrisa triunfante asomando en su rostro pálido.
—Le dije que el hambre duele más que sus dientes, señora Volkov. ¿Dónde está mi pago?
Alessandra sacó de su bolsillo una tarjeta negra, mate, con bordes de platino. La dejó sobre la mesita de noche.
—Esa tarjeta es ilimitada. Puedes comprarte el Cinturón entero si quieres. Tu dinero está asegurado. Pero... —Alessandra se inclinó, sus ojos brillando con una nueva ambición—, ahora que sé que tu cuerpo puede soportarme, los planes han cambiado.
Fabiana tomó la tarjeta, sintiendo el frío del metal.
—¿Qué condiciones tiene, mi "cajera automática"?
—Necesito un heredero —soltó Alessandra sin anestesia—. Mi imperio no puede caer en manos de mis enemigos. He intentado con docenas de Omegas de "alta cuna" y todas han muerto antes de la concepción. Tú eres diferente. Tu genética recesiva es el escudo que buscaba. Te propongo un contrato nuevo: dame un hijo, un heredero de mi sangre que herede tu resistencia, y te daré una fortuna que ni en mil vidas podrías gastar. Serás la mujer más rica del mundo, después de mí.
Fabiana miró la tarjeta negra y luego la marca en su cuello. El poder estaba a su alcance.
—Déjeme pensarlo —dijo Fabiana, ocultando su emoción tras una máscara de frialdad—. No soy una incubadora barata.
—Tienes dos días —sentenció Alessandra—. Mi asistente te llevará los documentos legales. Si firmas, no habrá vuelta atrás.
Mientras tanto, en el otro lado de la ciudad, en un bufete de abogados que parecía un palacio de cristal, Victoria Thorne miraba por la ventana. La Alpha de 35 años, de cabello plateado y elegancia letal, no podía quitarse de la cabeza la imagen de la estudiante que la había humillado en la biblioteca.
Victoria provenía de una dinastía de juristas que habían servido a los Volkov por generaciones. Ella y Alessandra habían crecido juntas, compitiendo en todo. Pero Victoria nunca había sentido este tipo de obsesión.
—Lucía Lagos —susurró Victoria, saboreando el nombre como un vino caro—. Una Omega pura que no se vende. Qué concepto tan pintoresco.
Victoria llamó a su secretaria por el intercomunicador.
—Busca todo sobre Lucía Lagos. Universidad, dirección, horarios. Y averigua quiénes son sus padres. Quiero saber exactamente qué fibra tocar para que esa pequeña abogada se arrodille ante mí. No porque la obligue... sino porque no tenga otra opción.
Victoria no sabía que Lucía era la hermana de la mujer que dormía en la cama de su mejor amiga. No sabía que el pasado de Elena Lagos estaba a punto de unir a estas cuatro mujeres en una red de mentiras y pasión que amenazaba con destruir el orden establecido.
En la mansión, Fabiana caminaba hacia el espejo. Se tocó la marca del cuello. Sabía que aceptar el trato del heredero era vender su cuerpo por completo, pero al mirar la tarjeta negra sobre la mesa, su mente solo repetía una frase:
"Pobre... ni muerta".
Continuará... ✨
Lucia Lagos 💘
Victoria Thorne 🖤