En una era de antiguos reinos y secretos ancestrales, Astrid D'Avalon, heredera de un linaje con profundos lazos con lo místico, se encuentra en el umbral de un destino marcado por la reencarnación. Tras una muerte injusta, su alma renace en un mundo donde las sombras danzan y los demonios tejen intrigas. Decidida a reescribir su final y el de quienes la rodean, Astrid busca una vida alejada de las complicaciones que una vez la atraparon.
Sin embargo, el destino tiene otros planes. Su camino se cruza con el enigmático Mason Dryad, un ser con un poder formidable y un pasado envuelto en misterio
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Capítulo 20
Guiados por las pistas de Eira, encontraron el Espejo de las Verdades Ocultas, un artefacto que reflejaba no solo la realidad, sino también las almas.
La huida del castillo de Silvanie los dejó exhaustos, pero la urgencia era mayor que el cansancio. La advertencia de la maga de las sombras sobre informar a Balin significaba que el tiempo se había agotado. Siguiendo el mapa de luz de la hoja dorada, subieron por la ladera de la Montaña Blanca, un pico que permanecía oculto por un fenómeno óptico: la nieve aquí no era fría, sino que estaba hecha de cristales de luz sólida que emanaban del Templo de las Sombras Blancas.
El templo no era una construcción de piedra, sino de una sustancia translúcida que recordaba al cuarzo puro. No había puertas, solo una entrada que parecía un corte en el tejido de la realidad.
—Solo los que buscan la verdad sin miedo pueden entrar —dijo Faelan, deteniéndose en el umbral—. Mi papel termina aquí. Como elfo de la naturaleza, mi verdad ya está escrita en los árboles. Debéis ser vosotros dos quienes se enfrenten al espejo.
Ronan asintió, montando guardia junto al elfo. Astrid y Mason intercambiaron una mirada llena de incertidumbre. El miedo a lo que podrían descubrir era casi tan fuerte como el deseo de saber.
Entraron en una sala circular. El aire era tan puro que dolía respirar. En el centro, suspendido en el aire por hilos de energía plateada, estaba el Espejo de las Verdades Ocultas. No tenía marco. Era una superficie ovalada de mercurio flotante que no reflejaba la sala, sino que mostraba un vórtice de colores imposibles.
—Eira dijo que el espejo nos mostraría por qué Balin nos odia —susurró Astrid, acercándose. Su reflejo en el mercurio comenzó a cambiar—. Dijo que esto nos mostraría nuestra primera vida.
—Tengo miedo, Astrid —confesó Mason. El gran demonio, el guerrero que no temía a la muerte, estaba pálido—. ¿Y si lo que descubrimos es que Balin tenía razón al traicionarnos? ¿Y si fuimos nosotros quienes trajeron la sombra al mundo?
—Solo hay una forma de saberlo —respondió ella, tomando su mano—. Juntos.
Ambos se situaron frente al espejo. Al principio, solo vieron sus propios rostros, cansados y marcados por el viaje. Pero entonces, el mercurio vibró y la imagen se disolvió en un estallido de luz dorada y blanca.
La visión los golpeó con la fuerza de un huracán.
No estaban en un mundo de guerra. Estaban en un lugar de una belleza indescriptible, el Plano Original. Allí, Astrid no era una mística humana, sino una entidad de luz pura llamada Astrea. Y Mason... Mason no tenía sombras. Era un ser de alas majestuosas hechas de fuego celestial, conocido como Mael. Ellos eran los Arquitectos. Juntos, estaban diseñando los cimientos de la realidad, entrelazando la luz y la materia con una armonía perfecta.
Y allí estaba Balin. En esa vida, Balin era el tercer arquitecto, encargado de la estructura y la ley. Pero mientras Astrea y Mael creaban desde el amor y la libertad, Balin se obsesionó con el control. Vieron cómo Balin intentaba encadenar las almas de las primeras criaturas para que nunca pudieran desviarse de su plan perfecto.
—No es libertad si no pueden elegir —decía la versión antigua de Astrid en la visión, su voz resonando como campanas de plata.
—La libertad es caos —respondía el Balin del pasado, su rostro ya oscureciéndose por la envidia—. Yo traeré el Orden Perfecto.
La visión cambió. Vieron la Gran Traición. Balin había forjado el primer Anclaje, no para estabilizar el mundo, sino para absorber la esencia de sus hermanos. Mael (Mason) se interpuso para proteger a Astrea. En un acto de sacrificio supremo, Mael entregó su naturaleza celestial para corromper el Anclaje de Balin, rompiéndolo y dispersando la esencia de los tres por el ciclo de la reencarnación.
Por eso Mason era un demonio. Sus sombras no eran maldad; eran las cenizas de su gloria celestial, quemadas para salvarla a ella. Por eso Balin los perseguía: no solo por poder, sino porque la existencia de ellos era el recordatorio constante de su mayor fracaso y de la belleza que él nunca podría poseer.
Vieron pasar las vidas como ráfagas de viento:
En una, ella era una reina y él su capitán de la guardia, muriendo en las murallas de una ciudad sitiada.
En otra, él era un monje ciego y ella una niña que lo guiaba a través de un desierto de ceniza.
En otra, fueron enemigos en bandos opuestos de una guerra santa, solo para descubrir su conexión en el momento en que sus espadas se cruzaban, eligiendo morir juntos antes que seguir peleando.
Cada vida terminaba en tragedia, pero el hilo de oro que unía sus almas nunca se rompía. Era un vínculo que se fortalecía con cada muerte, con cada lágrima, con cada promesa susurrada en la oscuridad.
El espejo comenzó a mostrar la realidad presente. Vieron sus almas actuales. La de Astrid era una llama blanca y vibrante; la de Mason era una tormenta de sombras que protegía ese fuego. Pero lo más sorprendente fue ver cómo las dos almas no estaban simplemente una al lado de la otra. Estaban entrelazadas en una espiral infinita, un diseño que formaba el símbolo del equilibrio perfecto.
La visión terminó abruptamente. El espejo recuperó su forma de mercurio tranquilo.
Astrid soltó la mano de Mason, jadeando, con el rostro bañado en lágrimas. No eran lágrimas de tristeza, sino de un reconocimiento que le quemaba las entrañas.
—Mason... —logró decir—. No me proteges porque seas un guardián. Lo haces porque eres mi otra mitad. Siempre lo has sido.
Mason estaba en shock. Se llevó las manos a la cabeza, procesando la enormidad de lo que acababa de ver. Las sombras a su alrededor ya no parecían una maldición; se sentían como un manto de protección que él mismo había elegido usar hace eones.
—Te entregué mis alas —susurró él, con la voz rota por la emoción—. En la primera vida... te di todo lo que era para que Balin no pudiera borrarte. Y lo he estado haciendo una y otra vez, vida tras vida.
Se miraron, y por primera vez, no hubo secretos, ni muros, ni miedo al "qué dirán" los dioses o los demonios. Astrid se lanzó a sus brazos y él la estrechó con una fuerza que parecía querer fundir sus cuerpos.
—Esta vez no moriremos, Mason —dijo Astrid al oído, con una determinación que hizo vibrar las paredes del templo—. Esta vez, la historia termina de forma diferente. Conocemos la verdad. Conocemos nuestra fuerza. Balin cree que somos sus víctimas, pero somos sus creadores.
—Él viene hacia aquí —dijo Mason, separándose un poco pero manteniendo sus manos sobre los hombros de ella. Sus ojos ahora tenían destellos dorados permanentes—. Lo siento. Silvanie le ha mostrado el camino. La confrontación final no será en su castillo, sino aquí, en el nexo donde todo comenzó.
Astrid asintió, secándose las lágrimas. Sintió que el cristal de los gnomos en su pecho ya no solo emitía luz, sino que estaba en perfecta sintonía con su propio latido.
—Que venga. Ya no tengo miedo de la sombra, porque sé que la sombra es solo la forma en que tú me amas.
Salieron del templo cogidos de la mano. Ronan y Faelan los miraron y supieron de inmediato que algo fundamental había cambiado. No eran solo una mística y su protector; eran una fuerza de la naturaleza que finalmente había recordado quién era.
En el horizonte, el cielo comenzó a rasgarse con relámpagos negros. El ejército de Balin, liderado por él mismo y la traidora Silvanie, se aproximaba como una plaga. La batalla por el destino del mundo estaba a punto de comenzar, pero por primera vez en siete mil años, el resultado no estaba escrito en las sombras.
Al mirarse en el espejo, Astrid y Mason vieron la conexión inquebrantable entre sus almas a través de las eras.