No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 4
—¿Es una carta de tu familia? —preguntó Annie, inclinándose con curiosidad sobre la mesa.
—Sí, lo es —respondió Arya con una pequeña sonrisa, sin apartar la vista del papel.
Las líneas eran sencillas, pero cálidas. En ellas, su familia le contaba que todos estaban bien, que se sentían aliviados de saber que había llegado con bien a la academia y que estaban orgullosos de ella. Arya sintió un nudo agradable en el pecho, una mezcla de alivio y nostalgia. Sin perder tiempo, tomó la pluma y comenzó a escribir una respuesta, relatando cómo habían sido sus primeros días, las clases, sus compañeros y la inmensidad de aquel lugar que todavía le resultaba abrumador.
Más tarde, ya en el salón principal, el ambiente estaba cargado de una expectativa distinta. A primera hora del día se produciría un acontecimiento importante.
—¿Entonces hoy es el día en que elegiremos nuestras orientaciones? —preguntó Ferdinand, con su habitual tono despistado.
—Así es —respondió Arya, señalando la guía de estudio de la academia—. Está aquí indicado… —añadió, no sin notar que Ferdinand claramente nunca la había leído.
—¿Y tú qué elegirás? —preguntó ella, volviéndose hacia él.
—Es evidente que me especializaré en Economía —dijo Ferdinand con seguridad—. ¿Y tú, Leonardo?
Leonardo, fiel a su carácter reservado, respondió sin rodeos:
—Economía también.
Arya los observó de reojo.
—Parece que se han vuelto bastante cercanos… hasta el punto de elegir exactamente lo mismo —pensó.
—Y tú, Annie… Artes, ¿verdad? —preguntó Arya, recordando una conversación previa en el dormitorio.
—Sí, eso haré —asintió ella—. Pero… tú aún no has dicho qué elegirás —añadió, mirándola con atención.
Arya guardó silencio un instante.
La respuesta la tenía clara desde hacía mucho tiempo. El problema no era qué quería hacer, sino lo que implicaba. Aquella especialidad no era común para mujeres, y mucho menos para una plebeya como ella. Aun así, no estaba dispuesta a renunciar.
—Bueno… —dijo finalmente—. Haré la orientación en medicina...
Los tres la miraron con evidente sorpresa.
Ferdinand fue el primero en hablar, eligiendo con cuidado sus palabras:
—Arya… quiero decir… sé que eso es lo que te gusta, pero tal vez deberías pensar en algo que te resulte más útil cuando terminemos la academia…
—Lo sé —lo interrumpió ella, con firmeza, aunque sin enojo—. Sé que la situación económica de mi familia no es la mejor para sostener una carrera de medicina después de graduarme. Sé que es un camino difícil para una mujer, y más aún para una plebeya. Pero aun así quiero intentarlo. He pensado en solicitar una beca… si consigo un patrocinador, entonces no todo está perdido.
—Solo piénsalo bien… —murmuró Ferdinand, conociendo demasiado bien las circunstancias de Arya como para insistir.
Detrás de ellos, otro grupo de estudiantes avanzaba en fila para inscribirse en sus respectivas especialidades. Una voz conocida llegó hasta Arya y le provocó un leve estremecimiento.
Era Eliot von Greiffen, hablando animadamente como siempre, aunque en esa ocasión su atención no estaba puesta en ella.
—Yo también me especializaré en el área militar —decía con entusiasmo—. Cuando salgamos de aquí, iremos juntos al ejército real, ¿de acuerdo, Edward?
Arya desvió la mirada con disimulo.
—Así que es en esa área donde se inscribirán…
Edward von Reinhardt, a su lado, no parecía especialmente entusiasmado. Su expresión seria y distante era ya casi una constante.
—Me pregunto cómo hace para tolerar a alguien tan enérgico como Eliot —pensó Aria.
—Si esto sigue así… tal vez debería pedirle consejo…
La idea la hizo negar con la cabeza de inmediato.
—No he cruzado una sola palabra con Edward von Reinhardt. Sería muy extraño hablarle de repente… De hecho, creo que me ignoraría abiertamente.
Antes de que cualquier estudiante de primer año pudiera completar su inscripción, un profesor ingresó al salón acompañado de un grupo de alumnos mayores.
—Atención —anunció—. Ellos son estudiantes de segundo año y representantes de cada especialidad. Les explicarán en términos generales en qué consiste cada una, para que puedan elegir con mayor claridad y para ello también se retrasará unos días la inscripción.
Uno a uno, los representantes dieron un paso al frente.
Y entonces Arya lo vio.
El joven con el que había cruzado miradas en el comedor apareció entre ellos. Por segunda vez, sus ojos se encontraron con los de ella.
El mundo a su alrededor pareció desdibujarse por un instante.
No sabía por qué, pero algo en aquella mirada volvió a instalarle una sensación extraña.
—Me presento, soy August von Hohenberg —anunció con voz segura—. Estudiante de segundo año. La especialidad que represento es la de Leyes.
Arya parpadeó un par de veces mientras él continuaba hablando sobre la disciplina, sus exigencias y su importancia dentro del imperio.
—Entonces es él…
El famoso August de la casa ducal von Hohenberg.
La comprensión llegó acompañada de una leve y silenciosa desilusión. Sin darse cuenta, Arya apartó la mirada, como si observarlo demasiado fuese impropio.
Fue entonces cuando algo a su lado llamó su atención.
Ferdinand tenía una expresión absolutamente absurda en el rostro. Los ojos fijos, la boca entreabierta.
—Ferdinand… —lo llamó Arya en voz baja.
No obtuvo respuesta.
Siguió la dirección de su mirada y la vio.
Una joven de cabello rubio suave y ojos color miel había dado un paso al frente. Su belleza era elegante, serena.
—Yo soy Natalie von Steinbruck —dijo con voz clara—, representante de la especialización en Artes.
—Oh… —pensó Arya.
Entonces lo recordó.
—Según lo que dijo Annie, es la hija del Markgraf von Steinbruck… probablemente la joven más destacada de la alta sociedad.
—Tal vez debería inscribirme en Artes… —dijo Ferdinand de pronto, con tono soñador.
—Tú… oh, tú —murmuró Arya, negando con la cabeza—. No tienes remedio.
Al día siguiente, Arya se dirigió a la biblioteca. Seguía firme en su decisión de inscribirse en Medicina y sabía que necesitaba prepararse.
Recorrió los altos estantes con paso cuidadoso, seleccionó varios volúmenes y emprendió el regreso. Para evitar encontrarse con Eliot, tomó un camino alternativo que la condujo hasta un balcón del segundo piso.
El atardecer la detuvo.
El cielo, teñido de dorados y naranjas, parecía arder suavemente.
Se apoyó en el barandal y leyó durante largo rato, envuelta en una calma inesperada.
Cuando decidió regresar, cargó los libros en brazos. Eran demasiados. Al apoyarlos un instante sobre el barandal de uno de los puentes interiores, uno resbaló.
El golpe seco resonó abajo.
—L-lo siento —dijo Arya, asomándose.
Un joven sostenía el libro.
Al bajar el volumen, dejó ver sus ojos verdes.
August von Hohenberg la miraba, sonriendo levemente.
El mundo, una vez más, insistía en cruzarlos.