Novela no apta para 🔞🔞🔞
"Cinco años de silencio no fueron suficientes para apagar el fuego."
Mía es la heredera perfecta; Julián, el hombre que ella traicionó cuando él no tenía nada. Ahora, él ha vuelto: es un abogado poderoso, letal y viene de la mano de la prima de Mía.
Atrapados en una red de mentiras, ella finge amar al mejor amigo de él mientras Julián la devora con la mirada en cada rincón de la mansión. Entre pasillos oscuros y encuentros prohibidos, el odio se mezcla con una pasión incontenible.
Las excusas se terminaron. Es hora de dejar de huir y matar las ganas, aunque el precio sea destruirlo todo.
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Capítulo 3: El rastro del pecado
Mía entró al salón principal a través de una de las puertas laterales, tratando de que el pánico no se reflejara en su rostro. Sus pulmones ardían y sentía un calor abrasador subiéndole por el pecho. Se detuvo un segundo frente a un espejo de marco dorado en el pasillo, rezando para que su reflejo no la traicionara. Sus labios estaban más rojos de lo normal, ligeramente hinchados por la fuerza de los besos de Julián, y sus ojos tenían un brillo salvaje, una mirada de mujer despierta que nunca antes había tenido.
Con manos temblorosas, se alisó la falda del vestido perla. Podía sentir el rastro de los dedos de Julián en su piel, como si la hubiera marcado con fuego invisible.
—¡Mía! Por Dios, ¿dónde te habías metido? —La voz de Marcos la hizo saltar.
Él apareció al final del pasillo, con la corbata un poco floja y una expresión de alivio que a ella le revolvió el estómago. Se acercó a ella y le tomó las manos. Estaban frías, en contraste con el incendio que Mía sentía por dentro.
—Me sentí mareada, Marcos. Solo necesitaba un poco de aire fresco —mintió ella, bajando la mirada para que él no viera la culpa en sus pupilas.
—Estás pálida, amor. Déjame buscarte algo de beber —dijo él, depositando un beso casto y suave en su mejilla.
Mía tuvo que contener una mueca de asco. El beso de Marcos se sentía como nada, como aire vacío, comparado con la tormenta de lengua y dientes que acababa de experimentar con Julián. El contraste era humillante. Mientras Marcos la guiaba de regreso a la pista de baile, ella solo podía pensar en que hace apenas unos minutos estaba siendo devorada contra una columna de piedra por el hombre que se suponía debía odiar.
Al llegar al centro del salón, la música había cambiado a un bolero lento y sensual. Y entonces, los vio.
Julián y Vanessa estaban allí, ya instalados en una de las mesas VIP, justo al lado de la de su padre. Julián se veía impecable, como si no hubiera pasado los últimos diez minutos pecando en la oscuridad. Tenía un vaso de whisky en la mano y escuchaba a Vanessa con una inclinación de cabeza elegante, pero en cuanto Mía entró en su campo de visión, sus ojos se fijaron en ella.
No fue una mirada discreta. Fue una inspección lenta, de arriba abajo, que decía: "Sé exactamente lo que sientes entre las piernas ahora mismo".
—¡Mía, Marcos! Vengan con nosotros —exclamó Vanessa, agitando la mano con esa alegría superficial que siempre la caracterizaba—. Julián estaba diciendo que tiene mucha sed, ¿verdad, amor?
Julián arqueó una ceja, su sonrisa era una línea fina y peligrosa.
—Una sed que parece no saciarse con nada, Vanessa —respondió él, su voz profunda resonando en el pecho de Mía—. Aunque el aire del jardín ayuda a aclarar las ideas, ¿no te parece, Mía?
Mía se sentó frente a él, sintiendo que las piernas le fallaban. La mesa era redonda, lo que significaba que sus rodillas estaban peligrosamente cerca de las de él por debajo del mantel. Marcos, ajeno a todo, pidió una botella de vino para la mesa.
—¿Te pasó algo en el jardín? —preguntó Vanessa, mirando el cabello de Mía con sospecha—. Tienes un mechón suelto y el vestido parece... arrugado aquí.
Vanessa extendió la mano hacia el hombro de Mía, pero Julián fue más rápido.
—Es el viento, Vanessa. Está empezando a soplar fuerte afuera —intervino él, estirando su propio brazo para rozar "accidentalmente" el cuello de Mía mientras simulaba acomodar una de las flores del centro de mesa—. A veces, una ráfaga inesperada puede desordenarlo todo en un segundo.
El roce de los dedos de Julián en la base de su oreja hizo que Mía soltara un jadeo que intentó disfrazar con una tos. Él no retiró la mano de inmediato; dejó que sus yemas acariciaran la piel sensible un segundo más de lo necesario, un recordatorio silencioso de que él era el dueño de ese rastro de calor.
—¿Estás bien, Mía? —preguntó Marcos, poniendo una mano en su espalda—. Estás muy tensa.
—Estoy bien, de verdad. Solo... es el cansancio de la boda —logró decir ella, tomando un sorbo largo de vino para tratar de pasar el nudo en su garganta.
La cena transcurrió como una tortura china. Mía intentaba mantener una conversación trivial con su prima sobre los preparativos de la boda, pero Julián no le daba tregua. Por debajo de la mesa, Mía sintió un contacto repentino. El zapato de Julián se deslizó contra el suyo. Primero fue un roce suave, casi imperceptible, pero luego se volvió constante.
Él empezó a subir. La punta de su calzado de cuero caro acarició su tobillo, subiendo por su pantorrilla con una lentitud desesperante. Mía apretó los muslos, tratando de ignorar la corriente eléctrica que la recorría. Miró a Julián, esperando encontrar alguna señal de distracción, pero él estaba hablando tranquilamente con Marcos sobre un caso legal reciente. Sin embargo, su pie seguía ascendiendo, presionando contra la parte interna de su rodilla, buscando el camino hacia arriba bajo la seda del vestido perla.
Mía sintió que iba a desmayarse de la tensión. Estaba allí, cenando con su prometido y su prima, mientras el amante del pasado la manoseaba descaradamente a la vista de todos, oculto solo por un mantel de lino blanco.
—El secreto de un buen contrato —decía Julián, con la voz tranquila y firme, mientras su pie presionaba ahora con más fuerza contra el muslo de Mía—, es saber cuándo apretar y cuándo dejar que la otra parte crea que tiene el control. Pero al final, siempre hay una cláusula de exclusividad que no se puede romper.
Mía cerró los ojos un instante, sintiendo cómo la humedad regresaba a su ropa interior. El descaro de él era infinito. Julián la estaba provocando, llevándola al límite frente a las dos personas que más daño podrían recibir de su traición.
De repente, Vanessa se levantó.
—Voy al tocador, ¿me acompañas, Mía? Necesito retocarme este labial, Julián me lo ha quitado casi todo con sus besos antes de entrar —dijo ella con una risita maliciosa.
Mía vio la oportunidad de escapar.
—Sí, claro. Vamos.
Se levantó tan rápido que casi tira la silla. Necesitaba salir de esa mesa, necesitaba alejarse de la bota de Julián y de su mirada depredadora. Al caminar hacia los baños tras Vanessa, Mía sintió la mirada de Julián clavada en su trasero, recorriendo cada movimiento de sus caderas. Sabía que él estaba disfrutando de su huida, que se alimentaba de su miedo y de su deseo.
Dentro del baño, frente a los grandes espejos con luces de neón, Vanessa se pintaba los labios de ese rojo carmín tan vulgar.
—Es increíble, ¿verdad? —dijo Vanessa, mirándose al espejo—. Julián es... otra cosa. Nunca pensé que un hombre pudiera ser tan intenso. A veces me da miedo que me rompa en la cama, tiene una fuerza... no sé cómo explicarlo. Es como si siempre estuviera buscando cobrar una deuda.
Mía se lavó las manos con agua helada, tratando de que el temblor disminuyera. Escuchar los detalles de la intimidad de su prima con él era como recibir puñaladas en el vientre.
—Me alegro por ti, Vane —susurró Mía, evitando el espejo.
—¿Y Marcos? ¿Sigue siendo tan... caballeroso? —Vanessa soltó una risa burlona—. A veces pienso que necesitas un poco más de fuego en tu vida, primita. Estás muy apagada.
"Si supieras", pensó Mía, mientras el recuerdo de la lengua de Julián en su cuello la hacía estremecer de nuevo.
Cuando salieron del baño, Vanessa se adelantó para saludar a unos conocidos en la pista de baile. Mía se quedó rezagada, caminando por el pasillo que llevaba de vuelta al salón, cuando una mano fuerte la tomó del brazo y la empujó hacia un pequeño reservado oculto tras unas cortinas de terciopelo.
Era él. Otra vez.
Julián la acorraló contra la pared, su cuerpo bloqueando cualquier salida. Sus rostros estaban tan cerca que Mía podía ver las motas doradas en sus ojos oscuros.
—¿Te gustó el juego en la mesa, Mía? —susurró él, su mano bajando directamente hacia su muslo, levantando la seda del vestido sin contemplaciones—. Estabas tan mojada que casi podía olerlo desde mi silla.
—¡Julián, basta! Nos van a ver... Marcos está a unos metros —suplicó ella, aunque su cuerpo se arqueaba hacia él de forma instintiva.
—Que miren —respondió él, su mano subiendo por su muslo hasta encontrar la encaje de su lencería—. Que vean lo que pasa cuando intentas esconderte de mí tras un hombre que no sabe cómo tocarte.
Él hundió un dedo en el borde de su braga, rozando el núcleo de su deseo, y Mía soltó un gemido que fue ahogado por la boca de Julián, que volvió a sellar la suya con un beso que sabía a victoria absoluta.