El desierto no guarda secretos… los entierra vivos.
Bajo la arena de Namhara duermen traiciones, guerras, juramentos rotos… y amores que jamás debieron existir. Aquí, el sol quema la piel, pero es el pasado el que destruye el alma.
Ninoska, princesa del desierto, lo aprendió demasiado tarde.
Descubrió que el peor enemigo no siempre sostiene una espada. A veces… te toma de la mano, te sonríe y te promete amor eterno.
Su compromiso con Dissano no fue una unión real. Fue una prisión. Una jaula construida con control, amenazas silenciosas y sombras que nadie veía… excepto ella. Pero incluso del dolor nació algo imposible de odiar: Coraline.
Una niña de ojos vivos y sonrisa brillante… la única luz capaz de mantener a Ninoska de pie. Y también su mayor condena. Porque en los palacios los niños no son inocentes. Son armas, son llaves, son rehenes disfrazados de ternura.
Y Coraline no es una niña cualquiera.
Coraline es la hija de dos coronas. Su sangre une dos mundos: Namhara y Holaguare.
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Capitulo #24 – Verdades Sin Retorno
El cielo aún no había terminado de teñirse de oro cuando los portones del palacio retumbaron al abrirse. Los cascos de los caballos golpeaban el empedrado con furia, levantando chispas. Said cabalgaba al frente, el rostro endurecido, la mandíbula tensa, los ojos verdes encendidos como brasas que se negaban a apagarse. A su lado, Jhon sostenía las riendas con tal fuerza que los nudillos parecían mármol. Ninguno hablaba. Ninguno pensaba. El aire entre ellos estaba cargado, no de estrategia, sino de la urgencia ciega de dos hermanos heridos. Un solo pensamiento recorrida sus mentes: Venganza.
— No habrá consejo, no habrá planos — gruñó Said, sin apartar la vista del camino — Solo el filo de la espada sobre su cuello.
Jhon Ascendiendo, su voz era un cuchillo:
— Que los dioses nos perdonen después. Hoy, Dissano paga.
El pelotón que los acompañaba, reducido y escogido entre los más leales, apenas podía seguir el ritmo frenético de sus señores. Los soldados intercambiaban miradas nerviosas, conscientes de que aquella marcha no estaba guiada por la prudencia, sino por un huracán de ira. Las dunas del desierto comenzaban a alzarse a lo lejos, abrasadas por un sol que apenas nacía, y con ellas, la sombra de Karhím: ruinas olvidadas, donde las piedras quebradas parecían aún sangrar las guerras de antaño. El viento soplaba áspero, arrastrando arena que cortaba la piel como cuchillas. Era un presagio, pero ninguno de los dos hermanos quiso verlo. Said, con los labios apretados, solo repetía en silencio el nombre de su hermana: Ninoska. La veía pálida, dormida, prisionera en un lecho del que tal vez no despertaría. Cada recuerdo avivaba el fuego que lo empujaba hacia adelante. Jhon, en cambio, pensaba en Coraline. En sus risas que ahora podían extinguirse con un solo movimiento de ese monstruo escondido. La furia le nublaba los sentidos, convirtiendo la prudencia en un estorbo. Los cascos golpeaban más fuerte. El aire se espesaba. Y aunque ninguno lo decía en voz alta, ambos sabían la verdad: no estaban cabalgando hacia una victoria segura, sino hacia el borde de una trampa. Pero ya era demasiado tarde para detenerse. Ya había elegido su camino.
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Desde la torre más alta del palacio, Pamela quedó inmóvil, aferrada al marco de la ventana. El viento agitaba las cortinas pesadas, dejando entrar un sol áspero que ya caía sin piedad sobre el desierto. Allí, a lo lejos, las figuras se dibujaban nítidas: Said y Jhon, al frente de un pequeño destacamento, cabalgando con una furia que incluso la distancia no lograba suavizar. Los caballos levantaban una nube de arena que parecía tragárselos, arrastrándolos hacia el horizonte con la velocidad de un juramento suicida. Pamela se llevó una mano al vientre, sintiendo el leve peso que allí crecía. La otra mano temblaba sobre la fría piedra de la ventana.
— Insensatos… — murmuró, con los labios apretados — Se lanzan a las garras de una bestia que solo quiere verlos caer…
Su respiración se aceleraba. Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de Ninoska tendida en silencio, veía a Coraline corriendo sola por los pasillos, veía un trono vacío manchado por la sangre de quienes habían jurado defenderlo. Sabía, en lo más hondo de su ser, que aquello no era estrategia: era desesperación. Y que esa desesperación podía costarles la vida.
— No los puedo dejar morir… — susurró, apenas audible, mientras una lágrima, traicionera, se deslizaba por su mejilla.
El murmullo de la ciudad llegaba apagado a través de los muros, indiferente al caos que se fraguaba. Pamela cerró los ojos, y en el silencio de la torre, su decisión comenzó a gestarse con la fuerza de un trueno.
— Tengo que hacer algo… — dijo esta vez con firmeza, como si esa certeza ardiera en su pecho.
Se apartó de la ventana, el eco de sus pasos resonó en la sala, y en ese instante el corte fue seco, como si la historia misma contuviera el aliento antes de revelar cuál sería el precio de aquella resolución.
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Arthur mantenía el cuerpo rígido, como un muro entre Coraline y las dos mujeres que avanzaban con paso seguro. El murmullo de los demás niños en el parque parecía desvanecerse, dejando solo el peso sofocante de ese encuentro. Stephy, con los brazos cruzados y las cejas arqueadas, fue la primera en insistir:
— Arthur… no vas a quedarte ahí, callado, como si no nos conociéramos. ¿Quién es la niña?
Melody dio un paso al lado, intentando asomar la mirada detrás de él. Su tono fue más suave, pero igual de inquisitivo:
—¿Tu…? ¿Ella es…? No puede ser tu sobrina, no tienes hermanos…
Arthur apretó los dientes, su mandíbula marcada por la tensión. La mano de Coraline seguía aferrada a su cinturón, con la fuerza de alguien que teme perder lo único seguro en medio del caos.
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No es el momento — Gruñó, apenas controlando la voz.
Pero el “no” de un hombre, enfrentado a la curiosidad y determinación de dos mujeres que lo conocían demasiado bien, valía menos que el polvo del desierto.
Stephy rodeó un poco el costado, inclinándose para buscar los ojos verdes que se escondían tras la pierna de Arthur. Melody hizo lo mismo desde el otro lado, sus labios curvados en una media sonrisa que combinaba nostalgia con incredulidad. Arthur exhaló con frustración. Sabía que no podía sostener esa muralla para siempre. Coraline se pegó aún más a él, y él, por un segundo, pensó en huir. Pero era inútil. Ellas eran persistentes… además, ya habían visto lo suficiente. Con un gesto derrotado, se inclinó y susurró a la niña:
— Está bien, pequeña… saluda.
Coraline lo miró con esos ojos enormes, brillantes de duda, pero obedeció. Dio un paso tímido hacia adelante, apartando apenas el cabello del rostro. El silencio que siguió fue tan denso que el canto de un pájaro cercano parecía un estruendo. Stephy abrió la boca, pero no dijo nada. Melody, con los labios entreabiertos, clavó los ojos en la niña y luego en Arthur. Sus miradas estaban llenas de preguntas, pero a la vez cargadas de certezas. El parecido era innegable, y los años de secretos se habían hecho visibles en un solo instante.
Coraline, con voz dulce, rompió el peso del silencio:
— Hola… me llamo Coraline.
El nombre cayó como una piedra en el agua. Arthur sintió el estómago contraerse. Quiso decir algo, llenar el vacío, explicar lo inexplicable. Pero antes de que pudiera abrir la boca, Stephy se agachó frente a la niña, sonriendo con ternura.
— Vaya… tienes el mismo cabello que tu padre y los ojos de tu… — dijo suavemente, como si la revelación confirmara todo lo que había sospechado.
Melody, inclinándose a su lado, añadió con un brillo inquisitivo en la mirada:
—¿Y cuántos años tienes, Coraline?
La niña miró hacia Arthur, buscando aprobación. Él estaba apenas, agotado, sabiendo que estaba perdiendo la batalla.
— Cuatro… casi cinco… — Respondió ella, orgullosa, con esa inocencia desarmante.
— ¿Casi cinco? — Repitió Stephy, mirando a Arthur como si cada número fuera un dardo que le clavaba en el pecho — Entonces… hace cinco años…
Arthur levantó una mano, cortando en seco.
—¡Basta! — Exclamó con una dureza que no era solo enojo, sino la desesperación de un hombre acorralado.
El silencio volvió, pero esta vez cargado de reproches mudos. Coraline lo miraba confundida, incapaz de comprender la tensión de los adultos. Arthur supo entonces que esa era la escena que había temido desde el primer día: las preguntas que no quería escuchar, las miradas que lo juzgaban sin decir palabra, la niña en medio de un huracán que no merecía. Y, sin embargo, ya no podía detenerlo. El parque parecía haber sido detenido alrededor de ellos. Algunos padres vigilaban a sus hijos desde la distancia, y aunque fingían indiferencia, las miradas curiosas ya se habían clavado en el pequeño círculo donde Arthur trataba de proteger a Coraline. El murmullo de voces infantiles era apenas un telón de fondo, porque la verdadera tormenta se desataba entre los adultos.
—¡¿Cinco años…?! — Repitió Stephy, con la voz cargada de un temblor que mezclaba asombro y reproche.
Arthur cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula, deseando que la tierra lo tragara. Melody inclinó la cabeza, con esa astucia serena que siempre la había distinguido. Su sonrisa desapareció, dejando solo una mirada firme.
— Coraline, cariño… — dijo suavemente, como si intentara ganarse su confianza — ¿Y tu mamá? ¿Dónde está tu mamá?
Arthur reaccionó de inmediato, interponiéndose.
—¡Basta! — Exclamó, con una dureza que hizo que varias cabezas se giraran hacia ellos — ¡No le hagan preguntas que no entienden!
Pero Coraline, inocente y orgullosa, levantó la barbilla como si quisiera demostrar que podía responder.
— Mi mamá se llama Ninoska Yazhira del Desierto — dijo con una sonrisa pequeña, convencida de que no había nada de malo en decirlo.
Las dos mujeres se miraron de golpe, el aire entre ellas vibrando con la confirmación que temían escuchar. El nombre había caído como una piedra en el agua, y las ondas alcanzaban a todos los presentes. Stephy retrocedió apenas un paso, llevándose la mano a la boca.
— Ninoska… Yazhira… — murmuró, como si pronunciara un secreto prohibido.
Melody avanzando lentamente, sus ojos se clavaron en Arthur como cuchillas.
— La princesa de Namhara… — su voz era un susurro helado, cargada de incredulidad.
Y de inmediato, sus ojos bajaron hacia Coraline.
— Lo que significa que ella…
-¡No! — Interrumpió Arthur con brusquedad, como si pudiera borrar las palabras del aire. Pero sus labios temblaban, y en sus ojos se veía el cansancio de alguien que había corrido demasiado tiempo sin poder detenerse.
Stephy lo señaló con el dedo, los ojos encendidos.
— Arthur Miller… ¿Cómo pudiste llamar algo así? ¿Tantos años, y nunca… nunca nos dijiste que tenías una hija? ¡Y no cualquier hija, sino la hija de Ninoska Yazhira!
Melody añadió, con la voz contenida pero firme:
—¿Sabes lo que significa, Arthur? ¿Lo entiendes? Coraline no es solo tu hija… ¡es princesa! ¡Es sangre del desierto y de tu familia!
Arthur respiraba agitado, como un hombre rodeado por un ejército invisible. Sentía todas las miradas sobre él, las de sus antiguas amigas, las de los curiosos que fingían no escuchar, incluso las de Coraline, que lo miraba confundida, buscando respuestas en su padre. El silencio lo quebró él mismo, con un suspiro áspero, derrotado.
— Sí… — Admitió, apenas audible, como si las palabras lo desgarraran — Coraline es mi hija… y sí… su madre es Ninoska Yazhira del Desierto…
Las dos mujeres quedaron inmóviles, como si les hubieran arrancado el aire. La certeza de que ya intuían se volvió verdad en un instante, pero era diferente escucharlo de su boca. Arthur, incapaz de sostener más esa escena, se agachó y tomó en brazos a Coraline, que lo rodeó con sus pequeños brazos, aún sin comprender la magnitud del momento.
— Ya basta… — dijo, con voz tensa, clavando los ojos en Stephy y Melody — No pienso seguir con este interrogatorio aquí. Tengo que llevar a mi hija con la reina Isabelle.
Se giró sin esperar respuesta, caminando con pasos largos, el rostro endurecido, sin mirar atrás. Coraline lo abrazaba en silencio, su pequeña frente apoyada en su hombro. Stephy y Melody se quedaron quietas, observando cómo se alejaba. No dijeron nada, pero en sus miradas brillaba un torbellino de emociones: asombro, rabia, incredulidad… y la certeza de que, tras ese día, nada volvería a ser igual. Miraron una vez más, y la pequeña las miraba a ellas con esos hermosos ojos, herencia de su madre, que incluso a la distancia brillaban con luz propia… suavemente levantó su mano para decirles adiós… lo que las mujeres respondieron con dulzura, pero aún con la incredulidad de la revelación…
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El viento del desierto golpeaba como cuchillas secas contra los rostros sudorosos de los hombres. La cabalgata había sido brutal, sin pausas, sin estrategia, solo el latido apremiante de dos corazones que no pensaban en nada más que en acabar con el enemigo que los había marcado de por vida. Las ruinas de Karhím se alzaban al fin en el horizonte: esqueletos de piedra, muros rotos que alguna vez fueron templos, ahora convertidos en guaridas de sombras y alimañas. El aire allí era distinto, pesado, como si el polvo mismo llevara siglos guardando secretos.
—¡Ahí está! — Gruñó Jhon, con la mirada fija en las piedras ennegrecidas — No hay lugar para dudar.
Said caminando con rigidez, con los ojos encendidos como brasas bajo el sol. El rostro endurecido por la furia parecía más el de un soldado enloquecido que el de un rey.
— Dissano no saldrá vivo de estas ruinas… — Su voz era un filo de acero, sin temblor ni vacilación.
Los hombres que los acompañaban intercambiaban miradas nerviosas. El hedor de las ruinas, el eco extraño que resonaba entre las piedras… todo parecía un mal augurio. Pero ninguno se atrevió a contradecirlos. El grupo redujo la marcha al entrar en Karhím. El silencio se volvió opresivo, apenas roto por el relincho de los caballos y el crujir de los cascos contra el suelo pedregoso. Jhon desmontó de un salto, desenfundando su espada.
— Huele a sangre seca — murmuró, tocando con la punta de la hoja una mancha oscura sobre las piedras — Ha estado aquí…
Said bajó tras él, los puños crujientes, la respiración dura. Miraba hacia las grietas en las murallas derruidas, los pasadizos oscuros, con una mezcla de ansia y odio.
— Si está herido… si está aquí dentro… no escapará…
El viento arrastró un sonido leve, apenas un roce, como un gemido sofocado que se confundía con el murmullo del desierto. Los hombres se tensaron, algunos desenvainaron sus armas.
—¿Lo escuchaste? — Preguntó uno de los soldados, con los ojos abiertos de par en par.
Jhon levantó la mano, ordenando silencio. El eco volvió, un crujido de piedras, un susurro que parecía reír en lo profundo de las ruinas. Said dio un paso al frente, con la voz ardiendo.
—¡Dissano! — Rugió, su grito resonando contra los muros caídos — ¡Sal y enfréntame, cobarde!
El silencio se tragó su voz unos segundos, hasta que una carcajada ronca, quebrada por el dolor, se deslizó desde algún rincón oculto. Era un eco cruel, desalmado, como si las piedras mismas se burlaran de ellos.
— Vaya… el pequeño rey y su fiel perro han venido a buscarme… — la voz de Dissano se escurrió entre los escombros, difícil de ubicar — Qué noble… qué predecible…
Jhon giró sobre sí mismo, buscando la dirección, los ojos cargados de furia.
—¡Muéstrate! ¡Terminaré lo que debía hacer años atrás!
La risa volvió, más áspera, más cercana, como si el propio aire la cargara.
— Oh, lo harán… terminarán algo, sí… pero no será lo que creen.
Said presionó la empuñadura de su espada, temblando de ira. Avanzó hacia la oscuridad de un arco semiderruido, arrastrando tras de sí a los hombres que dudaban en seguirlo. Las ruinas parecían cerrarse sobre ellos, el calor sofocante, las sombras demasiado densas para ser naturales. Y en ese instante, cuando ya estaban demasiado adentro para retroceder, Said lo supo; aunque no quiso admitirlo: habían entrado exactamente en lo que Dissano quería. Pero ya era tarde. No había vuelta atrás.
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El sol bañaba de oro las cúpulas blancas del Palacio de Holaguare, que se erguía imponente en medio de la ciudad como una joya tallada en mármol. Sus muros relucían bajo la luz del mediodía, con filigranas doradas que parecían atrapar el cielo. Torres esbeltas se alzaban con gracia, coronadas por estandartes ondeando suavemente al viento. Coraline abrió la boca de asombro, sus ojos verdes reflejando cada destello.
—¡Papá… es como un castillo de los cuentos! — Exclamó, tirando de su mano, incapaz de contener la emoción.
Arthur esbozó una leve sonrisa, aunque en su interior la presión lo ahogaba. Para él, esos muros no eran cuentos de hadas: eran recordatorio de deberes, de la reina Isabelle esperándolo, de verdades que ya no podía seguir postergando. Atravesaron la gran explanada de piedra clara, donde fuentes talladas dejaban caer agua cristalina que tintineaba como campanas en el aire. Coraline corrió unos pasos, fascinada, hasta detenerse frente a una de las estatuas de mármol que custodiaban la entrada.
—¡Mirala, papá! — Señaló a la figura de una mujer con una corona en la frente y un libro en las manos — Parece una reina buena…
Arthur tragó saliva.
— Lo es… — respondió con voz baja — Y ahora debemos ir a verla.
Los guardias reales, con armaduras relucientes y lanzas que brillaban al sol, les cerraron el paso al pie de la escalinata. La disciplina de sus movimientos contrastaba con la sonrisa nerviosa de Coraline, que se aferró a la túnica de su padre.
— Nombre y propósito — exigió uno de ellos, con voz grave.
Arthur se enderezó, con esa rigidez que le nacía en los huesos cuando debía enfrentar a las autoridades.
-Arthur Miller. La reina Isabel me espera.
Hubo un silencio medido mientras otro guardia revisaba una tablilla con inscripciones. Luego, con un gesto seco, asintió.
— Se les permitirá el paso. Pero antes… la inspección.
Arthur se tensó, aunque lo disimuló. Dos guardias se acercaron, revisando discretamente bajo su capa y cinturón, asegurándose de que no portarían armas ocultas. Coraline, curiosa, los observaba con el ceño fruncido.
— ¿Qué hacen, papá? —Susurró en voz baja.
Arthur le acarició la cabeza, obligándose a sonreír.
— Solo aseguran que todos estemos a salvo aquí dentro, pequeña.
Cuando los guardias se apartaron, permitiéndoles el acceso, Coraline soltó un suspiro aliviado y echó a correr escaleras arriba.
—¡Vamos, papá! ¡Vamos!
Arthur la siguió con pasos más pesados. A medida que ascendía, la magnitud del palacio se hacía más real: los arcos labrados, las puertas altas de madera blanca con incrustaciones doradas, los mosaicos del suelo que brillaban como espejos. Todo irradiaba luz, grandeza, solemnidad. Sin embargo, para él, cada paso lo acercaba más a la inevitable confrontación. La gran puerta se abrió con un leve crujido. Adentro, los recibía un salón inmenso, con columnas de mármol que se alzaban hasta un techo pintado de azul profundo, salpicado de estrellas doradas. El eco de los pasos de Coraline resonó como campanas en el silencio solemne. La niña giró sobre sí misma, embelesada.
— Papá… ¡es más bonito que Namhara! — Dijo en un susurro lleno de inocencia.
Arthur fue detenido un instante. Por primera vez en mucho tiempo, tuvo que reír suavemente, aunque la risa le supiera amarga.
— Sí… — murmuró, mirando alrededor — es un lugar hermoso.
Pero la belleza de Holaguare no aligeraba el peso que traía sobre sus hombros. El mayordomo real se acercó con una reverencia impecable.
— Sir Miller, la reina os espera en el salón del trono.
Arthur asintió, tomando la mano de Coraline. Ella lo miraba con ilusión, pero él sabía que, tras esas puertas, las sonrisas quedarían atrás. Con paso firme, cruzaron el umbral hacia la reina. El mayordomo abrió con cuidado las pesadas puertas dobles. El aire del despacho real olía a incienso y rosas secas. El resplandor de la tarde se filtraba por los altos ventanales, bañando la estancia en un fulgor solemne. Allí, sentada tras un escritorio ornamentado de madera clara, estaba la reina Isabelle. Su cabellera rubia platinada, larga y perfectamente peinada, caía sobre sus hombros como un río de luz. El vestido de rojo y dorado, bordado en hilos brillantes, abrazaba su figura con la elegancia de la realeza, sin necesidad de ostentación excesiva. Isabelle levantó la vista del pergamino que tenía en las manos. Sus ojos; Profundos, de un azul acerado, se posaron en Arthur con un semblante que mezclaba calidez y autoridad. Su sola presencia imponía respeto, aunque la leve curva de sus labios mostraba amabilidad. Arthur se inclinó con solemnidad, llevándose una mano al pecho.
— Majestad… — saludó con voz firme, aunque cargada de un respeto que iba más allá del protocolo.
La reina se acerca apenas, con la elegancia de quien está acostumbrada a recibir reverencias de hombres y reyes.
— Arthur Miller… — pronunció su nombre con un tono sereno, cargado de curiosidad — Finalmente estás aquí. Dime, ¿qué fue exactamente lo que ocurrió en Namhara? ¿Cumpliste el encargo que se te encomendó?
Arthur abrió la boca para responder, buscando las palabras correctas. Pero en ese instante, una voz infantil lo interrumpió como un verdadero inesperado.
-Papá…! — Coraline jaló suavemente la capa de su padre, antes de señalar sin pudor a la reina — ¡Ella tiene los pechos mucho más grandes que los de mamá!
El silencio cayó como una pérdida sobre la estancia. Arthur se quedó helado, con el rostro endurecido, deseando que la tierra lo tragara en ese mismo instante. La reina Isabelle parpadeó una vez, dos veces. Su semblante solemne se quebró en un gesto de asombro absoluto y una sonrisa que no pudo disimular del todo. Miró a la niña, incrédula, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
-Mamá…? — Repitió en voz baja, sus ojos entrecerrándose mientras la observaba con atención. — Arthur trató de reaccionar.
— Majestad, perdón… no… ella no quiso decir… — pero su voz se quebró, incapaz de controlar el desastre.
Isabelle se inclinó levemente hacia adelante, fijando la mirada en la pequeña. Coraline, sin el más mínimo rastro de vergüenza, la miraba con la franqueza pura de los niños. Fue entonces cuando la reina lo notó: los ojos verdes de Coraline. La expresión, los rasgos delicados, esa mezcla inconfundible que solo podía venir de una unión muy particular.
Su rostro, antes sorprendido, se transformó en un gesto más grave, casi solemne.
— Arthur… — dijo despacio, con la voz más baja, pero cargada de un filo que lo atravesó de pies a cabeza — ¿Quién… es esta niña?
Arthur tragó saliva, el sudor frío recorriéndole la espalda. Por primera vez en mucho tiempo, supo que estaba a punto de enfrentar la verdad que más había temido revelar. La sala se había vuelto un pozo de silencio tras la observación inocente; y devastadora, de Coraline. La reina Isabelle mantenía la mirada fija en la niña, el azul acerado de sus ojos reflejando sorpresa y algo más: un destello de intuición peligrosa. Arthur sintió cómo el aire se le espesaba en los pulmones, atrapado entre el respeto debido a su reina y la verdad que luchaba por mantenerse oculta.
— Arthur… — la voz de Isabelle fue un murmullo bajo, pero cargada de un peso imposible de ignorar — ¿quién es esta niña?
Él abrió la boca, el sudor frío recorriéndole la espalda, cuando la tensión se rompió de improviso. La puerta lateral se abrió y un hombre mayor entró en la estancia. Su andar era firme, sereno, y aunque los años habían plateado por completo su cabello, su porte conservaba la gallardía de la juventud. Su rostro bien cuidado y su mirada sagaz le daban un atractivo que el tiempo no había desgastado. Coraline lo notó al instante. Sus ojos verdes se iluminaron como faroles, olvidando por completo la tensión que flotaba en el aire.
-¡Papá! — tiró del brazo de Arthur, señalando al recién llegado — ¡Ese señor es muy guapo! —Arthur casi se atraganta.
—¡Coraline…!
Pero la niña ya había dado unos pasos hacia adelante, con la absoluta seguridad de que el mundo giraba alrededor de su voz. Se plantó frente al hombre, que la sorprendió y luego divertido.
— Cuando yo crezca… — dijo Coraline con total seriedad, levantando el mentón — ¡me casaré contigo!
Un murmullo sofocado recorrió la sala. Isabelle arqueó una ceja, entre asombrada e incrédula, mientras Arthur se pasaba una mano por la frente, deseando que la tierra lo tragara. El consejero; porque aquel hombre no era otro que Sir Adrien Valmont, uno de los más cercanos y respetados asesores de la reina, sonriendo con encanto. Se inclinó hacia la niña, sin perder la solemnidad propia de la corte, pero con un brillo cómplice en la mirada.
— Si cuando seas mayor aún me consideras guapo, pequeña dama — Respondió con una voz grave y cordial — entonces cumpliré mi promesa y me casaré contigo.
Coraline aplaudió feliz, como si acabara de sellar el pacto más importante de su vida.
—¡Lo recordarás!
Isabelle no pudo evitar cubrirse la boca con una mano, más para ocultar la sonrisa que para disimular su asombro. Los sirvientes que guardaban en silencio intercambiaban miradas divertidas. Arthur, en cambio, estaba rojo de vergüenza, con las venas marcándosele en el cuello. Dio un paso adelante y tomó a su hija suavemente de los hombros, obligándola a volver a su lado.
— Majestad… — dijo con voz grave, casi ronca, clavando los ojos en el suelo — le ruego disculpe la insolencia de mi hija.
Isabelle, ahora más serena, lo observa en silencio. Su mirada azul se detuvo un instante en Coraline; tan resuelta, tan espontáneamente, y luego regresó a Arthur. Sus labios dibujaron una línea delgada, imposible de descifrar.
— No es insolencia, Arthur… — respondió finalmente, con un dejo de ironía — los niños no mienten.
Ese comentario, ligero en apariencia, se clavó en él como una daga. Supo que la reina no solo había visto a su hija… sino que había comenzado a atar cabos que él ya no podía controlar. La reina con su característica voz, tratando de sonar más dulce para atraer la atención de la niña le pregunto:
— ¿Cómo te llamas pequeña?
Esta incluso mejor que la anterior!!!
Me tienes atrapada y con ganas de leer más y saber lo que va a pasar ahora 🤩 con mi tocaya Ninoska 🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩🤩
Ya quiero leer más capitulos
Cuando subes más capitulos?
Espero mucho!