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MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

MANUAL DE INSTRUCCIONES PARA UN CORAZÓN SESGADO

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Amor eterno / Romance
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

"Soy psicóloga, sé exactamente por qué el amor es una ilusión neuroquímica… y aun así estoy a punto de perder una apuesta por culpa del publicista con la sonrisa más estadísticamente significativa del mundo."

NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: Dos Años Después

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En psicología evolutiva hay un concepto que explica por qué el ser humano nunca está satisfecho con lo que tiene: la Adaptación Hedónica. Es ese mecanismo por el cual, tras un evento positivo importante, regresamos a un nivel base de felicidad. Nos acostumbramos a lo bueno. Lo extraordinario se vuelve ordinario. Y entonces necesitamos otra dosis, otra meta, otro sueño.

Llevaba dos años viviendo el que, según todos los indicadores objetivos, era el mejor momento de mi vida. "Simplemente nosotros" había vendido más de dos millones de ejemplares en doce idiomas. La serie de Netflix basada en mi primera novela se había estrenado con críticas excelentes y una segunda temporada confirmada. Schrödinger tenía su propio agente literario, un contrato para un libro de recetas felinas (escritas por Clara, dictadas supuestamente por él) y una legión de seguidores que lo llamaban "el gato filósofo".

Y Andrés y yo seguíamos juntos. Dos años y medio. Novecientos doce días. Un gato. Una nevera con tres sistemas de seguridad. Y la misma tapa de mantequilla desaparecida cada mañana.

Era feliz. Lo sabía porque había estudiado la felicidad durante años y podía reconocer sus síntomas: estabilidad emocional, sensación de propósito, activación moderada pero constante del sistema dopaminérgico. Pero también sabía, precisamente por haberla estudiado, que la felicidad absoluta no existe. Siempre hay una pregunta sin respuesta. Un capítulo sin escribir. Un hueco con forma de algo que aún no ha llegado.

Y aquella mañana de sábado, al despertarme antes que Andrés y encontrar una nota junto a la cafetera, supe que el hueco estaba a punto de llenarse.

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La nota no era de Schrödinger. La letra era de Andrés.

"Buenos días. Hoy no hay café en casa. Te espero en El Psicoanálisis a las diez. — A."

Consulté el móvil. Eran las nueve y cuarto. Andrés no estaba en la cama. No estaba en el baño. No estaba en el estudio. Schrödinger, desde su cojín, me miró con esos ojos que lo sabían todo y no pensaban compartir nada.

—¿Tú sabes algo? —le pregunté.

Schrödinger parpadeó lentamente. En lenguaje felino, eso podía significar "sí", "no" o "he visto el futuro y no pienso hacer spoilers".

Me vestí con lo primero que encontré. Vaqueros. Camisa blanca. El abrigo verde que Andrés decía que me hacía parecer "la protagonista de una película francesa". Salí a la calle. Barcelona olía a primavera recién estrenada, a pan caliente y a promesas.

Y mientras caminaba hacia el barrio de Gracia, una parte de mi cerebro —la que siempre analizaba, la que nunca descansaba— empezó a unir piezas. Andrés llevaba semanas extrañamente silencioso. Reuniones a horas raras. Llamadas que interrumpía cuando yo entraba en la habitación. Una conversación con Clara que se cortó abruptamente cuando aparecí en el salón.

—Está preparando algo —le dije a Schrödinger tres días atrás.

Schrödinger no respondió. Pero su silencio era más elocuente que cualquier maullido.

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El Psicoanálisis estaba cerrado.

Bueno, técnicamente estaba abierto. Pero el cartel de la puerta decía: "Cerrado por evento privado". Y dentro, iluminado por las lámparas de tinta Rorschach y el neón rosa del diván de Freud, estaba Andrés. Solo. De pie junto a nuestra mesa de siempre. Vestido con su jersey de cachemir azul marino y esa sonrisa que llevaba dos años y medio iluminando mis días.

—Buenos días —dijo, abriéndome la puerta.

—Buenos días. ¿Dónde está el barista?

—Le he dado el día libre. Bueno, le he pagado por no venir. Es un acuerdo entre caballeros.

—Has cerrado El Psicoanálisis. Para nosotros solos.

—Para nosotros solos.

El local estaba exactamente igual que siempre. Las paredes empapeladas con páginas del DSM-V. Los frascos de tinta convertidos en lámparas. Nuestra foto de la gala colgada en la pared, con su placa dorada y su beso inmortalizado. Solo había una cosa nueva: sobre nuestra mesa, un sobre de papel kraft con mi nombre.

—Andrés... ¿qué es esto?

—Ábrelo.

Abrí el sobre. Dentro había un documento. Un contrato editorial.

"Título de la obra: 'Veintidós maneras de seguir enamorado (Sin morir en el intento)'. Autora: Valeria Núñez. Coautor: Andrés Montenegro. Fecha de publicación: octubre del próximo año. Tirada inicial: cien mil ejemplares."

—¿Un nuevo libro? —pregunté, levantando la vista del papel.

—Un nuevo libro. El nuestro. El que cierra la historia.

—Andrés, ya escribimos "Simplemente nosotros". Esa era nuestra historia.

—Esa era la historia hasta ahora. Pero las historias no terminan. Siguen. Y yo quiero escribir el resto de la nuestra. Contigo. Todos los capítulos que nos quedan.

—Eso es...

—¿Romántico?

—Iba a decir "una locura editorial". Pero romántico también.

—Hay más. Mira la última página.

Pasé las hojas del contrato. En la última página, manuscrita con su pluma estilográfica, había una sola línea:

"Valeria: ¿quieres seguir escribiendo conmigo durante el resto de nuestras vidas?"

Debajo, un círculo. Y dentro del círculo, escrito con la letra de Andrés: "Sí / No / Pregúntale a Schrödinger".

—Andrés —mi voz sonó más frágil de lo que esperaba—. ¿Esto es...?

—No es una proposición de matrimonio. Es una proposición de vida. Matrimonio, no matrimonio. Hijos, no hijos. Más gatos, definitivamente sí. Lo que tú quieras. Lo que nosotros queramos. Como siempre. Sin prisas. Sin guiones. Sin presiones editoriales.

—Eso ya me lo dijiste en Nueva York.

—Y te lo digo ahora en Barcelona. Y te lo diré en todos los sitios. Hasta que te lo creas.

Me quedé en silencio. Miré el contrato. Miré los ojos color avellana de Andrés. Miré nuestra foto en la pared, el beso inmortalizado, la placa dorada.

Habían pasado más de dos años desde aquella gala. Desde aquel primer café. Desde aquel taller de "Desintoxica tu mente (y tu ex)" donde un espécimen con jersey de cachemir me había corregido una diapositiva. Dos años y medio de tapas de mantequilla. De gatos delincuentes. De entrevistas, de viajes, de libros compartidos. De cafés en El Psicoanálisis y mañanas de domingo con Schrödinger roncando a los pies de la cama.

Y aún no me lo creía.

—Andrés —dije, con la voz rota—. Trato hecho. Pero con una condición.

—Usted dirá.

—Que el contrato incluya una cláusula. La cláusula establece que tú serás el encargado de encontrar la tapa de la mantequilla. Todos los días. Por el resto de nuestras vidas.

—Eso es mucha responsabilidad.

—Es la única que te pido.

Andrés sonrió. Esa sonrisa. La suya. La que llevaba dos años y medio siendo mi ancla, mi faro, mi refugio.

—Trato hecho. ¿Besos de ratificación del contrato?

—Besos de ratificación del contrato.

Nos besamos. Allí, en El Psicoanálisis vacío, con el diván de Freud como testigo y las lámparas de Rorschach proyectando sombras de mariposa en las paredes.

Fue un beso distinto. No mejor que los anteriores. No peor. Distinto. Porque contenía el pasado y el futuro. Porque sabía a todo lo vivido y a todo lo que quedaba por vivir.

Cuando nos separamos, saqué el bolígrafo del bolsillo de mi abrigo. Andrés lo reconoció. Era el mismo que Schrödinger robaba para escribir sus notas. Lo había cogido del cajón antes de salir de casa, sin saber muy bien por qué.

Ahora lo sabía.

Marqué la casilla del "Sí". Luego, debajo, añadí de mi puño y letra:

"P.D.: Schrödinger también dice que sí. Quiere salmón en la celebración."

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Cuando volvimos a casa, Schrödinger nos esperaba en el recibidor. Sentado sobre sus patas traseras. Con una expresión que solo puedo describir como "aprobación contenida".

—Lo sabe —dijo Andrés.

—Siempre lo sabe.

Sobre la mesa del comedor, junto a la nevera con sus tres sistemas de seguridad, había una nota.

"Enhorabuena. Era hora. La nevera está abierta. He dejado salmón para celebrar. — S."

—¿Ha abierto la nevera? —preguntó Andrés.

—No. Ha escrito que la ha abierto. Pero la nevera está cerrada. Lo ha escrito para que fuéramos a comprobarlo.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que Schrödinger ya no necesita abrir neveras. Le basta con que sepamos que puede hacerlo.

Andrés me miró. Luego miró a Schrödinger. Luego me miró a mí.

—Eso es...

—Aterrador. La palabra que buscas es aterrador.

—Iba a decir "evolución del personaje". Pero aterrador también.

Schrödinger emitió un maullido. Uno solo. Breve. Conciso.

Que significaba, claramente: "Feliz para siempre. Pero con salmón."

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Aquella noche, con Andrés dormido a mi lado y Schrödinger roncando a los pies de la cama, abrí el portátil. El borrador de "Veintidós maneras de seguir enamorado (Sin morir en el intento)" estaba abierto. El cursor parpadeaba en la página del prólogo.

Escribí:

"Siempre he pensado que las grandes historias de amor empiezan con una mirada. La mía, como casi todo en mi vida, empezó con una Rúbrica de Evaluación. Y casi tres años después, sigue sin terminar. Porque las mejores historias no terminan. Solo cambian de capítulo."

Cerré el portátil. Besé la frente de Andrés. Acaricié a Schrödinger, que ronroneó sin abrir los ojos.

Y supe, con la certeza de quien ha aprendido que el amor es el único experimento que merece la pena, que nuestra historia no había hecho más que empezar.

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