¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 12
Despertar al lado de Dante Volkov fue como despertar en el ojo de un huracán que finalmente había decidido darme una tregua. La luz de la mañana, filtrándose agresiva por los pesados cortinajes de su habitación, iluminaba las partículas de polvo que bailaban en el aire, ajenas al desastre emocional que acababa de ocurrir entre estas cuatro paredes.
Me quedé inmóvil, sintiendo el calor que emanaba de su espalda. Él seguía dormido, su respiración profunda y rítmica era el único sonido en la estancia. Por un instante, la tentación de alargar la mano y acariciar la cicatriz que cruzaba su hombro fue casi insoportable, pero me contuve. El mensaje de "V" seguía brillando en mi memoria como un neón de advertencia.
Me levanté con cuidado, recogiendo mi ropa del suelo con la sensación de estar recuperando los pedazos de una armadura que ya no me servía de nada. Me vestí en silencio, mirando la figura de Dante. Sin la máscara de CEO, sin el desprecio en su mirada, parecía casi vulnerable. Casi humano. Pero sabía que en cuanto abriera esos ojos grises, el Glaciar regresaría para congelar cualquier rastro de la vulnerabilidad que compartimos anoche.
Regresé a mi habitación por la puerta de comunicación, sintiendo el frío del suelo de mármol bajo mis pies descalzos. Me metí en la ducha y dejé que el agua hirviente intentara borrar la sensación de sus manos sobre mi piel. No era arrepentimiento lo que sentía, era miedo. Miedo de que Vanessa Sterling tuviera razón y yo solo fuera una "distracción" antes del acto final.
Al bajar a desayunar, la atmósfera en la mansión era eléctrica. Arthur evitaba mirarme a los ojos, y Rosa se movía con una eficiencia nerviosa que delataba que algo grande estaba por ocurrir. Dante no apareció en el comedor. Según Arthur, se había encerrado en su despacho desde las seis de la mañana.
Pasé las horas siguientes en el jardín, pero mis pinceles se sentían pesados. Intenté pintar el cielo, pero solo me salían trazos oscuros y violentos. A mediodía, el sonido de un motor de alta gama rompió el silencio de la entrada. Un deportivo plateado se detuvo frente a la escalinata principal.
Me quedé de pie junto a mi caballete, con el corazón martilleando contra mis costillas. De la puerta del conductor bajó una mujer que parecía haber salido de las páginas de una revista de alta costura. Cabello rubio platino, un traje sastre blanco inmaculado y unas gafas de sol que ocultaban su mirada, pero no su arrogancia.
Vanessa Sterling había llegado.
Caminó hacia la entrada con la seguridad de quien sabe que sigue siendo la dueña del lugar, incluso si su nombre ya no figura en las escrituras. No pude evitarlo; dejé los pinceles y entré en la casa por la puerta trasera, moviéndome por los pasillos de servicio hasta llegar cerca del vestíbulo.
—Señorita Sterling, el señor Volkov no la espera —escuché la voz firme de Arthur.
—Dante siempre me espera, Arthur. Solo que a veces olvida decírselo a los criados —su voz era como seda líquida, cargada de un veneno sutil—. Dile que estoy aquí. O mejor aún, no digas nada. Conozco el camino a su despacho mejor que tú.
Escuché el clic-clic de sus tacones sobre el mármol. Me asomé lo justo para verla desaparecer por el pasillo que conducía al santuario de Dante. Mi primer impulso fue correr hacia allá, reclamar mi lugar como "esposa", pero entonces recordé quién era yo. Yo era Zoe, la impostora. Ella era el amor que lo había roto.
Me quedé en las sombras, debatiéndome entre la dignidad y la necesidad desesperada de saber qué estaba pasando. Ganó la segunda. Me acerqué a la puerta del despacho, que no estaba del todo cerrada.
—¿Qué haces aquí, Vanessa? —la voz de Dante era tan fría que sentí que el aire del pasillo bajaba varios grados.
—He venido a salvarte de ti mismo, querido —respondió ella. Escuché el sonido de una silla moviéndose—. He visto a la chica en el jardín. ¿En serio, Dante? ¿Una sustituta de la gemela de la Vega? Estás cayendo muy bajo para intentar olvidarme.
—Ella no tiene nada que ver contigo. Y mucho menos con tus juegos de espionaje industrial. Vete antes de que llame a seguridad.
—Oh, no lo harás. No después de ver lo que traigo en este sobre —hubo un silencio prolongado, el sonido de papel deslizándose sobre la mesa—. Los documentos de 2022. Los originales. Los que demuestran que tu padre no fue el único que cometió errores en aquella fusión. Si esto sale a la luz, el nombre Volkov no valdrá ni el papel en el que está impreso.
—¿Me estás chantajeando? ¿Otra vez?
—No lo llames chantaje. Llámalo... renegociación. Quiero que disuelvas ese matrimonio de papel. Quiero que te deshagas de esa pintora de pacotilla y que volvamos a ser lo que siempre debimos ser. El poder absoluto.
—Estás loca.
—Estoy enamorada, Dante. Y tú también lo estás. No me mires con ese odio, sé que anoche la usaste a ella para intentar encontrarme a mí. ¿Crees que no reconozco tu patrón?
Me apoyé contra la pared, sintiendo que las piernas me fallaban. "La usaste a ella para intentar encontrarme a mí". Las palabras de Vanessa eran exactamente lo que yo temía. Anoche, en medio de la oscuridad y el alcohol, ¿había sido yo su consuelo o simplemente un recipiente para su nostalgia?
No pude escuchar la respuesta de Dante porque el sonido de un carraspeo a mis espaldas me hizo saltar. Era Julian Miller. Me miraba con una mezcla de lástima y triunfo.
—Te dije que no encajabas aquí, Zoe —susurró Julian, usando mi nombre real. Sentí un escalofrío de terror—. Sé quién eres. Investigué la clínica donde está tu madre. Sé cuánto le debes a Dante y sé que Elena está en una villa en Italia con un amante que no tiene ni la mitad de ceros en su cuenta que mi amigo.
—Julian, por favor... —supliqué, con la voz rota.
—No soy yo quien va a destruirte. Es ella. Vanessa no deja sobrevivientes. Si quieres un consejo de alguien que conoce a Dante desde que usaba pañales: vete ahora. Firma los papeles que te enviaré y desaparece antes de que él tenga que elegir entre su imperio y una chica que solo sabe pintar tormentas.
Julian me tomó del brazo y me alejó de la puerta del despacho, llevándome hacia la salida trasera. Yo estaba en estado de shock. Todo se estaba derrumbando más rápido de lo que mi corazón podía procesar.
—No voy a dejarlo solo con ella —dije, plantando los pies en el suelo cuando llegamos al porche—. Ella lo va a destruir.
—Él ya está destruido, Zoe. Tú solo eres el vendaje sobre una herida infectada.
Julian se marchó, dejándome sola bajo la lluvia que empezaba a caer con fuerza. Regresé a la casa, pero no fui a mi habitación. Fui al salón principal y esperé. Esperé hasta que la puerta del despacho se abrió y Vanessa Sterling salió, retocándose el labial rojo con una sonrisa de victoria. Al verme, se detuvo y bajó sus gafas de sol.
—Tienes talento, pequeña —dijo, recorriéndome con la mirada—. Pero el talento no paga las deudas de honor. Dante es mío. Siempre lo ha sido. Disfruta de tus últimas horas en la mansión. Espero que hayas guardado algo de dinero de tu "contrato", porque lo vas a necesitar.
Se marchó sin esperar respuesta, y el rugido de su coche se alejó por la avenida. Poco después, Dante apareció en el vestíbulo. Se veía diez años mayor. Sus ojos buscaron los míos, pero esta vez no había fuego, solo una ceniza fría y gris.
—¿Qué te ha dicho? —pregunté, acercándome a él.
—Vete a tu habitación, Zoe —dijo, sin mirarme.
—Dante, no puedes ceder a su chantaje. Ella te traicionó una vez, lo hará de nuevo.
—¡No sabes nada! —gritó, volviéndose hacia mí con una furia repentina—. ¡No sabes lo que está en juego! Esto no es una de tus novelas románticas, no hay un final feliz donde el amor lo salva todo. Ella tiene los documentos que pueden destruir a mi familia.
—¿Y por eso me vas a echar? ¿Después de lo de anoche?
Dante se detuvo. Sus rasgos se suavizaron por un microsegundo antes de volverse a endurecer. Caminó hacia mí y me tomó por los hombros, apretando con una fuerza que me hizo jadear.
—Anoche fue un error. Un error producto del alcohol y la debilidad. Vanessa tiene razón: te usé. Te usé para no sentir el vacío. ¿Eso es lo que querías oír? Pues ahí lo tienes.
Me soltó bruscamente, como si mi tacto le quemara. Sentí que algo se rompía dentro de mí, algo que ya no se podía arreglar con pintura ni con buenas intenciones. El Glaciar había regresado, y esta vez, me había congelado a mí también.
—Bien —dije, tragándome el nudo de mi garganta—. Mañana es el día once. Me quedan ochenta y nueve días según el contrato. Si quieres que me vaya, tendrás que pagarme la cláusula de rescisión completa. Mi madre necesita ese dinero.
—Te daré lo que quieras. Solo... vete de mi vista.
Subí las escaleras corriendo, pero no fui a empacar. Fui al estudio. Tomé el lienzo donde había estado pintando a Dante y lo rajé de arriba abajo con una espátula. Luego, tomé el cuaderno de bocetos que él me había mostrado y lo tiré al rincón más oscuro.
Me senté en el suelo, rodeada de los restos de mis ilusiones, dándome cuenta de que en esta jaula de oro, yo nunca fui la reina. Solo fui el señuelo. La lluvia golpeaba los cristales con una violencia inaudita, y por primera vez desde que llegué a esta mansión, deseé ser Elena. Deseé ser la mujer superficial y cruel que no sentía nada, porque sentir lo que yo sentía en ese momento era una forma de tortura que ningún contrato podía justificar.
Estaba sola. Estaba descubierta. Y el hombre que amaba acababa de elegir su pasado sobre nuestro incierto presente.