El agua no solo está subiendo… está “vivo” de alguna forma.
A veces no ataca directamente, pero se comporta de manera antinatural, como si siguiera a las personas, como si eligiera y empezará a crear consciencia.
Nadie sabe si es un fenómeno natural… o algo más, algo que se esconde en lo más profundo.
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El pequeño gran error
El alivio duró menos de lo que cualquiera hubiera querido admitir.
Durante un breve momento, el edificio pareció ofrecer algo parecido a seguridad. Las personas comían en silencio, organizaban las pocas provisiones y trataban de recuperar fuerzas sin pensar demasiado en lo que había quedado atrás. Pero ese tipo de calma no pertenecía a ese mundo que comenzaba a formarse afuera.
Y como todo lo que no pertenece… no dura.
Valeria no dejó de observar, no al agua, no esta vez, sino al hombre.
Estaba sentado a unos metros, con la mochila entre las piernas, los brazos apoyados sobre ella como si la protegiera. No hablaba con nadie, no comía, no descansaba realmente. Solo… vigilaba.
Demasiado tenso, demasiado alerta. Valeria lo había visto antes. No el gesto exacto, pero sí la intención, así actuaba alguien que estaba escondiendo algo, algo importante o algo peligroso.
Tomás seguía a su lado, más callado de lo habitual, mirando a ratos hacia la entrada, a ratos hacia el interior del edificio, como si algo invisible lo inquietara.
—Quédate aquí —le dijo Valeria en voz baja.
El niño asintió, pero no parecía convencido.
Valeria se levantó y caminó hacia el hombre sin apresurarse, sin llamar demasiado la atención. No quería generar otra tensión en el grupo, no todavía.
Se detuvo frente a él.
—Necesitamos revisar todo lo que tenemos —dijo con calma—. Para saber cuánto tiempo podemos quedarnos.
El hombre no respondió de inmediato, apretó la mochila un poco más contra su pecho.
—Ya revisaron suficiente.
Valeria inclinó ligeramente la cabeza.
—Todos estamos compartiendo.
—Yo no.
La respuesta fue directa, seca y peligrosa.
Varias personas cercanas levantaron la mirada, Mateo también lo notó y comenzó a acercarse.
—No es momento para eso —dijo—. Si tienes algo útil, se pone con lo demás.
El hombre negó.
—No.
El ambiente cambió al instante, el aire se volvió más pesado, más tenso, más frágil.
—No entiendes —continuó él, con un tono extraño, casi desesperado—. Esto… esto no es para compartir.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Entonces para qué es?
El hombre dudó y ese fue el error. Porque en ese pequeño silencio… algo dentro de la mochila se movió.
No fue fuerte, no fue evidente, pero fue real. Valeria lo vio y Mateo también.
—Abre la mochila —ordenó, más firme.
El hombre retrocedió un poco, como si quisiera protegerla con el cuerpo.
—No.
—Ábrela.
—No.
El grupo comenzó a acercarse rodeandolos lentamente, formando un círculo de tensión que ya no podía romperse con palabras suaves.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó alguien.
El hombre respiró más rápido, sus manos temblaban.
—Lo encontré… en el agua —dijo finalmente.
El silencio cayó de golpe.
—¿Qué cosa? —preguntó Valeria, sintiendo que el corazón le golpeaba el pecho.
El hombre levantó la mirada y por primera vez… había miedo real en sus ojos.
—No estaba muerto.
Nadie entendió de inmediato, hasta que él abrió la mochila, el olor fue lo primero.
Húmedo. Denso. Incorrecto. Luego… El movimiento. Algo pequeño. Cubierto con una fina capa de agua. Enrollado sobre sí mismo. Pero no era un objeto. No era un animal normal. Parecía… una forma incompleta. Carne pálida. Sin rasgos claros. Como si no estuviera terminada su forma final. Como si el agua la hubiera moldeado mal. Se movió. Un movimiento lento. Y entonces… Emitió un sonido.
No fue un grito, tampoco un llanto. Era más como algo intermedio. Algo que no debería existir.
—¿Qué es eso? —susurró alguien, retrocediendo.
Mateo dio un paso atrás.
—Eso no debió salir del agua.
El hombre negó, desesperado.
—¡Estaba vivo! ¡Lo estaba! No podía dejarlo ahí.
—Eso no está vivo como tú crees —respondió Mateo.
La cosa se movió otra vez, más fuerte, como si reaccionara a las voces, como si escuchara. Tomás se levantó de golpe.
—Mamá…
Valeria no podía apartar la mirada.
—Eso no es bueno —susurró el niño.
Y en ese instante… La cosa abrió algo parecido a una boca, no completamente formada, pero lo suficiente y gritó.
El sonido atravesó el lugar, agudo, irregular, profundo y el agua en la entrada… respondió.
El nivel subió de golpe contra la puerta, un impacto seco, fuerte, todos se sobresaltaron.
—No… —murmuró Mateo—. No, no, no…
Otro golpe, más fuerte, el agua comenzó a filtrarse por debajo, más rápido que antes.
—¡Cierren todo! —gritó alguien.
Pero ya era tarde, la criatura volvió a emitir ese sonido y esta vez… el agua no solo respondió, se agitó.
El hombre intentó cerrar la mochila, demasiado tarde, la cosa deforme se movió con más fuerza, como si quisiera salir.
—¡Lo está llamando! —gritó Mateo—. ¡Tenemos que salir ya!
—¡¿Salir a dónde?! —respondió alguien.
—¡A donde sea, pero lejos de eso!
Valeria reaccionó, tomó la mano de Tomás.
—Nos vamos.
No dudó, no miró atrás, no esperó a nadie, porque entendió algo muy clave.
Ese lugar ya no era un refugio, era una trampa, un lugar donde el cazador iba a cazar a sus presas.
El grupo se desorganizó en segundos, gritos, empujones, mochilas cayendo.
Personas corriendo hacia la salida mientras el agua comenzaba a entrar con más fuerza, como si hubiera estado esperando esa señal.
El hombre de la mochila gritaba, mientras más lágrimas caían por sus mejillas.
—¡No quería esto! ¡No sabía!
Pero nadie lo escuchaba, o peor aún, nadie quería escucharlo.
Valeria salió junto con los demás, el agua golpeó otra vez sus piernas, fría, pesada, viva, pero esta vez era diferente, más agresiva, más rápida. Todos sintieron como si algo pasara justo en el medio, abriéndose paso entre todos, para entrar al edificio. Por un breve momento todos sentían como si estuvieran frente a un gran oleaje en la playa,
Justo entonces, detrás de ellos, dentro del edificio… el sonido de la criatura se mezcló con el del agua.
Y algo más, algo grande, moviéndose, respondiendo a aquello que parecía el llanto de un bebé, era como si un padre estuviera tratando de defender a su cría.
Tomás apretó la mano de su madre mientras intentaba avanzar.
—Ahora sí está enojado.
Valeria no preguntó, no necesitaba hacerlo y mientras el grupo se alejaba… Aquello que hasta hace unos minutos había servido de refugio quedaba atrás, tomado, invadido, consumido.
Nada se quedaba quieto, nada era seguro y ahora lo sabían, ya nadie podía dudar de esa verdad tan evidente.